21 Effy
—A ver, muévelo así… Exacto, muy bien. —El doctor Brennan volvió a anotar algo en su libreta, esa que llevaba siempre junto a su carpeta, donde guardaba toda la información de sus avances—. Vale, y ahora ¿puedes rotarlo en un movimiento amplio?
Effy se mordió el interior de la mejilla con todas sus fuerzas para evitar ponerle los ojos en blanco al médico encargado de su rehabilitación. No podía soportar otra frase pronunciada con ese tono bobalicón que la gente empleaba para dirigirse a los bebés. O a los cachorritos.
Ella no era una cría ni una mascota adorable. Era una jinete profesional, una deportista de élite con una lesión menor, por el amor de Dios.
Rainer le dedicó una mirada de advertencia.
Como si le pudiera leer la mente, como si supiese exactamente lo que estaba pensando.
Effy se tragó su irritación e hizo lo que el doctor le pedía. También se tragó el dolor. Se empapó de él, tratando de que nadie se percatara de cuánto le dolía.
Y joder si dolía.
—Genial, Elizabeth, muy pero que muy bien. —Otra vez ese tonito infantil—. Veo que todavía está un poco rígido. ¿Qué sientes cuando lo mueves así?
—Tirantez. —Rainer bufó. Ella suspiró—. Y quizá un poco de malestar.
—Eso es normal —se apresuró a tranquilizarla el doctor Brennan—. En una escala del uno al diez, ¿cuánto dirías que te duele?
Se encogió de hombros.
—Mmm, no sé, un cuatro.
—¡Fenomenal! —Volvió a anotar en su libreta—.
Bueno, a pesar de que no te duele mucho, todavía queda trabajo por hacer, así que mi recomendación es que nos tomemos muy en serio las sesiones en el gimnasio con la tabla de ejercicios que te he mandado, pero sin pasarnos, ¿eh?
—Le dedicó una sonrisa. Effy no se la devolvió—.
Y seguir con los estiramientos mañana y noche.
—Perfecto.
—Bien, pues si eso es todo…
—¿Cuándo cree que podré volver a subirme a un caballo?
Ignoró la mirada fulminante de Rainer.
Se centró en el brillo nervioso de su médico.
—Bueno, estas cosas van lentas, Elizabeth…
—Una fecha aproximada —lo forzó.
—En un par de semanas seguramente estaremos preparados para una monta suave…
—Genial. —Effy volvió a colocarse la camiseta, lista para ir al gimnasio y seguir con los ejercicios que sí tenía permitido hacer.
—Muchas gracias, Brennan, nos vemos el jueves para la siguiente sesión.
El doctor asintió con vehemencia a Rainer y salió de la consulta de rehabilitación con la que contaba la RK, en el edificio principal.
Una vez que se quedaron solos, su entrenador volvió a suspirar, esa vez encarándola por completo. Lo ignoró como pudo y trató de pasar por alto la mirada intensa que le dedicaba. Lo que no pudo ignorar fueron sus brazos cruzados, sus bíceps flexionados.
Esos brazos…
La acabarían volviendo loca.
—Effy.
Una sola palabra que encerraba más de un reproche.
—Qué.
Rainer no se apartó del marco de la puerta, ni siquiera cuando ella evidenció sus ganas de irse y ponerse a hacer algo, lo que fuera, con tal de mantenerse activa.
—¿Cuánto te duele en realidad?
Elizabeth enarcó ambas cejas, tratando de mostrarse lo suficientemente incrédula como para que resultara creíble.
—Un cuatro, ya lo he dicho. —Le dio un empujoncito. Él no se movió—. Venga, no seas capullo. Hay que entrenar, y seguro que tienes muchas otras cosas que hacer más interesantes que ser mi niñera.
Su entrenador no se inmutó.
—Llevo siendo tu niñera desde que acepté entrenarte. —Se inclinó hacia delante, lo suficiente como para que sus labios le rozaran el lóbulo, para que su aliento le erizara el vello al susurrarle—: Estoy acostumbrado.
Effy sintió cómo las mejillas se le encendían.
Y cómo su enfado crecía.
—Capullo —lo insultó mientras se apartaba de su cercanía.
Él no lo negó.
—¿Cuánto te duele? —le demandó de nuevo.
—Un cuatro.
Se miraron. Azul contra azul. Pupila contra pupila. Ego contra ego.
—No sé a qué juego crees que estás jugando, Cohete, pero puedo aguantarlo todo el puto día.
