Dar el salto 27 Rainer
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27 Rainer

Sabía lo que tenía que hacer desde que Effy había compartido su secreto con él.

Llevaba un tiempo asimilándolo en su interior, aceptando el hecho de que aquello era lo correcto. No sabía si ayudaría a su jinete o la perjudicaría.

Pero algo dentro de él le decía que Elizabeth Vaux necesitaba aquello.

Y Rainer habría hecho cualquier cosa por ayudar a su Cohete.

Trató de no darle vueltas al sentimiento de pertenencia ni al instinto de protección que se había apoderado de él desde antes incluso de la caída que había sufrido Effy, esa lava espesa que parecía calentarlo cada vez que sentía que algo no iba bien con la inglesa, que algo le perturbaba la mente,

manchaba su alma o le dañaba el corazón.

Al principio, lo había tratado de camuflar.

En ese momento era tan intenso que solo buscaba la forma de controlarlo.

Habían pasado cinco días desde la cena en casa de sus padres y, durante esas interminables ciento veinte horas, Rainer había estado reuniendo el valor que necesitaba para hacer aquello.

Todo lo que había durado el día, había sentido las rodillas flojas y su mente no paraba de chillarle que le contara ya a Effy lo que él llevaba sabiendo durante todo ese tiempo.

Todavía no.

Todavía no.

Habían terminado el último entrenamiento de la tarde, y Effy estaba con Sodashi en las duchas mientras el fisioterapeuta equino comprobaba que la columna de la yegua estuviera en perfectas condiciones.

Rainer se fijó en la amazona: su alta figura, sus piernas interminables y fuertes, su espalda erguida y los gestos que usaba al hablar y que ya se había aprendido de memoria.

Su cuello expuesto gracias a la chaqueta térmica y a las dos trenzas de espiga que se había hecho para entrenar.

Le encantaba cuando se trenzaba el cabello negro como ese día.

Sus ojos azules, vivaces mientras escuchaba con atención las palabras del fisio.

Su cara seria pero relajada. Las pecas canela resaltando sobre la piel nívea.

Se mordió el interior de la mejilla tratando de no suspirar al pensar que, sin duda, era la mujer más guapa del mundo entero.

Siguió revoloteando a su alrededor durante los cuarenta y cinco minutos que tardó Elizabeth en guardar a la yegua en su cuadra. Durante ese tiempo ella le dedicaba miradas de reojo, con las cejas arqueadas, los ojos claros interrogantes.

Cuando salió del guadarnés después de dejar las últimas cosas, Effy lo encaró:

—Vale, suficiente. —Lo señaló con la barbilla—. ¿Qué pasa?

—¿De qué hablas?

Ella frunció el ceño.

—De que llevas desde que nos hemos encontrado actuando de una forma muy rara. No dejas de seguirme a todas partes como un perrito abandonado. —Rainer abrió la boca para defenderse, pero siguió hablando—. Además de que pareces nervioso cuando normalmente eres el hombre de hojalata.

—Voy a ignorar eso último que has dicho.

—Dime lo que me tengas que decir ya antes de que me vuelvas loca.

—¿Más de lo que ya lo hago?

Le estaba tomando el pelo. Y desviando la conversación hacia otro lado. Pero, como siempre, Vaux no le daba un respiro.

—No me cambies de tema.

Rainer se sumergió en sus ojos azules, incapaz de ignorar por más tiempo que la persona que tenía delante merecía conocer una de las verdades que llevaba tiempo ocultándole.

Suspiró.

—Está bien, Vaux, vamos a dar una vuelta. Hay algo que tengo que enseñarte.

***

La condujo hasta las cuadras donde en invierno guardaban a las madres y los potros de la ganadería de la RK.

Era una nave igual de grande que las principales, pero ubicada en la parte norte de la finca, cercana a los paddocks donde en verano los caballos disfrutaban del buen tiempo.

En invierno los Keller usaban esas cuadras debido al inclemente frío y las abundantes nevadas que asolaban la región.

No habían hablado en todo el camino hasta allí, con la tensión entre ellos creciente, el silencio solemne, como si Elizabeth hubiera intuido que lo que estaba a punto de pasar era algo importante.

Y lo era.

Rainer solo esperaba que aquella sorpresa la ayudara.

Cuando entraron en los establos, Effy rompió el silencio.

—No entiendo qué hacemos aquí.

Rainer bajó la mirada para encontrarse con la suya, interrogante.

