33 Rainer
Cuando salió de los establos después de haber estado con Golden Memory, ya era tarde. El sol hacía un rato que se había puesto y a lo lejos unas nubes negras parecían acercarse a toda velocidad.
Otra vez tormenta no.
Rainer se apresuró a volver a los establos de la academia. Aún debía recoger todas sus cosas y entregarle a Effy unos documentos que tenía que firmar para el mundial.
La grava crujió bajo sus pies mientras maldecía para sí mismo no haberse llevado una chaqueta. El aire aquellos días provenía del norte, y era tan frío que se le clavaba en la piel como pequeñas cuchillas, y la tormenta que se avecinaba no ayudaba a apaciguarlo.
Cuando llegó a los establos principales, fue directo a su despacho a por los papeles que hacía unas horas había terminado de revisar y firmar, luego buscó a Effy por las instalaciones.
No la encontró en la pista cubierta entrenando por su cuenta como le había comentado aquella mañana, cuando habían hablado, que haría. Tampoco estaba en las duchas.
Rainer fue al establo de Hello Sanctos y vio al caballo alazán disfrutando de la cena que los mozos ya le habían puesto.
Frunció el ceño, pero supuso que ese día habría sacado a Sodashi, así que dio media vuelta y se fue a buscarla. Como había imaginado, no se encontraba allí.
Algo en el estómago se le revolvió.
¿Dónde coño estaban?
Rainer desanduvo el camino por el gran pasillo central, con paso cada vez más apresurado y los papeles arrugados entre las manos.
Cuando llegó a la sala de descanso del edificio principal se encontró con un par de profesores de la academia, un domador y dos entrenadores de jinetes de la RK.
No perdió el tiempo en formalidades.
—¿Alguien ha visto a Effy?
El domador, Thomas, se terminó de un trago el refresco que se estaba bebiendo y lo miró.
—La he visto salir de los establos hace… —consultó su reloj digital— una hora y media. Se iba a dar un paseo.
—Joder.
Salió disparado hacia el exterior.
Volvió a recorrer los establos principales, y las duchas, el guadarnés y los establos de los dos caballos de Elizabeth Vaux.
En uno, Hello Sanctos seguía disfrutando de su cena.
El otro, vacío.
—La voy a matar —susurró entre dientes.
El cielo iba tornándose cada vez más oscuro, la tormenta no tardaría mucho en caer y si Effy no volvía pronto…
el día podía acabar en tragedia. Por mucho que Vaux fuera una amazona experimentada, siempre había riesgos en montar sola, de noche, por unos bosques que todavía no conocía a la perfección y, encima, con tormenta.
Volvió a emprender la marcha hacia el exterior y corrió hasta que llegó a la entrada de la academia, donde el camino se bifurcaba en dirección al pueblo o a las espesuras de la Selva Negra.
No vio nada, e hizo acopio de toda la tranquilidad que pudo invocar para no echar a correr hacia el bosque como un hombre sin razón.
Sacó el móvil y la llamó.
—Joder, cógemelo.
«El teléfono al que has llamado está apagado o fuera de…».
Soltó un resoplido, nervioso y cada vez más preocupado.
¿Dónde cojones se había metido?
Rainer alzó la mirada al cielo: las nubes negras cargadas de lluvia estaban ya casi encima del terreno de la academia. Volvió a echar a correr a los establos.
Solo podía escuchar el sonido de su respiración y el retumbar de su desenfrenado corazón.
¿Qué coño hace fuera tanto tiempo?
¿No se da cuenta de que es tarde?
¿Y si le ha pasado algo?
No… No pienses así…
Mierda, ¿y si sí le ha pasado algo?
Las preguntas sin respuesta comenzaron a sucederse, incansables, por su mente, y cada una llegaba con más urgencia que la anterior.
—Vaux, mierda.
Se llevó las manos a la cabeza y cerró los ojos tratando de pensar qué hacer.
Quizá podía coger el coche y salir a buscarla, pero…
No, Vaux nunca tomaba los caminos principales; por lo que sabía, siempre optaba por la ruta este, la que bordeaba el río y luego volvía a la academia describiendo un trayecto circular.
Era la más tranquila y la que permitía disfrutar más del paisaje sin forzar al caballo.
Entonces llamaría a…
¿A quién coño podía llamar?
Rainer estaba solo. Solo ante la posibilidad de que, si realmente algo le había sucedido a su amazona, debía actuar rápido antes de que pasara algo realmente malo.
Malo como…
Un trueno rompió el cielo.
Luego tres rayos iluminaron el cielo oscuro y profundo.
La lluvia no tardaría en llegar, y si lo hacía, todo podría complicarse mucho. Demasiado. Rainer cuadró los hombros y se precipitó al interior de los establos. No podía permitirse perder más tiempo en pensar qué era lo que tenía que hacer.
Porque lo sabía perfectamente.