Dar el salto 31 Effy
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31 Effy

—¡Joder! —gritó cuando terminó de ejecutar una combinación triple—. ¡Mierda, joder! —repitió.

—Effy…

La voz cauta de Rainer resonó gracias al pinganillo encajado en sus oídos.

Desde que había vuelto a entrenar con todo lo que tenía, había notado que algo no iba bien. Había pensado, con evidente ingenuidad, que de alguna manera la lesión que había sufrido supondría un punto y aparte después de todo lo sucedido en las europeas.

El estrés. La ansiedad. El miedo y la infelicidad.

Se había tratado de autoconvencer de que todo pasaría sin más esfuerzo, como si realmente no hubiera sido nada.

Pero la poca conexión que sentía en la pista no era «nada».

Era algo, algo grande e imposible de ignorar. Algo que había salido a la luz y no sabía cómo volver a enterrar.

Elizabeth movió las caderas al ritmo del galope de su caballo, dejándose llevar por el vaivén de sus movimientos precisos y estudiados, por el sonido de sus cascos contra la arena y la sensación de control que le otorgaba estar subida a su espalda.

De normal, con eso bastaba para centrarse. Aquel día solo sintió un vacío.

Se encaminó al siguiente salto: un oxer que estaba a la vuelta del primer giro que había dado. Lo saltó sin mayor dificultad, como sabía que podía hacerlo. Aun así, su mente no estaba presente en el momento, no la acompañaba como sí lo hacía su cuerpo.

El sudor caliente se le concentraba en la espalda, y sentía las manos ardiendo debajo de los guantes de entrenamiento. Sabía que necesitaba parar, pero se negaba a darse esa satisfacción, esa recompensa que no se había ganado.

Al parecer, Rainer tenía otros planes.

—Para un momento.

Ella lo ignoró por completo.

—Vaux, ven.

Su voz firme la desconcertó. Se volvió un segundo para mirar a su entrenador. La esperaba en la zona de las gradas, con los brazos apoyados en la valla de la pista, su cuerpo inclinado hacia delante, una pierna semiflexionada y la otra recta.

¿Por qué tenía que resultarle tan atractivo todo el tiempo?

Desde que había pasado eso a lo que todavía no se había atrevido a dar nombre en la sala de rehabilitación, Effy se sentía al borde de un precipicio constantemente cuando se trataba de lidiar con Rainer Keller.

Aunque en realidad se llevaba sintiendo así desde el día que lo conoció.

Pero ya era todavía más difícil afrontarlo; aunque no quisiera, era total y plenamente consciente de lo que haría si Rainer aceptaba lo que había entre ellos, y eso la dejaba en una constante situación de jaque mate.

Effy frenó a Hello Sanctos y se dirigió hacia donde su maldito entrenador se encontraba.

—Dime. —Paró a su altura.

Había algo realmente molesto en saber que, aunque le sacara más de medio metro subida a su caballo, Rainer nunca parecía sentirse pequeño.

Como si, a la hora de encontrarse con su mirada desde arriba, no pudiera sentir una satisfacción real por quedar por encima de él.

La confianza y templanza que siempre irradiaba él la irritaban hasta límites insospechados.

—Baja, Cohete.

Ella entrecerró los ojos, tratando de no enfadarse.

—No hay tiempo para eso. Tenemos que entrenar.

—Hay tiempo para lo que yo diga que hay tiempo. —A pesar de todo, su voz no era dura o tajante. Se lo dijo casi con un tono que la acariciaba, que la despertaba por dentro—. Quiero que probemos una cosa.

A regañadientes, desmontó.

Hello Sanctos se giró para mirarla, y ella se encogió de hombros, tan confundida como él. Cuando estuvo a la altura de su entrenador, se cruzó de brazos.

—¿Cuál es el problema, Effy?

Ella trató de buscar en Rainer y su pregunta alguna señal de enfado o decepción, algo que le confirmara que, en efecto, le estaba haciendo perder el tiempo y que la actitud que estaba teniendo no era la de la famosísima e invencible Rocket Effy.

