Effy
El sábado fue el peor día de la semana.
Los jinetes no tenían mucho que hacer aquel día.
La jornada estaba planeada para que estos descansaran, aunque realmente lo que hacían era asistir a desayunos con patrocinadores, eventos de marcas y comidas y cenas organizadas por la copa para…
, en definitiva, socializar y hablar de los mismos temas una y otra vez.
La tarde estaba llena de espectáculos, donde jinetes de niveles inferiores a la copa competían por ganar premios y escarapelas oficiales de la federación. La mayoría de estos esperaban, algún día, llegar a competir en la verdadera copa.
Effy salió de la ducha. La cabeza le palpitaba y tenía la sensación de no haber pegado ojo en toda la semana. Cosa que no era del todo mentira.
Seguía sin hablarse con Rainer y lo había evitado en los últimos días más que en todos los meses que llevaban entrenando juntos.
Se había obligado a no mirarlo, ni siquiera de reojo.
Y, por su parte, su entrenador no se había acercado a hablar con ella en ningún momento desde su discusión hacía ya cuatro días.
En todas esas noventa y seis horas, Effy solo había escuchado la profunda voz de Rainer en ocasiones banales, cuando le dedicaba comentarios del estilo:
—Buen tiempo el de hoy.
O cosas como:
—Tienes que darle más margen a Sodashi.
Incluso en un momento le dijo:
—¿Estás bien, Vaux?
Effy, por su parte, los había ignorado todos y cada uno, y llegó a pedirle hacer sola el último entrenamiento del viernes.
No entendía a Rainer, y, por más que tratara de romperse la cabeza pensando en las palabras que le había dedicado en el cóctel del miércoles no era capaz de comprender por qué estaba tan preocupado porque ellos…, bueno, se quisieran en voz alta.
Había empezado a sentirse como si fuera un secreto, algo sucio que barrer debajo de la alfombra, y sabía que así no era como debería sentir el amor.
Aunque nunca lo hubiera experimentado con ningún hombre más.
A veces, mientras daba vueltas en la enorme cama de su habitación del hotel, se preguntaba si quizá debía ir y decirle a Rainer que estaba bien, que con tal de tenerlo a su lado aguantaría todo.
Pero luego abría mucho los ojos y negaba con la cabeza.
Porque no. Ella jamás aceptaría algo así.
El amor no era eso, estaba segura de ello. Y Effy ya le había dejado claro qué era lo que estaba dispuesta a aceptar y qué no. De qué manera saldrían juntos de aquel mundial. Y si él decidía que no, ella no se arrastraría.
Ni siquiera por él.
Pensar en Rainer hizo que el corazón le latiera rápido, y se obligó a pensar en otra cosa. Tenía aún el pelo húmedo cuando alguien llamó a la puerta de su habitación. Había pedido la cena hacía unos diez minutos, y se sorprendió de que el servicio hubiera sido tan rápido.
Pero no la esperaba su cena detrás de esa puerta, no.
Era Rainer Keller.
Sus ojos se encontraron enseguida, y Effy sintió cómo la piel expuesta gracias al sencillo conjunto del pijama de tirantes y pantalones largos fluidos se le ponía de gallina.
Rainer tomó una respiración quebrada, como si verla así, de esa manera tan sencilla, le afectara de alguna forma. Ella, por su parte, trató de mantenerse imperturbable.
Aunque por dentro quisiera morirse.
—Rainer, ¿qué haces aquí?
Su entrenador la perforó con la mirada.
—¿Estás bien?
Ella arrugó la nariz.
—¿Has venido a preguntarme si estoy bien? —Se cruzó de brazos—. No —contestó con sinceridad—. Y, ahora que ya sabes la respuesta, puedes irte.
Tuvo la intención de cerrar la puerta, pero el alemán fue más rápido y la detuvo.
—Necesito hablar contigo —le pidió—. Por favor.
Elizabeth volvió a abrirla. Rainer seguía ahí, sus ojos azules claros, prístinos y llenos de emociones que ella no se atrevía a interpretar. Con un suspiro, lo invitó a entrar.
Ambos llegaron hasta el centro de la habitación y él desvió la mirada durante un segundo a la cama que no hacía tanto habían compartido. Ella lo miró con una especie de disgusto porque su entrenador parecía olvidar que era ella la que había tenido que dormir ahí sola después de todo.
Se sentó en el borde y esperó.
Rainer se había quedado clavado en el sitio, toqueteándose la cadena que llevaba al cuello. El silencio se extendió uno y dos segundos. Luego seis y siete. Hasta veinte.
No pudo soportarlo más y le espetó:
—¿Y bien? ¿No querías hablar? Pues venga, hazlo.
No controló su tono tirante ni su impaciencia. Quería que le dijera lo que había venido a decir y la liberara de la ansiedad que le subía por la garganta.
—Dios, Effy, siempre tienes que ser así de…
—¿De qué? ¿De borde? ¿De directa? Pues sí. ¿Y sabes por qué? Porque llevo días sin estar tranquila ni bien. Y en parte es por tu culpa. Así que no sé qué esperabas exactamente, pero desde luego no iba a recibirte con sonrisas y abrazos porque no te los mereces.
Rainer se pasó una de sus manos por el rostro.
—Ya lo sé, ¿vale? Lo sé, es solo que…
—¿Que qué?
—Que esto no está siendo fácil para mí, Effy.
Ella no pudo evitar la risa seca que se le escapó de los labios.
—Y para mí sí, ¿no? Para mí es facilísimo porque, claro, como Effy Vaux es una niñata sin sentimientos ni corazón…
Rainer dio un paso hacia ella. Con decisión.
