Dar el salto 32 Rainer
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32 Rainer

Annie no se había podido creer su respuesta cuando se la había expresado aquella mañana.

—¿De verdad, Rain? —lo cuestionó por tercera vez—. ¿Me lo estás diciendo en serio?

Él la miró con toda la confianza que en realidad no sentía y volvió a afirmárselo.

—Sí, quiero hacerlo.

Su hermana mayor no le dedicó ningún comentario más al respecto, como si, después de todo aquel tiempo insistiéndole sobre el tema, no terminara de creerse que por fin lo había conseguido.

—Vale, ¿quieres que te acompañe?

Negó con la cabeza. No era que no quisiera a Annika con él, pero su instinto le decía que necesitaba hacer aquello solo. No sabía exactamente qué era lo que le había dado esa mañana al levantarse, pero una sensación de certeza lo había invadido: quería avanzar.

Avanzar en su vida.

Avanzar en sus miedos.

Y avanzar en lo que durante casi seis años se había quedado estancado dentro de él.

Rainer no era un experto en nada de eso, ni siquiera se había atrevido a ir a terapia, no porque fuera escéptico o creyera que no la necesitaba (sabía que sí), sino porque nunca había querido enfrentarse a la maraña de emociones que llevaba dentro.

Algo había cambiado para él y Rainer no habría sabido señalar en qué momento había sido o cómo.

Quizá sí el porqué, pero en ese momento intentó no imaginar unos ojos azules como la medianoche clavados en los suyos, tampoco un cabello negro brillante ni una piel clara adornada con pecas.

Apartó el recuerdo que siempre lo acompañaba allá adonde fuera de Effy Vaux y se centró en lo que sí tenía.

La decisión de que al menos lo intentaría.

Que iba a dejar de vivir por y para su pasado y se iba a enfrentar a lo que tenía, su presente y con él lo que vendría, su futuro.

Siguió las indicaciones que Annika le había dado hasta llegar a los establos de la ganadería.

Rainer recordó el día que había llevado allí a Effy, cuando le mostró el secreto que había estado ocultándole desde el día en el hospital, cuando ella le había confesado que su hermana era Anthea Blaine.

Ese día algo cambió para él completamente. Cuando vio a Elizabeth romperse por primera vez…, su corazón lo entendió.

Y él también.

Effy era más de lo que él había imaginado, más que una simple mujer que lo había encandilado.

Se había convertido en un motor que lo animaba a levantarse por las mañanas, que lo empujaba a dar lo mejor de sí, esa adrenalina y esfuerzo que había estado buscando con desesperación, pero que no había encontrado.

El zumbido constante con el que llevaba lidiando desde su accidente se había ido apagando hasta que se había quedado él solo con sus pensamientos.

Y entonces lo había sabido.

Desde que Elizabeth Vaux había llegado a su vida había sufrido una transformación motivada por la amazona, sí, pero iniciada por él mismo. Algo que ya había dado por perdido, aunque, al parecer… había estado dentro de él todo el tiempo.

Llevaba sin hacer tareas de mozo bastante tiempo, tanto que ni lo recordaba.

No se mataba a trabajar hasta que el dolor físico opacaba todo lo demás.

Había empezado a prestar atención a las cosas que pasaban a su alrededor, y se había dado cuenta de que le gustaban.

Hablar con los demás jinetes de la academia, con los entrenadores, los profesores del programa de alumnos exteriores…

Observaba a los jinetes con algo más próximo a la nostalgia que al rechazo y de vez en cuando se encontraba fantaseando con el «¿qué pasaría si volviera a subirme a un caballo?»

en vez de negar que esa realidad existiera para él.

Sin haberse percatado, todo parecía volver a su lugar, y eso lo hacía feliz.

Aun así, tenía un par de fantasmas que lo seguían acompañando: la culpa y el miedo.

La culpa por ocupar el lugar de la persona que lo llevó al agujero.

El miedo de perderla.

A Effy.

Y eso era peligroso porque… Rainer no se podía permitir ir más allá con su amazona, no cuando eso podía perjudicarla igual que lo perjudicó a él enamorarse de la persona equivocada cuando tenía diecisiete años.

Sentía que estaba repitiendo la historia y a la vez no sabía qué hacer para frenarla.

¿De dónde podía sacar la determinación para hacerlo si lo hacía sentir tan bien? ¿Cómo seguir fingiendo que no era eso lo que quería cuando Effy lo miraba con ese deseo reflejado en unos ojos que de normal se pintaban de apatía?

Cerró los párpados y se llevó una mano a la sien.

Su cabeza siempre daba vueltas y vueltas sobre los mismos temas, la misma encrucijada que lo volvía loco y le robaba el sueño.

Decidió entrar en los establos y terminar con eso de una vez por todas.

La mente pareció calmársele. Un temblor familiar se le expandió por las manos, y las entrelazó para evitar que siguiera extendiéndose.

El segundo pasillo… Séptima cuadra…

El pulso le martilleaba, y sentía la boca seca, pero se obligó a continuar avanzando.

Los caballos de la ganadería de los Keller se asomaban curiosos conforme él avanzaba por el establo.

Las botas de cuero marrón levantaron el polvillo creado por la mezcla de arena, tierra y sedimentos de la comida de los animales.

Rainer acarició un par de morros curiosos.

La séptima cuadra era la siguiente.

No pudo hacerlo, se quedó parado, clavado a tres metros de su destino final.

Un sudor frío le recorrió la espalda.

***

Su montura pareció tropezar por el tirón de riendas que involuntariamente le había dado al perder el estribo, de modo que no tuvo tiempo de colocar bien la cabeza a la hora de coger el obstáculo.

