22 Rainer
Rainer dejó escapar un suspiro.
¿Qué coño le estaba pasando?
Llevaba todo el día inquieto, revuelto dentro de su propia mente.
Desde lo que había pasado con Elizabeth aquella mañana en el gimnasio, había sido incapaz de pensar ni concentrarse en nada más que no fuera su cuerpo, sus ojos ardientes o sus labios contraídos en una mueca provocativa.
En sus palabras cargadas de un doble sentido que…
lo habían descolocado y alterado a partes iguales.
No era la primera vez que Vaux trataba de forzar un poco sus límites, pero sí la primera que se lanzaba de lleno a la piscina y conseguía ponerlo más nervioso de lo que nadie había logrado en toda su vida.
No sabía cómo había podido mantener la compostura y apartar a la amazona cuando su mente lo único que hacía era chillarle que se abalanzara sobre ella, le atrapara esa sonrisa chulesca entre los labios y le demostrara de verdad cuánto deseaba que cumpliera todas las amenazas que le había lanzado.
¿Vaux quería enseñarle su cuerpo sin toda esa ropa? Rainer podía encargarse de arrancársela.
¿Elizabeth deseaba susurrarle palabras sugerentes al oído? Rainer le demostraría todas las cosas sucias que ella nunca habría imaginado que nadie pudiera decirle.
¿Effy quería jugar? Rainer aguantaría todo el puto día como si de un regalo se tratara.
Pero la realidad era que ninguna de aquellas fantasías se haría realidad jamás.
Por mucho que le hubiese encantado llevarlas a cabo, por mucho que la polla se le pusiera dura con solo imaginárselas, por mucho que se muriese por mandarlo todo a tomar por culo y dejarse llevar de una vez por todas.
Por mucho que sus recientes fantasías involucraran a Effy y por mucho que sus futuros sueños se transformasen en las mil y una maneras de torturarlo con imágenes que nunca llegaría a sacarse de la mente.
La promesa que se había hecho a sí mismo hacía más de cinco años le pesaba como una cadena de hierro al cuello, pero no podía ignorarla. Ni de coña.
Cuando todo se fue a la mierda en su vida por culpa de lo que pasó en su último mundial, entendió que no cometería los mismos errores otra vez.
Pasó bastante tiempo hasta que confió de nuevo en otra mujer, aunque fuera solo para pasar una o dos noches en su compañía.
No había vuelto a tener ganas de enredarse con nadie, de implicarse sentimentalmente.
Porque ya había aprendido la lección: el amor dolía más que una herida infectada.
Quemaba más que las llamas y te congelaba el cuerpo y el alma con más intensidad que las aguas heladas del río en invierno.
Era peligroso.
Era una adicción a la que era imposible resistirse.
Era la mayor hostia que le podían haber dado.
Y era traición. Dura y sin piedad.
Sabía que no podía achacar lo que pasó con ella (no se merecía siquiera que recordara su nombre) a todo lo que sucedió en su último año como jinete profesional.
También que la caída había sido única y exclusivamente culpa suya, y que si él hubiera sido más inteligente, no se habría subido a Bright Diamond aquella mañana, desencadenando todos los terribles hechos que sucedieron.
Su vida no se habría ido a la mierda y no habría perdido a su compañero más fiel por su juicio de mierda.
Si Rainer hubiese renunciado aquel día, lo peor que podría haber pasado habría sido quedarse fuera de la clasificación en la cúspide de su carrera. Nada más.
A veces se martirizaba con aquella estúpida decisión, quería volver atrás en el tiempo y gritarse a sí mismo que no se subiera a Diamond, que saliese de allí, que llorara lo que tenía que llorar, que maldijese a la mujer que había jugado con él, con su carrera,
con sus sueños y su corazón y que dejara pasar aquel año.
Que la tormenta de lo que se descubrió lo empaparía, pero que pasaría de largo como todas las demás.
Que al tiempo nadie se acordaría del escándalo del jinete Rainer Keller y su…
Su nada.
Rainer había perdido ya mucho tiempo de su vida pensando en esa persona, y hacía años que no le había dedicado siquiera un pensamiento. Estaba olvidada y superada. Su año en Asia se había encargado de aquello.
Pero, desde esa temporada, se prometió que jamás volvería a tener una relación de ningún tipo con nadie que perteneciera a aquel mundo. Con una vez había sido suficiente.
Pero entonces había aparecido Elizabeth Vaux, con esa mirada ardiente y llena de rabia (la misma que él sentía), con su cara preciosa luciendo una mueca permanente de disgusto, sus palabras mordaces y su fuerza de voluntad férrea,
y había sentido la alarma en su cabeza antes siquiera de poder procesarla.
Y esa promesa se hizo todavía más estricta.
Se convirtió en una prohibición autoimpuesta.
Una bandera roja que no ignoraría.
Porque ella era su amazona y él era su entrenador.
Y el universo debía tener algo en su contra porque toda aquella situación parecía una puta broma del destino; no solo porque Rainer tenía la sensación de estar viviendo un constante déjà vu,
sino porque había encontrado a alguien que lo volvía completa e irrevocablemente loco en todos los sentidos de la palabra pero que jamás podría ser nada más de lo que ya era: su amazona.
