Dar el salto 37 Effy
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37 Effy

El sol de Texas se colaba por los grandes ventanales de su habitación de hotel.

El cielo azul estaba totalmente despejado, y la temperatura, a pesar de ser abril, era cálida e invitaba a disfrutarla en el exterior, muy al contrario que en Alemania, donde aún el frío se negaba a abandonar la Selva Negra.

Llevaban tres días en Estados Unidos y el jet lag no había dejado sentir sus efectos debido a todo lo que habían tenido que hacer.

Para empezar, el viaje había sido largo y tenso, y los había dejado a todos exhaustos. Transportar intercontinentalmente animales nunca era fácil, pero si se hablaba de caballos… la cosa era todavía peor.

Una vez habían aterrizado, y Sodashi y Hello Sanctos habían pasado todos los controles veterinarios, Effy y Rainer habían ido de aquí para allá entre reuniones con el equipo de la FEI, cenas elegantes y sesiones exhaustivas de protocolo, salud veterinaria y papeleo.

Además, la copa mundial era algo muy importante, por lo que no podían abandonar el hotel ni las instalaciones donde se celebraba, aquel año en el Dickies Arena, sin supervisión debido a la ola de fans y forofos del deporte que habían viajado desde todos los rincones del país, incluso del mundo,

para asistir a la competición.

Effy se sentía paseada como un perro, siempre con la correa corta y sin la posibilidad de respirar.

Los nervios, por supuesto, también habían vuelto, pero, al contrario de lo que había imaginado, parecían relegados a un segundo plano detrás de las otras emociones que estaba experimentando desde el día de la tormenta.

Emociones que tenían que ver con Rainer Keller.

Su entrenador.

Un cosquilleo que la acariciaba y la empujaba a buscarlo con la mirada en cada habitación en la que entraba, siempre esperando encontrarse con esos dos ojos azules que la dejaban sin palabras.

Al contrario de lo que habría esperado, él no se había separado de su lado en todo aquel tiempo. Esas dos semanas idílicas que habían compartido.

Por supuesto, Effy se lo había contado a Davi inmediatamente después de que todo sucediera… o casi.

—¿Perdona, qué? —chilló el portugués—. ¿Me estás diciendo que hace dos días te follaste a Keller y me lo cuentas ahora?

Ella se volvió en todas direcciones preocupada por que alguien más los hubiera escuchado. Menos mal que estaban en la pista redonda de dar cuerda que quedaba rodeada por los árboles, en las lindes del bosque por la zona este.

—¡Davi! —lo riñó—. ¡Cállate! Nos podrían oír.

—¡Eso es lo que tendría que haber hecho yo nada más hubiera sucedido, zorra traidora!

Effy le lanzó una rama caída en el suelo. Su amigo la esquivó.

—Dios, eres un dramático.

—Y tú la peor amiga del mundo.

Sabía que estaba de broma, lo veía en su mueca de falsa indignación o en la manera en la que se cruzó de brazos con teatralidad. Aun así, esas palabras le hicieron preguntarse si aquello era verdad, si en realidad era una buena amiga para Davi.

Cortó ese hilo de pensamientos de inmediato. Claro que lo era, debía dejarse de tonterías.

—No podía llamarte con él al lado…

—No me digas, Elizabeth Vaux, que Keller y tú habéis estado estas últimas cuarenta y ocho horas juntos, porque me da un patatús.

Ella le dedicó una sonrisa coqueta.

—Sip. —Unió los labios con exageración, haciendo sonar la p final—. Eso mismo te estoy diciendo. —Entonces sí, sonrió ampliamente—. Y quiero contártelo todo, pero solo si dejas de chillar y me escuchas.

—A sus órdenes, mi pequeña florecita.

—¿Florecita? —Enarcó una ceja.

—Sí, ya sabes, por todo eso de las abejas y el polen…

—¡Ay, Davi, cállate!

Cuando se acordó de su amigo y la conversación que habían tenido hacía unos días, sonrió.

Se apuntó mentalmente que tenía que buscarlo para proponerle tomar unas copas en el bar del hotel aquella noche.

Por lo que sabía, el portugués estaba igual o más estresado que ella esos días previos al mundial, y a ambos les vendría genial relajarse en la compañía del otro.

Se encaminaba a los establos de los caballos cuando recibió una llamada. Su madre.

Descolgó al segundo tono.

—Mamá —la saludó.

—Effy, querida, ¿me escuchas?

Lo hacía, pero a medias. Su madre parecía estar en algún lugar de aquel mundo sin cobertura. Ninguna novedad.

—Sí. ¿Dónde estás?

