Dar el salto 35 Effy #2
77%

35 Effy #2

Él dejó de lamerla un segundo y Effy abrió los ojos para entender la razón. Se topó con sus ojos casi violáceos analizándola con fervor.

—No te tomaba por alguien creyente, Vaux.

—Y no lo soy.

Rainer la lamió sin apartar la mirada de la suya. Le temblaron las piernas, excitada y a punto de entrar en combustión.

—Pues entonces deja de llamar a otro cuando soy yo el que está a punto de hacer que te corras.

Nunca le había gustado que le impusieran nada, pero eso…

eso la puso tan cachonda que lo único que pudo hacer fue gemir y prepararse para lo prometido.

Se centró en la sensación de la lengua, que la devoraba, y los dedos que habían empezado a acompañar a esa boca, entrando y saliendo de ella con calma, sin prisa, con una lentitud casi tortuosa.

No entendía cómo aquel placer estaba permitido.

Normalmente sus clímax solían producirse de manera abrupta, casi demasiado rápidos como para paladearlos como a ella le habría gustado.

Pero con Rainer fue totalmente al contrario: las olas de placer llegaron a ella lánguidas y largas, haciendo que las piernas le temblaran y los músculos del torso se le contrajeran.

Se agarró a lo que pudo, con las manos aferradas a la tela del sofá suave, y sus gemidos cada vez más altos.

La boca de Rainer siguió haciendo lo suyo, con los labios rodeándole el clítoris hinchado y asegurándose de que quedaba bien cubierto.

Elizabeth no tardó mucho en alcanzar el orgasmo, y al hacerlo, el grito que abandonó su garganta formó una única palabra: su nombre.

Cuando tuvo la fuerza de volver a abrir los ojos se encontró con Rainer, fascinado con ella, una sonrisa creída dibujada en esos labios que acababan de llevarla al límite y más allá.

—¿Te sientes orgulloso de ti mismo? —le preguntó con el intento de un desafío en la voz.

Él se deslizó hacia arriba hasta quedar frente a frente, con las caderas pegadas a las suyas y su polla palpitándole contra la entrada.

—Sí, pero más lo voy a estar cuando te folle y vuelvas a gritar así mi nombre, Cohete.

Se agarró el miembro, acariciándoselo con movimientos perezosos.

—¿Y a qué esperas, Keller?

Se levantó rápidamente, directo a sus pantalones vaqueros, y de uno de sus bolsillos extrajo un envoltorio plateado. Un condón.

—¿De dónde lo has sacado? —Arrugó la nariz.

Rainer volvió con ella y se inclinó para besarle la punta de esta.

—Es el que guardo siempre en mi cartera. No sabía si tomabas la píldora y quería venir preparado por si acaso terminábamos en la cama… o en el sofá. —Le guiñó un ojo.

—Sí que me tomo la píldora —le informó.

Él volvió a besarle en la nariz.

—Perfecto. Pero de momento lo haremos con condón, ¿vale? Hasta que pueda demostrarte que estoy limpio.

Aquel gesto hizo que algo dulce y suave se removiera dentro de ella. Sabía que era lo mínimo que podían decirle, pero… ningún hombre había hecho eso con ella antes.

—Te necesito, Rainer.

Sus frentes chocaron.

—Te necesito, Effy.

Con un rápido movimiento, se introdujo en ella.

Ambos soltaron aire a la vez, un gemido en el fondo de su garganta originado por el placer y el alivio.

Tardaron un momento en terminar de acoplarse el uno al otro, pero cuando lo hicieron, empezó a penetrarla rítmicamente, deslizándose en su interior hasta el fondo, para luego sacar la polla hasta la punta y repetir el proceso.

Ella se agarró a su espalda y le mordió el cuello, deseando que le diera más y más, que pudiera quedarse a vivir en la sensación de sus caderas moviéndose contra ella, sus cuerpos unidos y el placer recorriéndolos a ambos.

—Joder, Vaux, estás tan mojada…

—Por ti, Rain. —Sus labios volvieron a encontrar el camino hasta juntarse. Effy los lamió, saboreándose en ellos—. Solo por ti.

