26 Effy #2
Los sillones y alfombras decoraban los rincones más reconfortantes, así como las estanterías llenas de libros y manuales de cría de caballos.
Las paredes estaban revestidas de papel con detalles florales, contrastando con mucho gusto con la madera y la piedra.
Aquello era la representación más exacta de un hogar que Effy se habría imaginado nunca.
No tenía nada que ver con su aséptico apartamento de Londres.
Allí había puesto una alfombra mullida gris, un sofá verde y un cuadro que alguien le había regalado por uno de sus cumpleaños y había pensado que con eso ya bastaba.
Que era suficiente para hacerlo suyo. Tampoco tenía nada que ver con la casa de su madre, amueblada por una diseñadora francesa, como cada vivienda que se había comprado después de cada uno de sus divorcios: siguiendo las tendencias,
paletas de colores neutras y jarrones de porcelana con formas abstractas que ni la propia Fiona entendía.
Aquella casita era como sentir un abrazo de alguien a quien llevabas sin ver mucho tiempo.
Como un beso en la frente o la sensación de darle el primer trago de chocolate caliente a tu taza favorita en un día helado de invierno.
Tenía ese algo, esa magia que no habría sabido cómo explicar, pero que le acariciaba la piel.
Annika le había pedido su abrigo nada más entrar. Habían ido a ver a las yeguas embarazadas y los potros más jóvenes. También le había enseñado el potro que quería que Rainer entrenase.
En cuanto lo había visto, había entendido el porqué de la insistencia de la hermana mayor. No solo tenía que ver con la forma en la que el animal se movía, con precisión, potencia y elegancia, sino con su apariencia.
Era igualito que Bright Diamond.
El caballo que Rainer tuvo que sacrificar tras su caída en su último mundial antes de que se retirara para siempre del salto de élite.
—Siempre congelamos semen de todos nuestros sementales —le había explicado mientras recorrían las cuadras asignadas para la ganadería—.
Mi padre y yo pensamos que el de Bright Diamond nunca lo usaríamos por…
razones evidentes. Pero un día, hace tres años, mi padre estaba contando en la mesa que no sabía con qué padre cubrir a una de nuestras mejores yeguas y Rain…
—Por sus ojos oscuros pasó un destello de tristeza—.
Rainer dijo que le daba igual si usábamos el de Diamond.
Sí, sí, esa misma cara pusimos todos. —Elizabeth no se había dado cuenta de que había abierto ligeramente la boca—.
El caso es que lo hicimos. Y nació este precioso potro.
Y vaya si lo era. Tenía tan solo tres años, pero Effy podía asegurar que era uno de los caballos más bonitos que había visto nunca: su pelaje dorado era tan claro, tan puro que parecía perlado.
Las cuatro patas estaban cubiertas de pelaje blanco, como si tuviera calcetines permanentes, y una mancha blanquecina y alargada que le llegaba al morro le pintaba la frente.
Quitaba el aliento. Era igualito al caballo de Rainer.
—Creo que entrenarlo sanaría algo en él que lleva mucho tiempo roto.
Effy acarició al animal en la cara. Este le mordisqueó el guante de forma juguetona y ella sonrió, aunque la mueca pronto se transformó en algo triste, casi nostálgico. Pensó en lo que ella misma sentiría al perder a cualquiera de sus caballos y… no pudo soportar siquiera esa realidad.
—Sí —suspiró—. Yo creo que también.
Desde esa conversación Elizabeth tomó la decisión de abordar aquel tema con Rainer para ayudarle a afrontar el trauma que tenía con los caballos.
Ella había visto el cambio en él en los últimos meses: cómo había pasado de ni siquiera observar a Sodashi o Sanctos fuera de la pista a buscar su contacto, palmearles el cuello, acariciarles el morro o ese punto justo detrás de las orejas que a ambos les encantaba.
Estaba listo para volver con todo.
El único problema es que el propio Rainer todavía no confiaba en sí mismo lo suficiente como para comprobarlo.
—Rain, cielo, sírvele a Effy un poco de puré de patata.
Él, a su derecha, alargó el brazo para coger la fuente de cristal con el puré casero de su madre. Lo acercó sin problemas, como si no le pesara, y le sirvió una buena cucharada.
—Muy amable —le susurró por lo bajo.
Él se limitó a pellizcarle una pierna.
—¿Te gusta el asado? —le preguntó después el abuelo de su entrenador—. A mi hijo le sale de maravilla.
Elizabeth asintió. Al probarlo había tenido que reprimir un gemido de placer. La carne se le había deshecho en la boca, y la salsa tenía un regusto fuerte y dulce gracias a la cerveza negra que habían usado para cocinarla.
—Está todo delicioso, de verdad. Mil gracias por invitarme a cenar.
—Tonterías. Teníamos muchas ganas de hablar contigo fuera del ambiente deportivo. —La madre de Rainer, Karina, le hizo un gesto con la mano—. ¿Te gusta estar en Alemania?