—Para —exigió—. Para de decir esas mierdas. En ningún momento he dicho nada parecido, y no me gusta que lo insinúes. Solo digo que toda esta situación me supera porque no es fácil. Me pone en una posición que…
—Lo he pasado mal, Rainer. Lo he pasado fatal.
—Ni siquiera esperó a que acabara la frase—.
Estoy mal porque tú sabes perfectamente lo que siento, lo que quiero y lo que espero.
Me he lanzado a la piscina contigo, me he dejado guiar por mis sentimientos porque…
porque te he elegido, Rainer. Pero tengo muy claro que no voy a estar esperando toda la vida a que alguien decida si merece la pena quererme o no.
Él la miró y la miró, y Effy pudo ver cómo mil batallas se libraban en sus ojos. Pero no entendía, todavía no sabía…
—Cohete, esto no tiene nada que ver contigo. Y sé que no me crees, y que no lo entiendes, pero tienes que confiar en mí. ¿Sabes cuántas veces he deseado venir y decirte que…?
Perdió la voz. Luego negó con la cabeza.
—Que quiero que seas tú. —La estaba mirando todavía a los ojos cuando se lo dijo.
Ella sintió cómo un escalofrío cálido le recorría la espina dorsal—.
Cien. Doscientas. Mil veces. Te he visto estos cuatro días, sola, sin hablar con casi nadie, con la cabeza baja y evitándome, y se me partía el corazón.
Sé lo duro que está siendo para ti, y no estar a tu lado, Dios, me ha matado por dentro.
—Entonces, ¡¿por qué no has hecho nada?! ¿Por qué no has venido a por mí y has terminado con la agonía con la que llevo viviendo estos días?
—Porque…
—Porque no sientes lo mismo que yo, Rainer. ¡Admítelo!
Rainer la ignoró y se sentó en la cama, a su lado. Tardó unos segundos en hablar, como si estuviera pensándose muy bien las palabras que iba a decir a continuación. Effy quería alejarse, correr en la dirección opuesta y esconderse para siempre. Ya estaba, allí acababa todo.
Pero él dijo:
—¿Sabes quién fue mi entrenadora?
Aquello la descolocó. ¿Su entrenadora?
—No entiendo a qué viene…
—Se llamaba Elia Orolova —la interrumpió.
Miraba al frente, con los ojos perdidos en un punto infinito que solo él podía ver—.
Llamé su atención en mi primer año como junior.
Yo estaba a tope, acababa de conocer a Anthea.
La había visto en su primera copa del mundo, y conocerla…
, bueno, me hizo entender que yo quería ser como ella.
El caso es que ese año lo hice muy bien, y no sé cómo Elia se fijó en mí.
Era una de las mejores entrenadoras por ese entonces, excampeona olímpica, y acababa de conseguir que uno de sus jinetes ganase la copa americana de salto.
La verdad es que cuando llamó a mi padre y le dijo que quería entrenarme hasta convertirme en el mejor…
—Sonrió. Pero había algo en esa sonrisa que a Effy le partió el corazón—.
Creo que fue uno de los mejores días de mi vida.
Podía imaginárselo. A un joven Rainer de catorce años, decidido a seguir los pasos de su ídolo infantil. Los pasos de su hermana.
Los pasos que ella misma había seguido también.
Conectados, pensó. Conectados desde hace mucho, muchísimo tiempo…
—No entiendo a qué viene todo esto —confesó.
Él la miró de reojo.
—Esos primeros tres años que pasé con Elia…
lo ganaba prácticamente todo. Cuando ascendí a los young riders con dieciséis años la cosa se puso más seria; competiciones fuera de casa, fines de semana en países que me costaba ubicar en el mapa…
Mis padres empezaron a dejarme viajar solo. Bueno, con ella.
Algo en el tono de voz de Rainer, en su postura, hizo que un sentimiento de malestar la invadiera. Seguía sin entender nada, pero sabía que todo aquello se lo estaba contando por una razón.
—Era la final de la copa juvenil, estábamos en París y había ganado.
—Desvió la mirada al techo, como si recordar aquello le costara—.
Elia me sacó a celebrarlo. En esos tiempos ella era como mi heroína, un amor platónico adolescente; era guapa, talentosa, lo sabía todo y gracias a ella yo estaba donde estaba, así que, cuando me besó…
, yo pensé que me había tocado la lotería.
Elizabeth se quedó helada. Abrió mucho los ojos y la voz le salió aguda cuando dijo:
—¡¿Que te besó?!
Rainer asintió.
—Como ya te he dicho, yo estaba coladito por ella y…
—Rainer —lo interrumpió—. ¿Cuántos años tenías?
Él bajó la mirada, avergonzado.
A Effy le empezó a hervir la sangre, ese sentimiento que estaba teniendo no le pertenecía. Estaba cargando una vergüenza que era de otra persona y, aun así…
—Eso no es lo importante…
—¿Cuántos años tenías? —repitió.
—Diecisiete.
Se recordó a sí misma que respirara.
—¿Y ella?
—Eff…
—¿Cuántos?
—Ella tenía veintinueve.
Aquella verdad la aplastó. Su sangre era fuego, y la visión se le emborronó.
—Hija de puta.
—Effy, no lo entiendes. Yo lo quería. Para mí fue como un regalo, ¿vale? Era un adolescente que estaba pillado de su entrenadora, y ella siempre había sido buena conmigo. Cuando esa noche me besó…, joder, me sentí genial.