24 Effy
El grito fue lo que la despertó.
Effy se incorporó en la cama con las sábanas y el edredón enredados en sus piernas.
Por un momento se sintió perdida, desorientada.
Le costaba respirar, sus exhalaciones e inspiraciones eran demasiado rápidas como para que los pulmones se le llenaran de aire.
Empezó a agobiarse y se levantó con un par de movimientos bruscos.
La madera bajo sus pies estaba templada gracias al suelo radiante.
Se precipitó al pequeño salón de su apartamento, buscando algo de aire, alguna manera de que su cuerpo recibiera el oxígeno que tanto necesitaba.
Llegó hasta las puertas correderas dobles que la conducían al porche y dejó que el viento de la noche cerrada la envolviera.
Se le erizó la piel y el dolor provocado por la temperatura a bajo cero terminó de despertarla.
En el exterior, sintió cómo la respiración se le estabilizaba.
La luna creciente la saludó desde el cielo nocturno, con las estrellas brillando como luceros.
Algo en el pecho se le deshinchó, y Effy comprendió que había tenido una pesadilla. Se llevó la mano derecha a la garganta, que notaba dolorida. El grito había salido de ella.
Cerró los ojos y aguantó un par de segundos más hasta que su piel le chilló que buscara el calor del interior del apartamento.
Se dejó caer en el sofá después de volver a asegurar las puertas, con la mirada en algún punto perdido entre la televisión que casi nunca encendía y un cuadro de un paisaje muy parecido al que envolvía la RK.
La oscuridad la meció, calmando los últimos rastros de su mal sueño. Seguía agitada y con la mente embotada, el miedo irracional de la pesadilla todavía adherido a sus huesos. Un recuerdo comenzó a formársele en los bordes de la mente.
—Shhh… —le susurró su hermana mientras sus labios le rozaban el cabello enredado—. Solo ha sido una pesadilla, Eff. Solo eso.
—¿Y si nunca más puedo volver a dormirme? —le había preguntado ella todavía asustada—. Me da miedo cerrar los ojos, Anthie.
Su hermana la estrechó entre los brazos. Siempre había sentido ese como el lugar más seguro del mundo. Más que en el regazo de su madre cuando era más pequeña y Fiona aún se lo permitía. Más que entre los de su padre cuando la alzaba en volandas después de no haberse visto en un par de semanas.
Los brazos de Anthea eran el único lugar donde Effy Vaux había llorado tranquila, donde había reído con ganas y donde se había dormido con la tranquilidad de que nada malo le pasaría nunca. No mientras tuviera a su hermana mayor.
—Yo estoy contigo, ¿no? —le preguntó mientras seguía acariciándole el cabello—. Puedes estar tranquila ahora.
Effy se acomodó más en su cama.
—Pero pronto te irás —susurró—. Y volveré a quedarme sola.
Su hermana le dio un suave beso.
—Mira, Eff. ¿Ves la luna? —Ella asintió, observando los rayos plateados que se colaban por su ventana—. Cada vez que te despiertes por la noche y yo no esté en casa, puedes mirarla. ¿Sabes por qué?
Ella negó con la cabeza, contemplando el perfil de su hermana en la oscuridad. Su pelo rubio y largo le hacía cosquillas en el cuello y el aroma del jabón de lavanda que siempre usaba la envolvió al igual que lo estaban haciendo sus brazos.
—Porque, por muy lejos que esté, tú y yo siempre veremos la misma luna. —La volvió a besar—. Aunque esté compitiendo en otro país, aunque nos separen muchos muchos kilómetros, podrás mirar al cielo y saber que yo también veo lo mismo que tú.
Effy se dejó arrullar por sus palabras. Por esa verdad que su mente infantil todavía no llegaba a comprender pero que de alguna manera la reconfortaba.
—Me gusta la luna —dijo en voz bajita.
Anthea se tumbó a su lado, acomodándose entre las sábanas.
—Me recuerda a ti. Preciosa y única.
Effy cerró los ojos, de pronto cansada.
—Tú eres como el sol —exhaló medio dormida.
Sintió la sonrisa de su hermana contra su pelo. Cómo aspiraba profundamente y la volvía a estrechar entre sus brazos una última vez.
—Buenas noches, Eff.
