Dar el salto 20 Rainer
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20 Rainer

Cuando la vio caer, sintió que él lo hacía también con ella.

No pensó, saltó la valla que separaba la pista de la zona donde los entrenadores, preparadores físicos y trabajadores de la WEL observaban el circuito, y echó a correr hasta ella.

Hasta Effy.

Al encontrarla tirada en la arena prensada, con el cuerpo delgado y fuerte inconsciente, sus extremidades blandas, sin fuerza, los ojos cerrados y su preciosa cara sin ninguna emoción reflejada en ella, pensó que vomitaría.

Luego buscó con la mirada a la yegua, que se había levantado sin ningún problema y echaba a galopar por la pista. Le chilló a alguien que la cogiera y luego volvió a centrar la atención en su amazona.

Elizabeth.

Su Elizabeth.

Estaba tan nervioso que ni siquiera hizo nada para cortar aquel pensamiento cargado de una posesividad anhelante que lo había asaltado.

Se puso de cuclillas en la arena y la agarró del rostro con delicadeza mientras las manos le temblaban sin control.

Recordaba haberle pedido que abriese los ojos, que siguiera su voz.

Cuando se encontró con esos iris azules como la medianoche, esos ojos que le robaban la respiración y hacían que el corazón le diera un vuelco, sintió que su mundo volvía a girar a la velocidad correcta.

Hasta entonces todo le había dado vueltas como si hubiera estado en un sueño en el que la gravedad no funcionaba como debía, en el que se arrastraba y se mareaba solo de mirar al frente.

Cuando Elizabeth Vaux se encontró con sus ojos, Rainer despertó de la pesadilla.

Trató de no revivir otra vez ese momento, de no recordar cómo la había cargado en brazos y había corrido hasta la ambulancia de emergencia.

Cómo la había postrado en la camilla y se había negado con fiereza a dejarla sola en el vehículo.

La manera en la que le había sujetado la mano inmóvil y no se había separado de ella en las casi veinticuatro horas que había pasado inconsciente.

Davi De Sousa había sido el primero en aparecer en el hospital tras su llegada, y le había ofrecido hacerle un relevo para que pudiera ir a ducharse o comer algo.

Él se negó a abandonarla. El portugués le dijo que al menos fuera a por un café de máquina y aprovechara para hablar con la familia de Elizabeth.

Rainer llamó a los padres de Vaux.

Su padre no contestó; luego se enteró de que estaba en China en un viaje de negocios. Su madre, en cambio, descolgó al tercer tono:

—¿Un accidente? —Su miedo le llegó vibrante desde el otro lado de la línea—. No, no, no…

—Señora Vaux…

—Señora Sinclair —lo corrigió con presteza.

—Perdone, señora Sinclair. —Rainer quiso maldecir, ¿qué importaba su apellido en aquel momento?

Trató de que su voz sonara serena—. No ha sido una caída grave.

Solo tiene un esguince de la articulación acromioclavicular.

El médico opina que, con un par de semanas o tres de rehabilitación, estará bien si no se complica.

La madre de Effy suspiró.

—Bien, bien. Entonces no le ha pasado nada.

Él frunció el ceño.

—Ha tenido una caída que podría ser traumática. —Siguió tratando de mantener el tono de voz controlado, aunque cada vez le costaba más—. Lleva inconsciente unas cuantas horas. Es verdad que el doctor la ha sedado para el dolor… Pero podría suponerle un impacto psicológico.

La señora Sinclair soltó una risa sin humor.

—Si dices eso es que no conoces a mi hija. —Rainer apretó con fuerza el móvil—. Nada ni nadie podría disuadirla de su meta. Esto es solo una piedrecita en su camino.

Él tragó saliva.

—Su hija…

—Estará bien, ¿no? —La mujer suspiró al otro lado de la línea—. Ojalá hubiera sido algo más serio. —No se podía creer lo que estaba escuchando—. Así al menos obligaría a Effy a dejar toda esta estúpida obsesión suya atrás.

No podía entender cómo para la madre de Elizabeth parecía ser más importante que su hija se retirara de competir que su salud, así que decidió ignorarla y preguntarle:

—¿Vendrá a verla?