—Hay algo que llevo un tiempo queriendo enseñarte.

—¿Por qué ahora?

—Porque no podía seguir guardándote el secreto.

Elizabeth asintió. Para él. Para sí misma. Tal vez para darse ánimos, como si por fin entendiera que lo que estaba a punto de ver era algo grande. Algo que la concernía.

Llegaron hasta casi el final del granero, a las últimas cuadras.

Rainer buscó su mano.

Elizabeth la aceptó.

—Hace unos años pasó algo horrible —empezó él—.

Recuerdo estar en casa viendo la final de la copa mundial de salto, hacía un tiempo que no me perdía ni una.

Pero ese año lo cambió todo para mí. Aún era joven, y ya había decidido que mi camino estaba en las competiciones y en la pista.

Mi objetivo estaba claro: llegar a ser un jinete profesional, uno de los grandes, como los que veía en la televisión y que ese año se jugaban el oro.

—Effy se tensó a su lado mientras la mano de Rainer ejercía presión contra la suya.

Sosteniéndola—. Cuando mi amazona favorita salió a la pista silbé.

No cabía dentro de mí mismo por la emoción.

Verla a ella… —Tragó saliva—. El caso es que jamás, nunca en mis pocos años de vida, imaginé ver en directo lo que pasó aquel día.

Hasta ese momento el salto de competición de élite significaba adrenalina y pasión…

, pero aquella fue la primera vez que entendí el precio que hay que pagar por este deporte.

Pero no la última.

Ignoró su voz interior; esa era una historia para otro momento.

Effy temblaba. La sentía a su lado, como una hoja llevada por el viento. Su cuerpo era incapaz de amortiguar los impulsos nerviosos que la asolaban. Rainer le apretó la mano aún con más fuerza.

—No sé si me gusta esta historia, Rain.

Su susurro plagado de vulnerabilidad fue una daga en su corazón.

—Después de que tu hermana cayera, algo en mí cambió —le explico él—. Sé que para ti fue aún peor. Hace tiempo que lo entendí, Effy. Y créeme que haría cualquier cosa para mitigar el daño y el dolor que eso provocó en ti.

—No…

Elizabeth ya no estaba mirándolo a él. Sus ojos estaban clavados como dos estacas afiladas en el interior de la cuadra donde Rainer la había llevado.

—Cuando todo pasó, le supliqué a mi padre que hiciera algo…, cualquier cosa. Mi familia sabe lo que significan los caballos para los jinetes como nosotros. —Tomó aire—. Como tu hermana. Así que, cuando nos enteramos de que Hickstead iba a ser vendido…, lo compramos.

Effy dio un par de pasos atropellados hacia la puerta de madera del establo y se agarró a esta como si hubiera encontrado un salvavidas que llevaba tiempo buscando.

—No podía soportar la idea de que cayera en manos de alguien que no entendiera el valor incalculable que poseía. No por ser uno de los caballos más excelentes de su generación… Eso nos daba igual. Sino por el valor sentimental que tenía para tu hermana. Lo que significaba este caballo para ella.

El animal castaño se acercó a ellos. Sus enormes ojos negros se clavaron con curiosidad en los dos visitantes que habían decidido acompañarlo en aquella tarde de invierno.

Effy no hizo ningún movimiento. Se quedó allí, empapándose de la imagen del caballo que durante mucho tiempo perteneció a su hermana.

El animal pasó el morro sobre la cabeza de la amazona, olisqueándole el pelo negro con mimo.

—Teníamos la posibilidad de darle una vida tranquila y buena, algo que no estamos seguros de que todo el mundo habría hecho.

No lo hemos usado para nada desde entonces…

—Rainer quería hacerle entender, entender de verdad, que haber adquirido a Hickstead no había estado motivado por la avaricia o por el provecho económico que podrían haber sacado de él.

Todo lo contrario—. Vive como un caballo retirado, pastando libre con su nueva manada.

Nadie le ha pedido jamás nada en absoluto…

Tan solo que tenga una vida digna como imaginábamos que Anthea querría para él.

Effy alargó ambas manos y se aferró a la cabeza del animal. Acercó el rostro a su morro y dejó que este la oliera. Hickstead le dio un mordisquito juguetón en la manga de su camiseta de entrenamiento y los hombros de la jinete empezaron a temblar.