—Buenas noches, Anthie.
Volvió al presente, a su pequeño apartamento de la RK. Sintió cómo los ojos le ardían.
A veces, en mitad de la noche, cuando no había nadie para verla, dejaba que su mente divagara hasta los recuerdos que mantenía enterrados.
Esos que pertenecían a una vida pasada que ya no era suya.
A veces solo lo hacía para compadecerse de sí misma, práctica que no acostumbraba a llevar a cabo porque Elizabeth Vaux no soportaba que nadie sintiera lástima al pensar en ella.
Ni siquiera ella misma.
Pero últimamente, según se acercaba su último mundial, había empezado a hacerlo con más frecuencia. A recordar todo lo que su meta había supuesto en su vida, lo que le había arrebatado y a lo que había aprendido a renunciar desde muy joven.
Otras veces lo hacía para revivir en su mente una pizca de esos recuerdos felices, obligándose a hurgar y escarbar en una época diferente, en una Effy que vivía feliz y que se sentía segura.
Una Effy que contaba con el amor de su hermana.
Recordó cómo ya desde muy pequeña era Anthea la persona que siempre la había tranquilizado cuando las pesadillas abstractas y sin forma la visitaban, muy diferentes del insomnio que de mayor había desarrollado.
Recordó la manera en la que su hermana la consolaba y conseguía que sus miedos nocturnos desaparecieran con un par de palabras cariñosas.
Se volvió a mirar a la luna.
«Porque, por muy lejos que esté, tú y yo siempre veremos la misma luna. Aunque esté compitiendo en otro país, aunque nos separen muchos muchos kilómetros, podrás mirar al cielo y saber que yo también veo lo mismo que tú».
En ese momento era Effy la que había dejado su hogar para competir por el mundo.
Pero también era ella la que seguía despertándose en mitad de la noche buscando el consuelo de la única cosa que seguía permanente en la vorágine de su vida.
Effy se levantó movida por un estímulo repentino, por una chispa electrizante que no podía ignorar. Por una idea que jamás se habría atrevido ni siquiera a pensar bajo la sosegada luz del día.
Agarró su móvil de la mesilla de noche y lo desbloqueó.
Marcó el número que, a pesar de los años que pasaran, se había aprendido de memoria de pequeña y ya jamás lograría olvidar.
El corazón le martilleó en el pecho tan fuerte que pensó que lo perforaría.
Pumpumpum. Pumpumpum.
Pi pi pi.
Pumpumpum. Pumpumpum.
Pi pi pi…
«Hola, soy Anthea, ahora mismo no puedo contestar, pero en cuanto pueda intentaré devolverte la llamada, así que ya sabes, deja tu mensaje después de la señal…». La grabación se acabó y el pitido del teléfono le indicó que era su turno de hablar.
Trató de aferrarse a la voz de su hermana mientras el corazón le echaba una carrera a su respiración como si estuvieran compitiendo por ver quién podía descontrolarse más rápido.
Elizabeth no se esperó para dejar ningún mensaje y arrojó el móvil contra la cama, temerosa, de pronto, de su repentino arrebato.
Se quedó en silencio, observando la pantalla iluminada, atenta a que se apagara. Aguantó un minuto, dos y tres. Quizá diez.
Había llamado a su hermana.
Había vuelto a caer en su propia debilidad. En la necesidad que de vez en cuando, a lo largo de aquellos últimos años, la asaltaba de, aunque fuera, escuchar la voz de Anthea.
Porque Elizabeth sabía bien que no obtendría respuesta alguna.
De repente, se sintió más sola que nunca.
Más agotada de lo que se había sentido en la última época.
Se dejó caer de nuevo en su cama, agarrándose las rodillas como cuando era pequeña y pensaba que alguien entraría en su habitación para llevársela a un mundo oscuro y frío, y esperó.
Esperó a que alguien o algo llegara a rescatarla, a sacarla de ese trance que la arrastraba a lugares de los que sola a veces no conseguía salir.
Y esperó y esperó.
Pero nadie le devolvió la llamada. Nadie llegó para acunarla entre sus brazos y decirle que todo iría bien. La luna siguió brillando fuera, pero Elizabeth tenía las ventanas cerradas y las cortinas echadas.
Y su luz no la alcanzó.