Anthea
—Me estoy muriendo, Effy.
Ella me mira con sus enormes ojos azules del color de la medianoche. Veo el pánico en ellos.
—No digas eso, Anthie. Para de decirlo. —Su voz sale como una protesta sin fuerzas.
Mi hermana me observa desde el sillón del hospital del que no se ha movido en todo este tiempo, desde que me desperté en la zona de cuidados intensivos y me dieron el alta para bajar a planta. Mi suerte no ha mejorado mucho desde entonces.
Estoy cansada.
Tan cansada…
Me duele todo el cuerpo, cada respiración la siento como un esfuerzo y mi sistema locomotor no responde a las peticiones de mi mente.
Casi no siento las piernas y los brazos colaboran…
cuando quieren. Siento una presión, aquí, en el pecho, que al principio no sabía explicarles a las enfermeras ni a los médicos.
—Es ansiedad, cielo —dictaminaron cuando aprendí a describírselo.
¿Ansiedad? Yo nunca había tenido ansiedad.
Supongo que esto es lo que te pasa cuando sabes que tu tiempo se acaba.
Vuelvo a mirar a Effy, su carita redonda, su cabello despeinado recogido en dos trenzas y el uniforme del colegio. Estaba haciendo los deberes, como le ha pedido mamá antes de ir a encargarse de un par de cosas.
—Ven, Eff —le pido a mi hermana.
Ella me clava sus preciosos ojos y luego desvía la mirada a la puerta.
—Mami dice que no debemos molestarte, que moverte te hace daño…
Cierro los ojos un momento. Mi madre tiene razón, pero lo que más quiero ahora mismo es sentir el cuerpo de mi hermana pequeña, su calor corporal y su proximidad. Quiero explicarle… todo lo que pueda.
—No pasa nada. Venga… Ven —le digo, agotada de pronto.
Deja todo lo que estaba haciendo y se sube a la camilla. Me mueve con delicadeza, como si temiera que fuese a romperme. Como si, de repente, ella fuera la hermana mayor, y yo, su responsabilidad. Ese pensamiento me rompe el corazón, y lucho con todas mis fuerzas para que no se me escape una lágrima.
Cuando siento a Effy apoyada contra mí, respiro.
Ella me acaricia el pelo rubio desenredado. Siempre me lo peina para que esté guapa. Como si eso siguiera importando, aunque quizá de alguna forma sí lo hace. Quizá esto la ayuda a lidiar con… con todo esto.
—Me estoy muriendo —repito con la seguridad que puedo, ya que necesito que lo entienda. Ella se revuelve a mi lado, pero yo sigo—. Y quiero que me prometas una cosa.
—Anthie, no. Para ya, me estás asustando —gimotea en un susurro casi roto—. Tu padre dice que esto es normal…, que todos los jinetes se caen alguna vez.
Mi padre.
Mi padre está cegado por el amor irracional que todo padre siente por sus hijas. Tiene la esperanza de que yo salga de esta, aunque sea en silla de ruedas, o rota. Lo que no entiende es que no va a ser así.
Intento respirar con calma porque pensar en él hace que quiera perder el poco control que me queda y llorar hasta quedarme dormida.
Mi padre lo superará.
Mi madre lo superará.
Y mi hermana… también. Por eso esta conversación es tan importante.
—Solo quiero que me prometas que estarás bien, Eff.
—Yo siempre voy a estar bien, Anthie. Mientras te tenga a mi lado…
Me muerdo el labio inferior.
—Incluso si algún día no estoy.
Me abraza con todas sus fuerzas hasta dejarme sin aliento. No le digo que me hace daño porque sentirla me consuela.
—No digas eso, por favor. Yo no quiero que te vayas… No quiero que te mueras.
Ahora sí, dos lágrimas me ruedan por las mejillas. Mi hermana está llorando ya.
Yo tampoco quiero morirme.
Pero no es eso lo que sale de mis labios porque decido no ser egoísta con ella.
Cuando tienes hermanas pequeñas, aprendes que ellas son tu prioridad, tu punto débil.
