Dar el salto 23 Effy
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23 Effy

El domingo de esa semana Effy se encontró de frente con la acogedora estructura de la Cabaña, el edificio construido en piedra y madera que servía de punto de encuentro social a los jinetes alojados en la academia.

Todavía no se había acostumbrado al impresionante paisaje nevado que la Selva Negra llevaba ofreciéndole unos meses.

Las europeas habían dado comienzo justo cuando la época más fría del año empezaba en Sasbachwalden, por lo que no había terminado de asimilar que su nueva residencia pareciera extraída de un cuento de hadas.

Mirara donde mirase, todo había adquirido un brillo especial, azulado y sobrecogedor.

Las laderas del valle, los grandes árboles que rodeaban la academia, el bosque que observaba todas las noches cuando el insomnio seguía visitándola, el lago, en ese momento congelado y precioso, los tejados a dos aguas,

incluso los caminos que conectaban los exteriores de la academia y a los que los mozos echaban sal cada mañana para mantenerlos despejados…

Todo era diferente, pero no por ello menos bello.

Aquel domingo, los débiles rayos del sol habían decidido visitarlos para regalarles un día algo menos frío, y Elizabeth había aprovechado el café de la mañana para orientar el rostro hacia este y dejar que su tibieza le acariciara la piel pálida.

Se arrebujó aún más en su único abrigo del día a día y emprendió el paso hacia el interior de la Cabaña, esperando que el fuego hubiera calentado la estancia principal.

No le apetecía demasiado el mediodía que tenía por delante, pero no había escapatoria. La comida de carácter social que organizaba la academia era obligatoria para todos los jinetes. O al menos eso le había dicho Davi, quien no se había cansado de recordárselo durante toda la semana.

«Ni se te ocurra ponerme una excusa barata para dejarme plantado, Effy», la había amenazado cuando se habían encontrado en las duchas de los establos mientras la señalaba con el dedo índice de manera acusatoria.

«El domingo a las doce, Vaux. Es una cita». Aquello fue el lunes en el desayuno.

«¿Qué te vas a poner para la comida del domingo?», le había preguntado fingiendo inocencia en el gimnasio por la tarde mientras Effy se dejaba el alma en su rehabilitación.

«Oye, tía, ¿no eres vegana, no? Porque, si lo eres, deberías avisar a alguien de que adapten el menú…».

De todas las maneras habidas y por haber, Davi De Sousa la había acribillado para que Effy se uniera a la comida con el resto de los jinetes.

Aquella era la primera vez que podía considerar a alguien un amigo, y a veces se encontraba a sí misma debatiendo internamente sobre cómo debería hacer las cosas.

Qué conversaciones era apropiado tener, qué partes de sí misma podía o no compartir, hasta qué punto tenía permitido ser borde.

De momento creía que estaba todo controlado, sobre todo porque sentía la amistad que estaba forjando con Davi igual de natural que las horas que pasaba en pista con sus caballos. Quizá a veces incluso más.

Nunca se había parado a pensar de verdad en lo mucho que había echado en falta una figura que le proporcionase una vía de escape, alguien que se molestara en conocerla, en prestarle atención más allá de por sus logros sobre la arena de competición.

Alguien con quien ver películas y comer chucherías, con quien hablar sobre las cosas más absurdas y triviales y a quien contarle los pensamientos más estúpidos con la certeza de que no sería juzgada.

Alguien como lo que Anthea siempre fue para ella.

Hasta que dejó de serlo.

Effy nunca se había parado a pensar en todo el dolor y trauma que le había conllevado lo sucedido con su hermana. Ya empezaba a entenderlo mientras disfrutaba de aquello de lo que se había privado durante todos esos años. Quizá como castigo autoimpuesto. Quizá por miedo.

Cruzó la pesada puerta de madera de la Cabaña y enseguida fue acogida por el chisporroteo del fuego en la enorme chimenea, seguido del olor que este dejaba en toda la estancia: a pino, humo y yesca.

Los jinetes que residían en la RK se encontraban repartidos por toda la estancia, muchos ya con sus copas de vino o cerveza en la mano, charlando animadamente entre ellos.

También estaban los entrenadores.

Todos menos… el suyo.

Desde el tenso momento que Keller y ella habían compartido en el gimnasio, sus encuentros habían estado empañados por el orgullo herido de ella, sus caracteres afilados y sus miradas recriminatorias.

Sentía que Rainer era algo más que su entrenador.

Y durante los últimos meses había pensado, esperado, que para él también hubiera sido así…

, pero ya lo dudaba, aun cuando algo dentro de ella le chillaba que no se lo había imaginado, que las miradas que el alemán le dedicaba, sus gestos, sus conversaciones y su contacto físico creciente no habían sido producto de su mente.

Effy comenzaba a cansarse de aquel juego del gato y el ratón.

Odiaba ser el ratón. Odiaba sentir que estaba a merced de alguien que no fuera ella misma, que Rainer tuviese el poder de hacerla sentir insegura para dañarla.

O, peor aún, ilusionarla.

No sabía si su entrenador acudiría a la comida. A decir verdad, debería haberle dado igual. Pero en secreto, dentro de su desastroso corazón, esperaba que sí lo hiciera.

Estoy jodida.

Qué novedad.

—¡Effy! —la saludó Davi en cuanto la vio.

