38 Effy #3
Recuerdo a Hickstead patear la arena. Yo le palmé el cuello y pasé una de mis manos enguantadas por su trenza de espiga.
Qué guapo estaba aquel día. Precioso, imponente y lleno de vida.
Recuerdo hacer los primeros saltos como siempre; con energía, con ganas, con precisión.
Recuerdo el olor a tierra, caballo y almizcle. Recuerdo la posición del circuito, la manera en la que mis manos se aferraban a las riendas y la sensación de cabalgar encima de mi caballo hacia la siguiente combinación.
Recuerdo mi respiración calmada. Los latidos de mi corazón ligeramente acelerados por culpa de la adrenalina de la competición.
Lo recuerdo todo.
O prácticamente todo.
Porque lo que nunca he podido recordar, por más que lo intenté durante estas últimas semanas, fue el momento del desastre. Ese instante cuando todo cambió. Cuando me precipité al suelo y, al caer, perdí el conocimiento.
A veces, cuando no puedo dormir por culpa del dolor, de la ansiedad o del cansancio de la vida de hospital, rememoro falsamente el momento. Trato de adivinar en qué momento cambió todo y busco posibles soluciones para evitarlo.
No sé por qué lo hago, la verdad, si haga lo que haga, mi destino no cambiará.
Todo el mundo me pregunta a qué sabe el éxito.
Pero la realidad es que nadie se atreve a preguntarme a qué sabe la derrota.
Copa mundial, FEI (2020)
Las Vegas, Estados Unidos
Rainer
Sus besos son adictivos.
Sus dedos recorriendo mi cuerpo son adictivos.
Su olor lo es.
Su pelo rubio platino y sus sonrisas de medio lado.
Incluso cuando me grita porque he hecho algo mal en la pista. Todo lo que ella hace es adictivo.
Me despierto el jueves por la mañana con ganas de comerme el mundo.
Solo quedan cuatro días para la final de este año, y, joder, pensaba que nunca llegaría.
Después del año de locos que ha supuesto esta temporada, creí que la Federación Ecuestre Internacional terminaría suspendiendo la copa mundial de salto, pero gracias a Dios lo que decidieron al final fue retrasarla hasta otoño.
Esa decisión no dejaba mucho descanso entre la copa y la liga europea, pero eso serían problemas del Rainer del futuro. De momento, el hecho de poder competir me hace feliz.
Salgo del hotel cuando todavía es muy temprano por la mañana. He quedado con mi entrenadora en el pabellón de Thomas & Mack Center para aprovechar las horas en las que casi no hay nadie en el recinto. Cuando podemos entrenar sin el ruido o la presencia de la gente.
Cuando podemos estar solos.
Al llegar, ella ya está esperándome.
Elia Orolova.
Una de las entrenadoras más codiciadas de los últimos tiempos. Empezó a entrenarme cuando yo solo era un chaval, casi un niño. A mis catorce años, después de mi primera temporada en los young riders, vio algo en mí. Algo que le despertó el interés.
Estaba entrenando a uno de los jinetes más importantes del mundo cuando decidió dejarlo todo por mí.
Contactó con mi padre y le prometió que, a su lado, llegaría tan lejos como yo quisiera.
Ese año había decidido que mi objetivo era la copa mundial de la FEI después de haber visto competir a Anthea Blaine en persona y entender que lo que fuera que estaba consiguiendo ella era lo que yo quería hacer también.
Llegar a la cima y romper récords.
Ser alguien importante.
Elia confió en ese futuro desde el principio y empezó a entrenarme como a su campeón.
Llevábamos siendo equipo desde ese entonces. Desde que yo tenía catorce años. Entonces, con casi veinticuatro, éramos invencibles.
Entro en el recinto y voy directamente a la parte de detrás, a la que solo las personas con identificación podemos acceder.
Antes de llegar a los vestuarios para cambiarme, una mano me intercepta el brazo.
—Aquí estás —me dice una voz que reconocería en cualquier lugar.
Sonrío y me dejo arrastrar a un pasillo oscuro.
