Effy #2
—Ella era una adulta plenamente consciente de lo que hacía y tú solo eras un crío. Me da igual que a ti te gustara, me importa una mierda. Eso estuvo mal, y era su responsabilidad entender que estaba haciendo algo horrible.
Rainer asintió.
—Ahora lo sé. Tengo la misma edad que ella cuando todo empezó, y solo de pensar en besar a una niña de diecisiete…
me pongo enfermo. No estoy tratando de justificarla, solo quiero contarte esto.
—Effy asintió y él continuó—. El caso es que ella se arrepintió y trató de ponerle fin.
Pero yo le prometí que no se lo diría a nadie, que hasta que no cumpliera los dieciocho iríamos con cuidado.
La verdad es que ese año fue una mierda porque me dejaba, y luego me besaba y después me decía que no podíamos estar juntos, pero a la vez…
yo seguía ganándolo todo y juntos éramos invencibles, y había algo en esos subidones cuando volvíamos que…
, bueno, me enganchó a ella. Cuando cumplí los dieciocho ella cambió su actitud, o al menos en parte.
Effy no podía dejar de mirarlo, de mirar al hombre que tenía al lado y entender todo lo que había tenido que pasar.
—Elia seguía saliendo con hombres para mantener las apariencias, ¿sabes?
Pero luego a escondidas me quería a mí, decía que yo era el hombre de su vida, que juntos llegaríamos donde nadie más había llegado…
Una parte de mí pensaba que todo eso era verdad, que sin Elia yo no era nadie.
Me empecé a sentir atrapado, casi como… coaccionado, pero esos pensamientos me daban miedo porque la quería.
Aunque saliera con otros, aunque nunca quisiera hacer planes normales y aunque me prometiera que algún día todo cambiaría. Pero ese día jamás llegó.
Silencio de nuevo. Rainer estaba temblando, y Effy alargó un brazo para cogerle una mano. Él la miró y pudo ver cómo sus ojos brillaban.
—En mi último mundial, nos pillaron. —Ella abrió los ojos—.
No entiendo cómo no lo sabías ya… Fue todo un escándalo, aunque sí es verdad que con todo lo de la caída…
Los titulares terminaron siendo otros y, pensándolo, tiene sentido, tú solo prestas atención a tus asuntos, nunca te ha interesado nada de este mundo que no fuera tu objetivo.
—Era verdad, se dijo Effy, todo eso jamás llegó a sus oídos.
Si lo hubiera sabido…—. Deberías haber visto a mis padres…
—siguió Rainer—. Dios, y Annie… Mi hermana estaba dispuesta a matar a Elia con sus propias manos.
Si la hubiera encontrado, no sé qué habría pasado…
—¿Encontrado? ¿No estaba ella contigo?
Rainer negó con la cabeza.
—Huyó. —Lo contó sin expresión en la voz, como un dato más de toda aquella historia—.
Cuando nos descubrieron, ella salió corriendo y fui yo el que se quedó a suplicar que no filtraran la información.
Cuando quise encontrar a Elia, ella ya no daba señales de vida.
Ni llamadas, ni mensajes ni en su habitación del hotel…
Nada. Durante los días siguientes estuve a punto de volverme loco cien veces como mínimo.
Empecé a pensar que había abandonado el país sin despedirse, que se habría vuelto a Alemania o incluso a Rusia, pero jamás pensé…
Effy tenía el corazón en un puño.
—¿Qué?
—Que volvería a aparecer de nuevo diez minutos antes de que yo saliera a competir.
—¿Para qué?
—Para dejarme. —Ella tomó aire. Rainer lo soltó—.
Me dijo que le había arruinado la carrera y que por mi culpa tenía a la prensa detrás de ella inventándose mentiras y relatos que jamás habían pasado…
Yo le supliqué que se quedara, que juntos conseguiríamos superarlo.
Que daría un comunicado de prensa y lo aclararía todo, pero ella…
se dio media vuelta y se marchó. Me rompió el corazón.
Al minuto siguiente estaba subido en Bright Diamond y…
Se le quebró la voz. Effy le apretó la mano, sabiendo qué vendría a continuación.
—Rain, no tienes la culpa de lo que pasó en la arena. Estabas afectado. Esa zorra es la culpable, lo sabes, ¿no?