—Te lo dije, cielo, he venido con Lionel a las islas Mauricio unos días antes de viajar a Texas. ¿Te acuerdas?

No, no se acordaba. Fiona siempre le contaba mil planes, cada cual más extravagante que el anterior, y, a decir verdad, aquellos últimos días había estado muy… ocupada.

—Claro, mami —mintió—. ¿Cómo estáis?

—Oh, bien, bien, cielo. —A lo lejos creyó escuchar agua y el canto de un ave—. Te llamaba para preguntar si tú ya habías llegado a Texas.

Hacía tres días que lo había hecho, pero, aun así, agradeció el esfuerzo de su madre. Tomó una honda respiración y contestó.

—Sí, todo bien, no te preocupes. ¿Al final cuándo llegabas?

—El sábado once.

Effy asintió, más complacida de lo que se habría imaginado.

Sí, Fiona llegaría el sábado, cuando ya se habrían celebrado las competiciones importantes donde se lo jugaba todo.

Un mal movimiento el primer día y, bum, estaba fuera.

Pero sabía que llegaría al domingo y esperaba que sin despeinarse siquiera, así que apreciaba el esfuerzo de su madre de ir a verla competir el día en el que verdaderamente se lo jugaba todo.

Hacía años que no acudía.

—Genial, mamá. —Se lamió los labios. Soltó aire y se animó a añadir—: Significa mucho para mí.

Fiona Sinclair suspiró al otro lado de la línea. Effy reconoció enseguida el sonido; era una de las señales de su madre que le indicaban que aquello la ponía nerviosa.

—Lo sé —terminó por contestar—. Sé que lo es… Pero tú sabes que esto a mí… a mí no me gusta nada. Lo odio. ¡Lo odio tanto!

Effy cerró los ojos, sintiéndose culpable por la tristeza que de repente había teñido la voz de Fiona.

Yo también lo odio, quiso responderle. Pero se mordió la lengua y en su lugar dijo:

—Gracias, mamá. De verdad. —Tragó saliva—. Te tengo que dejar, me esperan en otro lugar.

Fiona carraspeó.

—Hablamos pronto, cielo.

—Hablamos pronto, mamá.

Cuando se guardó el teléfono en el bolsillo, se dio cuenta de que el corazón le latía a un ritmo más rápido de lo normal y que había estado aguantando la respiración. Sacudió la cabeza y siguió adelante.

Tenía un mundial que ganar.

***

Rainer la miró como si estuviera a punto de devorarla entera.

—Has dicho que no ibas a tocarme, Rainer, pero no has dicho nada de que yo no pudiera hacerlo.

Su mirada la acarició con ardor, descendiendo por su cuerpo desnudo hasta donde Effy había empezado a acariciarse con lentitud, recreándose en el momento. Se pasó una yema por los labios y, con ayuda del dedo corazón, los abrió, dejando a la vista su clítoris ya húmedo.

—Joder, Effy… —gruñó él—. No tenemos tiempo… Todo el mundo estará ya listo para el cóctel de bienvenida…

—¿Desde cuándo te importa llegar tarde? —le contestó con voz melosa mientras seguía acariciándose. Un gemido comenzaba a crecer en el fondo de su garganta—. Pensaba que nos lo estábamos pasando bien.

Rainer tragó saliva, con la mirada aún fija en ese punto lascivo entre sus piernas.

—Joder… Joder. —El primero sonó como un problema. El segundo lo pronunció con determinación. Se abalanzó sobre ella, listo para devorarla como Effy sabía que quería. Pero antes de que pudiera hacer nada, ella lo frenó con su pierna izquierda, apoyándole el pie en el hombro.

—No.

—¿No? —Parecía sorprendido y confundido a partes iguales.

—Has dicho que no ibas a tocarme…, así que no puedes hacerlo. —Rainer gimió con frustración—. Pero lo que sí puedes hacer es mirar cómo lo hago yo… y hacértelo tú a ti mismo.

La frustración fue sustituida rápidamente por la lujuria.

—Dios, me encanta cómo piensas, joder.

Ella jadeó cada vez más excitada, cada vez más estimulada al saber que había vuelto a ganar. Le encantaba saber que tenía ese control sobre él.

Rainer no tardó nada en desnudarse, con el cuerpo iluminado por las luces cálidas de las lámparas esparcidas por la habitación de hotel que habían terminado compartiendo.

Como siempre, la imagen de su miembro le alteró la respiración y la incitó a saltarse sus propias normas para suplicarle que la hiciera suya.

Pero se contuvo.

Jugar con él… le encantaba.

