Dar el salto 23 Effy #3
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23 Effy #3

Pero en su lugar se había encontrado con una faceta de su entrenador que no esperaba, una que… validaba lo que sentía. Que le explicaba las cosas con una voz calmada que jamás le había escuchado dedicar a nadie más. Se topó con unos ojos que la miraban como si … le importara de verdad.

¿A qué coño estaba jugando?

—Vete a la mierda —le espetó, porque no sabía qué más decirle.

Porque no entendía qué era lo que le pasaba y porque si de algo estaba segura era de que Rainer Keller tenía la culpa de que ella estuviera así: hecha un lío, perdida y experimentando una serie de emociones que nunca, jamás, habría deseado sentir.

—Necesito que me digas qué es lo que te pasa, Cohete.

—No me llames así.

Rainer suspiró y se pellizcó el puente de la nariz.

—Mira, Luca es un completo gilipollas, lo sabes. No le hagas ni caso, no…

Effy volvió a reírse.

—Montagne me da absolutamente igual. —Alzó la vista al cielo azul—. Si crees que esto es…

—¿Entonces qué pasa?

Volvió a estrellarse contra sus ojos. Contra sus labios pálidos por culpa del frío. Contra su pelo rubio, en el que se moría por enterrar los dedos. Y no pudo soportarlo.

—¡Tú! —gritó desde el fondo de su alma—. Eres tú, Rainer. ¡Tú me pasas! —Soltó un gemido frustrado—. ¿Por qué te has metido en la discusión? ¿Por qué me has defendido así delante de todo el mundo?

—Ya te lo he dicho —le repitió, con un timbre un poco más agudo tiñéndole la voz—. Porque me importas y lo que te ha dicho es inaceptable y…

—Mentiroso —lo acusó—. Eres un mentiroso y un cobarde.

—Effy…

—Dímelo, Rainer —le exigió—. ¿Por qué?

—Porque eres mi amazona y no puedo soportar que el gilipollas de Luca se crea con el derecho a hablarte así.

—Cobarde.

—Porque te conozco y sé que el tema de Anthea te perturba.

—Mentiroso.

—Porque te veo de verdad, Cohete. Porque sé las cosas que te duelen y no puedo soportar la idea de saber que algo te hace daño.

—Keller —lo avisó ella.

—Effy.

El vaho de sus alientos se mezclaba. Sus respiraciones entrecortadas eran la canción que acompañaba aquel momento en medio de los árboles y la nieve y los rayos del sol.

—¿Sabes por qué? —le dijo entonces ella. Se zambulló en sus ojos, en sus iris claros y, ah, allí estaba. El miedo—. Pues claro que lo sabes.

—No. —Una palabra, amortiguada por una emoción atascada en el fondo de su garganta.

—Y, aun así, sé que no harás nada —continuó ella—. Pero yo, al contrario que tú, no soy una cobarde.

—Cohete. —Una advertencia.

—Y no voy a empezar a serlo contigo.

Así que Effy acortó el espacio que los separaba y besó a Rainer Keller.

Lo primero que sintió fueron sus labios fríos y tensos.

Oía un rugido hambriento en el interior de los oídos: su sangre agitada por culpa de lo rápido y violento que le latía el corazón.

Por un momento pensó que él podría notarlo, pero enseguida se dio cuenta de que le daba igual.

Con ese gesto había enseñado sus cartas, y si Rainer se enteraba también de la manera en la que hacía que el músculo enjaulado en su pecho latiera, que así fuera.

Se apretó más contra él, buscando su calor, que tanto necesitaba en ese momento. Dejó que sus cuerpos bailaran el vals que llevaban evitando desde hacía un tiempo, pegó el pecho contra el suyo y alzó las manos para tocarle la cara, acariciándole el mentón y la barba incipiente de varios días.

Rainer cobró vida.

Abrió los labios, correspondiendo a su beso, y Effy aprovechó el gesto para profundizar con los suyos el momento.

Él lo aceptó de buena gana. Sintió cómo los brazos de su entrenador la estrechaban, con sus manos recorriéndole con total libertad la espalda, la cintura y las caderas.

Ella tembló. Cuando Rainer le rozó con la punta de la lengua el labio inferior, Elizabeth jadeó.

Él la besó con más ahínco, como si quisiera beber de aquel suspiro emitido contra su boca, como si estuviera esperando aquel beso con tanta ansia como ella. Incluso más. Como si…

Effy rompió el contacto.

Rainer tenía las mejillas encendidas, los ojos brillantes y la boca enrojecida y entreabierta.

Nunca lo había visto tan guapo como hasta ese momento. Parecía desesperado por volver a inclinarse hacia ella y retomar el beso, con las manos todavía sobre su cintura, aferradas a la tela suave de su suéter.

Effy lo tenía a su merced.

El enfado se reactivó, entremezclado con su deseo, su sensación de liberación y el fuego que también había llegado a la parte baja de su vientre y más allá, entre sus piernas.

—Lo sabía —susurró contra su boca—. Mentiroso.

Rainer parpadeó un par de veces. El hechizo se había roto.

Se separó de él vertiendo toda su fuerza de voluntad en el gesto. Rainer no hizo ningún movimiento, pero Elizabeth vio en sus ojos cómo los engranajes de su cabeza se movían a toda velocidad, procesando el momento que acababan de compartir.

No se quedó allí para ver cómo él se arrepentía de aquello.

Había demostrado que tenía razón. Y por el momento con eso le bastaba.

Así que se dio media vuelta y deshizo el camino que habían emprendido hacía unos minutos, dejándolo solo entre los resquicios de su beso robado.

El corazón todavía le vibraba y los dientes le castañeteaban por la falta de calor.

Del calor del cuerpo de Rainer sobre el suyo.

Cobarde.

Mentiroso.