34 Effy
Otro trueno reverberó en medio de la espesura del bosque.
Sodashi volvió a asustarse, y levantó la cabeza tratando de escapar en cualquier dirección. Effy tiró con fuerza de las riendas hacia abajo, peleando con su montura para mantenerla a su lado.
—Shhh, Sodashi, espera —le habló desde el suelo—.
No es nada, solo un trueno. —Esta relinchó y ella deseó por octava vez poder volver atrás en el tiempo para coger a su caballo en vez de a la yegua.
Soltó un largo suspiro—. Tía, no te asustas de los cañones de confeti en las competiciones, no puede ser que esto sea para tanto.
El cielo se iluminó, partido en cientos de fragmentos gracias a los rayos que siguieron.
Ahí, tuvo que reconocer Effy, se asustó hasta ella.
Sentía la mano tensa y el brazo cargado por el esfuerzo de sujetar a Sodashi para que no terminara de perder el poco control que le quedaba.
Tomó otra respiración y siguió andando una vez que se aseguró de que la yegua se relajaba.
Volvió a llevarse la mano que le quedaba libre al bolsillo para buscar su móvil, pero recordó que se había quedado sin batería.
—Genial, el día perfecto para que a mi yegua se le salte una herradura en medio del bosque al anochecer. Es perfecto. —Hablaba en voz alta, ya que el sonido de su voz la tranquilizaba—. Si al final Keller tenía razón con lo de ir con cuidado al salir de paseo…
Eso último le escoció en el ego.
Esperaba que, una vez llegara a las inmediaciones de la academia, él ya no estuviera allí. Si veía el Jeep Wrangler amarillo de su entrenador, estaría perdida.
Podía imaginarse perfectamente la perorata que le dedicaría: la llamaría inmadura e irresponsable y le repetiría los peligros de haber salido sola, ¡sola!, de paseo, en medio de la tarde con una tormenta a la vuelta de la esquina.
«¿Acaso eres una inconsciente, Elizabeth?», le preguntaría él.
Y ella… No podría hacer otra cosa que morderse la lengua porque sí, era orgullosa, pero hasta ella entendía que su entrenador tenía razón y que se vería obligada a tragarse sus contestaciones mordaces habituales.
Siguió caminando a paso lento, fijándose muy bien en el camino bajo sus pies para tratar de no volver a resbalar con ninguna piedra demasiado suelta.
Además, no quería que Sodashi se clavara nada en su casco virgen y que aquella anécdota pudiera pasar a ser algo más grave.
Y a menos de dos semanas del mundial…
Effy Vaux, eres tonta.
No sabía cuánto tiempo llevaba caminando, pero se le estaba haciendo eterno.
—Prometo que, si te portas bien, te daré todas las manzanas que tú quieras —volvió a divagar, esperando que a Sodashi también la relajara el sonido de su voz—. De las amarillas, ni más ni menos, que sé que son tus favoritas…
Algo le cayó en la punta de la nariz.
Una gota de lluvia.
—Joder, no.
Luego otra sobre la coronilla, y tres más en el hombro, pómulos y pestañas.
A partir de ahí perdió la cuenta de dónde caían, ya que estaban por todas partes.
Las nubes negras habían terminado por abrirse y descargar con furia toda el agua que transportaban.
Comenzaron a castañearle los dientes, y los mechones que sobresalían de sus dos trenzas semideshechas se le adhirieron a la cara.
Effy se volvió para observar a Sodashi, aunque cada vez podía atisbar menos y menos; la luna se había escondido tras una de las nubes de tormenta, dejando una luz pobre y grisácea que no le servía de mucho.
Trató de ignorar el frío, el agua que se le colaba entre las fibras de la ropa de entrenar, las manos congeladas y entumecidas y sus pies rígidos por culpa de las botas, que poco la ayudaban en aquellas condiciones.
Seguía agarrando las riendas con la mano derecha, ejerciendo la misma presión todo el tiempo para que Sodashi ni se planteara salir huyendo.
Otro trueno se oyó en la lejanía y un viento helado agitó las copas de los árboles, haciendo que la lluvia cayera con mayor intensidad desde su lado izquierdo.
Effy estaba valorando subirse en Sodashi y rezar a quien quisiera escucharla para llegar sana y salva a la RK cuando oyó un sonido que desentonaba con los de la melodía de la tormenta.
Por un momento no entendió qué era; se quedó ahí, inmóvil en medio del camino, con el corazón desenfrenado y la indecisión paralizándola.
Algo llegaba desde el camino que conducía a la academia.
Algo no, alguien.
La lluvia seguía cayendo sobre ella, y no le dejaba ver nada más allá de tres palmos de distancia de donde se encontraba. Pero sí podía escuchar el sonido rítmico de… ¿unos cascos?
¿Alguien había ido a buscarla?
¿Acaso Davi? ¿O algún otro jinete?
Se le entrecortó la respiración.
¿Y si…?
No. Imposible.
Apartó ese hilo de pensamientos de inmediato, sabiendo la respuesta antes siquiera de formular la pregunta.
Él llevaba años sin subirse a un caballo, y esa tarde de tormenta no iba a ser el día que cambiara aquello, pero entonces vislumbró el caballo que se acercaba a toda velocidad hacia ella.
