Dar el salto Fort Worth, Estados Unidos
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Fort Worth, Estados Unidos

Effy

Triste.

Sola.

Desamparada.

Así se sentía desde la conversación que había tenido con Rainer. Desde el momento en el que se había dado cuenta de que, a lo mejor, aquello no podría llegar a ninguna parte. Que Effy no aguantaría ni una vez más sus excusas ni ese… rechazo, que le quemaba el corazón.

La mañana había pasado rápido. Había hecho los reconocimientos pertinentes en la pista, primero con Hello Sanctos y luego con Sodashi.

Había terminado cerca del mediodía, cuando, antes de su hora de la comida, tenía previsto realizar una entrevista para uno de los medios deportivos más importantes de Estados Unidos.

Leah Marshall la observó a través de sus gafas de diseño sentada en el taburete alto desde el que la entrevistaba.

—¡Tu quinta copa del mundo! —Elizabeth trató de no poner los ojos en blanco—. Cuéntanos, Effy, ¿cómo te sientes al respecto?

—Bien. —¿No tenía nada mejor que decir? No, la verdad era que no—. Estoy deseando que llegue el domingo.

—¿Para ganar?

—Para ganar —confirmó con el tono de voz más seguro que pudo.

—Tengo que preguntártelo, Effy… ¿De verdad crees que vas a poder conseguir tu quinta victoria tan fácilmente?

Frunció el ceño. Desvió la mirada hacia detrás de las cámaras, donde Rainer siempre la esperaba.

Solo que aquel día no se encontraba allí.

Estaba sola.

—¿Quién ha dicho que ninguna victoria sea fácil? ¿Que los récords que he superado lo sean? ¿Es que acaso lo que hago parece sencillo?

Marshall alzó las cejas, extrañada por su respuesta, pero no se dejó amedrentar por el reciente tono duro de Effy. Era una profesional con muchos años de carrera, una periodista que no temía ensuciarse las manos cuando hacía falta. Así que solo ladeó la cabeza y le dijo:

—Tus testimonios siempre han dejado claro justamente eso.

Ella no perdió ni un segundo.

—Hacer lo que hago solo ha sido posible gracias a una cosa, y no se debe al talento innato, tampoco a un sueño de la infancia o a una ilusión que llegó a mí como una revelación cuando era pequeña.

Leah Marshall la miraba con las pupilas dilatadas.

Sabía que de aquellas palabras podría sacar una exclusiva jugosa.

Effy nunca se explayaba en sus entrevistas, pero estaba harta.

Harta de que todo el mundo la viera como una máquina porque la verdad era que, por mucho que ella se hubiera contado ese cuento a sí misma, no lo era. Y nunca más volvería a serlo.

—Conseguir lo que he conseguido ha sido el resultado de horas y horas dejándome la piel, de caídas y heridas, de músculos agarrotados y una constancia brutal.

Si he sido la mejor es porque nunca me he permitido dudar de mí misma.

Todos los que dedican su vida a un deporte de alto rendimiento saben los sacrificios que uno hace por el camino, saben de las horas sin dormir, de las personas que dejas por el camino y de lo que supone hacer frente a mil cosas más aparte del deporte.

Así que no, el camino no ha sido fácil hasta llegar aquí.

Lo único fácil de esto son los minutos que paso en la pista en una competición.

Ganar siempre es sencillo. Mantener el ritmo… , ni de coña.

La periodista le dedicó una mirada llena de intenciones a su cámara, como para asegurarse de que lo tenían todo guardado en vídeo.

—¿Y tú dirías que merece la pena? ¿Todos esos sacrificios de los que nos hablas?

Effy clavó sus ojos en la lente, sabiendo cuál era la respuesta incluso antes de que la periodista acabara de formular la pregunta.

—No.

Vio a todo el mundo mirarla con sorpresa. Leah Marshall cruzó y descruzó las piernas.

—¿Y puedo preguntarte por qué lo haces? Siempre has dicho que no entraste en la competición de élite motivada por un sueño, como muchos de tus contrincantes… ¿Qué es lo que te da este deporte?

¿Que qué le daba el deporte?

Le daba ansiedad. Le daba insomnio por las noches, y miedo y angustia.

Le daba dolor. La ataba a un evento traumático de su vida.

Ese deporte era el causante de que hubiera borrado todos los recuerdos bonitos que podría haber albergado de este, reemplazándolos por los años de sacrificio que había vivido persiguiendo su objetivo.

Le había quitado más de lo que nunca le había dado. Aparte de unos cuantos trofeos, escarapelas, dinero y fama.

Cosas que ella no necesitaba. Que no le interesaban.

Clavó su mirada en los ojos de Leah Marshall y le contestó:

—Lo hago porque lo llevo en la sangre. —Estaba harta de repetir aquella frase. La única explicación que se había atrevido a dar—. Lo hago para cumplir una promesa. Pero eso está a punto de acabar. Este es mi último mundial.

Escuchó un par de exclamaciones ahogadas. Susurros urgentes y rápidos. Ya le daba igual; llegados a aquel punto, todo le importaba una mierda.

Todo menos una cosa.

Leah Marshall se inclinó en su asiento.

—¿Estás diciendo, Effy, que tras esta competición te retirarás del deporte definitivamente?

Elizabeth le dedicó una mirada cargada de indiferencia.

—¿Acaso hace falta que lo repita?

Le hicieron un gesto a la periodista detrás de cámaras. Su tiempo en aquella entrevista exclusiva había acabado.

Bien, pensó. No tengo nada más que decir.

—Elizabeth Vaux, la jinete más joven de la historia en ganar cuatro mundiales seguidos, estará compitiendo este fin de semana en la copa de la Federación Internacional Ecuestre, aquí en Fort Worth, Texas, para superar el récord mundial.

¿La veremos conseguirlo? No lo sabemos, solo el tiempo lo dirá, pero estaremos muy pendientes de su recorrido.

Soy Leah Marshall, retransmitiendo todo el campeonato desde Sports Night Live.

Les recomiendo que no se pierdan nada porque este mundial promete.

La cámara dejó de grabar. Effy le dedicó un asentimiento de cabeza a Leah y se levantó del taburete desde donde había dado la entrevista. El equipo empezó a prepararse para la siguiente.

De fondo tenían la arena principal, donde algunos jinetes entrenaban.

Elizabeth se alejó de allí, agotada y temblando.

Tenía que preparar a Sodashi para los últimos entrenamientos de aquella tarde.

Solo un poco más. Ya casi estás.

Otra vez aquella voz en su mente… Una voz que solo escuchaba en sus sueños. En sus pesadillas.

O a través de un mensaje pregrabado en su móvil.

Sí. Suspiró ella mentalmente. Solo un poco más, Anthie. Un poco más y lo habremos logrado.

Pero esas palabras habían perdido todo el significado para ella. Ya no la calmaban, no le proporcionaban consuelo.

Estaba cansada…

Tan…

Cansada…