Dar el salto 19 Effy
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19 Effy

El sonido constante y rítmico del pitido agudo es lo que terminó despertándola.

Effy se revolvió en la cama donde llevaba dormitando un tiempo que no habría sabido definir.

Lo primero que sintió fue el dolor lacerante en el hombro derecho.

Le palpitaba de tal manera que deseó poder desprenderse de él.

Trató de adoptar una posición que la hiciera sentir más cómoda, pero el cuerpo le pesaba, anclado a una postura que no había decidido.

Luego percibió el olor, aséptico, sin personalidad, pero con claras notas a productos de limpieza fuertes y medicamentos. Y entonces llegó el pensamiento.

No he quedado primera en la liga europea.

Y después: Me he caído.

Abrió los ojos de golpe.

No le costó nada enfocar la visión. El relámpago de adrenalina que la invadió se encargó de aquello. Antes de ese segundo en el que sus ojos azules enfocaron la estancia, había esperado encontrarse en una habitación de hospital genérica.

Pero lo primero que vio fue a él.

Rainer Keller estaba dormido en el sillón que quedaba a su izquierda, justo debajo de una enorme ventana que dejaba entrar los débiles rayos del sol.

Effy se quedó sin respiración. Su entrenador parecía cansado incluso sumido en sueños, con el pelo rubio revuelto, unas ojeras violetas bajo los ojos cerrados y una expresión intranquila.

Llevaba un suéter negro arrugado, a juego con los vaqueros oscuros también llenos de pliegues que evidenciaban la incómoda noche que debía de haber pasado allí, a su lado.

Effy sintió cómo algo en su pecho, de normal anestesiado y frío, se resquebrajaba.

Un dolor nada similar a los pinchazos persistentes que le martilleaban el hombro.

Un dolor más profundo, entretejido, que parecía asfixiarla.

Alargó una mano para incorporarse y un quejido suave le escapó de los labios.

Rainer abrió los ojos de inmediato.

—Elizabeth. —Su voz era rasgada, áspera como el graznido de un ave al alba.

—Perdona —se disculpó—. No quería despertarte…

—¿Cómo estás? —la interrumpió mientras se levantaba para inclinarse en su dirección.

Effy se miró el hombro.

—Me… —Por primera vez asimiló el dolor, de dónde provenía y la catástrofe que podía significar aquello. Su vida se congeló allí mismo, en aquella habitación de hospital en un país extraño. Se dio cuenta de que podía haberlo perdido todo—. ¿Voy a poder competir en el mundial?

Daban igual el dolor, el desconsuelo y lo que sintiera. Necesitaba saber qué era lo que le había pasado, cuáles eran las consecuencias de su maldito error.

Rainer suspiró, decepcionado. Derrotado.

Incluso, podría haber jurado ella, triste.

—Hay cosas más importantes que el puto mundial. —Su voz no adquirió ese tinte enfadado con el que solía hablarle cuando discutían en la pista, o fuera de ella. Elizabeth percibió angustia y miedo.

Ella también sentía todas aquellas emociones, pero siempre había algo más grande, algo más importante que merecía su atención.

Algo por encima de sí misma.

—Para mí no.

Rainer se dejó caer en el sillón tapizado. Enterró el rostro en las manos y suspiró.

Aquí acaba todo, entendió ella. Me he jodido el hombro y no llegaré al mundial.

Empezó a temblar, los espasmos violentos hicieron que su hombro chillara en protesta por el movimiento brusco, pero Effy se tragó el dolor, se empapó de él, esperando que le causara alguna especie de consuelo retorcido.

No sucedió.

Él alzó la mirada, y Effy se preparó para el impacto.

—No puedo seguir entrenándote —le dijo para su sorpresa.

Ella oyó un chirrido en el fondo de su mente. No era la respuesta que esperaba, y una ansiedad densa le trepó por la garganta.

—¿Cómo?

—Que no puedo seguir haciendo esto.

Se le veía destrozado; los hombros también le temblaban, con las facciones congeladas en un rictus de dolor y sus ojos perforándola como dos piedras preciosas robadas.

—No te entiendo, Rainer.

—¿Lo que pasó ayer? No puedo volver a repetirlo, Elizabeth. —Se llevó una mano al pecho, como tratando de agarrarse algo invisible que parecía ahogarlo a él también—. Creía que sí, pero… —Negó con la cabeza—. Me ha dejado jodido.

Effy parpadeó.

¿Verla caer le había dejado jodido? ¿Había despertado viejos temores?

Y entonces cayó en la cuenta. ¿Habría revivido su trauma pasado? ¿Su propia caída?

Su mente bufó.

