23 Effy #2
—A pesar de que siempre nos gane —insistió Luca—. Pues, bueno, ya no es así.
—¿Y esa aclaración qué aporta exactamente en esta conversación? —preguntó Davi mientras le pasaba un brazo por los hombros a Effy de manera protectora.
Elizabeth no se había dado cuenta hasta ese momento, pero había empezado a vibrar con furia.
—Pues porque la tratáis como si fuera una especie de prodigio cuando claramente no lo es —constató el francés muy tranquilo.
Ella se dio de pleno con sus ojos pardos, su sonrisa torcida y ácida y sus facciones angulosas.
Quiso darle un puñetazo en esa nariz recta e insolente.
Quiso chillar y decirle que se fuera a la mierda.
Quiso…—. Hay amazonas mucho mejores que ella, como Lina.
O incluso Keller en su época. —Effy apretó los dientes—.
¿O es que nadie se acuerda de Anthea Blaine?
Ella sí que era un prodigio. Tú, en cambio, no le llegas ni a la suela de las botas.
Y ahí terminaba la paciencia de Elizabeth Vaux.
—Tienes razón —convino con una tranquilidad artificial—.
Anthea Blaine era única. —Su voz cambió, se volvió más pesada, más dura—.
Pero ¿sabes? Tú ni siquiera estás al nivel de la mierda de mis caballos, así que yo que tú cerraría la boca y dejaría de quedar como el gilipollas que todos sabemos que eres.
Davi exhaló con fuerza, Pablo abrió mucho los ojos y Lina y Stella se volvieron para mirar a Luca, que contraía su rostro con tanta fuerza que la cara empezó a pintársele de rojo.
Effy podría mentir y decir que no disfrutaba de aquellos enfrentamientos, pero la verdad era que sí lo hacía. Le encantaba dejar en evidencia a Luca y su orgullo de mierda y cerrarle la boca como muchos hombres deportistas no estaban acostumbrados a que se la cerrasen.
Pero Luca Montagne no solo era un abusón de poca monta. Luca Montagne había empezado a odiarla, odiarla de verdad. Así que, mientras aún parecía que fuera a explotar, le escupió:
—Deberías haberte partido el cuello en esa pista, zorra.
Davi dio un paso adelante, pero Effy lo frenó antes de que la cosa pudiera caldearse. Si alguien tenía que ensuciarse las manos con aquella discusión era ella. Nadie más.
Nadie más aparte de…
—Repite eso.
La imponente figura de Rainer apareció entre las puertas de cristal del porche. La luz del sol chocó contra sus iris azules y le envolvió el pelo rubio.
El corazón de Effy se agitó al verlo.
Luca se irguió, su cuerpo alto y espigado se estiró aún más. Pero no lo suficiente. Rainer, aun así, le sacaba más de media cabeza.
Y un cuerpo entero, pensó ella con satisfacción.
—¿No me has oído, Luca? —La voz del alemán, con ese timbre grave y rasposo, denotaba amenaza. Peligro—. ¿Es que ahora, además de gilipollas, eres sordo?
El aludido, para sorpresa de Effy, lo repitió.
—Nadie la habría echado de menos aquí —añadió después con la voz todavía tensa.
Rainer lo analizó con la mirada mientras asentía lentamente.
—Sabía que eras una serpiente, Montagne.
Lo supe desde el momento en que empecé a entrenarte y me di cuenta de que no tenías ni un mínimo respeto por el arte del salto, por sus normas y tradiciones o por tus compañeros.
Por no hablar de por tu propio caballo. —Luca empezó a ponerse rojo.
Probablemente de la vergüenza—. Por eso dejé de entrenarte en cuanto pude, porque las personas como tú no deberíais tener derecho a ensuciar este deporte solo porque tengáis el dinero y la habilidad de mantener vuestro culo en la silla el tiempo justo como para no hacer el ridículo.
Davi soltó un silbido por lo bajo.
—Estás muy equivocado, Keller. No tienes ni ide…
—Cállate, joder —lo cortó el entrenador—.
La próxima vez que sientas el impulso de decirle algo así a Effy, ven y dímelo a mí.
—Salvó la distancia que los separaba y le puso una mano en el hombro—.
