38 Effy #2
Gracias a los tacones, su entrenador ya no le sacaba casi una cabeza y media pero, aun así, la diferencia de altura era notoria—.
Aquí lo que está pasando es que no tienes una mierda clara. Y que eres un cobarde.
—No te atrevas a decirme que soy un cobarde…
—Cobarde —le susurró, alzando la barbilla con chulería—. Un puto cobarde que no ha aceptado todavía lo que siente y tiene demasiado miedo como para hacerlo.
—No tiene nada que ver con eso, Elizabeth. No me estás escuchando. —Se estaba poniendo nervioso, lo notaba—. Lo que sienta yo o no no importa en esto. Importas tú, tu futuro y cómo pueda afectarte… No hay ninguna norma que lo impida, es verdad, pero no está bien visto. No desde…
Gimió, frustrada.
—¿Desde qué?
Pero sabía que Rainer no iba a contestarle. Los ojos ya se habían desviado de su rostro. Fríos.
—Soy mayor que tú —dijo en cambio.
—¿Y qué?
—Que soy mayor que tú y estoy en una posición aventajada.
Soy tu entrenador, y tú eres mi amazona.
Sigues mis órdenes en la pista y hay un claro patrón de abuso de poder.
Un comportamiento inapropiado. Y sé que es mi culpa porque debería haberlo frenado, pero estoy tratando de hacer lo correcto diciéndote que…
—¡Que te jodan! —Y entonces sí, le gritó desde lo más profundo de su ser—.
Que te jodan, Rainer Keller. —Él la miró preocupado.
La voz se le había quebrado y sentía las lágrimas calientes en su lagrimal, pero no pensaba derramarlas.
No—. Que vengas ahora con ese rollito protector…
¡Tengo veintidós años! ¡Tú tienes veintiocho!
No hay ninguna relación inapropiada, ningún control o aprovechamiento.
Somos dos adultos con las cosas bien claras, y que hayas siquiera pensado…
—Cohete, solo necesito que me entiendas y escuches lo que quiero decir…
—No. Me. Llames. Así. —Marcó cada palabra.
Las mordió con fuerza. Las despedazó—. Has perdido todo privilegio de referirte a mí como nada.
No tienes los cojones de afrontar esto que hay entre nosotros, y lo peor es que me vienes con este cuento después de pasar dos semanas juntos.
Después de invitarme a tu cama y de dormir en la mía.
De abrazarme, besarme y follarme. —Rainer abrió los ojos de par en par y Effy deseó poder borrarle esa mueca de sorpresa de un plumazo—.
Y ahora… ahora cuando yo pensaba que… —Negó con la cabeza.
A la mierda, ella no era la cobarde de los dos—.
Cuando había aceptado que me estoy enamorando de ti, que estoy dispuesta a dejarme llevar y asumir las consecuencias de darte mi corazón y que puedas romperlo…
¿llegas y me dices esto? —Negó con la cabeza—.
No, no tienes derecho. No tienes derecho a colarte en mi interior de la forma tan descarada como lo has hecho, a hacerte un hueco dentro de mí y volverte alguien importante y ahora simplemente decirme todo esto y pretender que acepte perderte.
—Quiero protegerte, Effy; es lo único que he querido desde que te vi caer en las europeas y pensé que mi corazón se pararía como te hubiera pasado algo…
Lo único que hago es pensar en ti aun cuando sé que no debería, y si crees por un momento que no me estoy dañando a mí en el proceso es que no has entendido nada.
Quería creerle, de verdad que sí. Pero no pudo.
—Eres un cobarde —repitió dando cierre a aquella conversación sin sentido—.
Un cobarde que debe tomar una decisión: o aceptar de una vez esto o alejarte y dejarme ir.
Ya me he cansado de este juego del ratón y el gato.
Piensa muy bien cómo acaba nuestra historia, Rainer, porque yo solo voy a aceptarla de una manera.
Y, así, se dio media vuelta y se fue.
Bajó las escaleras a toda prisa, con el corazón a punto de resquebrajarle el pecho debido a los fuertes latidos. Se sentía mareada. Se sentía expuesta y vulnerable.
Pero no perdida. Eso jamás.
Effy Vaux sabía lo que quería y, aunque le hubiera costado tiempo asimilarlo, por fin lo había hecho. Quería a Rainer.
Quería una vida feliz, una vida que pudiera disfrutar de una vez por todas. Y quería tenerlo a su lado, intentar construir algo que mereciera la pena.
Y, por supuesto, no deseaba perderlo. Por nada del mundo.
Ya había perdido suficiente en su vida.
Rainer no se volvería una Anthea.
Cuando llegó a la calle, sacó el móvil del bolso de mano plateado que había llevado toda la noche. A pesar de ser abril, hacía frío cuando el sol bajaba, y maldijo haber olvidado su abrigo en el guardarropa de arriba, pero no pensaba subir para recuperarlo, no deseaba encontrarse con Rainer.
Pensó en pedir un taxi.
Pero sus dedos abrieron la lista de contactos y decidieron apretar el botón de llamada sobre uno de ellos. Uno que la atormentaba. La atraía. La calmaba.
Su voz alegre le llegó a través del mensaje pregrabado. «Hola, soy Anthea. Ahora mismo no puedo contestar, pero en cuanto pueda intentaré devolverte la llamada, así que ya sabes, deja tu mensaje después de la señal…».
Effy tomó una inspiración temblorosa; escuchar la voz de su hermana era como un bálsamo, un narcótico que la adormecía cuando estaba a punto de llegar al límite. No le gustaba recurrir a ella, pero en ese momento…
Ya sí, las lágrimas le empañaban la vista.
