Dar el salto Effy #3
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Effy #3

—Effy… ¿Cómo iba a avergonzarme de ti? Tú eres tan tan… —tomó aire— perfecta. Y yo soy solo yo. Debería arrodillarme y pedirte perdón por hacerte sentir así. Saldría y le gritaría al mundo todo lo que siento por ti para que entendieras que tú no eres el problema y nunca lo has sido, Cohete.

Su corazón palpitaba rápido y se mordió el labio inferior.

—He llegado a pensarlo.

Un instante atrás Rainer había estado mirándola a su lado sentado en la cama, y al siguiente estaba precipitándose a la terraza privada de su habitación del hotel. Abrió la puerta de cristal y, sin perder un latido, salió al exterior.

Effy lo siguió sin entender nada.

—Rainer, ¿qué…?

Antes de que pudiera acabar la frase, Rainer gritó:

—¡Estoy loco por Effy Vaux!

Elizabeth no podía creérselo. Una risa nerviosa le brotó de los labios y sintió cómo las mejillas se le empezaban a enrojecer.

—¡Rainer, vas a despertar a todo el mundo!

—Pues mejor. Así todos sabrán, si es que hay alguien que no lo sabe ya, que la persona a la que quiero eres tú.

—Vale, ya está, vamos dentro…

—¿Me oís? —volvió a gritar él—. ¡Effy Vaux es la mujer a la que quiero!

Ella volvió a reírse sin poder evitarlo. Aquello era la cosa más surrealista que nadie había hecho por ella. Y también la más tierna.

Cuando acabó, su entrenador se volvió para mirarla.

—¿Me crees, Effy? Puedo pasarme toda la noche así si me lo pides.

—Prefiero que vengas y me abraces.

No hizo falta que se lo repitiera dos veces.

Rainer la abrazó como si llevaran meses sin verse, como si ella fuera la última gota de agua en el desierto o la última bocanada de aire antes de sumergirte en el océano.

Elizabeth sintió su calor corporal y aspiró su aroma, se dejó envolver por él y por la sensación que solo había experimentado con Rain: la de sentirse en casa.

—Eres gilipollas.

—Lo sé.

—Y todo podría haberse solucionado si me lo hubieras contado antes.

—Lo sé.

—Y creo que sigo un poco enfadada.

—Tienes todo el derecho a seguir enfadada conmigo.

Se separaron para mirarse y Effy pensó en lo injustamente guapo que era.

—¿Entonces? ¿Qué significa esto? —No quería cargarse el momento, pero necesitaba saber que todos sus problemas acababan en ese instante.

Que no habría más miedo, o dudas o malentendidos.

Que lo suyo era real con todas las letras, y no solo real cuando estaban solos—. ¿Has decidido ya qué quieres hacer?

Rainer la tomó de la mano y la volvió a llevar a la habitación. Cuando estuvieron en el centro de nuevo, le dio un beso en la frente y empezó a arrodillarse.

Primero una rodilla.

Después la otra.

—Antes te he dicho que me arrodillaría para suplicarte perdón.

—La amazona sentía como si le faltara la respiración—.

Pero prefiero hacerlo para decirte que te elijo a ti.

Te elijo a ti, Effy, con tus días buenos y tus días malos.

Elijo tus sonrisas escondidas, esas que dibujas cuando crees que nadie te ve, pero también las carcajadas que sueltas cuando algo te hace gracia de verdad.

También elijo los gritos que me dedicas cuando te saco de tus casillas, y la manera en la que me miras a veces, sabes cuál es, ¿verdad?

Esa que pones cuando fantaseas con patearme el culo porque tengo razón y no quieres admitirlo.

Elijo tus mañanas productivas, las tardes en silencio y las noches de insomnio.

Elijo despertarme a tu lado, siempre un pelín antes que tú, para poder observarte mientras duermes porque eres la cosa más preciosa que he visto en mi vida.

Elijo a la Effy que mira el mundo con asombro, que trata bien a las personas y pone voz de pito cuando habla con sus caballos, aunque creas que nadie se ha dado cuenta de que lo haces.

—Elizabeth estaba llorando, las lágrimas de felicidad le recorrían las mejillas con lentitud—.

Te elijo a ti, cariño. A ti sobre todas las cosas, a la persona que me has enseñado que eres y que me muero por seguir conociendo.

Porque quererte es lo mejor que me ha pasado estos últimos años, y que me quieras es… es algo que jamás voy a poder explicar.

Effy se lanzó a sus brazos, y Rainer la volvió a sostener. Se dejó besar por él y le permitió que le limpiara las lágrimas de felicidad.

—Te quiero a ti —volvió a repetirle él contra los labios—.

Quiero escuchar tu historia cuando estés lista para contármela, quiero convertirme en la persona a la que le cuentes todos tus miedos y preocupaciones y también la que te sostenga cuando sientas que no puedes más…

porque, cariño, llevas haciéndolo mucho tiempo sola, y es hora de que alguien esté a tu lado.

Ella se acurrucó contra ese hueco que tanto le gustaba, entre el hombro y el cuello de Rainer, y por primera vez dejó que el peso de aquellos años la abandonara un poquito.

Porque ya no estaba sola.

—Te quiero, Rain.

—Y yo a ti, Cohete.

La levantó del suelo y la llevó a la cama.

Ambos cayeron sobre el colchón todavía abrazados.

—¿Esto es de verdad? —le preguntó al cabo de unos instantes—. ¿Juntos, Rainer?

Él le apartó un mechón negro que le caía por la frente y se lo colocó detrás de la oreja, y luego le acunó el rostro con la palma caliente. Estaban frente a frente y Effy se perdió en esos ojos azules del color del hielo, que en ese instante solo reflejaban luz.

—Juntos, Effy.

Tras la copa mundial, FEI (2014)