Dar el salto 26 Effy #3
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26 Effy #3

Rainer ya le había confesado que Anthea había sido un ídolo para él, un icono al que había soñado con parecerse. Las paredes de su despacho se lo habían confirmado.

Pero escuchar de primera mano lo cercanas que eran sus propias historias…, cómo habían estado entrelazadas desde hacía más tiempo…

Ambos habían hecho una promesa.

Ser como Anthea.

Ambos la habían cumplido.

Pero solo uno de ellos había disfrutado del proceso.

La mano de su entrenador seguía acariciándole la pierna y su mirada estaba fija en ella, pendiente de su reacción. Effy trató de mantener la compostura, de no reflejar ni un ápice del huracán en el que se había convertido su interior.

—Qué historia tan bonita —dijo al fin, agotada de pronto.

—Seguro que la tuya es igual de especial.

Karina Keller no tenía ni idea de cuánto se equivocaba.

Effy no tuvo el valor de mirarla a los ojos cuando dijo:

—La de Rainer es mejor.

El aludido dio una palmada y se levantó de la mesa tan enérgicamente que parecía casi una burla, una máscara grotesca que no le quedaba nada bien.

Si alguien se percató de que algo andaba mal, no lo verbalizó.

—¿Quién quiere strudel de manzana?

La noche siguió un curso relajado, en apariencia plácido.

Nadie volvió a sacar el tema de la equitación ni de la familia.

Las conversaciones giraron en torno a cómo los Keller habían llegado a esas tierras, hacía casi más de un siglo y medio.

Cómo se conocieron los padres de Annika y Rainer (gracias a que el padre de Karina, un reconocido jinete alemán, vino a comprar un caballo a Odin, y este hizo de Cupido).

Cómo estaba Klaus, el mejor amigo de Rainer, por la inminente boda (como una puta cabra).

Y un sinfín de temas inofensivos que poco a poco calmaron la ansiedad de Effy.

A medianoche, todos se despidieron.

—Por favor, ven cuando quieras. —La madre de Rainer.

—Te tengo que enseñar la cascada de la que te he hablado antes, es un paseo increíble que hacer a caballo. —El abuelo, Odin.

—Si necesitas cualquier cosa, aquí está tu segunda casa. —Lars Keller.

—Te llamaré para poner en marcha nuestro plan. —Annie.

—Te acompaño a casa. —Rainer.

La vuelta fue en silencio, escuchando únicamente el crujido que sus botas producían con cada pisada sobre la nieve recién caída y sus respiraciones acompasadas.

Effy no encontró la luna; las nubes densas y grises tapaban el manto azul con su presencia. Había dejado de nevar hacía un rato, pero seguro que durante la noche volvería a hacerlo.

El frío de la medianoche activó el sistema nervioso de la inglesa y la sacó del embotamiento mental en el que se había visto sumida desde el final de la cena.

Una parte de su cerebro había puesto el piloto automático, una disociación a la que no estaba acostumbrada, ya que de normal mantenía el control sobre las situaciones.

O al menos así había sido antes de llegar a Alemania.

En los últimos meses algo había empezado a metamorfosearse en su interior y, de momento, no lo estaba disfrutando en absoluto.

No sabía qué hacer con todas esas… emociones.

Rainer caminó a su lado durante todo el trayecto, dejando que la mente de Effy volara hacia los lugares que necesitaba, como si supiese que le hacía falta ese momento consigo misma para regularse.

Como si viera a través de sus muros.

Al llegar al complejo de apartamentos de los jinetes, Effy se detuvo.

—Gracias por acompañarme.

Alzó la mirada para observarlo, topándose de lleno con unos ojos que la contemplaban con calidez.

—De nada. Gracias a ti por venir a pasar tiempo con nosotros. —Se llevó una mano a la barba incipiente—. A veces pueden llegar a ser un poco intensos.

Ella negó con la cabeza.

—Son fantásticos.

El cuerpo de Rainer se movió un par de centímetros hacia delante, como si no pudiera mantenerse alejado de ella. Buscándola de manera involuntaria. Ella dio medio paso atrás, rechazando el acercamiento del alemán. Él pareció entender ese gesto, puesto que se separó también.

—Effy, solo quiero que sepas que… si alguna vez lo necesitas, estoy aquí para escuchar lo que sea que quieras contarme.

—Ella no podía lidiar con aquello en ese momento.

Si Rainer seguía hablando, corría el riesgo de dejarse caer contra él y abrirse en canal por primera vez en su vida.

Y eso solo podía significar que estaba demasiado agotada como para pensar con claridad—.

Sé que no quieres hablar del tema, pero…

me gustaría escuchar tu historia, cuando sientas que estás preparada para contármela.

Pídeme que te la cuente ahora, le rogó mentalmente. Pídemelo y lo haré.

En cambio, él alargó el brazo y le apartó un mechón de la cara. Su mano se quedó ahí, acunándole la mejilla. Effy dejó caer el peso un pelín, lo suficiente como para sentir su piel caliente y recrearse en el contacto.

—Hoy no, Rainer.

Su entrenador le hizo una última caricia con el pulgar a modo de despedida.

—Esperaré el tiempo que haga falta, Cohete. —Ella se mordió el labio buscando apagar con el dolor físico la vieja herida que esas palabras le habían abierto en el pecho—. Por ti estoy dispuesto a esperar.

Effy abrió la puerta del complejo. Con las manos temblando. Con la cabeza a punto de estallar.

—Buenas noches, Rain.

—Buenas noches, Effy.