—Si se complica algo, por favor, vuelve a llamarme. Creo que podría coger un vuelo mañana o pasado mañana…

Rainer le dijo que no creía que la situación se alargara tanto, así que la madre de Elizabeth le pidió que la llamase cuando su hija despertase y que si la necesitaba para ese entonces viajaría a Alemania directamente para verla.

La llamada lo dejó con un regusto amargo y una sensación de impotencia en los huesos.

De eso habían pasado ya cinco días.

Habían vuelto a la academia en cuanto Elizabeth se había despertado y el doctor le había dado el alta.

Rainer se mantuvo a su lado mientras le daban el diagnóstico de su hombro.

Ella solo asintió, le dio las gracias al médico y dijo que cumpliría con la rehabilitación recomendada.

En el aeropuerto le preguntó por sus padres y Rainer le habló sobre lo que su madre le había dicho.

—Ah —fue todo lo que ella contestó.

Ya sabía algo más sobre la familia de Effy Vaux.

Sabía que era la hermana pequeña de Anthea Blaine.

De la amazona a la que él admiraba desde que era tan solo un crío, cuando se quedó prendado de las habilidades de la joven jinete, en aquel momento en el que su abuelo lo llevó a la competición europea de 2011 y la vio en pista con su caballo Hickstead.

Desde aquella primera conversación en la que ella le sonrió, le puso una mano sobre el hombro y lo llevó a darle zanahorias a su caballo de élite, valorado en millones.

Y después se había pasado años admirándola, siguiendo su trabajo hasta…

Hasta lo que pasó en 2014.

Rainer trató de imaginarse a la pequeña Effy de tan solo once años allí, aquel día en el complejo deportivo de Lyon, con sus grandes ojos azules observando con horror el final de lo que había empezado como una promesa de otro año de grandeza para su hermana mayor.

Rainer entendió entonces a Elizabeth Vaux a un nivel más profundo, más íntimo.

Personal. Y eso solo hizo que el corazón le latiera con más ganas.

Impulsado por un sentimiento de pertenencia, de comprensión que nunca antes había experimentado con nadie más.

Como si no sintiera ya lo suficiente por la amazona inglesa.

Por su jinete.

Rainer se torturaba día sí y día también con la realidad de que Elizabeth Vaux, Rocket Effy, la amazona a la que había aceptado entrenar a regañadientes apenas seis meses atrás, significara tanto para él como lo hacía en aquel momento.

Se repetía todas las noches, como un mantra enfermizo, que aquellos sentimientos nunca podrían llegar a ninguna parte.

Que su anhelo, sus deseos y sus sueños más íntimos, esos que lo asaltaban a altas horas de la madrugada, jamás podrían verse hechos realidad.

Se obligaba a recordarse cada vez que se perdía en su imagen, su pelo negro brillante, sus ojos imposibles e hipnotizantes, su ceño fruncido en una mueca de determinación letal que aquello nunca sería suyo. Que ella nunca sería suya.

Y no por falta de ganas, no. Sino porque se lo tenía prohibido.

Y Rainer Keller era un hombre de palabra, un hombre que cumplía sus promesas. Y hacía mucho tiempo se había prometido que nunca más volvería a suceder. No mientras él pudiera evitarlo.

Ya no por ese otro trauma generado por quien se aprovechó de él en su vulnerabilidad.

Más bien por la razón de que se negaba a convertirse en lo que tanto daño le había causado a él años atrás.

Así que durante los meses que duró la liga europea occidental había tratado de mantener toda esa maraña de emociones bajo llave, aunque cada vez le costara más controlarlas.

Eso había desembocado en noches de insomnio todavía más largas, sueños inquietos más cortos y anhelos durante el día más difíciles de esquivar.

Últimamente, también, se acordaba más de él.

De su caballo.

Bright Diamond.

El tiempo que llevaba ignorando su recuerdo, apartándolo a empujones de cada recoveco de su mente, parecía no haber significado nada, como si todo el esfuerzo sobrehumano que eso le había supuesto hubiera desaparecido de un plumazo.

A decir verdad, no sabía en qué momento había vuelto a rememorar su pelaje dorado ni la manera en la que relucía bajo el sol de la mañana o sus ojos oscuros fijos en él cada vez que lo ensillaba.