—Pero fui yo el que decidió subir a mi caballo ese día.
El que no se retiró a tiempo. Mi ego… o mis ganas de demostrarle al mundo que era bueno sin Elia.
No sé qué coño fue, pero por mi culpa… Maté a mi caballo.
Esa es la verdad. —Una lágrima descendió por la mejilla de Rainer—.
Después me fui a Asia un año. Desaparecí al igual que lo había hecho ella, y fue allí donde entendí que Elia había sido mala para mí y que durante todo ese tiempo yo había estado sometido en una relación de la que nunca podría haber salido ganando.
También fue en mi año de mochilero cuando me prometí que no volvería a querer a nadie…
, a enamorarme de nadie que tuviera que ver con este mundo. Que elegiría bien.
—Aquello no fue amor, Rainer.
Él la miró. Sus ojos estaban todavía húmedos por las lágrimas no derramadas. Por las lágrimas que habían conseguido escapar.
—No. Pero lo que siento por ti sí lo es.
Entonces el que le agarraba la mano era él. Ella empezó a negar con la cabeza.
—Tú me has enseñado lo que es el amor, el verdadero significado… Tú, Effy Vaux, has hecho que sienta por primera vez en la vida lo que es querer a alguien de verdad. No a una fantasía. A una persona de verdad. Y por eso esto es tan difícil, por eso no puedo…
—¿Qué es lo que no puedes? Yo te quiero y tú me quieres, Rain. Eso es lo que importa.
Un jadeo le escapó de los labios.
—¿Cómo es posible que no lo veas? —Ella no entendía qué estaba tratando de decirle y buscó la respuesta en sus ojos, desesperada—. Me he convertido en Elia. Ahora yo soy para ti lo que ella fue para mí. Y por nada de este mundo me convertiré en el causante de tu dolor, Eff, no lo seré.
Lo abrazó antes de que Rainer pudiera seguir. Lo sintió romperse entre sus brazos, sus respiraciones entrecortadas y sus gemidos de dolor. Lo sostuvo como tantas veces la había sostenido él a ella. Cuando pareció calmarse, se separaron.
Era su turno de hablar.
—Jamás serás para mí lo que ella fue para ti. —Quería que entendiera la verdad, que lo viera de la misma forma que ella lo hacía.
—Ella era mi entrenadora. Yo soy tu entrenador. Yo era su jinete. Tú eres mi amazona. Nos llevábamos muchos años. Tú y yo también. ¿No lo ves, Eff? Mírame y dime la verdad. El patrón se ha repetido y lo único que ha cambiado es que ahora soy yo el que lo perpetúa.
Oh, Rain…
—Es verdad —accedió—. Tú eres mi entrenador y yo soy tu amazona.
Pero también es verdad que los dos somos mayores de edad, los dos estamos en la veintena y somos plenamente conscientes de lo que hacemos.
Yo soy plenamente consciente de lo que hago.
Yo accedí a que tú me entrenaras y yo tengo el control de todo lo que hago o dejo de hacer.
Si me apetece mandarte a la mierda, lo hago.
Si te estás portando como un gilipollas, no me quedo callada.
Si hubiera querido, podría haberme marchado de tu lado en cualquier momento sin siquiera pestañear porque mi carrera me la he labrado yo.
Porque no te pertenezco y lo único que dejo que poseas de mí son los sentimientos que yo he decidido compartir contigo.
¿Entiendes? Soy libre de decidir si te quiero, al igual que tú eres libre de quererme.
Rainer se levantó y se paseó por la habitación, pensando en lo que acababa de decirle.
—Sigo siendo tu entrenador…
—Esa excusa expira dentro de menos de veinticuatro horas —le dijo ella—. Luego seremos solo Effy y Rainer.
—Yo…
—¿Te avergüenzas de mí? —lo cortó. Sentía que iba a explotar si no se lo preguntaba en ese instante.
Algo en la manera en la que él la miraba, en la que se movía nervioso de un lado al otro y le costaba encontrar las palabras adecuadas…
—. ¿Es eso? Porque desde que nos encontramos con Montagne, tú…
cambiaste. Y antes de eso, durante las dos semanas que hemos pasado, había algo en ti que no terminaba de soltarse, como si estuvieras alerta. Como si…
—¿Es eso lo que piensas?
—Sí. Y necesito saberlo.