Effy lo sabía. Y esa era una de las razones por las que detestaba tanto a su entrenador.
También era una de las razones que contribuían a que, cada vez con más frecuencia, sintiera que una atracción imposible de ignorar le inundaba el pecho y el estómago y le recorría el cuerpo.
Hacía tiempo que ya sabía que esos sentimientos habían aparecido, pero cada vez le costaba más contenerlos en ese rincón de su mente donde ella los había asignado a la fuerza.
Por eso, observó a Rainer Keller con toda la chulería que pudo invocar mientras su traidora mente fantaseaba con besarlo y borrarle esa sonrisilla de autosuficiencia de esa cara demasiado atractiva para su propio bien.
—Un siete. —Siguió impidiéndole el paso. Effy gimió, frustrada—. Un ocho. ¿Contento?
Él suspiró.
—Eres una mentirosa.
—Y tú peor que un perro con un hueso.
—Oh, sí, lo soy. —Se apartó de la puerta y la dejó salir—. Mucho peor. Y pienso demostrártelo ahora mismo.
Puede que fuera porque Elizabeth estuviese rota, pero aquella promesa hizo que los dedos de los pies se le retorcieran con expectación.
***
—¿Cómo pretendes que te deje volver a subirte a tus caballos si no puedes hacer una mísera sentadilla como Dios manda?
Effy bufó mientras flexionaba las rodillas y trataba de mantener la espalda recta. El problema era que las pesas de cuatro kilos que sujetaba con ambas manos le hacían la vida imposible.
Cuatro. Kilos.
Un peso mísero, casi vergonzoso, y, aun así, le costaba mantener el equilibrio por culpa de los músculos y ligamentos del hombro derecho, que parecían retorcerse de puro dolor con cada serie.
—Dame un respiro.
Rainer la observaba desde detrás, impertérrito. Sus miradas entrechocaron de nuevo a través del gran espejo del gimnasio y Effy sintió un calor denso y pegajoso en el fondo del estómago. Lo ignoró.
—¿Ahora me pides un respiro? —Le pareció ver un atisbo de sonrisa en su semblante de normal serio, lo que provocó que bajara con más ahínco, enfadada por el divertimento que le estaba proporcionando a su entrenador—. Nunca he sido un blando, y no voy a empezar a serlo contigo. Venga, diez más.
Effy se mordió el interior de la mejilla. Contó hasta diez mentalmente y…
No, así no liberaba las ganas de maldecirle que tenía.
—Que te den. —Ah, eso estaba mejor. Así sí sentía que su enfado podía, al menos, deshincharse un pelín.
—¿Eso es una amenaza?
—Una promesa, más bien.
Él cambió el peso de una pierna a la otra, un tic nervioso que no le pasó inadvertido.
—¿Qué pasa, Rain, tienes miedo de que pueda cumplirla? —lo retó sin apartar la mirada de la suya. Su entrenador se cruzó de brazos, como si hubiera sentido la necesidad de hacer algo con las manos.
—No me llames así.
Effy bajó de nuevo y, esa vez, se aseguró de arquear bien la espalda.
—Te llamo como me da la gana. —Le dedicó una sonrisa ladeada a través del espejo—. Pero si quieres puedo llamarte otras cosas. Al oído, si lo prefieres.
Rainer desvió la mirada durante una milésima de segundo. Hacia su culo.
Había ganado aquella ronda.
Effy se permitió ir un poco más allá, dejarse llevar por completo y lanzarse a un mar descontrolado que le daba la bienvenida sin reparos.
Nunca antes había querido enredarse en aquellos juegos peligrosos con nadie, y esa nueva sensación de desenfreno le provocaba cosquillas en la piel y hacía que el corazón le latiera descontrolado por la adrenalina.
Estaba desinhibida, y descubrió que ese sentimiento le gustaba.
Además, si su deseo por él empezaba a ser evidente para ella, quería, al menos, tener el control sobre cómo lo dejaba salir a la superficie.
Y, ¿por qué no?, de paso poner nervioso a Keller. Quitarle esa máscara de rectitud y dominio a la que siempre se aferraba con ella pero que, en el fondo, sabía que le costaba mantener.
—¿Sabes? —continuó con el aliento entrecortado debido al esfuerzo físico—. Mis ojos están aquí arriba, pero, tranquilo, no me molesta que me mires el culo. Si quieres, puedo enseñártelo sin toda esta ropa, entrenador.
—Elizabeth.