Tampoco sabía cuándo había vuelto a pensar en los relinchos de felicidad que le dedicaba cuando galopaba libre por los prados verdes o en su piel suave y caliente, esa piel que nunca se cansaba de recorrer con las yemas de los dedos.

Todo eso que se había jurado no recordar había vuelto con la claridad de una realidad imborrable, de una presencia que lo acompañaba día a día.

Sabía que el bloqueo emocional en el que se había sumido los últimos años no solucionaría el problema.

Que simplemente lo dejaba dormitando en algún lugar en su interior donde no molestaba demasiado, donde el espacio que ocupaba parecía haber sido olvidado lentamente por sí mismo.

Un trauma que solo lo visitaba a altas horas de la noche, cuando su mente no estaba bajo el control de acero al que él la sometía.

Por supuesto, su caballo no era la única herida que mantenía oculta.

Y, por supuesto, todo eso, esa patraña en la que Rainer se había esforzado por vivir, explotaba de alguna manera cuando el sol se escondía en el valle y la luna lo inundaba con su luz.

El insomnio. Las pesadillas y… todo lo demás.

No supo cómo, pero sus botas de cuero desgastadas lo terminaron llevando hasta el árbol. Un roble antiguo, enredado sobre sí mismo y de un color marrón más oscuro que el de la tierra mojada. Un árbol que siempre le había gustado, ya desde pequeño.

Colindaba con los prados que quedaban justo delante de la ventana de la habitación de su infancia, esos donde los caballos de la familia pastaban tranquilamente en las noches calurosas de verano y en los días soleados de primavera.

Desde que tenía memoria, ese viejo roble siempre había observado impasible cómo el paso de los años le había afectado, como un guardián dormido que velaba por él a través del tiempo y la distancia.

Era en el viejo roble donde descansaba él.

Donde decidió enterrar sus cenizas.

Y donde la pesadilla en la que se convirtió su vida durante un tiempo que le pareció infinito e incalculable empezó.

El día en el que asumió que su caballo había fallecido por su culpa, que su carrera como jinete estaba acabada debido a un trauma demasiado grande como para hacerle frente y que la persona en la que había depositado toda su confianza lo había traicionado.

No había vuelto a pisar ese lugar.

Ni siquiera a echarle un vistazo.

Cuando se dio cuenta de que jamás podría volver a conciliar el sueño desde su habitación debido a ese maldito roble y de todo lo que enterraba debajo de sus raíces (su corazón, su ilusión, a su compañero más leal, su primer amor y todo aquello por lo que alguna vez había deseado vivir),

decidió que era hora de hacer las maletas y largarse de allí.

Pensó que un año en Asia sería suficiente.

No lo fue.

La primera noche que pasó en casa de sus padres después de su año perdido dentro de sí mismo, volvió a sentir la presencia del roble y supo que había tenido suficiente.

Se compró la casa del pueblo.

Volvió a huir.

Por eso en el momento en que sus botas pisaron la nieve compacta que cubría la tierra que había evitado durante aquellos años esperó experimentar un dolor atroz, una agonía como la que había sentido los primeros años. Una culpa asfixiante que lo paralizara todo.

Lo único que sintió, en cambio, fue la tristeza infinita de recordar quién fue alguna vez y durante mucho tiempo pensó que jamás podría volver a ser.

Pero quizá, y solo quizá, no todo estaba perdido.

Quizá aún existía el perdón.

Quizá Rainer no estaba tan perdido como siempre había pensado, o esperado.

Se sentó y apoyó la espalda contra el tronco nudoso del árbol. Dejó que sus palmas recorrieran la mezcla de nieve sucia y hielo. Imaginó que lo que acariciaba era un pelaje caliente, reconfortante y conocido.

Algo le llenó el pecho con la fuerza de mil soles.

Inhaló profundamente y una lágrima solitaria se le escapó sin permiso. Esperó a que cayera a la nieve y se filtrara a la tierra, casi convencido de que le llegaría a él, que, de alguna manera, eso le pertenecía.

Otra más abandonó su lagrimal, y luego otra.

Su pecho se volvió un poco más ligero.

Quizá.

Quizá.