Que no veía en ella a la amazona por la que decidió volver al mundo que le había arrebatado tanto, la ganadora absoluta que siempre había sido.

Pero lo único que encontró fue entendimiento. Un espejo donde pudo observarse sin ser juzgada, y eso hizo que le pesara el corazón.

—No lo sé —le confió—. Simplemente… no puedo concentrarme.

Rainer ladeó la cabeza.

—¿En qué piensas cuando entrenas?

Effy desvió la mirada hacia el techo de la pista cubierta. ¿En qué pensaba ella en la arena? No tuvo que meditarlo demasiado.

—En ganar.

La sonrisa de su entrenador fue fugaz, casi invisible. Pero para ella nada de lo que hiciera Rainer Keller podría ser nunca casi invisible.

—¿Y en nada más?

Eso sí que la pilló desprevenida porque… ¿acaso había algo más para ella que ganar? ¿Para qué estaba haciendo aquello? ¿Cuál era su motivación?

Pero lo sabía perfectamente: Anthea. Su hermana y la mejor amazona que nunca había existido, al menos antes de su último año de carrera.

¿En qué pensaba Effy cuando entrenaba para una competición?

Un escalofrío le recorrió la espalda. Rainer pareció leer la respuesta en su mente.

—Dilo en voz alta.

No. No podía.

Se mordió el labio inferior, de repente indefensa.

Rainer alzó un brazo para apartarle el flequillo del rostro. Las dos trenzas que solía llevar en ese momento estaban medio sueltas después de los treinta minutos de entrenamiento. Effy cerró los ojos un instante, dejándose llevar por ese contacto tan sutil como la caricia de una pluma.

—Cohete, estamos tú y yo solos en la pista.

Creo que no hay una persona que te comprenda más de lo que lo hago yo…

y, aun así, no termino de entender qué es lo que te frena a abrirme tu mente y que te sinceres conmigo.

¿No confías en mí? —Algo en su tono de voz la desestabilizó.

Claro que confiaba en él. Más de lo que había confiado en nadie en… en muchísimo tiempo.

—Sí que confío en ti, Rain…

—Entonces deja el miedo a un lado y contesta a mi pregunta. —La perforó con la mirada, acariciándola sin necesidad de tocarla.

Y quizá fue el hecho de que esa mirada la desarmaba de una manera que no pensaba que fuera posible, o la certeza de que nunca en su vida se había atrevido a verbalizar esos pensamientos o a lo mejor era solo que quería compartir su carga con alguien más.

Fuera lo que fuese, cuando abrió la boca, algo en ella ardió.

—Pienso en que no veo el día en que todo esto acabe para dejar de hacerlo de por vida.

En que no hay cosa que más odie en el mundo que el sonido de mi nombre cuando me llaman a pista para competir.

Pienso que estoy harta de esta farsa y que lo único que quiero es ser feliz de una vez por todas.

—Los pulmones perdían aire y no conseguía recuperarlo, pero le daba igual porque el calor que la invadió rápidamente fue transformándose en agua; líquida y clara, fría y estimulante—.

Hay días que deseo no levantarme de la cama de lo mucho que me pesa todo…

—Rainer suspiró con fuerza, y su aliento cálido llegó a ella.

Olía a hierbabuena—. Y también pienso que sería muy bonito saber lo que es vivir la vida sin el dolor constante que tengo aquí…

—se señaló el pecho, con el corazón martilleándole desenfrenado— desde hace tanto tiempo que ni lo recuerdo.

Se dio cuenta de que había ido muy lejos una vez se desinfló por completo.

Era extraña aquella sensación, pensó Effy. Por fin había hablado, había dejado salir una parte de todos los pensamientos que enterraba en el fondo de su corazón, en el baúl de los pensamientos que siempre había ignorado.

La culebra ansiosa y retorcida volvió a su mente agotada.

Has perdido tu careta de mujer triunfadora. ¿Y ahora? ¿Qué te queda?

