Dar el salto 38 Effy
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38 Effy

Como todos los años, tenían un cóctel para inaugurar la copa mundial y todos los integrantes de la FEI, además de los jinetes, sus equipos, patrocinadores e inversores, habían acudido al casino de Fort Worth para celebrar la ocasión.

El camino hasta allí lo habían pasado entre el silencio y las conversaciones triviales: Effy, esforzándose por borrar el incómodo momento del hotel de hacía unos instantes.

Rainer, a su vez, seguía la conversación y la incentivaba en muchos puntos, pero su mente parecía en dos lugares a la vez: con ella y…

en alguna otra parte que no había terminado de descifrar.

La energía entre ellos había cambiado, volviéndose un poco más tensa, distante y… fría.

En ese momento, Effy charlaba educadamente con uno de los jueces de la FEI, David Sistler. La jugada estaba clara en su cabeza: tratar de allanar el terreno para el fin de semana.

—Este año va a dar que hablar, en efecto —le estaba respondiendo—. Estoy muy segura de que se hará historia en el circuito.

El señor Sistler le dedicó un asentimiento cortés.

—Nos has dado ya mucho, Elizabeth, y desde el jurado nunca hemos puesto en duda tu valía como amazona. —Effy trató de no evidenciar que aquella no era la respuesta que estaba deseando escuchar—. Tenemos ganas de ver las sorpresas que nos depara este año.

—Yo también, señor Sistler, sin duda estoy deseosa de que todo esto acabe.

—Pero antes disfrutemos del champán, ¿no?

Ella fingió que la broma le había hecho gracia, alzó su copa y brindó con él.

—Eso siempre, señor.

—¿Sabes? Negaré haber dicho lo siguiente, pero, si pudiera apostar, lo haría por ti.

Eso ya estaba mejor.

Effy se acercó a él de manera cómplice.

—Si lo hace, prometo no contárselo a nadie.

Sistler soltó una alegre carcajada y le dio un golpecito en el brazo, que su vestido rojo burdeos dejaba al descubierto.

—Tan encantadora como siempre, Elizabeth. Ahora, si me disculpas, mi querida mujer lleva haciéndome señas un buen rato, creo que para echarme la bronca por mi cuarta copa. Te veré pronto.

Effy deambuló por el salón de juegos.

Ese año la organización no había escatimado en gastos: habían cerrado uno de los inmensos salones del casino solo para ellos.

Los suelos estaban enmoquetados de rojo; las mesas y sillas esparcidas por el centro de la sala, revestidas de mantel blanco; los bufés de comida habían sido preparados por chefs de renombre y los camareros vestían de chaqué, ofreciendo bebidas y aperitivos a todos los presentes.

Habían dejado un par de mesas de juego para «animar» el ambiente, como le había asegurado uno de los organizadores de la copa de aquel año, y una mesa de póker, dos billares, una de blackjack y una ruleta entretenían a los más de cien asistentes de la velada.

Effy no tenía interés alguno en ellas, ni siquiera lo entendía.

A decir verdad, nunca lo había demostrado en los últimos años por nada que no fuera la competición en sí.

Ese año, sin embargo, se aseguró de hablar con los patrocinadores, tanto las marcas e inversores que ya trabajan con ella como las que no, organizadores, invitados de renombre e incluso el resto de los participantes.

Algunos la habían mirado con recelo, sobre todo su competencia.

Otros con curiosidad, como si no pudieran creerse lo que veían sus ojos.

Y el resto con emoción, la oportunidad de hablar con ella era un regalo que no esperaban.

Debía admitirse a sí misma que… lo había disfrutado.

Al menos en parte. Casi sintió nostalgia cuando pensó que aquel año era el último; nunca más se vería forzada a asistir a aquellos eventos, nunca más contemplaría esas caras que llevaba observando toda su vida,

nunca más sentiría esa expectación ardiente conforme la fecha de una competición se acercaba.

Nunca. Más.

Eso la ponía de buen humor. De muy buen humor.

Buscó a Rainer con la mirada. Hacía horas que no se veían y Effy ya tenía el estómago lleno, la batería social agotada y la cabeza un poco embotada por el alcohol que había bebido. Quería largarse de allí con él, dormir entre sus brazos y empezar la jornada intensiva con la cabeza tranquila.

Siguió paseando por el salón mientras observaba a los grupos de gente charlar entre ellos, pero en ninguno se encontraba él. Un par de cabezas la saludaron desde lejos, y ella devolvió los saludos.

A lo lejos distinguió la figura de Davi, que charlaba animadamente con otro jinete de la copa americana.

Le sacaba una cabeza a su amigo y tenía, al igual que él, el pelo rizado, aunque más denso y tupido, de un color castaño chocolate.

La tez era más oscura que la del portugués, y lo observaba como si fuera el único postre que probaría esa velada.

Bien por él. Se aseguraría de preguntarle todos los detalles al día siguiente en el reconocimiento del circuito.

Cuando ya casi había dado la vuelta completa al salón, distinguió a Rainer, que regresaba del pasillo de los lavabos.

Parecía tenso, más de lo que lo había visto en los últimos meses.

Su postura volvía a estar rígida y alerta, su cabeza, erguida, y las manos se le contraían y relajaban sin parar, como si estuviera tratando de regularse de alguna manera.

Su expresión era un lienzo en blanco que le costaba interpretar por primera vez en mucho tiempo.