Y Effy siempre será el mío. Así que, al menos por última vez, vuelvo a comportarme como la persona que lo tiene todo bajo control.
Levanto una mano con las pocas fuerzas que me quedan y le acaricio el pelo.
—Quiero que me prometas que nunca vas a perder esa chispa que tienes —empiezo—. Que siempre vas a ser la niña sonriente y alegre que sé que eres. Que vas a elegir lo que tú quieras ser, sin importar lo que nadie diga, ¿vale?
Un recuerdo me atraviesa la mente como un rayo blanco.
—¿Qué quieres ser de mayor, Eff? —le pregunto a menudo.
Y ella me da una respuesta diferente según el día:
—Veterinaria.
—Bailarina.
—Quiero conducir un barco y estudiar los mares.
—Profesora.
—Cuidadora de caballos.
—Quiero ser organizadora de bodas…
Y así, siempre quiere ser algo diferente. Me da igual lo que elija mientras la haga feliz y lo haga con la pasión que sé que tiene dentro. La misma pasión con la que yo he elegido mi camino, hasta el final.
Solo espero que el de Effy sea más largo y feliz.
—Prométeme —continúo— que te vas a atrever a todo, que vas a seguir siendo una valiente.
Aunque te equivoques, aunque falles y tengas que volver a empezar.
—La siento asentir contra mi pecho. Sé que continúa llorando, pero al menos también sé que me escucha—.
Que nadie va a decirte lo que debes hacer, que te atreverás a todo… Que te atreverás a dar el salto.
Se revuelve en mis brazos.
—¿Dar el salto?
—Sí, Eff, dar el salto para conseguir tus sueños, ser mejor persona, enamorarte, hacer lo que nunca imaginaste… Para no dejar que el miedo te paralice. ¿Vale? ¿Me lo prometes?
—Sí. —Exhala contra mi pecho—. Te lo prometo.
Cierro los ojos y respiro tranquila.
Sé que no estaré a su lado en los momentos difíciles.
No la veré perder sus rasgos de niña y convertirse en una mujer.
No estaré allí cuando tenga su primer enamoramiento adolescente ni cuando discuta con mamá por cualquier tontería.
No seré la primera persona a la que llame cuando tenga un problema, o cuando reciba noticias felices.
Pasaré a ser un recuerdo que se irá borrando con el tiempo…
Pero para mí ella siempre será eterna.
—Anthie —me dice ella al cabo de un rato—. Pero yo sigo teniendo miedo por las noches.
Le beso el pelo.
—Yo también tengo miedo. El miedo está bien, Eff. Nos recuerda que la vida nos importa. Que tenemos algo que perder, nos hace sentir… vivas.
—No quiero estar sola.
—No lo estarás. Yo siempre estaré contigo, ¿vale? Pase lo que pase, encontraré la forma de estar juntas.
Effy solloza en mi pecho.
—Yo también voy a estar contigo siempre, Anthie. Ya verás, dentro de poco volveremos a estar en casa.
Cierro los ojos.
Sí, me gusta pensar en ese futuro.
También me gusta pensar en un futuro donde todo está bien, en el que puedo volver a correr y pasear.
En él sigo viajando por el mundo y vuelvo a subirme a Hickstead una vez más, acariciarle el cuello y prometerle que nunca me separaré de él.
Donde puedo conseguir todo lo que no he podido hacer todavía, logro todas esas cosas de las que la gente habla y que nunca me habían interesado hasta ahora: una pareja para toda la vida, una casita con porche y jardín, un perro. Quizá una familia…
Me imagino una vida que sé que no tendré y eso hace que sienta el pánico subiéndome por la garganta. Estoy acojonada. No quiero morir. No quiero morir. No quiero…
Antes de que caiga al vacío, Effy se revuelve entre mis brazos y recuerdo que lo único que tengo es este momento. El momento presente.
La abrazo y me acomodo junto a su cuerpo.
Necesito cerrar los ojos un segundo…
Estoy cansada…
Tan…
Cansada…