Su amigo llevaba un suéter azul oscuro, unos vaqueros y unas botas de cuero marrón. Tenía el pelo oscuro y rizado medio despeinado, y su piel morena parecía burlarse de la palidez de la suya.

—Hola, Davi.

El jinete portugués le tendió la copa que llevaba en la mano.

—Vamos a ver si un poco de alcohol te quita esa cara de culo que tienes —bromeó—. ¿Y sería mucho pedir un poco de entusiasmo de tu parte al verme?

Effy le puso los ojos en blanco antes de aceptar la cerveza.

—Te veo todos los días.

Davi la agarró del brazo y tiró de ella hacia el porche exterior.

—Menuda excusa más mala para justificar tus casi inexistentes habilidades sociales.

Ella no lo discutió.

—Mira, las brasas ya están —le estaba diciendo en ese momento mientras cruzaban las puertas correderas que llevaban al porche cubierto—. Se están encargando Pablo y Stella de la barbacoa.

—En teoría tú también nos ayudabas, pero lo único que has hecho es pasearte y cotillear —dijo la italiana.

El jinete español le dio la vuelta a un par de salchichas mientras decía:

—¿Y eso te sorprende, Tella?

—La verdad es que no. —Ella sonrió—. Ni un poquito.

Davi zarandeó una mano, la que llevaba el anillo de oro que nunca se quitaba.

—Qué quejicas estáis hoy, debe de ser porque aún me guardáis rencor por haberos pateado el culo en las europeas.

Pablo soltó una carcajada grave.

—Sí, claro, ¿y qué más?

No había tensión entre ellos, ni rivalidad, ni siquiera una pizca de envidia. Todo parecía un intercambio inocente y relajado entre tres jinetes que eran competencia directa en la arena, pero… ¿amigos fuera de ella?

Effy no podía comprenderlo.

Si alguno de los presentes supusiera una amenaza real para su objetivo, jamás podría llegar a ser su amiga. No estaba programado en su ADN de ganadora.

—Hola, Elizabeth —la saludó entonces Stella—. ¿Cómo va ese hombro?

La pregunta en un principio había sonado sincera y genuina, pero Effy no podía evitar interpretarla como un ataque; una manera de decirle: «Sí, todos te vimos caer».

Trató de no hacerle caso a esa vocecita intrusiva mientras dirigía su mirada a la de la italiana:

—Mejorando. El doctor Brennan cree que la semana que viene podré empezar a montar de nuevo.

Stella estaba emplatando ya la carne, pero, aun así, parecía atenta a sus palabras. Como si le interesaran de verdad.

—Me alegro. Debiste de darte un susto tremendo. —Effy abrió la boca para decir algo, pero la amazona añadió—: Nosotros desde luego nos lo dimos.

—Oh, sí. —Asintió a su vez Suárez—. Todos nos quedamos muy preocupados. Ver a Keller correr así por la arena… —Ella frunció el ceño—. Nos temimos lo peor.

—Luego, por supuesto, cuando todo se calmó y Davi nos puso al día, nos quedamos más tranquilos… —Se volvió hacia ella—. ¿Recibiste nuestras flores, verdad?

Era cierto. Sus compañeros le habían regalado flores, pero había asumido que era un gesto educado. Por la manera en la que Pablo y Stella hablaban, parecía haberse equivocado.

De repente, sintió calor.

—Sí. —Su voz salió raspada—. Muchas gracias.

—Effy, aquí todos nos preocupamos por los demás —intervino Davi—. Incluso por ti. Aunque nos ganes a todos todo el rato —bromeó.

Pablo y Stella sonrieron.

—Es un poco molesto, pero ya nos estamos acostumbrando.

La italiana le tendió un plato de carne con una sonrisa conciliadora en los labios.

El corazón de Elizabeth se serenó, y ella le devolvió la sonrisa, algo que no acostumbraba a hacer.

Durante ese aislado segundo, sintió cómo aquellos jinetes con los que llevaba conviviendo los últimos meses podrían significar algo más…

, algo que no tuviera que ver con su necesidad de ganarlos a todos.

Ese pensamiento la asustó. Trató de apartarlo de la mente y disfrutar de una charla desenfadada y cordial hasta que…

—Aunque la racha de Vaux parece haber acabado.

Effy no necesitó darse la vuelta para saber quién se había unido a aquella conversación. Montagne y Lina Vogel habían aparecido en el porche sin que ninguno de ellos se diera cuenta.

—Luca… —La voz de Lina quedó amortiguada por el jinete francés.

—Lina es la ganadora de la copa europea este año —siguió él—. No sé por qué todos ignoráis ese hecho.

El cuerpo de Effy se tensó como la cuerda de un violín.

Por un momento había olvidado lo que realmente importaba.

La verdadera razón por la que hacía todo aquello.

Había perdido las europeas. Había quedado segunda y Lina Vogel se había llevado el oro.

Su oro. Si lo pensaba, sentía cómo la sangre le empezaba a arder y cómo la piel le picaba incómoda, como si algo desde dentro estuviera deseando salir de ella.

Su rabia hasta ese entonces había estado dormida.

—Nadie está ignorando nada —respondió Pablo con la voz calmada—. Simplemente estábamos hablando de lo contentos que estamos todos de que Vaux esté bien.