Dar el salto 30 Effy
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30 Effy

El rosa comenzó a pintar el valle con su luz matinal. Effy observó cómo el sol comenzaba a abrirse paso entre el azul marino del cielo, cómo los rayos dorados bañaban todo cuanto tocaba con su brillo.

Adoraba la noche. Sentía que era el momento del día cuando todo se paralizaba y podía pensar, respirar y dejar de sostener sobre los hombros el peso inmenso que llevaba diez años cargando.

Pero la noche también traía consigo la culpa, el miedo, el dolor y la soledad. Las pesadillas y el insomnio, y el constante recordatorio de que no tenía a nadie más en el mundo que a sí misma. O, al menos, no del todo.

El alba era el nacimiento de un nuevo día; un mar infinito de posibilidades con las que tan solo podía fantasear, y la certeza inamovible de que, a pesar de que su vida no era feliz, siempre había algo bello a lo que aferrarse.

Effy siempre se encontraba con el amanecer; su disciplina férrea y sus noches cortas se habían asegurado de ello. El verde profundo de los pinos, el blanco de la nieve y el rosa y naranja del cielo la acompañaron en su paseo por el bosque.

Una niebla espesa y sedosa decoraba los caminitos de la RK y se deslizaba silenciosa a su alrededor. Ella estiró la espalda y dejó que Sodashi alargara el cuello y descansara los músculos.

Había decidido salir a pasear aquella mañana de sábado, aprovechando que el fin de semana tenía algo más de libertad que el resto de los días planificados de entrenamiento.

A su lado, Davi no había cerrado el pico desde que se habían encontrado en los establos principales, antes siquiera de que saliera el sol por el horizonte.

Su caballo, Milton, estaba atento a cualquier estímulo que pudiera ofrecerle el bosque.

A Davi parecía no importarle, como si la personalidad eléctrica de su montura fuera algo que disfrutara. A decir verdad, ambos se asemejaban bastante.

—¿En qué piensas? —le preguntó cuando ya volvían a las inmediaciones de la academia.

Effy había estado hasta ese momento tratando de disfrutar del paisaje, el frío y la sensación de estar haciendo algo por el simple placer de hacerlo sin obsesionarse con ser la mejor, hasta que se obligó a meditar de verdad la pregunta de su amigo.

Al fin y al cabo, había sido ella la que le había propuesto aquel plan.

Y lo había hecho por algo.

—Pienso en que no sé qué me está pasando, pero noto que algo en mí ha cambiado desde que llegué a Alemania.

Davi alzó la mano para rozar con sus guantes una ramita cubierta de nieve, haciendo que esta cayera al suelo.

—¿A qué te refieres?

—Creo que nunca me había parado a pensar en quién soy yo. —Atrapó su labio inferior con los dientes, nerviosa—. Y no sé si me gusta lo que he descubierto de mí misma.

El portugués la observó durante un instante. Ella se dejó acariciar por su mirada oscura cargada de cariño y empatía.

Aquello la reconfortó.

—¿Sabes lo que veo yo cuando te miro, Effy?

Esa pregunta habría hecho que sus alarmas saltaran en cualquier otro momento de su vida; cuando no era más que un prototipo de ganadora, una mujer fría, metódica y pragmática.

Alguien a quien no le gustaba sonreír, ni hablar ni dejarse ver.

Alguien a quien una promesa hecha con rabia la había consumido hasta llevárselo todo.

En ese momento, sentía miedo, sí, pero también curiosidad.

—No, pero me encantaría que me lo dijeras.

Su amigo sonrió.

—Veo a una tía durísima, muy guay y con las cosas claras.

A una mujer que no se deja amedrentar en un deporte liderado por hombres y que se hace valer sin importarle cuánto tenga que pelear en el proceso.

—Effy se revolvió en su asiento—. Veo disciplina, y autocontrol y obsesión.

—Asintió, consciente de cada palabra, del espacio que ocupaban en su interior—.

Pero también a una amiga leal, con una sonrisa abierta cada vez que algo le hace gracia y piensa que nadie la está mirando.

Eres una mujer a la que le gusta el silencio tranquilo y las conversaciones profundas.

