25 Rainer
Elizabeth Vaux montaba por la pista, como si no hubiera pasado ni un mes desde la caída que podría haberle costado la vida.
Rainer se volvió a cruzar y descruzar de brazos, nervioso.
—Vaux, más despacio —la instruyó por décima vez a través del pinganillo.
—Si voy más despacio me arriesgo a que me adelanten las tortugas del estanque, Keller.
No pudo evitar que las comisuras de los labios se le alzaran. En cuanto se dio cuenta del gesto involuntario, lo frenó. Volvió a recuperar su semblante serio y suspiró.
—Estamos calentando. Me parece bien si te adelantan. —Cortó la comunicación. La encendió de nuevo—. Además, las tortugas están hibernando en casa de mis padres.
Effy ejecutó un círculo perfecto en una de las esquinas de la pista a un galope que Rainer no consideraba demasiado moderado. Cogió otra vez el lado mayor izquierdo de la pista cubierta, uno de los más largos del rectángulo, y habló:
—Peor me lo pones.
Puso los ojos en blanco.
—Tira más de la rienda exterior, que no te baje tanto la cara. Así, muy bien.
Effy dio una vuelta más al galope antes de adoptar un trote levantado ágil y rítmico.
Aquel día montaba a Hello Sanctos. Su pelaje alazán brillaba bajo los focos de la pista interior, dejando constancia de lo bien alimentado y cuidado que estaba.
Rainer se fijó en sus músculos tonificados y definidos, la manera en la que estos se estiraban y contraían con sus movimientos limpios y equilibrados.
Sin duda era un gran animal, un caballo de élite que muchos solo podrían soñar con tener.
Rainer se atrevió a evocar lo que un jinete sentía al poseer el control de una montura con tanta potencia, lo que era sentirlo entre las piernas, sujetar las riendas y conducirlo con el cuerpo gracias a unos movimientos tan precisos como el mecanismo de un reloj suizo.
El arte de montar a un caballo así era algo que no todo el mundo podía reconocer. Pero a aquellos que sí… qué placer visual les proporcionaba ver a Effy Vaux manejar a Hello Sanctos de la manera en la que lo hacía: sin esfuerzo, con determinación y un punto de riesgo.
—¿Cómo sientes el hombro?
Ella cambió de mano haciendo una diagonal. Justo cuando pasó por el punto central de equis, se giró para mirarlo.
—Bien —le llegó mientras se topaba con sus ojos azules.
Incluso en la distancia esa mirada le revolvía algo en el interior, una emoción que no deseaba, que no podía sentir.
Inspiró profundamente y se centró en lo único que conseguía distraer las molestas mariposas que le habían eclosionado en el pecho.
—Mentirosa.
Oyó la risa de su jinete incluso desde el otro lado de la pista.
—Creo que ambos sabemos que el único mentiroso aquí eres tú.
Sabía a qué se refería y, para su desgracia, los insectos que trataba de exterminar dentro de su estómago revolotearon con más ahínco, encantados con el pensamiento que le cruzó por la mente a Rainer: el de una Elizabeth enfadada, con las mejillas sonrojadas,
los labios entreabiertos y los ojos azules e imposibles relucientes debido al evidente enfado que pintaba las hermosas facciones de su rostro.
La vio allí, parada en medio de la nieve; los robles, pinos y abetos coronaban un fondo salvaje, tan salvaje como la tormenta que prometía su mirada.
Recordó su pelo negro revuelto por el viento, la manera en la que temblaba debido al frío, o al enfado, o a algo más.
Recordó su insolencia y estúpida valentía en el momento en el que había decidido saltarse todas las normas que el propio Rainer se había autoimpuesto, todos sus límites y ladrillos cuidadosamente colocados en su muralla,
y cómo todo eso pareció darle igual cuando se lanzó a besarlo con esa chulería que tanto caracterizaba a la inglesa.
Los labios de Effy sobre los suyos, una nueva forma de castigo que solo se había atrevido a anhelar en las partes más escondidas de sí mismo.
El placer que sintió al poder tocarla sin restricciones, estrecharla entre sus brazos y beberse su respiración, su aroma, y agarrarle las caderas sin represión…
Su mayor perdición.
Rainer sentía que no había vuelta atrás, que lo que Elizabeth Vaux había hecho había terminado por destapar lo que ya llevaba tiempo a punto de ebullición.
Y lo peor era que, durante ese breve intercambio de saliva, de intenciones, de deseos y pasión…
Rainer había estado a punto de mandarlo todo a tomar por culo y entregarse por completo a lo que ya llevaba mucho tiempo negándose.
Por un breve instante, durante ese beso, se había dejado llevar y había olvidado la promesa que se había hecho.
Por supuesto, en cuanto se había quedado solo en medio del bosque nevado, había recobrado el sentido y se había avergonzado por siquiera plantearse romper su promesa, plantearse seguir con aquel juego aun siendo consciente de lo que podría suponer para Effy, por su incapacidad de saberse controlar.
Tuvo que recordarse la razón por la que se había hecho a sí mismo esa promesa, la prohibición a la que se aferraba y las consecuencias que podría conllevar el hecho de que se la saltara.
Alguien le tocó el hombro por detrás.
