29 Rainer #3
Disfrutó la sensación de estar dentro de ella, de notar su calidez y su humedad, de notar cómo temblaba entre sus brazos y de besarla mientras se tragaba los pequeños gemidos que le abandonaban los labios.
Cuando empezó a contraerse alrededor de él, supo que estaba cerca.
—¿Tan rápido vas a correrte para mí, Cohete? —la reprendió—. Si acabamos de empezar.
Effy dejó caer la cabeza hacia atrás, contra el espejo. Sus mejillas estaban encendidas como nunca antes las había visto, y el cabello negro había terminado despeinado gracias a las caricias de sus manos. Fijó la mirada en algún punto del techo, perdida a medio camino entre el placer y el éxtasis.
—Te odio.
Rainer le lamió los labios y, como castigo, pulsó con el pulgar su clítoris hinchado.
—Si me odiaras, no me dejarías hacerte lo que estoy a punto de hacer, cariño.
Se agarró a sus hombros mientras él seguía ejerciendo la presión justa sobre su centro a la vez que la penetraba con los dedos. Cuando la sintió temblar con violencia, le preguntó:
—Dímelo, Effy —le pidió con autoridad—. Dime que estás a punto de correrte.
Ella le clavó las puntas de los dedos en la piel, arremolinándole la tela de su camiseta en los puños.
—Rainer…
—Dímelo, Cohete —volvió a pedirle—. Dímelo o pararé.
Para demostrarle que iba en serio, ralentizó la manera en la que estaba tocándola. La amazona gimió, frustrada.
—No, no pares. —Él la besó—. No pares, por favor.
—Entonces, sé una buena chica y dime lo que quiero escuchar, y prometo dejar que te corras en mi mano.
Effy le clavó la mirada azul: sus pupilas, dilatadas; sus iris, brillantes e inundados de lujuria.
—Rainer, voy a correrme.
La polla le palpitó dentro de los pantalones al escucharla decir aquello. Aumentó la presión, con los dedos resbalando entre la piel húmeda gracias a lo lubricada que estaba su amazona.
Su amazona.
Suya.
—Hazlo, cariño.
Effy gritó mientras se corría con su mano atrapada en su entrepierna.
Rainer la abrazó con el brazo que le quedaba libre, acompañándola en la ola de placer hasta que esta cesó. Sintió cómo las rodillas de la inglesa cedían un poco tras el orgasmo y la sostuvo sin esfuerzo.
Ella apoyó la frente contra su hombro con la respiración tan acelerada y caótica como la de él. Sacó la mano de entre las piernas de Elizabeth, y esta alzó la mirada para observarlo.
Jamás la había visto tan guapa como en ese momento.
Un dolor muy diferente al que llevaba sintiendo durante todos aquellos años lo asoló, adhiriéndosele a su pecho, su mente y su alma.
Un dolor que le aseguraba que jamás había mirado a una mujer como la estaba mirando a ella en aquel instante.
Un dolor puro y caliente, brillante y espeso, que le demostró que lo que sentía por Elizabeth, que lo que acababan de hacer allí, no había sido casual o recreativo.
Que lo que Rainer guardaba en su pecho era mucho mucho más.
Effy alzó una mano para acariciarle el rostro.
—Yo…
La puerta de la habitación se abrió de golpe y se separó de un salto de la inglesa.
Ambos se volvieron, culpables, hacia el doctor Brennan, que entraba mirando su móvil mientras escribía algo en él.
—Perdonadme, la llamada se ha extendido más de lo que pensaba y… —Cuando alzó la mirada para encararlos, se paró en seco—. Elizabeth, ¿estás bien? Estás extremadamente sonrojada.
Effy abrió mucho los ojos, llevándose ambas manos a sus mejillas.
—Ten… Tengo mucho calor.
Aquella debía de ser la peor excusa en la historia de la humanidad, pero el doctor Brennan pareció tragársela sin rechistar porque dijo:
—No os robaré mucho más tiempo entonces. Aquí está el papel de alta y aquí…
Rainer no prestó atención a nada de lo que pasó durante los diez minutos posteriores. Cuando Effy y él abandonaron el edificio, salió disparado hacia su coche, huyendo como el cobarde miserable que era de la escena del crimen más dulce que jamás había cometido.
Effy lo agarró del brazo.
—Tenemos que hablar de lo que acaba de pasar.
Rainer apretó la mandíbula.
—Vaux…
—¿Vaux? —lo interrogó ella—. ¿Ahora soy Vaux cuando hace unos instantes me llamabas «cariño»?
Él no se atrevió a sostenerle la mirada. Sabía que la iba a enfadar, que la iba a volver a decepcionar. Pero esas tres palabras seguían repitiéndose en su mente como un disco rayado.
—Sí.
Un resoplido irascible abandonó los labios de su amazona.
—¿Sí qué? ¿Sí que ahora soy Vaux o sí que, en efecto, hace diez minutos me estabas llamando «cariño» mientras hacías que me corriera con tus dedos?
Rainer movió la cabeza a ambos lados de la salida del edificio de Administración, comprobando que no había nadie allí para escucharlos.
—No puede volver a pasar.
Ella lo miró con decepción, y esa mirada le escoció más que ninguna otra cosa antes.
—No hace falta que me lo digas dos veces, entrenador.
Rainer observó cómo Elizabeth Vaux se perdía en la oscuridad de la tarde, su figura erguida caminando con pasos rápidos, poniendo la mayor distancia entre ambos en el mínimo tiempo posible.
En la mente de Rainer se repetían las tres mismas palabras.
No.
Te.
Enamores.
No te enamores, no te enamores, no te enamores.
No… te…
Joder.