Dar el salto 29 Rainer #2
66%

29 Rainer #2

Ella pareció entender por dónde vagaban sus pensamientos, puesto que desvió la mirada a su boca.

Se lamió el labio inferior, dejando a su paso una capa brillante de su saliva.

Mierda.

—¿Te marcharás cuando ganes? —le preguntó él, desesperado por seguir hablando, por no perderse en la lujuria que ya parecía empañar la habitación.

El brillo de sus ojos se intensificó.

—¿Me echarás de menos si eso pasa?

Sí, hostia.

—Puede ser —mintió—. ¿Y tú a mí?

Effy alzó la mano y la posó sobre la de él.

Rainer pensó que la apartaría de su rostro, pero la amazona la arrastró a su cuello expuesto.

Rainer se maravilló por el contacto lento, recreándose en cada tramo de su piel caliente.

Ella lo obligó a rodearle la garganta. Casi podía abarcarla por completo.

Como si de un collar se tratase.

Notó cómo la polla se le ponía dura.

—Echaré de menos todo lo que podríamos haber hecho y nunca hicimos —le confió ella en un susurro lascivo—. En todo lo que podría haberte enseñado si me hubieras dejado.

El agarre se volvió más fuerte.

—Vaux…

—Rainer —gimió ella.

No sabía qué había pasado, pero sus rostros estaban a un palmo de distancia, como si sus cuerpos se hubieran buscado sin pedirles permiso a sus mentes.

No tuvo tiempo de maldecir, solo pudo fijarse en cómo Elizabeth le clavaba la mirada azul oscura, el reflejo de una tormenta de verano en esta y la manera en la que los labios rosados se le entreabrieron cuando él ejerció un pelín más de presión sobre su cuello.

—Esto está mal… —susurró él contra su boca.

Effy terminó de reducir el espacio que los separaba, con sus cuerpos unidos en tres puntos vitales: rodillas contra rodillas, caderas contra caderas, pecho contra pecho. Supo que Vaux había notado su erección gracias al gemido que se escapó de su garganta.

Y aquello fue lo que terminó de hacer saltar por los aires la poca fuerza de voluntad que le quedaba aquel día.

—A la mierda.

Rainer cargó contra Elizabeth Vaux como un depredador contra su presa.

La llevó hasta la pared más cercana, la que estaba cubierta completamente por los espejos donde hacía unos minutos sus miradas se habían encontrado una y otra vez.

Effy soltó una exhalación contenida cuando su espalda chocó contra el cristal, y él la aprisionó con su cuerpo, haciendo que la amazona solo pudiera sentirlo a él.

Una posesividad intensa lo asaltó al empezar a recorrerle el cuerpo con las manos: la piel de su cuello, su pecho, las costillas, su vientre definido y las piernas musculadas. No perdió el tiempo y le agarró el culo con una urgencia que jamás en toda su vida había sentido.

Rainer la besó. Sus labios entrechocaron con avidez, como si el tiempo que tuvieran para aquello fuera limitado.

Effy se agarró a su cuello, clavándole las uñas en la nuca.

Los labios de su amazona lo besaban avariciosamente, con su lengua colándose entre ellos y acariciándolo con movimientos lentos y tortuosos.

—Joder, Vaux.

—No hables, sigue besándome —lo instó ella.

Rainer nunca había sido de los que seguían órdenes, y menos las de Elizabeth Vaux, pero esa en concreto la acató como el más fiel de los perros.

Siguieron devorándose mientras el corazón le latía desenfrenado en el pecho; su temperatura corporal, normalmente alta, en ese momento hervía gracias al deseo que le embriagaba el organismo. Deslizó la mano derecha hasta el centro de Effy.

Notó la humedad hasta por encima del suave tejido de sus mallas.

—Dios, estás mojadísima.

—Tócame. —Le mordió el labio inferior, inquieta—. Tócame, Rainer, por favor.

—Me encanta cuando me suplicas, Cohete.

—Y a mí cuando me obedeces, Rain.

Sonrió como un diablo contra los labios de Effy mientras su mano se colaba entre la tela de las mallas y su piel caliente. El algodón de las bragas le acarició los dedos, y el calor de su interior le dio la bienvenida en cuanto deslizó uno de los dedos entre sus labios inferiores.

Ella le gimió contra la boca mientras se revolvía entre sus brazos.

—Dios…

Rainer encontró su clítoris y con los dedos temblorosos por la adrenalina lo acarició con devoción, en círculos lentos y suaves. Quería tomarse su tiempo con ella, descubrir qué era lo que la hacía gritar, lo que la llevaba al límite y le robaba la compostura a la que tanto se aferraba.

Quería tenerla a sus pies y hacerle suplicar su nombre.

Deseaba besarla por todo el cuerpo, lamerla, acariciarla. Venerarla.

Anhelaba sus jadeos contra la oreja mientras la penetraba, sentirla alrededor de su polla. Abrazarla mientras se movía en su interior.

Pero de momento se conformaría con aquello, con proporcionarle el placer que tan desesperado estaba por darle.

—Rainer —volvió a gemir su nombre. Él intensificó sus movimientos, acariciándole no solo su centro, sino los pliegues húmedos de alrededor. Coló una pierna entre las de Effy y con un movimiento la obligó a que las separara más—. Joder.

—¿Puedo meterte los dedos? —le preguntó contra su oído.

Ella le atrapó la cara con las manos, reclamando de nuevo sus labios sobre los suyos.

—Sí, sí, sí —suspiró.

Rainer metió en su interior los dedos índice y corazón. Primero la punta y, en cuanto comprobó que Effy se abría para él, el resto. Elizabeth soltó un gritito de sorpresa, que enseguida se transformó en un fuerte gemido complacido.