Alzó la mirada que había bajado en las últimas verdades compartidas, temerosa de encontrarse con su decepción. O, peor aún, su desencanto con ella.

Pero Rainer Keller, como siempre, no era como nadie que ella hubiera conocido en la vida. Porque Rainer Keller la miró con admiración.

Admiración.

Y dolor, y ternura, y nostalgia reflejados en sus ojos azules.

A Effy le tembló el labio inferior. Siempre había imaginado que en un momento como aquel, en el que ella compartiera sus pensamientos más oscuros, la mirarían con pena, apiadándose de ella. Que pensarían: «Pobrecita, Elizabeth Vaux, qué vida más dura».

Aquel día ese miedo se extinguió.

Rainer Keller se aseguró de aquello.

—Siempre supe que eras una de las personas más increíbles que había conocido nunca, Effy.

—Ella tragó saliva—. Pero nunca me imaginé hasta qué punto…

¿Sabes lo que pienso yo? Que no entiendo cómo alguien puede conseguir hacer lo que tú has logrado llevando esa carga sobre sus hombros.

Y no lo digo desde una posición ignorante que solamente la imagina.

Lo digo desde la realidad de haberlo vivido en mi propio cuerpo y saber que yo me rompí tras el dolor, la presión y los sueños rotos.

Con el sabor del fracaso y la herida abierta del perdedor.

También con los ojos puestos en ti y sabiendo que, a pesar de todo lo que callas, sigues de pie temporada tras temporada.

Competición tras competición y entrenamiento tras entrenamiento.

—Sintió cómo el aire de los pulmones volvía a ella y la visión se le emborronaba por las lágrimas sin soltar—. Salto tras salto.

—Tú no fracasaste, Rainer…

—Lo hice. —No había resentimiento en su voz, solo una verdad llana y clara que ya no le avergonzaba afrontar—.

Lo aposté todo en la causa equivocada… —Effy frunció el ceño, sin entender a qué se refería—.

Y eso desencadenó mi fracaso más doloroso, pero he aprendido a ver el lado positivo de las cosas.

¿Y sabes qué? —Ella negó con la cabeza, desconcertada—.

Mi lado positivo eres tú, Cohete. Entrenarte a ti…

, conocerte…, creo que ha hecho que todo esto merezca la pena.

Las palabras que acababan de compartir la habían deslumbrado como lo hacían las tormentas eléctricas.

Solo podía observar y observar, mirar a Rainer Keller a los ojos y esperar que lo que fuera que reflejasen los suyos fuese suficiente, suficiente para hacerle entender lo que aquello significaba para ella.

—Rain… Yo…

Keller negó con la cabeza, como si quisiera decirle que lo entendía. Que la entendía.

Los segundos se deslizaron entre ellos junto con las palabras grandes y pesadas e importantes que habían compartido. Luego observó la pista y, por último, de nuevo a ella.

—Effy, sé que necesitas ganar esto. Y pienso ayudarte a conseguir todo lo que te propongas. —A ella no le quedaba ninguna duda. Pero estaba tan cansada…—. Dame un segundo.

Desapareció y se adentró en la sala de visionado.

Effy lo siguió con la mirada, sin entender qué era lo que estaba pasando.

Se giró para vigilar a Hello Sanctos, que a su vez le devolvía la mirada desde el mismo lugar donde ella lo había dejado atado por las riendas, como si él tampoco pudiera llegar a comprender qué era lo que ocurría.

De repente, los acordes de una canción que conocía bastante bien resonaron por los altavoces de la pista. Effy abrió mucho los ojos, con la melodía frenética reverberando por todo el recinto. Rainer apareció un segundo después con una sonrisa que no auguraba nada bueno pintada en su perfecta cara.

—¿Qué haces? —Tuvo que alzar un poco la voz para hacerse oír.

Su entrenador no contestó enseguida. En cambio, se limitó a alzar los brazos al ritmo de la famosa percusión. Ella se lamió los labios.

—¿La conoces? —le preguntó él cuando llegó a su lado.

