Dar el salto 36 Rainer
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36 Rainer

—Buenos días, Vaux —susurró cuando la vio abrir los ojos mucho después de que el sol saliera.

Estaba preciosa: su pelo enredado y ondulado desparramado por la almohada de sábanas blancas, su piel clara y limpia haciendo resaltar aún más sus pecas del color de la canela.

Le repasó la nariz con un dedo y se deleitó con cómo ella parecía inclinarse hacia el contacto.

La estrechó aún más, aspirando el aroma de su piel, al que se había vuelto sin lugar a dudas adicto, y recreándose en sentir su perfecto cuerpo desnudo contra el suyo.

Un ojo azul medianoche se clavó en él.

—Rainer… —Su voz nunca había sido tan suave y tranquila, como si aquel intervalo entre la realidad y el sueño le permitiera mostrarse vulnerable—. ¿Qué hora es?

—Las nueve de la mañana.

Su respuesta la terminó de espabilar e hizo que abriera los ojos de par en par, poniendo una mueca que lo hizo sonreír como un bobo.

—¿Las nueve? ¿Estás seguro?

—Sí, Cohete, estoy seguro. ¿Qué pasa? ¿Tienes prisa?

Effy se revolvió entre sus brazos para ponerse bocarriba, mirando al techo.

Sopló un mechón de pelo de su flequillo.

Rainer le deslizó la mirada por el torso desnudo, que había quedado al descubierto, por la piel tersa y suave de su cuello y su plexo solar hasta sus pechos, que…

lo volvían loco. Trató de no descentrarse y se fijó de nuevo en su cara.

Parecía desconcertada, como si algo se le escapara.

—Nunca había dormido hasta tan tarde —acabó diciéndole—. Me siento… bien. —La más pequeña de las sonrisas se le extendió por el rostro, y él alzó una mano para acariciarle el cuello—. Ya ha salido el sol.

—Ha salido el sol —repitió él—. Ni rastro de la tormenta de ayer.

La inglesa le clavó la mirada con un leve rubor pintándole las mejillas.

—Sobre ayer…

—Me encantó —la cortó él—. De verdad.

Seguía acariciándola, embelesado con que aquella mujer estuviera realmente entre sus brazos y no en otra de sus imaginaciones.

—A mí también —exhaló ella—. Pero no sé si quieres que hablemos de…

Rainer no quería hablar, no quería pensar. No quería hacer otra cosa que seguir recorriendo con las yemas de los dedos el cuerpo desnudo de Effy o escuchar su voz mañanera o simplemente pasar el día con ella.

—Lo que quiero es ir al pueblo y desayunar en el Otto’s un buen plato de huevos con beicon, aprovechar el día soleado y luego volver aquí y contarte una cosa que hice ayer.

Vaux lo observó, tratando de averiguar algo que él no entendía. Pareció encontrar una respuesta satisfactoria en su mirada, puesto que se revolvió en sus brazos y le dijo:

—¿Qué cosa?

Rainer se inclinó para besarla.

—Es un secreto.

—Venga, Keller. —Le puso morritos—. Dímela.

—Nop.

—Sabes que no me gustan las sorpresas.

—Para empezar, eso te lo acabas de inventar, y para continuar, me da igual lo que hagas, Vaux, no vas a conseguir que te lo cuente.

Se dio cuenta demasiado tarde de que aquello había estado peligrosamente cerca de un reto. Y a su cohete le encantaban los retos, y más si tenían que ver con ganarle en lo que fuera a él.

—¿Estás seguro? —Y ahí estaba, no se había equivocado. Effy se incorporó de golpe. Quedó de rodillas sobre el colchón, mostrándole sin ningún tipo de pudor todo su cuerpo desnudo, esa vez a la luz brillante del sol—. ¿Quieres apostarte algo?

—Vaux, no pienso caer en tus jueguecitos…

—Oh, pero ya has caído, Keller.

Y vaya si lo había hecho.

Cuando Effy empezó a besarle los músculos del torso en camino descendente a su polla ya erecta, supo que había vuelto a perder.

De esa primera mañana juntos había pasado ya una semana, y la verdad era que llevaba siete días durmiendo como un niño.

Siete días en los que el insomnio, las pesadillas o los fantasmas del pasado no venían a buscarlo como siempre. Llegaba por la noche a la cama y caía rendido, complacido gracias al trabajo satisfactorio que Effy y él estaban ejecutando en la pista.

También, debía admitir, caía rendido gracias a que cada noche se acostaba a su lado.

La semana había pasado rápida y liviana. Y no sabía en qué momento había sucedido, pero ya solo quedaban unos días para que emprendieran su viaje a Estados Unidos. Hacia el mundial.

Ya casi lo estamos rozando con los dedos.

Después de todos aquellos meses, los entrenamientos, el trabajo duro y el sudor derramado. De que cada uno se hubiera enfrentado a sus demonios y a cosas que todavía no se habían atrevido a compartir con el otro…, el final estaba cerca.

Rainer tampoco quería pensar demasiado en lo que aquello significaba.

Sabía que Effy iba a retirarse después de ganar su quinto mundial.