Lo interceptó antes de que pudiera detenerse a pensar en lo que significaba aquello.

—¿Todo en orden? —Posó la mano en su americana azul marino. Rainer parpadeó, como si acabara de darse cuenta de que era ella—. ¿Rain?

—Vaux. —Suspiró—. Sí, todo genial. —Un músculo de la mandíbula se le tensó. No, no estaba todo genial—. ¿Te lo estás pasando bien?

Ella le dedicó un gesto interrogante.

—Sabes que esto no es lo mío —se limitó a contestarle—. ¿Y tú?

No se habían movido, seguían un poco apartados del resto, hablando muy pegados, casi entre susurros, como si tuvieran que esconder un secreto.

—Genial —masculló.

Está bien, ya me he hartado.

Agarró a Rainer de la mano y lo arrastró fuera del salón, lejos de todos los ojos curiosos que podrían fijarse en ellos, del murmullo incesante de los asistentes con sus conversaciones, del sonido de los cubiertos sobre la porcelana o las copas entrechocando. Clinc, clinc, clinc.

—Vaux, ¿qué coño…?

Siguió avanzando y no se detuvo hasta que cruzaron las puertas de salida al recibidor de la primera planta.

Se volvió para quedar frente a frente con él y lo escudriñó con la mirada.

Las enormes escaleras por donde habían subido quedaban a su izquierda, los ascensores plateados, a su espalda.

De momento no había nadie, lo que lo convertía en el espacio perfecto para hablar sin filtros.

—¿Qué está pasando, Rainer? —lo encaró.

Su entrenador arrugó la frente.

—No sé de qué estás hablando…

—Corta el rollo. —Alzó la mano para pedirle silencio—.

Creo que ya se ha establecido lo bien que nos conocemos.

Lo bien que te capto. Algo está pasando, y llevas así de…

, joder, de raro desde lo que ha pasado en el hotel hace horas.

—Lo soltó todo de golpe, con frases rápidas, casi tropezándose entre sí—.

No es la primera vez que te pones raro después de que algo haya pasado entre nosotros y, sinceramente, estoy harta.

Harta de sentirme como una imbécil cada vez que pasa algo más allá de las miradas, los roces o las palabras que llevamos compartiendo meses.

Harta de verme como una boba con la que están jugando.

Harta de pensar que soy un secreto sucio.

—Le tembló la voz cuando espetó eso último—.

No me lo merezco, y sé, dentro de mí, que tu actitud tiene que ver con esa cosa que tienes de no querer traspasar unos límites…

, pero ¡sorpresa! Los llevamos cruzando desde mucho antes de nuestro beso el día de la comida en la Cabaña.

Mucho antes de acostarnos. Llevamos traspasándolos desde hace tanto tiempo que ni yo sé cuándo exactamente.

Así que dime, Rainer Keller, dime que estoy loca y que me lo estoy inventando.

Rainer la miró y la miró. Parecía indeciso, navegando por aguas nuevas y peligrosas. Lo vio en cómo se inclinaba hacia ella, y supo que estaba deseando alargar una mano y tocarla. Pero también lo vio en la desconfianza que destilaban sus ojos azules, en el dolor que los empañaba.

No le gustó aquello. No le gustó ni un pelo.

—Vaux…

—Soy Effy —lo corrigió—. Para ti soy Effy, ¿no?

Un rayo de arrepentimiento le cruzó la cara.

—Sí, eres Effy, pero también eres mi amazona.

Soltó una carcajada fría y vacía.

—¿Es eso? ¿Tienes un problema con el hecho de que trabajamos juntos? —se mofó—. Al principio pensaba que era una especie de excusa barata, pero ahora… Dios. ¡Es una tontería, Keller!

—¡No lo es! —Habían empezado a alzar la voz. A ninguno pareció importarle—. Joder, ¡no lo es! —Volvió a negar con la cabeza mientras se pasaba las manos por los pantalones de traje—. Y no lo entiendes…

—Pues explícamelo. —Enarcó las cejas y lo señaló—. Explícamelo para que pueda hacerlo.

—Está bien, lo haré. Puedo arruinarte el futuro si seguimos con esto.

Elizabeth no entendió lo que acababa de decirle, como si estuviera hablando un idioma totalmente nuevo y no en inglés con su marcado acento alemán. Pestañeó un par de veces hasta que comprendió que lo decía en serio.

Y, entonces, se enfadó.

—¿Estás hablando en serio?

Rainer se rascó la barbilla.

—Sí.

Se observaron un par de segundos hasta que Effy estalló.

—¿Qué futuro, Rainer? ¡Qué futuro! —Dio un par de pasos, lejos de él. El repiqueteo de sus tacones fue el único sonido que los envolvió—. Eres tan estúpido…

—¡El futuro que te dé la gana tener! —contraatacó—. Sé que ahora crees que no quieres tener nada que ver con todo esto, pero, Effy, no tienes ni idea de lo que pasará el día de mañana. Y si seguimos juntos, esto puede acabar muy mal. ¡Puede perjudicarte, maldita sea!

Se volvió para enfrentarlo y lo señaló con un dedo.

—No te atrevas a decirme lo que creo o no creo saber sobre mí misma.

Mis decisiones. Mi futuro. Yo lo tengo todo totalmente claro, pero ¿y tú, Rainer?

¿Puedes decir lo mismo? —bufó mientras se volvía a acercar a él hasta quedar a su altura.