Dar el salto 29 Rainer
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29 Rainer

Se levantó antes de que el sol saliera por el valle, con las sábanas pegadas contra su cuerpo caliente y con la polla dura. Tenía un nombre escondido detrás de sus labios entreabiertos, un gemido a punto de abandonarle la garganta contraída. La respiración, entrecortada.

Había vuelto a soñar con Effy.

La había vislumbrado montada encima de él, con su perfecto cuerpo desnudo contoneándose desde arriba mientras él le agarraba de las caderas, que se movían en lentos y tortuosos círculos, enterrándolo más y más en el interior de su amazona.

Aún podía escuchar los gemidos de Effy llamándolo por su nombre, pidiéndole más y más…

Rainer no pudo contenerse y se llevó la mano a su miembro.

Tardó menos de un minuto en aliviarse con un gruñido contenido escapándole de la boca sin pretenderlo.

Cuando acabó, se fue directo a la ducha, desesperado por borrar lo que acababa de hacer, los pensamientos sucios e inapropiados que había tenido sobre Vaux.

Rainer, estás jugando con fuego, le advirtió la voz autoritaria de su cabeza.

Joder, no me digas, se contestó a sí mismo con ironía.

Había llegado a un punto en el que no podía detener el deseo que sentía por ella.

Cada vez que compartían espacio, cada vez que sus ojos entrechocaban en un baile intenso y profundo, cada discusión, desacuerdo o tira y afloja.

Cada sonrisa, pensamiento compartido en voz alta o en silencio…

Todo estaba resultando demasiado intenso, demasiado placentero, demasiado complicado.

Demasiado, demasiado, demasiado.

Sabía que estaba jodido y que apenas ya podía guardarse para sí los sentimientos que albergaba por su amazona, por la jinete a la que estaba entrenando desde hacía meses.

Sabía, también, que estaba sobre la cuerda más floja de la que había tratado de sostenerse en toda su vida, y que la promesa que él mismo se había hecho hacía años estaba a punto de romperse bajo el peso abrasador e imposible de los ojos azules de Elizabeth Vaux,

de su boca perfecta y su carácter indomable.

De su cuerpo de infarto y su personalidad arrolladora.

Sobre el peso de todo lo que no sabía que estaba buscando hasta que la conoció.

Menuda paradoja de mierda era la vida, pensó mientras se enjabonaba.

Todos aquellos años que se había pasado deambulando de puntillas por su existencia, todo aquel tiempo con el corazón oxidado y detenido como un reloj estropeado, esos días interminables que se habían transformado en años insípidos…

Todo, cambiado de repente en cuanto alguien le había hecho sacar ese fuego que ya había olvidado que poseía.

Y que luego lo había transformado en un enjambre de emociones que ya casi no le cabían en el pecho.

Cada día que pasaba, Elizabeth Vaux se iba convirtiendo en una figura que Rainer no había buscado ni esperado encontrar ya.

Una figura de la que la gente hablaba pero que él nunca terminó de creer del todo que existiera.

Y eso lo ponía nervioso porque, joder, ¿tenía que ser justamente ella? ¿La amazona que estaba a su cargo? ¿Después de lo que le había pasado a él tantos años atrás?

Ya sabes cómo acaban estas historias, Rain, se dijo por enésima vez. Siempre hay uno más interesado… Uno que lo da todo solo para acabar con el corazón roto y la vida hecha mierda. Nunca te involucres con tu entrenador… o tu jinete. Aprende de una vez la puta lección.

Salió de la ducha más enfadado de lo normal, con un montón de energía que estaba deseando quemar.

Lo esperaba por delante un día bastante ajetreado; el mundial estaba a menos de un mes de distancia, y Effy y él ya habían empezado a entrenar con toda la fuerza que sabía que podía exigirle.

Esa tarde tenían la última cita con el doctor Brennan para que le dieran el alta definitiva, a pesar de que la semana pasada ya le había dado permiso para empezar a entrenar de verdad.

Desde entonces ella había estado muy irascible, enfadándose otra vez por todo y descargando la totalidad de ese enfado contra… él. Rainer entendía que aquello no era fácil para la amazona, todavía no conocía su historia completa, pero sí sabía la de Anthea.

Hermanas.

A veces le costaba asociarlas debido a sus grandes diferencias. Una era el día. La otra como la noche. Anthea, que siempre le había regalado sonrisas y cumplidos a todo el mundo, mientras que Effy jamás había compartido una palabra con alguien a no ser que fuera estrictamente necesario.

Y luego estaban las formas de montar: Anthea parecía haber nacido para aquello, con una soltura y un don que pocos jinetes presentaban a lo largo de sus carreras. En cambio, Effy era casi perfecta, una máquina de ejecución fatal programada con sudor, sangre y lágrimas para ser la mejor.

No, Rocket Effy no tenía nada que ver con la Niña de Oro.

Rainer pensó en sí mismo, dónde encajaría él entre esas dos amazonas que sin duda pasarían a la historia de aquel deporte.

En el medio, contestó su voz interior con sinceridad.

Supuso que sí, que así era. Rainer Keller, el Titán de Sasbachwalden, siempre estaría a medio camino entre ambas hermanas. Quizá en su vida pasada aquello le habría molestado, pero actualmente esa verdad suponía un consuelo, una manera de vivir aquello como una unión más entre los tres.

