Dar el salto 35 Effy
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35 Effy

Rainer abrió la puerta de su habitación de la residencia de un portazo.

Con la otra mano la sujetaba a ella.

La había cogido en brazos a medio camino del pasillo, cuando no dejaban de tropezarse con sus propios pies debido al enredo de besos, caricias y palabras susurradas que los distraía demasiado como para seguir un camino recto.

Effy había soltado un grito ahogado y luego había reído encantada al comprobar el poco esfuerzo que suponía para Rainer cargarla como si no pesara nada. Ella no había dejado de decorarle el cuello húmedo con un reguero de besos hambrientos, loca por tenerlo a su merced como había estado deseando.

La vuelta a la academia había sido una tortura, pero tener que guardar a ambos caballos, secarlos y asegurarse de que estaban bien lo había sido todavía más. No se habían quitado la mirada de encima el uno del otro, incapaces de separarla más de cinco segundos seguidos.

Effy, por miedo a perder lo que fuera que estuviese sucediendo entre ellos. Como si con cualquier gesto, palabra o mirada pudiera despertar de un sueño del que no quería salir. Nunca.

Rainer, como si temiese que a ella fuera a pasarle algo si él no le dedicaba cada una de sus atenciones.

Nunca la habían mirado así.

Ella entendió que, desde que los ojos azules de él se habían posado en los de ella aquel primer día, había conseguido observarla de maneras diferentes, maneras que le alteraban la sangre y le agitaban la respiración.

Maneras que eran nuevas para ella. Maneras que gritaban palabras de deseo y promesas de amor.

Cuando la puerta se cerró, Elizabeth volvió a buscar los labios ávidos de Rainer, convencida de que podía morir si no los besaba una vez más antes del próximo segundo.

Él la alzó todavía más, esa vez con ambos brazos, y se dejó mecer por él hasta que llegaron al salón del apartamento y la volvió a depositar en el suelo.

No hicieron falta palabras, con tan solo una mirada ambos empezaron a desprenderse de su ropa empapada.

Escuchó cómo el polar de Rainer caía al suelo con un chof y, detrás de este, su camiseta.

Elizabeth había llegado ya a su sujetador deportivo, y estaba tratando de bajarse los pantalones de montar, que se habían adherido a ella como una segunda piel.

—Espera. Yo te ayudo.

Rainer la condujo al sofá, y Effy se sentó en el borde. Sus ojos le recorrieron el torso esculpido de arriba abajo.

Tragó saliva y él, como respuesta, le dedicó una sonrisa perezosa.

—¿Te gusta lo que ves?

Algo en esa frase la llevó a otro momento hacía más de siete meses; ellos dos en aquella misma habitación, pero en un contexto muy diferente.

Se acababan de conocer.

Ninguno quería estar en presencia del otro.

Y parecían no soportarse.

Cómo había cambiado todo… Si alguien le hubiera dicho en aquel momento que terminaría sintiendo por aquel hombre lo que sentía en ese instante, Dios, lo habría mandado a la mierda sin pestañear siquiera.

—Me gustaría ver más —contestó con el deseo concentrado en la garganta.

—Impaciente. —La voz grave se le transformó en un susurro antes de bajarle los pantalones de un movimiento.

Effy se quedó prácticamente desnuda para él.

La tormenta seguía arreciando contra los grandes ventanales de su salón, con el agua formando pequeños riachuelos en los cristales.

—Solo quiero igualdad de condiciones. De momento soy la única en ropa interior.

Rainer se lamió el labio.

—Eso tiene rápida solución. —Sus vaqueros cayeron al suelo y los apartó de una patada, mandándolos donde el resto de su ropa mojada estaba amontonada—. ¿Contenta?

Effy se acomodó en el sofá.

—Podría estarlo más.

Dio un paso hasta llegar a ella, y la amazona alzó la mirada, volviendo a recorrer, esa vez sí, el cuerpo semidesnudo del alemán.

Los músculos cincelados gracias al duro trabajo de todos esos años, brillantes por culpa del agua de tormenta.

Tenía un torso fornido, con un pecho amplio y unos brazos enormes…

, que la volvían loca. Alargó la mano para acariciarle la parte baja del ombligo, sintiendo su piel caliente y la línea de vello rubio que se perdía debajo de sus bóxers negros de Calvin Klein.

Rainer gimió.

Effy podía ver la erección a través de sus calzoncillos. Era grande, y a ella se le hizo la boca agua.

Pero estaba nerviosa, casi como si temiera continuar con lo que estaba a punto de suceder entre ambos.

Se revolvió en su asiento y levantó de nuevo la mirada hasta el rostro de Keller, que la estaba observando con una mueca de profundo anhelo pero que, en cuanto sintió sus dudas, se puso en cuclillas para estar a la altura de sus ojos.

—¿Qué sucede, Cohete? —Effy quiso volver a besarlo, volver a perderse en su boca—. ¿No estás segura? No hace falta que sigamos adelante, podemos parar cuando tú quieras.

Ella le pasó el dedo índice por los labios, un gesto cariñoso para pedirle silencio.

—No es eso. —Rainer le besó la punta del dedo—. Nunca lo he hecho…

—¿Eres virgen?

Ella sonrió.

—No, Rain, no soy virgen. Quería decir que nunca lo he hecho con alguien que me importara.

