Dar el salto 28 Effy
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28 Effy

Nunca antes había llegado tarde a un entrenamiento.

Supuso que siempre había una primera vez para todo.

La verdad era que la noche anterior no había pegado ojo.

Lo que había descubierto en los últimos días la había dejado hecha un amasijo de emociones con las que no sabía cómo lidiar de momento.

Ver a Hickstead de nuevo…, el caballo de su hermana…

, había sido como una patada en el pecho al principio, pero luego se había transformado rápidamente en el abrazo más cálido que nunca había recibido.

Rainer le había hecho el mejor regalo del mundo, y ella no sabía todavía como agradecérselo o asimilarlo.

Durante años se había preguntado en qué manos habría acabado el caballo de su hermana y, por mucho que hubiera insistido a su madre sobre su paradero para intentar recuperarlo…

, Fiona siempre se había negado. Al final, tuvo que rendirse, pero ese malestar nunca desapareció de su interior.

Hasta que Rainer la había llevado a verlo.

Así que se había prometido a sí misma que iría a visitar al caballo castaño tantas veces como pudiera, y que intentaría recuperar el tiempo perdido con él.

Y podría ser esa la razón, pero, como siempre, sus noches distaban mucho de ser tranquilas y apacibles.

Aunque aquello no era una novedad. Si alguien le hubiera preguntado cuándo fue la última ocasión en que había conseguido dormir toda la noche del tirón seguramente no habría respondido.

Pero si lo pensaba con detenimiento, no se le vendría a la memoria ninguna noche de entre los últimos diez años.

Una realidad desalentadora.

Pero su realidad, al fin y al cabo.

Salió disparada por la puerta de su apartamento con las cremalleras de las botas todavía bajadas.

Parezco alguien que no se toma en serio su trabajo. Aquel pensamiento la disgustó porque ¿desde cuándo Elizabeth Vaux no se tomaba en serio los entrenamientos? ¿Desde cuándo no controlaba el tiempo para asegurarse de llegar la primera a la pista cuando la arena estaba todavía fresca y mullida?

Pareces alguien a quien ya no le importa ganar su quinto mundial.

Ese pensamiento fue aún peor, le revolvió el estómago vacío.

Sintió cómo las náuseas con las que llevaba conviviendo desde el inicio de temporada la asolaban.

No. No podía permitir que aquellos pensamientos intrusivos y desleales la asaltaran.

Ella estaba por encima de aquello, por encima de las dudas, las inseguridades y las excusas de mierda.

Solo te has dormido, no es para tanto, Eff. Una voz parecida a la de su hermana la consoló en su cabeza. Aquello la sorprendió, pero también le aportó una tranquilidad que recibió con extrañeza en su cuerpo.

Una vez Hello Sanctos y ella entraron en la pista cubierta, Keller los recibió con un:

—Llegas tarde.

Ella se inclinó levemente hacia atrás, apretó el abdomen y fijó sus piernas para frenar al caballo sin necesidad de tirar de las riendas.

Sanctos obedeció.

—Perdóname, no he dormido muy bien.

Él la escaneó de arriba abajo, probablemente fijándose en las dos medialunas violáceas que eran sus ojeras.

Algo en su mirada se suavizó.

Pero Rainer Keller no era un blando, por mucho que Effy hubiera desempolvado su lado más sensible, así que simplemente inclinó la cabeza y le dijo:

—Que sea la última vez. —Le hizo un gesto con la mano, invitándola a entrar en la pista—.

Calienta un par de vueltas y empezamos con los ejercicios de hoy.

—Ella se puso al paso y, antes de girar la primera esquina, Rainer la volvió a llamar—.

No olvides que hay más jinetes entrenando contigo.

No quiero tonterías, Vaux. No estoy de humor.

Luca Montagne y Pablo Suárez también estaban entrenando a aquella hora.

El español no le importaba. De hecho, le caía bastante bien.

Effy sabía por quién le había hecho aquella advertencia su entrenador.

—Prometo no hacer ninguna estupidez en la pista.

Su caballo bufó.

—Oh, cállate.

***

Una hora después Effy estaba sudando y resoplando. Sus inhalaciones eran más rápidas de lo normal y su cuerpo estaba caliente gracias al bombeo constante de sangre por todo el organismo.

El hombro le dolía.

La recuperación no estaba siendo demasiado dura; seguía con el plan que le había prescrito el doctor Brennan: fortalecer los músculos en el gimnasio, ejecutar los ejercicios de rehabilitación y montar progresivamente. Aunque ella le insistía a Rainer para acelerar aquella última parte.

—No tientes a la suerte, Cohete —la había amenazado Keller hacía unos días—. Acuérdate de la promesa que me hiciste.

Effy se limitó a enseñarle muy grácilmente el dedo corazón a modo de respuesta.

Terminó la última vuelta a un galope largo.

Con las piernas flexionadas elevándole el torso de manera que sus glúteos no tocaran la silla.

Los brazos en semiflexión ligeramente inclinados hacia delante y las manos paralelas, más arriba de la cruz de su montura.

Esa tensión que hacía con la derecha, que en ese momento era su mano interior a la pista, le molestaba.

Apretó los dientes y se dijo que podía aguantar aquel dolor multiplicado por cien. Que la recompensa merecía la pena. Aunque esa afirmación le supiera amarga en la boca.

Cuando se puso al paso, Pablo Suárez se colocó a su lado.