Él gimió, y le apretó las caderas, levantándolas para poder penetrarla más profundo, llegando casi hasta el final. Ella jadeó contra su boca, y el alemán la abrió como si quisiera tragárselo, tragarse todo lo que ella quisiera darle.

Sus suspiros, el sonido de sus cuerpos entrechocando y la melodía de la tormenta eran lo único que se oía en el salón a oscuras de Effy.

La humedad siguió creciendo, hasta tal punto que el pene de Rainer se deslizaba en su interior con tanta suavidad como la seda más lujosa.

Cuando le rodeó la cintura con las piernas, Rainer profirió un gruñido profundo.

—Me vuelves loco, Cohete —le confesó contra su cuello—. No puedo pensar en otra cosa que no seas tú… Eres lo último que visualizo antes de dormirme y lo primero que viene a mi mente cada mañana… Joder, no sabes hasta qué punto me tienes a tu merced.

Movió las caderas en círculos, haciendo que la penetración llegara más profunda. Ambos jadearon a la vez.

—Más, Rain, más.

Él hizo lo que le pedía, embistiéndola con toda la fuerza que tenía.

Un chispazo de placer le recorrió el cuerpo entero.

Abrió la boca para buscar más aire, ya que sentía que se ahogaba en la sensación.

El ritmo había crecido hasta el punto de que no entendía dónde acababa su cuerpo y dónde empezaba el de él.

—Joder… Voy a correrme, Effy. —Su aviso llegó de manera entrecortada, entre jadeo y jadeo—. ¿Puedo correrme?

Ella le acarició el rostro, y se maravilló, una vez más, por estar haciendo lo que estaba haciendo con él.

—Córrete para mí, Rainer.

Él cerró los ojos y se dejó ir. Sintió cómo la polla vibraba dentro de ella, y las paredes se le cerraron en torno a esta. Rainer la llamó por su nombre y Effy le besó la comisura de los labios.

Cuando acabó, se dejó caer encima de ella, su cuerpo un peso reconfortante que la cubría de una manera deliciosa.

Rainer abrió por fin los ojos, y sus miradas volvieron a entrelazarse.

Había aún restos de lujuria impregnados en sus iris claros, pero algo más comenzaba a abrirse paso, un sentimiento cálido y especiado que la envolvía por completo.

Él le acarició el pelo enredado y se lo apartó de la cara.

Aún estaban húmedos, la lluvia entremezclada con el sudor.

La tormenta seguía sobre el valle, una melodía que los acompañaba en ese momento de silencio.

—Ha sido increíble.

Effy le acarició el rostro. Se sentía exactamente igual.

—No te vayas —le pidió con la voz cargada de las emociones que la estaban inundando—. Quédate conmigo esta noche.

Él la abrazó por la cintura.

—No pensaba marcharme a ninguna parte. —Salió de ella y se incorporó. Ella se quejó con un gemido molesto—. Venga, te llevo a la cama, Cohete.

La volvió a alzar en brazos y la colocó de manera que el rostro le quedara en el hueco entre su cuello y su hombro. Effy aspiró su aroma: salado, masculino y con un toque de tormenta. Entrelazó los brazos detrás de su cuello y se dejó mimar por Rainer.

Cuando la depositó sobre la cama, le dio un beso rápido en los labios. Ella alargó una mano y lo arrastró a su lado. Sus cuerpos encajaron a la perfección, como si hubieran hecho aquello un millón de veces.

Él suspiró, una exhalación larga y profunda que lo llevó a relajar todos y cada uno de sus músculos. Nunca lo había visto de esa manera, como si pudiera, por una vez, no estar alerta a su entorno. Como si no tuviese que llevar ninguna máscara de rectitud.

Le fascinaba aquel Rainer.

Se abrazó más a él, disfrutando de su calor corporal y de sus manos recorriéndole la espalda en lentos círculos.

Se dio cuenta de que podría acostumbrarse a aquello.

De que lo deseaba.

Sus labios le besaron la frente.

—Buenas noches, Effy.

—Buenas noches, Rain.