La persona a la que debía llevar a la cima.
Aunque lo único que quería era llevar sus propios labios a los de Effy y besarla hasta que ambos se quedaran sin aliento.
Qué injusto.
Sintió cómo el cuerpo le ardía de la impotencia. Estaba jodido, tan jodido…
Sacó el móvil y llamó a Klaus.
Al tercer pitido, su mejor amigo descolgó.
—¡Titán! —exclamó con dramatismo—. ¿A qué debo el placer?
Rainer ignoró el mote con el que a veces seguía molestándole. Lo pasó por alto porque necesitaba el consejo de alguien que lo entendiera más que él a sí mismo. Y esa persona era Klaus.
—Estoy jodido.
Escuchó cómo su amigo se levantaba, una puerta cerrada, un «ahora vuelvo, cariño» y otra puerta abriéndose.
—¿Puedo adivinar o me lo cuentas tú?
Él parpadeó.
—¿Cómo?
—Es por esa chica, ¿Elizabeth?
La mera mención de su nombre hizo que el corazón le latiera con fuerza, y eso fue una respuesta demasiado evidente a unas preguntas que no quería formular en voz alta.
—Joder —fue todo lo que dijo.
—Vale, ¿tan malo sería? Si ya sabes…
No le dejó acabar la frase.
—Sí, Klaus. —Salió de los establos principales para resguardarse en la tranquilidad de su despacho—. Es imposible.
—Rain… Sabes que lo que pasó no es algo que controle tu futuro, ¿verdad?
El pasado es solo eso, pasado. Somos nosotros los que le damos el poder de cargar con él o dejarlo atrás.
Creo que proyectas toda la movida con… —Dejó el final en el aire—.
Cuando en realidad no tiene nada que ver con lo que decidas en tu futuro.
—No lo entiendes.
—Lo entiendo perfectamente, y por eso te digo que creo que tendrías que intentar ver las cosas de otra manera, con otra perspectiva…
Rainer lo pensó. ¿Y si solo se estaba dejando llevar por sus miedos? ¿Por la idea errónea de que debía mantener las distancias para evitar que sucediera otra desgracia? ¿Y si su propio trauma…?
Pero no. No podía permitirse pensar así. Ya sabía cómo era posible que acabaran las cosas, el final que podía esperarlo, y esa vez sí tomaría las decisiones inteligentes.
Por mucho que le costara más asumirlas.
—No hay otra perspectiva. —Sabía que estaba siendo un cabezota, pero no quería ponerse a pensar en los «y si»; solo había necesitado escuchar la voz de su amigo, lanzar una verdad secreta al aire y seguir con su vida—. Creo que necesito… más tiempo.
Klaus suspiró.
—No hay nada de malo en necesitarlo, Rain. —Él asintió a las palabras de su amigo—. Sabes que yo voy a estar a tu lado para todo lo que necesites: desahogarte, hablar sobre lo que te preocupa, contarte un chiste malo…
—Klaus…
—Toc, toc —le cortó.
Rainer suspiró con dramatismo.
—¿Quién es?
—Tus ganas de vivir, joder, ya va siendo hora de que les abras la puerta.
Una media sonrisa se le dibujó en el rostro.
—¿En serio? ¿Has utilizado el inicio de un chiste para colarme una frase inspiradora como las de las galletas de la suerte?
Oyó cómo Klaus se encendía un cigarro.
—¿Qué más da? Oye, la cosa es que lo hagas.
Tienes una vida, colega, y, por mucho que la hayas puesto en pausa durante unos años, estaría bien que empezaras a vivirla como te dé la gana.
Aunque eso implique saltarte esas normas que te has inventado tú solo.
—Le dio una calada a su cigarro—. A lo que voy es que…
nunca antes me habías llamado para contarme nada que tuviera que ver con ninguna mujer, y si lo has hecho es por algo.
Así que me veo en mi derecho de mejor amigo de decirte que te arriesgues.
Rainer cerró los ojos.
—Gracias, Klaus.
—De nada. —Otra calada—. Y ahora, ya que estamos hablando del tema… ¿Te puedes creer lo último que nos ha dicho la sinvergüenza del cáterin?
Soltó una risita por lo bajo.
—No tengo ni idea, pero seguro que estás a punto de contármelo.
Y, en efecto, Klaus se lo contó. Algo sobre los menús y sobre un mínimo de invitados, ante lo cual su madre le había dicho: «Bueno, no es para tanto, invitaremos a mis amigas de aquagym», y su hijo le había contestado: «No, mamá, no vamos a invitar a tus amigas de aquagym»,
y algunos rollos más de bodas y preparaciones y cosas que Rainer todavía no entendía pero que, en ese instante de llamada con su mejor amigo, deseó poder experimentar algún día.
¿Quién sabía? Quizá había alguien ahí fuera para él.
Un nombre le cruzó la mente.
Y él, como no podía ser de otra forma, lo ignoró.