Veo la ternura con la que tratas a tus caballos, o la manera en la que siempre te gusta ir conjuntada, tus trenzas de espiga y tu mirada soñadora cuando miras al cielo y te encuentras con la luna.

Y no solo es lo que veo, también lo que siento: el amor que has decidido compartir conmigo, tus secretos más profundos y la necesidad de que alguien entienda de una vez por todas que tú eres mucho más que lo que este deporte ha hecho de ti.

Effy sintió que se ahogaba. Tomó una respiración larga y cautelosa, y después se deshinchó como un globo.

—A veces pienso que… que no soy alguien digno de conocer. —Quiso tragarse el resto, pero, por una vez en su vida, alzó la mirada y terminó de soltar lo que siempre acostumbraba a callar—. Que no merezco que me amen.

Davi ladeó la cabeza con una sonrisa triste en su boca carnosa.

—¿Quién te ha hecho tanto daño como para que digas algo así?

«Yo», quiso chillarle. «Yo me he hecho esto».

—Supongo que todas las personas de mi alrededor siempre terminan alejándose. —El jinete abrió la boca, pero ella lo frenó—. No digo que sea su culpa, sé que no soy la persona más fácil y que nunca he priorizado nada que no fuera…

—Tu récord —completó Davi por ella.

—Sí. — Tu preciado y agónico récord—. Pero a veces pienso que, no sé, que estaría bien que alguien me eligiera de verdad, por quien soy, y luchara por mí. Dios… —Se rio en voz alta—. Qué patética sueno, joder.

—No, no es patético. Es la condición del ser humano, Effy. Todos anhelamos el amor y la compañía, todos queremos que alguien apueste por nosotros aun cuando ni siquiera nosotros lo hacemos. Lo único que me dice de ti esto es que eres una chica normal, y eso está muy bien.

—Qué alivio saber que no soy una sociópata, ¿verdad? —Sonrió.

—Debo decir que al principio me lo planteé durante un tiempo… Luego vi cómo dejabas las habitaciones de hotel después de cada fin de semana compitiendo y se me pasó. Ningún asesino en serie que se precie es tan desordenado.

Effy soltó una carcajada alta y clara, que el bosque en silencio amplificó. Davi rio con ella, y algo en el pecho se le desbloqueó.

—No sé qué haré sin ti cuando todo esto acabe —confesó.

Él enarcó una ceja.

—¿A qué te refieres?

Sintió un pinchazo de culpabilidad en la boca del estómago.

—Cuando acabe este mundial, me retiraré del mundo de la competición.

—Alguna vez había dejado caer cuáles eran sus intenciones, pero, de normal, a Effy no le gustaba ser tan clara con sus planes.

Eso desembocaba en preguntas, y ella jamás había tenido la valentía de enfrentarse a ellas—. Volveré a Londres, con mis padres y…

—¿Y no se te permite tener amigos en Londres? ¿Es que vas a hacerte monja de clausura?

—Capullo. —Resopló por la nariz—. No, pero… ya sabes cómo es esto, Davi. Tú seguirás con esto, una temporada tras otra, y yo…

Nunca había pensado qué venía después de ganar su quinto mundial.

Algo en ella se congeló.

Por primera vez en años la idea de no saber qué le deparaba el futuro se materializó. Ya no era una ilusión vaga, sino una certeza que con total seguridad llegaría más pronto que tarde. ¿Para qué servía ella?

Para competir, le dijo su mente.

Para nada, se burló su miedo.

Para lo que tú quieras ser, terminó su corazón.

—Y yo buscaré algo que hacer —sentenció—. El caso es que la vida se interpondrá en nuestro camino.

—Sé que esto es un concepto nuevo para ti, amiga, pero la gente normal puede hacer más de una cosa a la vez, como, por ejemplo, tener un trabajo y a la vez una vida. Deberías probarlo, viene bien para la salud.

A Effy le encantaba aquello de Davi, la manera en la que relativizaba todo cuando tenía que hacerlo, su tono ligero, desenfadado.

—Quiero seguir siendo tu amiga.

—Genial, porque yo también quiero seguir siendo el tuyo.

Se sonrieron.

—¿Y qué pasa con Rainer?

Effy recogió riendas.

—¿Qué pasa con él?