—Es Thunderstruck, de AC/DC —contestó ella—. Es mítica.

La sonrisa de Rainer se ensanchó todavía más.

—Me recuerda a ti.

Un calor agradable se extendió por el estómago de Effy, a la vez que sus mejillas se encendían.

—¿A mí?

—Esto es lo que tú me generas cada vez que sales a la pista a competir.

—Rainer se acercó a ella. Alargó los brazos y le dio la vuelta, obligándola a mirar la pista.

Su espalda contra el pecho del alemán, su calidez invadiéndola por dentro.

La música, cada vez más frenética, más salvaje—.

Esta sensación de adrenalina y emoción… ¿La sientes?

Effy se centró en la guitarra eléctrica desenfrenada, la percusión retumbante y la voz de Brian Johnson, que casi rozaba un grito eufórico.

La caja torácica le vibraba al ritmo de la música, y la piel se le erizó.

Rainer le pasó las manos por los brazos, muy lentamente.

Su corazón en su espalda iba a un ritmo diferente al de la canción que sonaba por los altavoces.

Más íntimo.

—Sí, lo siento.

La apretó más contra sí.

—Bien, ahora quiero que te centres en esto…, lo que estás sintiendo en este momento, que dejes atrás todo lo demás. Que solo te centres en montar, no en entrenar. ¿Crees que puedes hacerlo, Cohete?

Effy cerró los ojos un momento. Se dejó arropar por los brazos de Keller y mecer por la melodía, como un canto de guerra que la llamaba.

Respiró una vez, y luego otra.

I was caught in the middle of a railroad track (thunder)

I look ‘round and I knew there was no turning back (thunder)

My mind raced and I thought: “What could I do?” (thunder)

And I knew there was no help, no help from you (thunder)

Sound of the drums beating in my heart

The thunder of guns, yeah

Tore me apart

You’ve been

Thunderstruck1

Cuando volvió a abrir los ojos no quedaba nada más en su mente que esa adrenalina adictiva y las ganas de subirse de nuevo a su montura para demostrarse a sí misma quién era.

—Puedo hacerlo, Rainer.

Percibió su sonrisa a pesar de que no se volvió para mirarlo.

Rainer le dio un último apretón antes de que Effy saltara a la pista, lista como hacía tiempo que no se sentía.

Una vez que subió a Hello Sanctos, miró a su entrenador.

—Solo monta, Cohete. Céntrate en la música y disfruta de la sensación de volar.

Ella sonrió.

—Sí, entrenador.

Esa vez, cuando se enfrentó a los saltos, no sintió miedos, ni tampoco dudas o ansiedad. La culebra que anidaba dentro de ella permaneció en silencio y ningún pensamiento intrusivo la atacó. Tampoco se acordó de su hermana, ni de su pelo rubio y ojos oscuros. Del porqué de todo aquello.

Por primera vez en todos aquellos años, montó sin pensar en su tiempo, o en la postura de su caballo, ni siquiera en la velocidad o la técnica. Effy no entrenó.

Effy montó.

Rainer siguió poniéndole canciones de rock antiguo y se dedicó a mirarla sin pedirle nada a cambio.

Durante un tiempo, Elizabeth Vaux se olvidó del mundial y de su récord.

Se olvidó de la parrilla y de los puntos que necesitaba para ganar.

Se olvidó de la prensa, de los sustos a sus espaldas y de Luca Montagne.

Se olvidó de Rocket Effy.

Y recordó quién era Effy Vaux, quién podría haber sido si aquel mundo no se le hubiera impuesto, si tan solo hubiera decidido montar porque era algo que la hacía feliz y no una obligación que la consumía inagotablemente.

No sabía si aquello duraría mucho, si había encontrado la fórmula mágica para curar su infelicidad. Pero, durante aquella tarde, no le importó.

Por primera vez se sentía feliz saltando las barras de la pista.

Y ya nadie, nunca jamás, podría arrebatarle aquello.

You’ve been

Thunderstruck.