Rainer sintió el deseo de sostenerla entre sus brazos, de abrazarla y consolarla. De asegurarle que allí, en aquellos establos donde solo estaban ellos dos, podía desmoronarse como seguramente hacía años que no se permitía y enseñarle que él la sostendría durante todo el tiempo que hiciera falta.

—Desde que me contaste que Anthea era tu hermana he pensado en traerte aquí todos los días. Me mataba la idea de saber que él estaba aquí y tú no lo supieras. —Dio un paso en su dirección—. Tienes que creerme, Cohete.

Los hombros de Effy seguían temblando, con el rostro escondido entre sus brazos alzados, las manos acariciando al caballo una y otra y otra vez.

El silencio se instaló entre ambos, espeso, duro, crudo.

Rainer escuchó los débiles sollozos que provenían de su amazona.

No pudo aguantarlo más y borró el espacio que los separaba, alargando una mano y posándola en su hombro.

Elizabeth se volvió hacia él; sus ojos anegados en lágrimas calientes y cristalinas, su mirada de un azul tan intenso, tan zafíreo que por un momento se preguntó si no eran de un color púrpura oscuro. Tenía las mejillas teñidas de rojo, bañadas por sendos surcos de lágrimas.

El labio inferior le temblaba y Rainer le acunó el rostro con las manos.

—Lo siento, Effy.

A ella se le escapó otra de aquellas gotas perladas.

—Este… —Su voz temblorosa y fuera de control le estrujó el corazón—. Este es el regalo más bonito que me han hecho nunca… Yo… —Parpadeó con fuerza, seguramente deseosa de borrar las lágrimas que seguían bañándole los ojos—. Yo…

Rainer la atrajo hacia sí y la abrazó.

Effy se refugió en sus brazos, dejando caer todo su peso contra él.

Con el rostro encajado en el hueco entre su cuello y su hombro.

Sintió su respiración caliente y entrecortada, sus labios y la punta de su nariz rozándole la piel.

Llevó sus manos al cabello de ella, repasando con las yemas las dos trenzas que llevaba todavía.

Elizabeth se agarró más a él, como si temiese caer al suelo.

Él jamás permitiría que aquello sucediera.

—Quiero que estés bien, Cohete.

Sus lágrimas empezaron a empaparle el suéter. No le importó.

—Puedes venir aquí cada vez que lo necesites, puedes hacer con él lo que quieras.

Sus sollozos le reverberaron en el pecho. Se los tragó todos.

—Haría por ti lo que me pidieras —le dijo al final, con su voz susurrada, la verdad de aquellas palabras compartida en ese momento íntimo, solo de ellos.

Su agarre fue intenso, casi doloroso. Y Rainer lo aguantó.

—A veces pienso que no podré soportarlo —le confesó ella en algún punto. Diez minutos después. Una hora. O quizá una pequeña eternidad—. A veces deseo…

Él siguió acariciándole el cabello.

Siguió sosteniéndola.

Acompañándola.

—¿Qué deseas, Cohete?

La sintió tomar una gran respiración. Romperse una vez más. Una última antes de que volviera a alzar sus muros y ser de nuevo la implacable Elizabeth Vaux.

—Deseo ser feliz.

Rainer escuchó con claridad cómo su ya destrozado corazón terminaba de romperse.

Se agarró a ella, se empapó de su aroma y de su contacto real y exquisito.

De sus respiraciones entrecortadas contra su torso y de su corazón desenfrenado contra su pecho.

Se embriagó con aquella sensación prohibida, con ese momento que los había unido todavía más de lo que ya lo estaban.

Se permitió sentirlo todo: el dolor, el deseo, la fragilidad y la rabia.

Y, una vez zambullido en cada una de esas emociones que de normal lo dejaban vacío y sin ganas de seguir intentándolo, se recompuso.

Aquel dolor acababa allí.

El suyo.

Pero, sobre todo, el de Effy.

Así que Rainer se prometió que recogería las piezas de su corazón y lo sanaría de una vez por todas.

Y le importaba una mierda que este le dijera que no lo conseguiría, que todas las motivaciones que había tenido hasta ese momento no habrían sido suficientes porque ya sí lo haría.

Aunque fuera lo último que hiciese en aquella vida.

Por él.

Por lo que en una vida pasada fue y sabía que, muy en el fondo, seguía siendo.

Por todos sus sueños rotos e ilusiones descompuestas.

Por su amor propio perdido.

Y por ella.

Desde ese momento y para siempre, por ella.