Su nombre abandonó los labios de él como una maldición, como el peor de los insultos. Una advertencia tensa como una cuerda a punto de romperse.
Ella lo disfrutó como si del cumplido más dulce que jamás le hubiese dedicado se tratase. Estaba consiguiendo lo que deseaba.
—Así me llamarías tú, aunque en ese contexto en particular preferiría…
—No preferirías nada porque este juego se acaba ya. —Su tono de voz no daba lugar a réplicas. Para nadie más excepto para ella—. Ya has hecho las últimas diez sentadillas. Hemos terminado.
Dejó las pesas en el suelo, triunfante, y se apresuró a volverse hacia su entrenador antes de que este desapareciera por la puerta del gimnasio, como estaba segura de que haría.
—¿Qué pasa, Rainer? Pensaba que me habías dicho que podías aguantar mis juegos durante todo el día.
Dio un paso en su dirección; grande, amplio, sin temor a que él se apartara; sabía que no lo haría.
Sus pechos estaban a menos de cinco centímetros de distancia.
Si Effy hubiera querido, podría haber alargado la mano para rozarle la tela de la camiseta que llevaba.
Agarrarla en un puño como deseaba hacer cuando permitía que su mente se perdiera en sus anhelos más profundos y pegarse a su cuerpo duro, alto, fuerte.
Obligarlo a que la mirase, que la viera de verdad.
Que percibiese lo atraída que se sentía por él, lo comprendida, lo reflejada…
Se detuvo ahí.
No quería pensar en todas esas cosas.
Se volvió a centrar en el hombre que tenía delante, en su rostro anguloso, sus facciones cinceladas en piedra.
En sus ojos, que la observaban con una intensidad que le entrecortaba el aliento con una eficacia que ni el esfuerzo físico, ni el dolor ni sus propias ensoñaciones irreales conseguirían nunca.
—No tiene ni puta gracia, Effy.
—Un poco sí —lo contradijo—. El imperturbable Rainer Keller se pone nervioso cuando la conversación adquiere un doble sentido. Es gracioso.
—Pareces una niña pequeña.
No sabía en qué momento ambos habían bajado el tono de voz.
—Yo no me pongo nerviosa cuando hablamos sobre sexo.
Él aspiró aire con fuerza, como si esa palabra pronunciada por sus labios le generara una sensación física, una reacción que no podía controlar.
Su entrenador dio otro paso hacia ella. Sus camisetas se rozaban, y Effy agradeció llevar un sujetador deportivo que no dejara entrever cómo se le habían endurecido los pezones. Podía sentir la piel caliente de Rainer, la manera en la que su calor empezó a envolverla. A martirizarla.
Si él hubiera querido, podría haberle tomado el rostro entre sus enormes manos y besarla. Allí mismo, en esa habitación en la que no había nadie más que ellos.
Sintió su respiración atascada en la garganta, la expectación y la tensión tan intensas, tan fuertes y tirantes que no la dejaban pensar en nada más que en el próximo paso de su entrenador.
Rainer se inclinó.
Elizabeth entreabrió los labios, un reflejo que no intentó controlar. Los labios del alemán le rozaron el lóbulo izquierdo, y su aliento cálido y denso provocó que se le erizara todo el vello del cuerpo.
Su voz, tan grave, susurrada, amenazadora, hizo que quisiera retorcerse de placer.
—Eres una mujer inteligente, Cohete —empezó a decirle—.
Así que escucha con atención: no estoy interesado en nada más que en llevarte a la cima una última vez.
—Sintió cómo el calor que se le había extendido en el bajo vientre se extinguía.
Cómo el hielo susurrado por Rainer Keller la abofeteaba.
No se movió de su lado, se quedó de pie, inmóvil—.
Así que olvídate de lo que sea que esa cabecita tuya crea que está haciendo.
Céntrate en lo que de verdad importa y deja de decir estupideces.
Se apartó de ella.
Y Effy, que parecía no ser otra cosa que una masoquista, se sumergió en sus ojos azules una última vez antes de que su orgullo herido prevaleciera. El momento duró un segundo, tan efímero que podría haberse imaginado lo que vio reflejado en las pupilas de su entrenador.
Miedo.
Anhelo.
Mentira.
Antes de que asimilara lo que acababa de pasar, Rainer Keller se dio media vuelta y salió de allí, dejándola sola y confundida.
Las palabras que le había susurrado se quedaron flotando a su alrededor, burlándose de ella.