Rainer se dejó caer a su lado y empezó a masturbarse al ritmo tortuoso que ella había impuesto. Eran incapaces de despegar la mirada el uno del otro; los sonidos de sus cuerpos excitados, sus jadeos y respiraciones eran el único compás que necesitaban para bailar aquel baile.

—Eres preciosa.

Gimió, embelesada por la manera en la que hablaba de ella y por la forma voraz en la que su mirada le recorría el rostro, y luego el cuerpo hasta llegar a sus dedos.

Él también subió la velocidad, consiguiendo que las venas del brazo se le hincharan por el movimiento. Effy podría haberse corrido solo con esa imagen: su enorme mano agarrándose la polla, dándose placer mientras no dejaba de mirarla a ella.

Era todo demasiado erótico como para poder pensar con claridad.

—Creo que voy a…

—¿Sí, cariño?

Sus voces ya estaban entrecortadas; sus alientos, entremezclados.

—Estoy a punto —la avisó.

—Yo también, joder. —Cada vez que él gemía, ella se hundía un poco más en su propio placer, como si ver cómo él perdía cada vez más el control fuera igual de placentero que la manera en la que se estaba acariciando—. Quiero que sepas que esto es por ti.

Ella asintió, embriagada de placer.

—Mi orgasmo también es por ti, Rain.

—Di mi nombre, Effy.

Y ella, como siempre, lo llamó cuando el placer la atravesó como un rayo. Su humedad le empapó los dedos, y vio cómo él se corría a su vez. Cuando acabaron, la besó, todavía extasiado.

—Eres peligrosa, Effy Vaux… Puto peligrosa.

Aceptó el beso de buena gana y le lamió los labios antes de que se separaran.

—Venga, vamos a ducharnos, que llegamos tarde.

Rainer le lanzó un cojín de la cama en su camino al baño.

***

Al final, solo se habían retrasado media hora.

Effy se acomodó el moño una vez más antes de salir, mientras miraba a Rainer por encima del hombro, asegurándose de que la estaba siguiendo.

—Déjate la corbata quieta de una vez —le repitió por cuarta vez—. Te la he hecho bien…

—Cariño, sin ánimo de ofender, pero no sé quién cojones te enseñó a hacer el nudo de la corbata, solo que no lo hizo con muchas ganas.

Ella le dio un manotazo, con su mano ya en el picaporte de la puerta del hotel.

—Eres un quejica.

—Y tú una tardona.

—Sargento.

—Víbora.

—Robot.

—Creída…

Habían abierto ya la puerta, cogidos de la mano, chinchándose como dos niños pequeños a los que no les importa nada, cuando se toparon de frente con Lina Vogel y… Luca Montagne.

Rainer le soltó la mano enseguida, evidenciando todavía más toda la situación.

Effy trató de mantener una expresión serena e ignoró el pinchazo que le atravesó el pecho de parte a parte.

No pienses mal. No pasa nada. Está todo bien.

Luca solo les dedicó una mirada llena de odio y una sonrisa venenosa.

Los había visto y ya no había vuelta atrás.

No supo por qué, pero esa revelación la puso nerviosa, casi histérica.

Rainer le había soltado la mano como si el contacto quemara.

Pero… ¿por qué? No había ningún reglamento que prohibiera las relaciones entre personas de un mismo equipo, que ella supiera, ni siquiera entre jinetes.

Y, aun así…, sentía que algo estaba mal en aquella situación. Que algo estaba mal con él.

—Buenas noches, pareja.

Effy salió de sus divagaciones y centró su vista en Luca.

—Querrás decir «equipo» —le contestó Rainer con rapidez.

Él no ocultó su sonrisa.

—No, quería decir exactamente lo que he dicho.

Lina les dedicó una mirada de disculpa y se despidió de ellos con educación.

—Nos vemos abajo, chicos.

Effy sintió cómo un frío que no provenía de ninguna parte la invadía. Esperó hasta que ella y Luca desaparecieron de su vista para volverse hacia Rainer, que parecía turbado.

Levantó una mano para rozarle el brazo y, durante una milésima de segundo, él se apartó de su tacto, como si fuera una reacción muscular involuntaria.

Trató, de nuevo, de que no le doliese.

Enseguida la tomó de la mano, con su mirada de nuevo enfocada y su atención puesta en ella.

—Sí, sí. —Sacudió la cabeza, aturdido—. Vamos, Cohete.

—¿Estamos bien? —insistió.

Rainer le besó la frente.

—Claro.

Bajaron juntos, de la mano, hasta que llegaron al vestíbulo principal. Ahí Rainer deslizó los dedos lejos de ella.

El frío, en cambio, no la abandonó.