—¡Aquí estás! —exclamó su hermana mayor al verlo.
—Aquí estoy.
Annika señaló con la cabeza a Effy, que avanzaba ahora al paso.
—¿Cómo está?
—Muy bien, demasiado… emocionada por volver.
—Rain, no puedes culparla, esa mujer es como un pitbull con su presa.
La caída no ha sido otra cosa que un toque de atención.
—A veces le sorprendía lo perspicaz que podía llegar a ser Annie.
Se olvidaba de que, en efecto, era la persona más inteligente de toda su familia—.
Yo la veo bastante preparada para retomar el ritmo de entrenamientos que necesita para el mundial.
Él negó con la cabeza.
—No. —Su hermana lo observó enarcando una ceja—. Quiero decir, todavía necesita recuperar un poco más la fuerza en el hombro y el brazo. El doctor Brennan opina que no hace los ejercicios de manera perfecta, así que de momento esto es lo máximo que hacemos con los caballos.
Annika se apoyó en la valla sin apartar la vista de Effy.
—Esos animales necesitan más que cuatro vueltas a la pista al galope, Rain, y tú lo sabes.
Empezaron a incomodarle los derroteros que tomaba aquella conversación.
—Y por eso los están montando Emilia y Viktor…
—Emilia y Viktor podrán ser unos profesores excelentes del programa de salto, pero necesitan a alguien con ese algo especial.
—Su hermana inclinó la cabeza, un gesto cargado de intenciones.
Cuando un mechón delantero de su corta melena rubia le tapó uno de los ojos oscuros, Rainer extendió la mano para volver a ponerlo en su sitio—. Y los dos sabemos que no lo tienen.
Rainer imitó a su hermana, y apoyó los brazos en la valla.
—Effy estará a punto en poco tiempo.
Annie no lo discutió. Se dedicaron a observar cómo Effy hacía un par de ejercicios que en otras circunstancias habrían sido considerados solo como calentamiento. Pasaron un par de minutos en silencio hasta que su hermana volvió a abrir la boca:
—¿Sabes? El potro que te comenté está a punto de abandonar los paddocks.
Dentro de nada lo pasaremos a las cuadras del establo principal.
—Él siguió con la vista fija en su jinete, tratando de disimular la creciente ansiedad que le provocaba ese tema—.
Creo que tiene muchísimo potencial, Rain. Teniendo en cuenta su genética…
No quería seguir escuchando aquello. Se volvió para encararla.
—Annika.
—Venga, solo dale una oportunidad, seguramente no haga falta ni que lo montes. —Él entornó los ojos—. Todavía.
—Estás perdiendo el tiempo. Sabes que no vas a convencerme para que lo haga.
—¿De qué no puede convencerte tu hermana?
Effy había llegado hasta ellos en el peor momento. Rainer le había quitado los ojos de encima… ¿cuánto?, ¿diez segundos?
—De nada —contestó.
—De que me ayude con un potro —dijo a su vez Annika.
La jinete dejó caer las riendas de Hello Sanctos, dándole libertad a su montura para que estirara el cuello y descansase tras el entrenamiento.
—¿Qué potro?
—Ningún maldito potro…
—Tiene tres años, y mi padre y yo creemos que ya está preparado para empezar a domarlo. Cada año solemos elegir dos o tres proyectos personales para la cría. Este fue uno de los elegidos en su generación —siguió Annika con su perorata—. Si mi hermano lo viera, entendería a qué me refiero.
Elizabeth se desabrochó el casco mientras Hello Sanctos le acercaba el morro a Rainer. Él le rascó la parte inferior de manera distraída.
—¿Puedo verlo yo? —preguntó.
—No.
—¡Claro!
El primero, Rainer.
La segunda, evidentemente, Annika. Y, por si no fuera suficiente tortura, su hermana arregló toda aquella situación diciendo lo peor que podría haber dicho:
—¿Por qué no te vienes el viernes a casa?
Mis padres siempre le piden a Rain que te traiga para que los conozcas de manera más informal, y el abuelo no para de hablar de lo increíble que eres como amazona…
¡Es perfecto! —Se emocionó conforme hablaba.
Él se iba hundiendo más y más en su propia miseria—.
Podemos ir a ver antes a los potros…, incluso a las madres que parirán este año, si te interesa, claro, y luego cenamos todos juntos en casa.
Rainer siguió acariciando el morro de Sanctos cada vez con más ahínco. El caballo parecía estar encantado con sus mimos.
—No me gustaría molestar —contestó Effy con un tono de voz neutro.
Su hermana chascó la lengua.
—Oh, venga. —Le pasó la botella de agua que descansaba en una de las gradas a Effy—. Por favor.
Ella le dio un buen trago mientras su entrenador suplicaba a quien quisiera que le estuviese escuchando que lo declinara, que hiciese honor a su carácter solitario y ermitaño y decidiera no aceptar la oferta de Annika.
Pero últimamente la suerte no estaba de su parte.
—Vale, claro. —Elizabeth recogió riendas y Hello Sanctos se apartó de él de mala gana—. Allí estaré el viernes.
—¡Genial! Es una cita —exclamó pletórica su hermana mayor.
Una cita.
Genial.