—Venga, tía… ¿Qué pasará con vuestra historia llena de tensión sexual no resuelta y sentimientos profundos, agónicos y correspondidos?

No pudo evitar fruncir el ceño y poner una mueca de rechazo.

—Para empezar, esto no es Cumbres Borrascosas.

—Pues casi, casi.

—Y para continuar… No pasa nada con Rainer, ya lo he decidido. Después de lo del otro día…

—Lo del otro día solo te ha confirmado lo que ya sabías: quieres estar con él. —Sintió cómo el corazón se le aceleraba—. Y déjame decirte, pequeña Effy, que puede que consigas abandonar este sitio, pero no creo que puedas abandonarlo a él.

No contestó, dejó que el silencio ocupara el lugar de una conversación demasiado difícil y complicada para ella.

Cuando llegaron a los establos de la academia, Rainer salía por las grandes puertas de madera vestido con su chaqueta negra de montaña y un gorro a juego, que escondía su pelo rubio.

Tenía la punta de la nariz y de las orejas de un color rojizo intenso, que contrastaba con su piel clara.

Su boca, cómo no, estaba fruncida en una mueca de disgusto.

Effy recordó la sensación de esos labios sobre los suyos, su barba acariciándole la piel y sus manos jugando con su cuerpo.

—Elizabeth —la llamó él—. ¿Qué te crees que estás haciendo?

Y así de rápido consiguió cabrearla.

Deberían darle un premio a la persona más tocacojones de este universo.

—Exactamente lo que parece, Keller. Dar un paseo con mi amigo para despejar la mente.

Davi, que se había parado al ver a su entrenador, le dedicó una mirada cargada de intenciones y, antes de que ella pudiera pedirle con la suya que no la dejara sola, se despidió como la rata traicionera que era.

—Te veo luego, Eff. —Asintió en dirección a Rainer—. Keller, un placer, como siempre.

Él le echo un rápido vistazo de reojo.

—De Sousa.

Y de nuevo… solos. Ella en su yegua nívea, observándolo desde arriba. Rainer abajo, perforándola con la mirada.

—¿Se puede saber qué te pasa? —le recriminó.

Rainer puso los ojos en blanco, como si ella fuera una niña pequeña que aún no había entendido nada de la vida.

Dios, cuánto le odio.

Dios, cuánto le deseo.

—Me pasa que estamos a veinte días del mundial y tú pareces olvidarlo yéndote de paseo antes de que salga el sol y poniendo en riesgo tu salud y la de tu montura —le espetó—.

¿Qué habría pasado si con un mal resbalón os hubierais ido las dos al suelo?

¿O una caída que hubiera resultado en una nueva lesión? ¿Es que no piensas con la cabeza?

El enfado que había conseguido aplacar en los últimos tres días se encendió.

—¿Sabes una cosa? No tengo tiempo para ti y tus normas.

Estaba fuera de mi horario de entrenamiento, así que puedo hacer lo que me dé la gana.

Soy lo suficientemente mayorcita como para decidir si me apetece dar un puñetero paseo con mi amigo o no.

—Lo fulminó con la mirada—. Además, ¿qué te importa a ti lo que haga en mis horas libres?

¿No decías que nuestra relación era estrictamente profesional?

Rainer apretó la mandíbula.

—Eso pensaba, entrenador.

—Sabes perfectamente que eres importante para mí más allá de nuestro entrenamiento.

Ella le dedicó una sonrisa condescendiente.

—La verdad es que no, Keller, no lo sé. —Le dio un toquecito a Sodashi para que emprendiera el paso—. No te entiendo —añadió cuando pasó a su lado.

Rainer se quedó allí, solo, rígido, vacío.

—Yo tampoco me entiendo, Cohete.

Effy cerró los ojos. Sabía lo que era sentirse incomprendida hasta por una misma, pero comenzaba a hartarse de aquel juego interminable.

Sus instintos le chillaban que bajara de su yegua y hablara con él, con el hombre que se había colado en su interior y la volvía loca de todas y cada una de las maneras posibles.

Pero no lo hizo.

Ella llevaba siendo valiente por los dos mucho tiempo.

En ese momento necesitaba que lo fuera él.