Aún no conocía la razón, no se había llegado a sincerar con él sobre todo, pero…

podía empezar a imaginarse las cosas. Sentía que había llegado a comprender a la joven jinete de una manera en que nadie más la había entendido nunca.

Quizá tenía que ver con que, al fin y al cabo, eran las dos caras de una misma moneda.

Hacía unos meses aquella observación habría hecho que le bullera la sangre debido a los celos y a la irritación de saber que Effy Vaux era la nueva versión de lo que él alguna vez fue.

Si lo pensaba en ese momento, le proporcionaba una calma que nunca había sentido.

Linkin Park sonaba por los altavoces de su Jeep cuando llegó a los terrenos de la RK.

Había vuelto a su casa a mediodía porque había quedado con Klaus para comer, pero esa tarde tenía otro entrenamiento con Effy, uno de los últimos antes de viajar a Estados Unidos para el mundial.

Aquel año el sorteo había caído en la ciudad de Fort Worth, Texas, y ellos debían salir con antelación, ya que el ocho de abril debían estar ya preparados para empezar con los calentamientos y reconocimientos de la pista.

Ese día finalizaban los entrenamientos de Effy y Rainer.

Y esa verdad le generaba un sentimiento que todavía no había sabido cómo identificar.

Por una parte, estaba feliz con el trabajo realizado; estaba preparada y él nunca había estado más listo para volver al ruedo en calidad de entrenador.

Casi lo deseaba; la impaciencia y la adrenalina de vivir aquello otra vez eran como una emoción antigua que acababa de ser desempolvada después de mucho tiempo.

Pero a la vez… no quería plantearse lo que vendría después de aquello.

No quería pensar en que Effy se marcharía para siempre, dejaría la RK y volvería a lo que era su vida antes de eso.

Antes de él.

Así que no lo hizo.

Bajó de un salto del coche y se adentró en la nave de la pista interior, donde suponía que su amazona ya estaría esperándolo.

Ellos no habían sido los únicos en querer aprovechar aquellas últimas horas al máximo; algunos jinetes que también viajarían al mundial y sus entrenadores se encontraban allí, así como algunos profesores, domadores y entrenadores de apoyo.

Rainer buscaba a Effy por la pista cuando oyó algo que le llamó la atención:

—Estaba claro que acabaría pasando… —decía una de las entrenadoras de apoyo—. Estaba cantado desde hacía tiempo.

—Sí, desde las europeas, ¿verdad? —Esa era la voz de uno de los domadores. Él no lo conocía, era alguien externo que trabajaba allí contratado por un cliente.

—Sí —confirmó la suplente—. Todos dicen que no se despegaban para nada. Me parece tan fuerte…

—¿Crees que es una estrategia para ganar popularidad?

—Quizá solo están follando y ya…

No había escuchado nombres, pero Rainer sabía que estaban hablando de él y de Vaux. Algo en el pecho se le contrajo y un escalofrío le bajó desde la nuca hasta el coxis.

Emprendió el paso a la pista, caminando con forzosa autoridad para que aquellas dos personas lo vieran llegar. Como temía, en cuanto lo vieron se callaron, compartiendo una mirada que lo decía todo.

Joder.

Su mente empezó a moverse a toda velocidad, planteando todos los escenarios posibles en que aquello pudiera repercutirles en algo.

Sabía que esa última semana ninguno de los dos había fingido demasiado, pero él se había convencido de que nada había cambiado en su rutina.

Al fin y al cabo, siempre estaban juntos, lo hubieran querido ellos o no.

Entrenaban, comían y a veces cenaban juntos.

Iban al gimnasio de la RK juntos. Se sentaban en las salas comunes a discutir estrategias juntos.

Como siempre.

Pero también era verdad que habían empezado a escabullirse como adolescentes a rincones oscuros para robarse besos.

Que las noches las compartían enredados entre las sábanas.

Y que varias veces Rainer la había sacado de la academia para escaparse al bosque, o al pueblo o al lago a tener un momento para ellos dos solos.

Por no hablar de que había empezado a montar con Effy y Annika cuando el horario lo permitía, ambas atentas y deseosas de verlo retomar lo que durante tanto tiempo había abandonado y que había vuelto a hacer gracias a Golden Memory.

Cada día que pasaba, se maravillaba más con el joven caballo, con su energía y ganas de aprender. Sí era cierto que lo esperaba por delante un entrenamiento difícil, pero las pocas montas que había hecho con el potro no habían salido nada mal.

Algo había cambiado, sí.

Pero para él había sido tan natural…, tan acertado.

Encontró a Effy dando vueltas en la pista al trote, calentando los músculos de Hello Sanctos antes del entrenamiento.

Como si lo hubiera sentido, lo encontró entre toda la gente dispersa por las gradas y le dedicó un saludo alegre como nunca saludaba a nadie.

Rainer no pudo evitar que las comisuras de los labios se le alzaran, pero no le devolvió el gesto.

No con toda aquella gente que ya los estaba observando.

Aun así, oyó susurros a sus espaldas que le hicieron apretar la mandíbula. Pero los ignoró.

Todo iba bien. No estaban haciendo nada malo.

Él no le estaba haciendo nada malo.

Con ella todo iba a ser diferente a lo que fue la última vez.

Él no era ella y Effy no terminaría siendo como él.

Estaban bien.