—Te veo bien, Vaux.

Effy le dedicó un asentimiento rápido.

—La lesión no era tan mala —comentó—. En nada estaré entrenando como siempre.

—¿Lista para este mundial?

Ignoró el pinchazo de ansiedad que aquella pregunta le provocó.

—Siempre. —Disfrutó del silencio mientras Pablo y ella compartían el espacio al paso. Buscó a su entrenador con la mirada y lo encontró hablando con Klaus—. ¿Viene mucho por aquí?

Suárez entendió enseguida de quién le hablaba.

—A veces. Es el mejor amigo de Rainer de toda la vida —le explicó, como si supiera que todo lo que lo envolvía le generaba una curiosidad que nunca terminaba de saciar. Aunque aquello, por supuesto, ya lo sabía—. Es majo, pero no tiene ni puta idea de este mundo.

Effy sonrió.

—¿Es del pueblo?

Pablo asintió.

—Sí, pero ya no vive aquí. Está en Berlín, creo, ¿o quizá en Düsseldorf? —Sacudió la cabeza—. Da igual, el caso es que es el único amigo de Keller, al menos que nosotros sepamos.

Ella sopesó esas palabras.

—Es reservado.

Aquella afirmación le sacó una carcajada al español.

—Joder, eso es quedarse corto. Antes de que llegaras tú, creo que lo había escuchado hablar dos veces en toda mi vida. Al menos ahora se puede mantener conversaciones con él sin que parezca que va a asesinarte de un momento a otro.

Effy frunció el ceño.

—No me había dado cuenta de que hablaba con vosotros. —Elizabeth enseguida se arrepintió de esas palabras—. Eso ha sonado fatal. —¿Se estaba sonrojando? ¿Ella?—. A lo que me refería era que habitualmente lo veo solo y…

—Tranquila, Vaux. Sé a lo que te refieres.

Siguieron montando juntos, compartiendo la pista que ella siempre había sentido como suya. Últimamente ese sentimiento de pertenencia se le escurría entre los dedos.

—¿Y tú? ¿Estás listo para el mundial?

Pablo palmeó el cuello de su caballo tordo.

—Aunque no lo parezca, los nervios siempre me juegan malas pasadas incluso después de tantos años compitiendo.

Creo que uno nunca se acostumbra del todo a la adrenalina y las expectativas…

—Effy asintió por educación, aunque hasta ese mismo año ella siempre había sido muy pragmática con todo aquel tema—.

Pero sí, creo que este año puedo quedar en el top cinco, cosa que me pone muy feliz.

Si lo consigo, tendré otro año muy bien patrocinado.

Cierto. Ella a veces se olvidaba de que los demás jinetes de la parrilla no solo competían para ganar, sino también por cerrar buenas ofertas con las entidades y marcas que patrocinaban aquel deporte elitista.

Formar parte de la parrilla de la WEL y de la del campeonato de la Federación Ecuestre Internacional no era barato, y tener buenos patrocinadores marcaba la diferencia para muchos de ellos.

Effy nunca había tenido que preocuparse por ello.

Cuando empezó, su padre había sido el encargado de financiarle todos los costes del deporte, y en ese momento era ella la que se mantenía sola, principalmente gracias a los altísimos premios monetarios que había ido ganando a lo largo de todos esos años,

pero también al par de marcas con las que llevaba trabajando desde que empezó a llamar la atención y que en aquel momento le pagaban más de lo que podría gastar en aquella vida.

Effy le sonrió.

—Seguro que lo consigues. —Pablo enarcó una ceja ante sus palabras de aliento—. Os he visto entrenar, Suárez. Sabes que no te lo diría si no lo pensara de verdad.

El español le guiñó un ojo.

—Todos pensábamos que eras un poco bruja, pero ¿sabes, Vaux? Hace tiempo que me di cuenta de que simplemente proteges con recelo ese corazón que tanto te esfuerzas en ocultar.

Su primer impulso al escuchar aquellas palabras fue asustarse. Que Pablo le dijera aquello era casi demasiado… personal. Apretó y aflojó las manos sobre las riendas de cuero.

—Gracias —contestó con sinceridad.

—Si alguna vez te apetece, los demás vamos de paseo los domingos. Por supuesto, estás más que invitada a unirte.

Elizabeth asintió. Era una oferta que hacía no mucho tiempo habría declinado sin pestañear, pero en ese momento…

—Me parece bien.

Si Pablo se sorprendió por su rápida respuesta, no lo demostró. Le dedicó un leve asentimiento y le guiñó un ojo antes de retomar su entrenamiento.

—Nos vemos, Vaux.

—Nos vemos, Suárez.

Rainer la esperaba ya al salir de la pista cubierta. Su amigo, Klaus, a su lado, le dedicó una gran sonrisa.

—¿De qué hablabais?

Rainer estaba rígido, mucho más de lo habitual, y su tono indiferente estaba claramente impostado, demasiado artificial como para que nadie se lo creyera. Había algo ahí, un matiz de fondo que Effy enseguida interpretó como una emoción que la sorprendió y complació a partes iguales.

Celos.

—¿Celoso, Keller? —se burló ella.

Klaus le dio un codazo en las costillas a su amigo, como si él también lo hubiera notado.

—Eso, Rain, ¿celoso?

Él no despegó sus ojos del color del hielo de ella.

—No.

Effy se encogió de hombros, con una sonrisilla de suficiencia dibujada en sus comisuras.