Sus labios están sobre los míos antes de que pueda darle los buenos días y sus manos me recorren el vientre musculado con deseo. Con rapidez y voracidad.
—Cada día estás más fuerte —me dice con un ronroneo—. Siempre has sido tan guapo…, tan perfecto.
Sonrío contra su boca y le atrapo el labio inferior.
Joder, no tiene ni idea. Ella sí que es preciosa.
Con ese cuerpo de escándalo, con sus músculos tonificados y su piel bronceada.
Sus manos, mucho más expertas que las mías, me tocan como solo ella lo ha hecho jamás, y me dejo acariciar.
Yo también busco su cuerpo mientras sus finos labios descienden por mi cuello.
—Te deseo, Rainer —me confiesa.
—Y yo a ti —le digo a la única mujer a la que he querido en mi vida.
Mi primer amor. La persona que me ha enseñado todo lo que sé. Con la que he experimentado mis primeras veces y con la que quiero experimentar mis últimas.
Antes de meterme las manos dentro de los pantalones, mira a un lado y al otro, asegurándose de que nadie puede vernos. Ya me he enfrentado un par de veces a ella sobre este tema, sobre el hecho de que quiera seguir manteniendo nuestra relación en secreto.
Hace tiempo ya que podemos ser libres. Además, nuestro amor… no tiene nada de malo. Nunca lo ha tenido.
Aun así, ella sigue firme en su creencia de que no lo entenderían. No nos entenderían.
Y yo, como siempre, creo en ella. Me fío de su criterio y de la manera en la que ve las cosas. Además, solo quiero verla feliz y saber que, sea como sea, podemos estar juntos. Aunque sea a espaldas del resto del mundo. Aunque sea secreto.
Siento una de sus manos dentro de mis pantalones y gimo debido al placer.
Pero, antes de que pueda profundizar el contacto, oigo un grito ahogado.
Mis ojos se abren de golpe y me encuentro de frente con tres personas que no deberían estar aquí a estas horas de la mañana.
No alcanzo a leer sus credenciales, pero distingo a una de ellas.
Leah Marshall.
Una de las periodistas más importantes de este deporte y que, año tras año, se ha dedicado a cubrir la copa del mundo.
Conozco a Leah porque ella misma me ha entrevistado varias veces y siempre me espera en el corralito de prensa para sacarme algunas declaraciones.
Porque es una de las profesionales con más carisma de este deporte.
Y nos ha pillado.
Durante unos segundos pienso que esto va a quedar en una anécdota curiosa. Una historia que contaré entre risas y pintas en casa. Pero cuando me vuelvo y observo la mueca totalmente desencajada de la mujer a la que quiero…
Algo en mí se encoge.
Elia observa con horror a las tres personas que tenemos enfrente.
Mi entrenadora está pálida, con el pelo revuelto por culpa de mis manos y sus labios rosados debido a nuestros besos.
Leah Marshall y las otras dos personas (ahora consigo ver sus credenciales de prensa) nos devuelven la mirada igual de horrorizadas.
¿Por qué? No estamos haciendo nada malo.
Somos dos adultos haciendo cosas de adultos.
O, al menos, eso es lo que siempre he defendido, lo que siempre me repetía en mi mente cuando pensaba en cómo contárselo a la gente.
«¿Y cómo empezó vuestro romance?», imaginaba que me preguntarían. Y ahí… ahí me callaba porque… ¿cómo empezar a contar nuestra historia? ¿Cómo hacer entender a los demás algo que, con seguridad, sería visto como malo? No podía. Todavía no había encontrado la manera.
Elia sale corriendo, dejándome solo. Mi primer instinto es seguirla, consolarla y decirle que todo irá bien. Pero tres miradas llenas de estupor me dejan clavado en el sitio.
Tengo que quedarme y afrontar la realidad. Hacerles ver que no hay nada de malo en lo que acaban de presenciar, que lo nuestro es una historia de amor que traspasa todas las barreras que en un principio siempre nos han separado.
Necesito que me guarden el secreto, porque, si no lo hacen…
Puedo perderla.
Puedo perderlo todo.