Supo lo que iba a pasar antes de que ocurriera.

Supo que iban a caer. A chocar.

A perder su oportunidad.

A perder su orgullo.

El golpe lo desorientó tanto que, cuando volvió a abrir los ojos, no supo dónde se encontraba. La tierra apelmazada se le adhería a la ropa, y un fuerte pitido le perforaba los tímpanos.

Se aferró a la arena, tratando de encontrar algo, lo que fuera, que lo ayudara a incorporarse. Sus ojos solo podían ver el techo del centro deportivo, las luces amarillas clavándosele en las córneas, cegándolo como nunca antes lo habían hecho.

Rainer se arrastró sobre la arena y con un grito ahogado consiguió alzar la cabeza para ver cualquier cosa…

Para verlo a él.

Bright Diamond estaba tirado en el suelo, encima del salto que había derribado por completo en su caída. Parecía estar muy nervioso y movía el cuello de un lado a otro, como si buscara algo. Relinchaba con histeria…, no podía levantarse.

El jinete descendió la mirada hasta que se encontró con su pata.

No…

Rainer Keller gritó, con su atención clavada en la extremidad retorcida y totalmente fracturada de su caballo.

Bright Diamond se volvió a mirarlo cuando oyó su voz desgarrada en medio del caos.

Sus ojos se encontraron y él lo entendió todo.

Su caballo trató de volver a levantarse y otro relincho de dolor cortó el aire.

Rainer volvió a gritar.

Y otra vez.

Y otra.

Todo acababa allí.

***

El recuerdo lo asaltó sin previo aviso y las rodillas le temblaron.

Por su culpa, Bright Diamond se había fracturado la pata aquel día.

Una rotura completa, horrorosa e imposible de solucionar.

Por su culpa ese día el veterinario le inyectó la jeringuilla en la aorta hasta que se durmió.

Por su culpa Rainer vio cómo la vida de su caballo terminaba. Por su culpa su caballo había muerto.

Sintió cómo la respiración se le aceleraba a la vez que una voz dentro de su cabeza le aconsejaba que no siguiera intentándolo y que aceptase de una puta vez que nunca podría sanar del todo. Que sus intentos patéticos de volver a acercarse a ese mundo eran en vano.

Que, si se planteaba siquiera lo que estaba pensando, estaría traicionando la memoria de su caballo.

Que si su vida estaba marcada por la culpa y la desesperación era porque…

No.

Se aferró el pecho con la mano izquierda y tomó una gran bocanada de aire.

Todas esas cosas no eran verdad.

Rainer Keller se merecía poder sanar y volver a disfrutar de lo que siempre le había llenado el corazón y apaciguado la mente: el mundo ecuestre.

Se merecía quedarse en paz con su pasado y entender que los errores, por muy horribles y atroces que pudieran ser, seguían siendo errores y que pagaría el precio que hiciese falta, el que fuera, con tal de traer de vuelta a su maravilloso caballo.

Pero, por desgracia, nada ni nadie podía hacerlo.

Y esa era la verdad con la que tendría que aprender a convivir.

Así que Rainer Keller dio un paso. Y luego otro y un par más hasta que estuvo frente al potro al que su hermana, Annika, llevaba pidiéndole que fuera a ver desde que había nacido.

El animal olisqueaba el suelo de su cuadra y, cuando sintió su presencia, alzó la cabeza para mirarlo. Él contuvo la respiración unos segundos, perdido entre los laberintos de su mente, donde, durante un dulce segundo, creyó volver a encontrarse con su caballo.

El parecido era asombroso.

El pelaje dorado, los ojos negros y profundos. Las patas blancas y la mancha del mismo color que le cruzaba la frente y llegaba casi hasta el morro claro.

Pero cuanto más lo observaba, más diferencias veía.

La altura, para empezar: el potro no era tan alto y fornido debido a que todavía era muy joven.

Además, el color dorado era quizá un tono más claro que el de su caballo.

Las crines eran casi completamente blanquecinas, en vez del rubio que recordaba en Diamond.

Aun así, era un animal precioso, y el parecido con su padre le resultaba sobrecogedor.

Rainer sonreía, y no sabía en qué momento había empezado a hacerlo.

Alargó la mano, esperando con paciencia a que el potro se acercara a él. No lo hizo inmediatamente, pero, en cuanto comprobó que no era una amenaza para él, se aproximó. El alemán no movió la mano y dejó que él decidiera cómo iba a ser su primera interacción.

Cuando notó su piel caliente y suave contra la palma, la sonrisa se le ensanchó.

Se miraron a los ojos, y Rainer sintió cómo algo dentro de él se asentaba.

Parpadeó un par de veces, y se maravilló por el sentimiento de pertenencia que había empezado a esparcírsele desde la palma, pasando por los brazos y hombros, directo al corazón.

—Hola, colega —susurró—. ¿Quieres que te cuente un secreto?

El caballo mantuvo el morro contra su mano y Rainer tomó aquello como un sí.

—Creo que podríamos formar un buen equipo…

—El potro se restregó aún más contra su palma, y él lo acarició—.

Sí, eso es, ¿vas a dejarme intentarlo contigo?

—El animal bufó—. Ya sabía yo… Aunque deberíamos ponerte un nombre.

Annika me ha dicho que no tienes… —Volvió a observarlo bien: su pelaje dorado, sus ojos negros y todo lo que podría significar.

Una lágrima solitaria le cayó por el pómulo.

Lo tenía.

—Golden Memory… Así te llamas.

El caballo relinchó.

Rainer rio.

Un nuevo comienzo se abría paso en el horizonte de su vida.