Era castaño, tan oscuro que casi parecía negro, y galopaba como si la lluvia, la poca luz o la tormenta no importaran.
Como si el peligro quedara demasiado lejano como para alcanzarlo.
¿Quién coño se atreve a montar así?
Y entonces lo vio.
Rainer Keller, empapado bajo la lluvia, instando a su montura a que se moviera más rápido. El rostro contraído en una mueca de determinación completa.
Effy solo tuvo tiempo de abrir la boca antes de que él frenara con un golpe seco al caballo y bajara de un salto. No podía creer lo que acababa de ver… Él… él…
—¡Cohete!
En menos de un suspiro, Rainer se abalanzó sobre ella, agarrándole el rostro con ambas manos y buscando con su mirada desesperada alguna señal que le confirmara sus peores sospechas.
Ella, por el contrario, solo podía fijarse en él, sus ojos azules del tono más oscuro que había visto nunca y su rostro perfecto, empapado por las gotas de lluvia que le surcaban la piel.
—Dios, estás helada —le dijo mientras recorría con las manos una y otra vez su cara y le apartaba los mechones empapados—. ¿Qué ha pasado?
Effy solo podía mirarlo. Y mirarlo y mirarlo.
Con una mano seguía agarrando las riendas de Sodashi, pero la otra ascendió hasta atrapar uno de los brazos de su entrenador.
—Rainer…
—¿Estás bien? —volvió a repetirle con urgencia.
—Te has subido a un caballo —exhaló ella, todavía maravillada.
Él pareció no entender a qué se refería.
—Podría haberte pasado cualquier cosa, Effy. —La estaba reprendiendo como si no hubiera nada más importante en ese momento—. ¿En qué estabas pensando? ¿Y con esta tormenta? ¿Entiendes que podría haberte pasado algo?
Ella negó con la cabeza.
—Rainer —lo cortó—. Te has vuelto a subir a un caballo.
La lluvia caía sobre ellos como un manto plateado mientras el viento seguía soplando, meciendo las ramas con violencia; no parecía que fuera a amainar de un momento a otro.
El frío seguía encontrando el camino hasta calarla entera, y sabía que no estaban del todo seguros, todavía no, pero, aun así, no había otro lugar en el mundo donde quisiera estar más que en aquella tormenta con Rainer Keller contemplándola justo como lo estaba haciendo en aquel instante.
—Y lo volvería a hacer mil veces con tal de llegar dondequiera que te encontraras tú, Cohete.
—Ella aspiró el aire helado—. No sabes lo preocupado que he estado, no te haces una idea.
Cuando he sabido que no estabas, yo… he perdido la puta cabeza, Effy.
—Sus manos masculinas afianzaron la posición sujetándole la mandíbula y llegando hasta los pómulos.
Obligándola a anclar sus miradas—. No vuelvas a hacerme algo así nunca más.
No puedo soportar la idea de saber que algo malo pueda pasarte.
—Rainer, estoy bien —susurró.
—Pues yo no lo estoy, joder. —Algo en el ambiente había cambiado, una electricidad estática que nada tenía que ver con la de los rayos que iluminaban el cielo sobre ellos—. Yo no lo estoy.
Effy quiso preguntarle a qué se refería, pero él no le dio tiempo a hacerlo.
Se abalanzó sobre ella con desesperación, como si no haberlo hecho hasta ese momento le hubiera supuesto un dolor físico del que no podía escapar.
Sus labios entrechocaron, húmedos por culpa de la lluvia.
Sintió cómo Rainer Keller exhalaba contra sus labios con un suspiro de alivio que le erizó la piel.
Se dejó devorar por él; su boca reclamaba la suya, con sus dientes mordisqueándole el labio inferior y la lengua abriéndose paso hasta encontrar la de ella.
Effy gimió.
Rainer se separó en el momento justo en que un rayo partía por la mitad el cielo, permitiendo que su luz plateada los bañara durante unas fracciones de segundo.
La mirada de él era anhelo, y hielo ardiente y estrellas en el firmamento.
Esa vez fue la amazona la que se lanzó para besarlo, incapaz de pensar en otra cosa que en los labios de su entrenador sobre los suyos otra vez.
Lo dio todo en aquel beso: la verdad que llevaba guardando meses, los pensamientos que le había dedicado desde el día que lo conoció y hasta una parte de su alma,
esa que no había dejado de brillar con vehemencia desde que los ojos de Rainer Keller le cambiaron la visión de todo lo que alguna vez había tenido por seguro.
Él la estrechó entre los brazos y, a pesar del frío y del viento, de la lluvia y los truenos, Effy sintió calor; uno más intangible, menos literal. Pero el más intenso que había experimentado en sus veintidós años de vida.
—No dejes de besarme —le rogó—. Ni se te ocurra dejar de besarme.
Rainer se separó de ella apenas unos centímetros. El vaho de sus respiraciones entrechocaba, al igual que lo hacía la alta tensión que los había envuelto.
—No pienso separarme de ti, Cohete.
—Demuéstramelo.
Volvió a besarla. Un beso rápido, profundo y con un mensaje claro.
—Con mucho gusto.