28 Effy #3
Al principio la habían intentado calmar diciendo que la Kellerhof ya disponía de cámaras de seguridad en todas las entradas y salidas de los establos, así como en las instalaciones y alrededores, que sus caballos estarían seguros.
Pero a ella eso no le había bastado. Insistió en que quería las cámaras para Sodashi y Sanctos. Y, al final, accedieron.
Gracias a esa medida de control tenían a Montagne cogido por los huevos.
—Si me expulsan a mí, la expulsan a ella —trató de defenderse Luca con desesperación, un último acto de un animal acorralado.
Rainer lo agarró del polo de deporte con un movimiento brusco, arrastrándolo hasta quedar a apenas unos centímetros de su cara.
—Escúchame, hijo de puta, aquí hoy no ha pasado nada.
Ni tú has tratado de atentar contra un caballo de competición valorado en millones de euros ni Effy te ha agredido, ¿entendido?
—Las facciones de Luca se contrajeron con odio—.
No sabías que había cámaras, y soy consciente de que nunca te habrías jugado tu carrera de haberlo sabido, así que esta es tu última oportunidad para salvarte el culo.
—La mirada de odio del jinete se intensificó.
Estaba entre la espada y la pared y comenzaba a entender que su jugada sucia no había dado los resultados que él esperaba—.
Así que piénsate muy bien cuál es tu siguiente respuesta.
Los segundos se deslizaron con una lentitud agónica entre los tres.
La rabia de Effy seguía allí, latente y caldeada, pero cada vez que desviaba la vista hasta los arañazos de Luca sentía algo de satisfacción. Un consuelo tonto en comparación con todo lo que el francés merecía.
Rainer todavía no lo había soltado de su agarre, taladrándolo con la mirada. Montagne tragó saliva y terminó agachando la cabeza a la vez que mascullaba:
—Muy bien.
Ella se mordió la lengua hasta que sangró.
El muy cabrón acababa de admitir que, en efecto, había tratado de dañar a su caballo sabiendo que aquello provocaría la reacción que justo había tenido y que podría haberle costado la expulsión.
Había sido más lista que ella y había estado a punto de dejarla fuera de juego.
Elizabeth lo miró una última vez antes de decirle:
—Eres la peor persona que he conocido en mi vida. Como vuelvas a cruzarte en mi camino me importará una mierda la expulsión y cualquier consecuencia que pueda sufrir con tal de hacerte todo el daño que te mereces.
No le dio tiempo a saber qué le respondía el francés. Se dio media vuelta y salió de allí.
Cuando torció la esquina de camino a una de las salas de descanso, Effy se dejó caer al suelo, demasiado agotada como para llegar a sentarse en una silla y demasiado agitada como para pensar en nada más.
Había estado a punto de cargarse todo aquello por lo que había peleado.
Estúpida. Estúpida. Estúpida.
Alguien se arrodilló a su lado. No necesitó alzar la vista para saber que se trataba de Rainer.
—No hace falta que me lo digas —se adelantó—. Sé que he cometido la mayor estupidez del mundo entero… Casi lo echo todo a perder.
Él se acomodó a su lado, apoyando la espalda en la pared.
—Effy…
—Y sé que lo que he hecho está mal y que no debería haberle agredido, y que si hubiera llegado a haber alguien más aparte de nosotros todo habría acabado de una manera muy diferente. Pero es que no podía pensar con claridad, Rainer, no podía.
Su entrenador le sostuvo la mirada, y Elizabeth se perdió en esos ojos clarísimos salidos de otro mundo, buscando la calma que sabía que podían darle.
Empezó a respirar mejor.
—Y también sé que me merezco que me grites y me digas que soy idiota y que estás cansado de defenderme y que no eres mi niñera y…
—Creo que ambos sabemos que sí soy un poco tu niñera.
—¿Por qué no estás más enfadado conmigo? —le rebatió ella sin perder un latido.
Keller suspiró.
—¿Sabes qué iba a decirte?
Effy negó con la cabeza.
—Iba a decirte que Luca es un cabrón con suerte porque cada día que se levante y se mire al espejo se acordará de ti gracias a las bonitas marcas que le has dejado en la cara.
Ella no pudo evitar la sonrisa que se le dibujó en la cara.
—¿Tú crees?
Rainer se pasó la lengua por los dientes superiores.
—Joder, sí.
—¿Y eso es tener suerte?
Él la miró de esa forma en la que le robaba el aliento, como si quisiera devorarla de un bocado.
—Tener una razón por la que pensar en ti todos los días lo es, sí.
Effy reunió toda la valentía que a veces sentía que le faltaba cuando lo miraba y preguntó:
—¿Te gustaría tener una razón para hacerlo?
Rainer suspiró.
—Yo ya la tengo, Cohete. —Ella no se atrevió a moverse, como si el más mínimo movimiento pudiera espantar al hombre que la tenía apresada en sus redes desde hacía demasiado tiempo—. Desde el día en el que te vi por primera vez no he dejado de hacerlo.
—Vaya.
El silencio los cubrió con su manto. Effy, asimilando las palabras que acababa de escuchar; Rainer, respirando con pesadez a su lado.
Al final, su entrenador suspiró, como si se hubiera dado cuenta de que aquello lo había soltado en voz alta.
La miró una última vez antes de tenderle una mano para ayudarla a levantarse.
—Sí, vaya.