—Anthie, de verdad que me encantaría hablar contigo —sollozó.
Algo se estaba rompiendo en su interior—.
De verdad que necesito a mi hermana mayor…
Yo… Yo no sé qué hacer, Anthie. No sé cómo afrontar estos días que vienen…
Creo que no puedo, creo que ya he hecho suficiente… Por favor, por favor, te necesito.
El tiempo del mensaje finalizó y Effy Vaux se quedó inmóvil en medio de una calle abarrotada de una ciudad que no era la suya. Las lágrimas seguían cayendo, pero no pudo hacer nada para contenerlas, la fuerza de hierro que siempre había tenido se había esfumado, dejándola sola, triste y desamparada.
Sola.
Triste.
Desamparada.
COPA MUNDIAL
Longines FEI Jumping World Cup™ 2025-2026
Fort Worth, Texas, Estados Unidos
Abril, 2026
Copa mundial, FEI (2014)
Lyon, Francia
Anthea
Cuando me preguntan a qué sabe el éxito, nunca sé qué responder.
Supongo que para cada persona es algo diferente.
En mi caso sabe a la brisa del mar del Norte, a burbujas dulces como las del champán y a algo terroso pero vivo, como las margaritas en primavera o los campos de tulipanes de Holanda.
Durante todos los años en los que he estado en la cima, siempre he esperado que esa sensación de embriaguez se me pasara, que me acostumbrase a ganar, a ser la mejor de mi generación.
Hacer historia.
Pero ese sentimiento nunca se desvanecía.
Cada entrenamiento, cada competición, cada temporada y cada mundial de los tres que gané, mis energías eran las mismas, mis sueños no cambiaban y mi hambre voraz de hacerme con todo no disminuía.
Fueron los mejores años de mi vida.
Nunca olvidaré la sensación de hacer un circuito perfecto a lomos de Hickstead, lo que era sentir su poderoso cuerpo bajo las piernas, ni lo que significaba estar tan compenetrados que cada respiración suya la hacía mía también.
Son los recuerdos que más atesoro en mi mente, los que más fuerzas me dan para seguir.
Aquel último año fue increíble.
Gané la liga europea rompiendo un récord de velocidad.
Tenía veinticuatro años y, a pesar de que llevaba tiempo siendo la mejor, mi carrera acababa de despegar.
Lo tenía todo a mi favor: el talento, las ganas y energías, una edad temprana para seguir en aquel mundo muchísimos años más, a toda la prensa y forofos del deporte encantados conmigo, un caballo increíble y el mejor entrenador que podría haber pedido.
Tenía un padre que me apoyaba, una madre que me acompañaba en cada paso del camino y una hermana pequeña que me miraba con los ojos llenos de estrellas y luz de luna.
¿Qué más podría pedir?
Después de la liga europea de la temporada de 2013-2014, pasé con grandes expectativas dispuesta a ganar mi cuarto mundial.
Nadie en la historia lo había logrado antes que yo, por lo que era un objetivo ambicioso y difícil, pero Henk me decía que también lo había sido intentar ganar tres, y ahí estaba yo, la única persona en el mundo que lo había conseguido.
Lo imposible parecía significar otra cosa para mí.
Y eso me hacía sonreír cada vez que lo pensaba.
—¿Pero y qué pasa si no lo consigues? —me preguntaba Eff de vez en cuando.
Yo la miraba desde arriba, embelesada por esa carita preciosa y llena de pecas que me observaba desde las plateas en cada competición.
—Pues nada, ¿qué va a pasar? —le contestaba yo, con una sonrisa bien grande—.
Que al año siguiente volveré a competir, y al siguiente y al siguiente.
Yo no hago esto por la gloria y la fama…
Todo eso está muy bien, ¿sabes? Pero a mí lo que de verdad me gusta es el proceso, los nervios que se me enroscan en la barriga.
—Le di un pellizco a la suya, ella me dio un empujoncito—.
Y lo que disfruto en el recorrido; ver el mundo, Eff.
Estar acompañada de mi equipo, de mis amigos, de mi padre, de mamá y de ti. Enamorarme, quizá…
—¡Anthie! —Siempre que le hablaba de chicos se ponía roja como un tomate. Todavía estaba en esa edad en la que a las niñas les repugna pensar en los chicos.
—No sé, Eff, si no gano, pues no pasa nada. Además, ya he hecho historia, dudo que nadie pueda superarme tan fácilmente, ¿no? —Le guiñé el ojo, y ella me devolvió el gesto.
—Pues claro que no, porque tú eres la mejor del mundo mundial.
Recuerdo su voz todavía aniñada, sus grandes ojos de ese azul que me embelesaba y su rostro tan abierto, tan orgulloso.
Tan lleno de amor por mí. Recuerdo que sentí una calidez en el pecho difícil de explicar, de esas que solo comprendes cuando tienes hermanos pequeños.
Un amor tan incondicional que te pone la piel de gallina.
Si no ganaba, no pasaba nada, era cierto. Pero también habría mentido si hubiera dicho que no era eso lo que quería.
Ese domingo en Lyon tenía todo a mi favor: la puntuación, el tiempo, la aptitud de Hickstead, el público. Una corazonada. Aquel día marcaría un antes y un después en mi carrera, lo sabía.
Salí a la pista y el público, normalmente silencioso antes de que cada binomio ejecutara su recorrido, me dedicó un aplauso lleno de ánimo.