Dar el salto 28 Effy #2
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28 Effy #2

—Puede ser que me haya invitado a dar un paseo con él el domingo.

Sabía que estaba disfrazando la verdad, pero, oh, qué divertido estaba resultando ver cómo Rainer asimilaba esa información.

Los engranajes de su siempre matemática cabeza giraban a toda velocidad tratando de encajar aquello de la manera más estoica posible.

Y fracasando estrepitosamente en el intento.

—¿A solas?

Effy alzó la mirada hacia el techo, con una inocencia falsa.

—Sip.

Rainer bufó, con el músculo de la mandíbula tenso tras aquella revelación.

—Tu hombro no está recuperado.

Klaus se tragó una sonrisa. Ella no se molestó en ocultarla.

—¿No está recuperado para un paseo por el bosque, pero sí para un entrenamiento como el de hoy? Creo que alguien no está siendo objetivo…

—Yo siempre soy objetivo.

—Pues parece ser que conmigo no, entrenador.

Rainer la fulminó con la mirada. Effy se perdió en su fuego helado, en toda la posesividad que emanaba de él y en la forma en que este amenazaba con perforarla por dentro, calentándola de una manera que nunca había sentido.

—Vete a las duchas antes de que Sanctos se enfríe.

—A tus órdenes, Keller.

La risa de Klaus fue lo último que oyó antes de salir de allí con una victoria dulce dibujada en el rostro. Rainer había caído en su pequeño juego, mostrando sus cartas de nuevo.

Una vez que llegó a los establos principales y duchó a su caballo, se encargó ella misma de guardarlo en su box. Hello Sanctos la seguía como un perrito faldero, a un paso tranquilo y de vez en cuando apoyándole su gran morro sobre el hombro, buscando algún premio que llevarse a la boca.

Cuando entraron en el box, Effy chilló.

Levantó el pie izquierdo rápidamente del suelo, intentando evitar el dolor punzante que este le había provocado. Se agarró la bota de entrenamiento, y flexionó la pierna para comprobar qué era lo que le había pasado.

Tenía un clavo incrustado en la planta del pie.

—¿Qué cojones?

Agarró con fuerza el objeto de metal, arrancándolo de su bota. Era largo, de los que se usaban en los establos normalmente para fijar las bisagras de las macizas puertas de madera.

¿Cómo había acabado allí?

Ató a su caballo en la anilla de la puerta de su box y, ayudándose con la linterna de su móvil, inspeccionó la cuadra.

La sangre le huyó de golpe del rostro.

Decenas y decenas de clavos estaban esparcidos por el espacio donde su caballo solía descansar. Todos hacia arriba, todos con sus puntas afiladas mirando al techo.

Effy empezó a notar calor, y luego frío, y luego calor de nuevo.

Una ira brillante y aguda empezó a cegarle la visión.

Si Hello Sanctos hubiera llegado a entrar en esa cuadra, si uno de sus cascos hubiese quedado dañado o se hubiera tumbado sobre el suelo como solía hacer y se hubiese clavado las decenas de clavos enterrados entre la paja…

Salió disparada de la cuadra.

Tenía un objetivo en mente.

—¡Luca Montagne!

La última vez que lo había visto había sido en la estación central de las duchas, acabando de lavar a su montura.

Cuando el francés la vio aparecer, le dedicó una sonrisa llena de malicia.

Effy gritó mientras se abalanzaba sobre él, con la satisfacción entremezclándose con la ira al ver cómo esa sonrisa asquerosa se le borraba de la cara de un plumazo.

No tuvo tiempo de esquivarla, y ella se lanzó con toda su fuerza, con todo su instinto más primario y animal a su cara, y le clavó las uñas en su piel impoluta.

Supo que le había hecho sangre antes de pararse a mirarlo.

Luca gritó algo en francés y trató de zafarse de ella empujándola contra la pared de piedra que había a su izquierda, pero Effy no dejó que el golpe la obligara a soltarlo.

—¡Estás muerto! —Sabía que estaba gritando porque la garganta le dolía, pero en lo único en lo que podía pensar era en que alguien había intentado joderla a través de sus caballos. Y aquel era el único límite por el que estaba dispuesta a jugárselo todo—. Te voy a matar, joder.

—¡Y yo voy a hacer que te expulsen! ¡Se te ha acabado el chollo, zorra!

Ella levantó la mano para pegarle un guantazo, sabiendo que su destino ya estaba sellado. Agredir a un compañero de la FEI estaba castigado con la penalización inmediata de la competición. Pero en aquel momento en eso era en lo último en lo que estaba pensando.

Antes de que su mano impactara con la mejilla del francés, alguien interceptó el golpe.

Rainer la agarró de la muñeca, deteniendo toda la fuerza que Effy había conseguido aunar gracias al enfado.

Ella gimió con frustración.

—¡Déjame!

Su entrenador la atrajo hacia sí, obligándola a que soltara el agarre que su otra mano ejercía sobre el hombro de Luca.

—No merece la pena, Cohete. —Rainer la obligó a que le mirase—. Así no.

—¡Ha puesto clavos en la cuadra de Sanctos! —chilló—. ¡Más de veinte! Todos bocarriba preparados para clavársele en la piel. Si crees que voy a dejar esto pasar, Keller, es que no tienes ni puta idea de quién soy.

Vio la ira en los ojos del alemán antes siquiera de acabar la frase.

Su entrenador, aun así, obligó a Effy a dar un par de pasos hacia atrás con la mano en la parte baja de su espalda, la otra todavía apresándole la muñeca. Pero su vista ya no estaba sobre ella, sino en Luca.

—¿Es eso verdad, Montagne?

El francés se había llevado una mano a la mejilla derecha, tapándose el arañazo que ella le había provocado.

—No —escupió con desagrado—. Pero lo que sí es verdad es que voy a hacer que expulsen a tu amazona de una vez por todas y, tú, Keller, no vas a poder hacer nada al respecto.

Y sonrió.

Effy sintió cómo el corazón se le aceleraba; por primera vez el miedo se colaba debajo de las emociones que la habían llevado a actuar sin pensar.

Si Luca conseguía que la expulsaran… Ella alzó la vista hacia su entrenador, esperando encontrar algo que le confirmara que, en efecto, estaba acabada.

En cambio, lo que vio la dejó desconcertada.

Rainer se lamió los labios, completamente impasible ante las palabras de su exjinete.

—Espero que tengas razón, Luca, porque en cuanto acabemos aquí iré a la oficina central a pedir las grabaciones del establo de Sanctos de las últimas horas, ¿y sabes qué?

, que como me entere de que es verdad la acusación de mi amazona, lo primero que haré será buscarte para partirte la cara.

—Lo observó un par de segundos; la calma con la que hablaba y su presencia monumental aumentaban la tensión del momento—.

Y luego me encargaré personalmente de que la junta de la FEI reciba esas mismas grabaciones y te suspendan para siempre.

La sonrisa del francés había desaparecido por completo.

Sus ojos abiertos de par en par se clavaron en los de la propia Effy, alarmados, antes de volver a fijarse en los de su entrenador.

Ella alzó el mentón, desafiante. Rainer sabía que una de las condiciones que ella había puesto al entrar en la RK era que instalaran cámaras que grabaran las veinticuatro horas exclusivamente a sus caballos.