Estaré encantado de explicarte las cosas en un rincón apartado sin nadie de por medio que nos interrumpa.
La mano de Rainer se tensó sobre su agarre. Luca se encogió.
—¿Entiendes a lo que me refiero? —le preguntó su exentrenador con la voz inalterada, aún con esa calma pragmática y fría que hipnotizaba a Effy.
Luca asintió.
Rainer chasqueó la lengua.
—Te he hecho una pregunta, Montagne.
El francés apretó la mandíbula y le dedicó una mirada llena de rabia. Pero abrió la boca y dijo:
—Sí. Entendido.
Él le dio una palmada amigable en el hombro.
—Buen chico.
Effy no se había dado cuenta hasta entonces, pero todos los demás jinetes, Thijs, Sarah, Eloïse y Friedrich, se habían acercado a ver qué estaba pasando entre Keller y Montagne. Cuando su entrenador se separó de él, recorrió el área con una mirada rápida y dijo:
—Aquí no hay nada que ver. Volved a lo vuestro.
Todos lo obedecieron sin oposición.
—Vaux. Vámonos.
Effy lo siguió al exterior de la Cabaña. No porque él se lo pidiera con esa voz que no daba opción a réplica, sino porque necesitaba alejarse de allí y tomar el aire después de lo que acababa de pasar.
Cruzaron el salón y salieron por la puerta principal sin dedicarle a nadie una mirada.
Elizabeth se encaminó por el sendero helado, delante de Rainer y sin rumbo.
No se había dado cuenta hasta que el viento helado le revolvió el pelo y chocó contra su cuerpo, pero el corazón le latía frenético; bombeaba con un ritmo acelerado, calentándole la piel.
Se había olvidado el abrigo en alguna silla del interior de la Cabaña, pero no sentía el frío.
Lo que sí sentía era como si su repentino enfado y sus dudas y preguntas sin respuesta se le estuvieran esparciendo por las venas, llenando cada rincón del cuerpo.
Abandonó el sendero y se dirigió al bosque que rodeaba la Cabaña por detrás. Necesitaba alejarse de toda aquella gente, de los jinetes con los que compartía espacio y tiempo y pista y competición…, con esa gente que, sin ella haberlo querido, había empezado a colarse en su vida hermética.
Quería alejarse también de él.
Aunque le pisara los talones.
—Effy…
—¿Ahora soy Effy? —le preguntó con la voz entrecortada sin dejar de caminar sin rumbo.
—Siempre eres Effy.
Ella se rio sin humor.
—Y una mierda.
—Mira, entiendo que estés enfadada y acepto que lo pagues conmigo. No me importa, pero deja de alejarte. Has salido sin abrigo…
Elizabeth se volvió para encararlo.
Y algo en su interior se resquebrajó al mirarlo a la cara. Sintió un anhelo, un deseo tan intenso, tan grave e insoportable que su enfado pasó de recorrerla a incendiarla por dentro.
—¿Qué coño estás haciendo? —le recriminó.
Rainer frunció el ceño, perdido en su actitud.
Bien, no soy la única con esa sensación.
—Preocuparme por ti.
Effy lo empujó.
—Pues para —le pidió—. Para ya con todo este rollo de…
de lo que sea que es esto. No lo quiero.
No te lo he pedido. —Él no se movió ni un centímetro.
Sus ojos helados, más puros que el hielo que cubría el lago, no se despegaban de los suyos.
Sin soltar el agarre que parecían tener sobre ella—.
Puedo cuidarme solita. Llevo haciéndolo toda la vida, no necesito nada de nadie, y menos de ti.
—Lo sé —se limitó a contestarle.
—Entonces, ¿por qué lo haces? ¿Me ves como una niñata que necesita protección? ¿Es eso? Porque soy más joven que tú y…
—No tiene nada que ver con eso, Effy, sabes que nunca he puesto en duda tu validez por algo tan insignificante como tu edad.
Ella resopló, frustrada. Quería discutir, chillarle y que él le chillara en respuesta. Quería soltar esa bestia que tenía escondida en el fondo de su garganta con alguien que pudiera aguantarla. Y ese alguien era Rainer Keller.