Los ojos de él se suavizaron, entendiendo lo que le estaba queriendo decir. Fue su turno de acariciarle el rostro con las grandes manos, el calor de sus palmas otorgándole un placer que ella aceptó con ganas.

—Para mí también es especial, Effy. —Sabía que se lo estaba diciendo en serio por cómo lo hizo: con una urgencia real de que le creyera—. Para mí tú eres especial.

—Bésame.

Y Rainer la besó.

El fuego con el que se habían devorado no tardó en volver a alcanzarlos con la misma precisión que la de los rayos que seguían iluminando el cielo allí fuera, en el bosque.

Effy cayó contra su espalda y gimió cuando sintió el peso del alemán sobre ella.

Él se aseguró de no aplastarla, descargando la fuerza en los antebrazos, que colocó a cada uno de sus lados.

Ella, mientras tanto, se deshizo de su top deportivo.

Los dedos de él buscaron sus pezones, acariciándolos con suavidad al principio, pendiente de su reacción.

Ahogó un sollozo de puro placer, y Rainer ejerció más presión sobre estos.

Tenía el corazón en la boca y muchas ganas de sentirlo todo, todo lo que él quisiera darle.

Con las manos buscó la goma de sus calzoncillos y tiró de ellos hacia abajo, revelando por fin su miembro duro.

La imagen le cortó la respiración.

—Tan impaciente… —susurró él contra su oído. Su aliento le provocó un escalofrío que le llegó hasta la punta de los pies.

—¿Puedo tocarte?

—Cariño, puedes hacer conmigo lo que quieras.

Rainer volvió a reclamarle la boca como suya, y Effy se dejó besar, siguiendo sus movimientos expertos como si de su guía se tratase. Bajó la mano derecha, recorriéndole de nuevo los pectorales robustos y el estómago definido hasta llegar a la polla.

Estaba caliente y suave y ella le pasó el pulgar por la punta húmeda.

El gruñido que profirió él contra su boca fue estímulo suficiente para repetir el movimiento. Después la rodeó con los dedos y empezó a acariciarla muy suave, arriba y abajo, deleitándose con su tacto, su dureza y su tamaño.

—Sí, Eff, sigue así, cariño.

Segura por sus palabras de ánimo, profundizó el tacto hasta empezar a masturbarlo con ganas. Rainer seguía besándole y acariciándole los pezones, y, conforme ella aumentaba el ritmo contra su polla, él lo aumentaba en sus pezones, cada vez más duros y necesitados de atención.

Ambos gimieron al mismo tiempo, incontrolables, perdidos en el placer que se estaban proporcionando mutuamente.

Abrió aún más las piernas, acomodando a Rainer entre ellas y haciendo que, con el movimiento, la punta de su miembro le rozara la ropa interior ya húmeda debido a su propia excitación.

Como si él se hubiera dado cuenta en ese mismo instante, deslizó la mirada hasta el centro de sus piernas y chascó la lengua con la voz ronca.

—¿Qué haces aún con eso puesto? —Effy lo miró con fingida inocencia y él entornó los párpados, nada complacido con el tanga aún adherido a sus piernas—. Fuera. Ya.

Su mano tiró del hilo de su ropa interior, apartándola de ella sin apenas control. Cuando Rainer vio su centro expuesto, suspiró.

—Joder… Elizabeth.

—¿Sí, Rain? —lo tanteó—. ¿Qué pasa?

—Eres… bellísima.

Sintió cómo las mejillas se le encendían y la garganta se le secaba. ¿Lo era?

—¿Sí?

—Déjame comerte —le suplicó como un hombre sediento en medio del desierto—. Por favor.

La visión se le nubló por un instante, haciéndola perder cualquier habilidad para asentir.

Rainer la observaba ligeramente incorporado, con el pelo rubio revuelto por culpa de la lluvia, sus ojos azules claros empapándose de ella, tragándosela con la mirada, su cuerpo perfecto encima del suyo y la boca abierta ligeramente en forma de o.

Era tan… tan perfecto.

Cuando volvió en sí y comprendió que él estaba esperando su permiso, le dijo:

—Hazlo.

Rainer no necesitó que se lo repitiera dos veces.

Un reguero de besos húmedos la recorrió desde la mandíbula, pasando por el cuello y las zonas sensibles de este que le hacían encoger los dedos de los pies, por los pechos pequeños expuestos, los pezones endurecidos y el abdomen definido. De ahí a los huesos de las caderas y a su monte de Venus.

Sintió la respiración cálida de Rainer contra su centro y la expectación la partió en dos, cegadora e intensa.

Le besó los labios exteriores con reverencia, al principio con delicadeza y luego profundizando, separando con la lengua la abertura entre ambos para llegar a su clítoris. Un fogonazo blanco de placer la cegó durante un momento.

Ahí. Ese era justo el punto.

Rainer siguió devorándola, cada vez con más intensidad, con más vehemencia, como si con cada lametón su autocontrol lo abandonara, dejándole solo con sus instintos más primarios.

Effy sentía su lengua por todas partes, sus labios besándola y rezándole las plegarias más dulces que jamás había recibido.

Notó su barba acariciarle la parte baja de su centro y cómo de vez en cuando arrastraba su poderosa nariz de arriba abajo, hasta su clítoris y luego de vuelta hacia arriba. La estaba volviendo loca.

—Dios…