Effy se pensó la respuesta. En otro momento de su vida habría contestado con una respuesta vaga y sin demasiado esfuerzo. En cambio, esa noche, quería ser un poco más ella y un poco menos la mujer de acero en la que se había convertido.
—Es muy bonita, aunque muy diferente a la vida en Londres. Pero debo decir que levantarse con las vistas al bosque… no tiene precio.
Odin Keller alzó su cerveza para brindar con ella. Elizabeth le devolvió el gesto.
—Londres es muy bonita también. ¿De qué parte eres exactamente?
—Mi familia materna es de Belgravia, y la de mi padre, de Berkshire. Pero yo vivo en el barrio de St. John’s Wood.
—¿Y tienes hermanos o eres hija única, Elizabeth?
Ella se removió en su asiento.
—Una hermana.
—Maravilloso —contestó Lars—. ¿Estáis muy unidas?
Rainer tosió y Effy sintió cómo las manos le empezaban a picar. Se limpió las palmas sudadas en los pantalones vaqueros.
—Sí.
—Siempre he querido tener una hermana —la salvó Annie—. Pero me tuve que conformar con este de aquí.
—Muy graciosilla.
—La verdad es que yo también quise que fueras una niña —confesó Karina—. Pero luego el médico mató mis ilusiones.
Effy apreció la mueca graciosa que la madre de Rainer le dedicó. Su marido le chocó los cinco de manera dramática.
—Vaya, muchas gracias, mamá.
—De nada, hijo.
La conversación fue fluyendo hacia temas más triviales que incluyeron la infancia de Rainer, la obsesión que tenía con los piratas, lo que le gustaba disfrazarse o la fase de aprender a tocar la batería.
—Menos mal que le dio por los caballos. —Su padre suspiró—. No había Dios que aguantara aquel jaleo.
Ella se volvió para mirar a su entrenador y se encontró con sus mejillas teñidas de rojo y una sonrisa nerviosa. Él no había dejado de dedicarle miradas de reojo, como para asegurarse de que Effy seguía allí, con él.
Enterándose de todo.
—Sí, aún recuerdo cuando Rainer decidió que se dedicaría al mundo del salto profesional —comentó entonces Odin—. ¿Y tú, Rain? No te callaste durante todo el fin de semana. Estaba poseído, hipnotizado y hechizado. ¡Todo a la vez!
Elizabeth percibió enseguida cómo Rainer se tensaba, cómo su postura, que hasta ese entonces había estado relajada y despreocupada, volvía a ponerse rígida.
—Estábamos en Leipzig, 2011. Lars y yo pensamos que era buena idea que nos acompañara…
¿Cuántos años tendría? ¿Trece? ¿Catorce?
Ya ni me acuerdo, lo que puedo decirte es que estaba lleno de energía, siempre de aquí para allá queriendo conocer a todo el mundo, ver a todos los caballos y preguntar veinte veces por qué había ganado el caballo castaño y no el tordo…
—Abuelo.
—No te enterabas de nada, Rainer, las cosas como son.
En fin, el caso es que estábamos viendo las pruebas del sábado cuando, de repente, pum, sale a pista una amazona y su caballo castaño.
Era una bestia alta e imponente, de los más grandes de la parrilla, sin duda.
Y recuerdo eso perfectamente porque me impactó lo pequeñita que parecía su jinete en comparación con el animal…
Quién lo iba a decir, era la mismísima Anthea Blaine.
—Elizabeth tomó aire. Su entrenador le puso una mano en la pierna y ella trató de centrarse en el calor que desprendía su palma, en cómo Rainer movía la mano lentamente, acariciándole con cuidado, como si pudiera espantarla—.
Hizo un recorrido impecable, y desde entonces estuvo insistiendo en que quería conocerla.
Lo bueno es que Lars fue el que le vendió el caballo a Henk Jensen…
¡Mira qué casualidad! Hasta ahora no había caído en que Henk también te había entrenado a ti, Elizabeth.
La aludida parpadeó un par de veces como única respuesta, ya que era incapaz de verbalizar nada por culpa del nudo cerrado que tenía alojado en la garganta.
—Jensen es un buen hombre —contestó su entrenador por ella.
—Sí, sí. Le pedimos el favor de que nos presentara a la muchacha.
Se lo pidió Rainer personalmente, no te creas, y Jensen le prometió que lo haría.
Y así fue, mi nieto estaba embelesado. Charlaron un rato, luego nos llevó a ver a su caballo, le dieron un par de zanahorias y, cuando acabaron, Rainer se giró y me dijo: «Yo quiero ser tan bueno como ella». Y vaya si lo fue. Al final lo cumplió.
Effy sintió cómo el aire comenzaba a faltarle. La preciosa casa de los Keller de pronto se volvió demasiado estrecha como para que los seis pudieran estar cómodamente en su interior. Sintió frío. Sintió calor.