26 Effy
Aquello no le estaba pareciendo tan buena idea como en un principio había pensado.
—Creo que lo mejor es que llame para decir que estoy mala.
Davi De Sousa la volvió a sentar en el retrete.
—Nunca pensé que diría esto, pero, tía, tienes que calmarte.
El portugués había acudido a primera hora de la tarde a su apartamento para ponerse al día con sus ajetreadas vidas, que consistían en entrenar, montar, cuidar de sus caballos, comer, ir al gimnasio y dormir…
, o al menos la de Effy. Desde que había conocido al jinete había empezado a comprender que la rutina podía llegar a ser muchísimo más interesante.
Como, por ejemplo, el sinfín de ligues que su amigo parecía tener cada semana.
Se había dado cuenta de que disfrutaba muchísimo escuchándolo hablar sobre las cosas más triviales, de esas de las que ella no solía tener ni idea.
—¿Te acuerdas del chico del que te hablé?
—¿Del pelirrojo?
—No, del otro.
—¿El de la tienda de quesos?
—Tampoco, no. Del otro.
—¿El que vomitó a la tercera pinta?
—Vale, esto empieza a no tener gracia.
También se había dado cuenta de que Davi De Sousa tenía una vida social y romántica más entretenida en siete días de lo que la propia Elizabeth había vivido en sus veintidós años. De lejos.
Effy sacudió la cabeza, volviendo al presente:
—No necesito calmarme —le contestó—. Necesito entender por qué he aceptado la invitación de Annika.
Él se encogió de hombros.
—No sé, déjame que piense… —Se llevó el dedo índice y pulgar al mentón de manera teatral—. ¿Porque te mueres de ganas de pasar más tiempo con tu entrenador?
Elizabeth le había confesado lo que ocurría hacía ya un tiempo.
Fue después de Malinas, cuando el portugués la acorraló una noche en su habitación del hotel de su penúltima parada de la liga europea, en Leipzig, y le dijo: «A ver,
podemos seguir ignorando el evidente hecho de que estás pillada de Keller o podemos hablarlo de una maldita vez y tener un tema de cotilleos recurrente, tú eliges», a lo que ella había respondido que no tenía ni idea de lo que hablaba.
Entonces Davi le había puesto ejemplos detallados de las veces que la había pillado mirando a Rainer durante un fin de semana de competición.
No había podido rebatirlo porque… había perdido aquella ronda.
Desde aquel día, el portugués le preguntaba a menudo, aunque la propia Elizabeth solía esquivarlo con la mayor destreza posible.
—La verdad es que no solo pensé en Rainer cuando dije que sí.
Davi volvió a pasarle la plancha por el mechón que había elegido. Effy no había querido arreglarse demasiado, pero su amigo le había insistido en que se alisase el pelo y se pusiera algo de rubor para «alegrar esa cara».
No es que ella no disfrutara del proceso de maquillarse o elegir ropa bonita cuando tenía la ocasión; de hecho, le encantaba. Pero también era cierto que durante su estancia en la RK no había encontrado el tiempo ni la necesidad de hacerlo.
Effy observó el espejo, y se enfrentó a los ojos del portugués.
—Entonces, ¿en qué más pensaste?
—En que… —Se mordió el labio inferior—. No sé, da igual.
De Sousa agarró otro mechón, le pasó los dedos cuidadosamente para terminar de desenredarlo y siguió con el proceso.
—No da igual. —Su voz era cálida como un día de verano en la costa mediterránea y, como siempre, aquello la sobresaltó.
Effy no estaba acostumbrada a que nadie le hablara con ese cariño—.
Sabes que puedes contarme lo que sea, no hay pensamientos válidos o no válidos.
Aunque creas que algo no está bien, que no sigue las leyes de tu lógica aplastante o que te avergüenza pensar…
, a veces está bien soltarlo todo con un amigo.
Elizabeth parpadeó un par de veces.
—¿Cómo lo has sabido? Me refiero a entender la manera en la que proceso las cosas.
—Porque llevamos siendo amigos un tiempo, y eso es lo que hacen los amigos: apoyarse y entenderse.
Ella se volvió para mirarlo de frente. Trató de buscar algo, cualquier cosa que le demostrara que Davi solo estaba jugando con ella, aprovechando aquella situación para sacar algo que la propia Elizabeth no entendía para su propio beneficio.
Una simpatía fingida. Una preocupación impostada. Un cariño falso.
Lo que encontró, en cambio, fue un respeto profundo y un afecto que le hicieron entender, de una vez, que la conexión que había sentido con el jinete portugués era sincera. Genuina.
—Gracias por serlo.
Davi le dedicó una sonrisa radiante.
—Nunca te había tomado por alguien sentimental, Vaux.
Ella le sonrió abiertamente, algo que rara vez hacía.
—Oh, cállate.
—Esto está mejor —dijo mientras le daba un pequeño estirón cariñoso—. Y, ahora, volvamos al tema. ¿Qué es lo que te da miedo de esta cena?
Elizabeth ni siquiera se molestó en negarlo o expresar disconformidad con la afirmación que su amigo acaba de hacerle. Sí, había algo en sentarse con una familia unida, con la familia de Rainer, que la hacía sentir incómoda, nerviosa.
Suspiró.
—Creo que es el hecho de que yo no tengo una familia funcional.