Un hilo dorado invisible, trágico e inquebrantable.

***

—Todo en orden, Elizabeth. Oficialmente ya no estás lesionada.

Effy se observó al espejo de la sala privada de fisioterapia de la RK y alzó el brazo para luego ejecutar una serie de rotaciones con su hombro derecho. Su rostro se mostraba relajado, casi feliz.

Rainer trató de no fijarse en el top de deporte que llevaba debajo de la camiseta que había tenido que quitarse, y también ignoró con todas sus fuerzas las mallas deportivas grises, que se le adherían a las piernas tonificadas como una segunda piel.

Céntrate, joder.

—Gracias, Brennan. Sin duda está como nuevo.

El doctor le sonrió cerrando la carpeta que siempre llevaba consigo a todas partes.

—Me alegra escuchar eso, significa que has cumplido con todas mis recomendaciones.

Effy buscó la mirada de Rainer en el espejo, y este le hizo un gesto con la barbilla que esperaba que se tradujera como: «De nada, Cohete». Se volvió hacia el médico, listo para cerrar ese último recado del día y largarse a casa a darse otra ducha de agua fría.

Porque la necesitaba, joder.

En ese preciso instante, un teléfono rompió el silencio y el doctor Brennan sacó del bolsillo de sus pantalones el móvil.

—Si me disculpáis, llevo esperando esta llamada de la Universidad de Berlín todo el día… Solo serán unos minutos —dijo mirándolo. Pidiéndole permiso.

Rainer le señaló la puerta.

—Si subes al vestíbulo, tendrás mejor cobertura —le recomendó.

—Oh, gracias, Rainer. Vuelvo enseguida.

Y los dejó solos.

Effy seguía de espaldas a él, y encontró de nuevo su mirada azul a través del espejo.

Las luces amarillas del techo iluminaban la estancia, a pesar de que el sol hacía ya horas que había desaparecido entre los pliegues del valle.

La amazona se volvió para encararlo, y él no pudo evitar fijarse en su vientre plano, en su piel pálida e inmaculada o en la peca oscura que asomaba justo por debajo de la tela gris del top de deporte, a la altura de la quinta costilla derecha.

—¿Crees que llegaré bien al mundial? —Su tono estaba envuelto en una interrogación aguda, como si llevara guardándose aquella pregunta durante días.

Rainer no tardó ni dos segundos en contestar. No necesitó siquiera sopesarlo.

—Por supuesto. —Effy frunció el ceño, como si no terminara de creerlo. Él avanzó un par de pasos en su dirección—. ¿Qué pasa? ¿Es que has dejado de confiar en ti?

Ella se cruzó de brazos.

—Sé lo que valgo.

—Bien, porque yo nunca lo he dudado.

—Pero…

—¿Pero?

—Pero me da miedo haber llegado hasta aquí para nada —terminó diciendo—. Después de las europeas… Joder, quedé segunda, Rainer.

—Te caíste, Effy.

Ella le dedicó una sonrisa ácida.

—No me vengas con ese cuento. Tú y yo sabemos que eso no tiene nada que ver. Aunque no me hubiera caído ese día, mi posición seguiría siendo exactamente la misma.

Rainer dio otro paso hacia ella. Había algo en la manera en la que lo miraba, una fuerza, una vulnerabilidad mezclada con miedo, que lo llamaba como un canto de sirena.

—Vaux, lo vas a conseguir. Si esto es lo que tú quieres de verdad, lo harás.

—Effy volvió a arrugar la nariz, y él extendió la mano para recorrerle con el dedo pulgar ese tramo de piel cubierto de pecas.

Aquello paró de golpe su reacción y consiguió que su amazona centrara toda su atención en él—.

Además, no tengo ninguna duda de que en estas tres semanas que nos faltan vas a darlo todo.

Y cuando lleguemos a Estados Unidos, demostraremos al resto del mundo que Elizabeth Vaux volverá a hacer historia, una vez más.

Ella suspiró.

—Y por fin acabará todo.

Rainer deslizó las yemas de los dedos por el rostro de la inglesa, con su piel suave y caliente enviándole escalofríos placenteros.

La amazona cerró los ojos un instante, y él se maravilló por su belleza, la manera en la que sus facciones se relajaban y dejaban al descubierto una Effy que casi nunca observaba: la imagen de una mujer tremendamente joven para toda la rabia que escondía su corazón.

Para toda la frialdad con la que trataba de aislarse del resto del mundo.

Pero él hacía mucho que había aprendido a esquivar esas murallas, a sortearlas como un ladrón.

Y entonces la veía a ella.

Y qué maravilla, joder.

Effy volvió a abrir los ojos y sus miradas se enredaron gritando lo que sus bocas muchas veces no se atrevían a decir.

Rainer recordó el beso que habían compartido hacía casi un mes. Los labios de la inglesa devorando los suyos, reclamándolo y castigándolo. Un beso lleno de enfado y orgullo.

Un beso que no había conseguido sacarse de la cabeza desde entonces.

Con el que soñaba todas las noches.

Se preguntó, allí mismo donde estaban, mientras sostenía el rostro de Effy, si cada beso que pudieran compartir sería igual: cargado de ese fuego que tanto los caracterizaba.

Creía conocer la respuesta, pero deseaba terminar de confirmarla con todas sus fuerzas.