Nunca hablaba de su vida personal, ni de sus sentimientos ni mucho menos de su familia.
Para ella aquel tema estaba vetado, prohibido.
Sabía lo que pasaba cuando trataba de hacerlo: las caras de pena y los comentarios lastimosos.
No los necesitaba, no los quería. Effy había aprendido a muy temprana edad las cosas que tenía y las que no.
Las que podía esperar y las que, al contrario que sus compañeras de clase, no viviría jamás.
Había aceptado aquella realidad hacía muchísimo tiempo, y estaba bien.
—Cariño, ¿quién tiene hoy en día una familia funcional?
Lo sopesó; quizá Davi tenía razón. Su situación familiar no era una tragedia, ni mucho menos. Quizá simplemente estaba exagerando sus dudas, quizá estaba autocompadeciéndose.
—Tienes razón. —Se mordió el interior de la mejilla, pensativa—.
La cosa es que no sé cómo actuar en un entorno más…
relajado. No tengo ni idea de cómo es una familia unida.
Cómo son las cenas informales alrededor de una mesa de comedor, o lo que es tener a unos padres juntos y felices.
Qué significa la cotidianidad de una vida con sus altibajos, algo que no tenga nada que ver con a qué eventos nos toca asistir este mes o cuántos viajes planeados tienen mi madre y su marido sin…
— nosotras— sin mí. —Se corrigió en el último minuto—.
Cómo es hablar sin medir tus palabras, solo porque sientes la confianza de hacerlo…
¿Cómo es un padre en casa? ¿Qué es lo que hace?
¿Habrán cocinado para toda la familia? ¿Debo esperar un cáterin?
No, no creo. ¿Y si no me gusta lo que han cocinado?
No quiero ser maleducada… —No sabía qué le ocurría, pero no podía dejar de compartir cada idea que se le pasaba por la cabeza, como si alguien hubiera encendido una fuente y ya no hubiese vuelta atrás.
Sus pensamientos más íntimos fluían como el agua.
Cristalinos—. Es solo que todo esto me pone muy nerviosa.
No saber qué esperan de mí, cómo debo actuar…
—Ay, Effy… —Davi le acarició el pelo ya liso—.
No tengo ni idea de cómo es tu familia, pero sin duda te llevas el premio a la más complicada de los dos.
Mira, entiendo que te ponga nerviosa todo esto.
Ambos sabemos que tus habilidades sociales son…
mejorables. —Ella bufó—. Pero lo que sí puedo decirte es que los Keller son personas muy normales con los que no te va a costar nada encontrar temas de conversación comunes.
No esperan nada de ti más que pasar un buen rato, conocer a su mejor jinete y a la amazona a la que su hijo está entrenando.
Fin. Sé como tú eres. Al fin y al cabo, a mí me has conquistado con tu humor de perros y todo.
Elizabeth agradeció los ánimos de Davi.
Era justo lo que necesitaba, lo que a veces ella no podía decirse a sí misma. Lo que había aprendido a ignorar. En ese momento se dio cuenta de que era mucho mejor soltarlo en voz alta, hablarlo con alguien que te escuchase y dejar que esa ansiedad se disipara.
Quién lo iba a decir.
—Tienes razón.
—Pues claro. —Effy trató de levantarse del váter, pero su amigo se lo impidió—. No, no, no… Ahora falta la sombra de ojos.
—Davi, no.
—Davi, sí. Venga, cierra los ojos, queremos que el imperturbable de Keller se derrita al verte esta noche. —Ella suspiró—. Tienen perro, acuérdate de jugar con el perro. Eso siempre da puntos.
Hizo lo que le pedía, dejando que su amigo le aplicara el producto que él consideraba, confiando en su criterio y experiencia, que, según él, había adquirido ayudando a su hermana mayor en su curso de estética y maquillaje.
El silencio se extendió un par de segundos, y Effy asimiló el consejo que el portugués le había dado.
Las comisuras se le alzaron un pelín.
—No necesito trucos baratos para que alguien se «derrita al verme».
La risa de Davi inundó el pequeño baño de su apartamento.
—Esa es mi chica.
***
La casa de los Keller no tenía nada que envidiarle a aquel hotel en las pistas de esquí en Andorra que había visitado una vez con su madre y su hermana cuando era una niña.
Aún tenía el recuerdo grabado en la mente: los techos altos, las vigas de madera maciza a la vista, los suelos de roble pulidos y las chimeneas gigantes que calentaban las habitaciones.
Recordaba perfectamente cómo era pasear por las alfombras mullidas de lana con intrincados exóticos y vibrantes; el olor especiado y cítrico a canela y limón,
el fuego calentando cada estancia y las vistas tan impresionantes a las pistas de esquí mientras la nieve caía plácida sobre los alféizares de las ventanas y el hielo helado se adhería al cristal.
El hogar de la familia Keller la transportó exactamente a esa montaña de sus memorias.
Todo el mobiliario tenía esa pizca de aspecto rústico, como hecho a mano, pero sin perder las formas elegantes y cuidadas.
La estancia principal, dividida en dos alturas, estaba colmada de recuerdos de viajes, fotografías y pinturas de los paisajes que rodeaban la academia: el pueblecito de Sasbachwalden, el valle en primavera repleto de amapolas y margaritas, el lago reflejando los rayos dorados del sol en verano,
el bosque al atardecer o un prado iluminado por la brillante luz de luna.