Todos los jinetes tenemos caídas feas, si no que te lo digan a ti.

Esquivó esa puñalada que ella misma se infligió.

—Las caídas forman parte de nuestro deporte —le contestó nerviosa—. Es algo que todos aceptamos cuando nos metemos aquí. —Rainer empezó a negar de nuevo con la cabeza—. No hay nada que podamos hacer para impedirlo.

—¡Te vi, Effy! —le soltó, inquieto. Más inquieto de lo que nunca, jamás, lo había visto—. Algo no iba bien en la pista. Algo te pasaba.

Ella le aguantó la mirada.

—Sí.

—¿Y por qué cojones no te detuviste? —le reprochó—. Si sabías que algo no marchaba bien, ¿por qué no paraste?

—Sabes perfectamente por qué.

Rainer se rio sin una pizca de ganas.

—Claro que lo sé. Porque te importa más ganar tu puto récord que tu propia vida. —Esas palabras escupidas en voz alta le reverberaron por dentro y, en cuanto Rainer las verbalizó, Effy entendió que eran verdad.

Y eso la asustó.

La asustó de verdad.

—No lo entiendes. —Se mordió el labio inferior, concentrándose en el pinchazo de sus dientes en la carne tierna, en el dolor del hombro, en su respiración. En todo menos en las ganas de echarse a llorar que la asaltaron—. Nunca lo entenderías.

—¡Porque no me lo explicas! Ni siquiera intentas que lo haga… y, aun así, jamás habrá nada que justifique tu objetivo, esa macabra fijación que tienes con ganar a toda costa.

—No es…

—¡Podrías haber muerto! —Entonces fue su turno de empezar a negar con la cabeza—. Podría haber significado la muerte de Sodashi. —A Rainer se le quebró la voz. Sus propios demonios salían de donde fuera que los mantenía encadenados.

Una lágrima rodó por la mejilla de Effy.

—Sodashi…

—Está bien —se apresuró a tranquilizarla él—. Está bien. Pero podría no estarlo, y todo por tu insensatez. Así que dime, Elizabeth Vaux, ¿qué cojones es tan importante como para que tu vida, la de tu montura y el bienestar de las personas a las que les importas pasen a un segundo plano?

Ella volvió a negar.

—Por favor, Rainer —suplicó—. Por favor, no me abandones ahora.

—No puedo seguir con esto.

—Por favor… Haré lo que sea, lo que sea. Pero no podemos dejarlo ahora.

—No me prestaré a volver a pasar por una tragedia, Effy. No lo soportaría.

Elizabeth se le aferró al brazo, un movimiento que le arrancó un espasmo debido al dolor del hombro.

Un movimiento desesperado. Un movimiento que buscaba un anclaje, un contacto físico de la única persona que la había entendido en toda su vida.

A la única persona a la que se había atrevido a retar, contradecir, sacar de sus casillas y adoctrinar.

La única persona que la había mirado con anhelo y orgullo y envidia.

La única persona que le había visitado en sus sueños más dulces.

—Rainer. —Sus miradas se entrechocaron. Hielo y piedra. Luna y estrellas. Tormenta y tempestad—. Sin ti no puedo conseguirlo.

—Si mueres tampoco.

—No quiero morir —le prometió—. No quiero, no es eso…

—¿Entonces qué es? —Sintió el corazón tronándole en el pecho, los martilleos furiosos perforándola por dentro—.

¿De verdad estás haciendo todo esto por tu ego?

¿Por romper un récord? No me lo creo, Effy.

Te conozco, joder. Después de todos estos meses a tu lado… te veo. Te veo y sé que no eres así.

—No me…

—Ni se te ocurra decirme que no te conozco, Cohete.

—Su mirada era hielo ardiente, tan feroz, tan intensa que pensó que Rainer podría ver a través de sus barreras, desnudar su cuerpo, su mente y su alma.

Le tembló el labio y lo agarró con más fuerza.

Él posó su propia mano, grande y áspera, sobre la suya—. Necesito entenderlo, Effy.

Fue el susurro, su voz suplicante, al igual que lo había sido la suya hacía unos instantes, lo que la terminó de desarmar.

—Es por mi hermana.

Abrió la boca para decir algo, pero ella se apresuró a completar la confesión. Necesitaba soltar lo que estaba a punto de decir de golpe, como quien se quita una tirita para evitar el dolor pausado, o, si no, sabía que se arrepentiría.

—Anthea Blaine. —Pronunció su nombre en voz alta, paladeó cada fonema, cada sílaba. Un escalofrío la recorrió al instante; frío, electrizante—. Anthea es mi hermana.

Rainer dejó de respirar.

Effy no despegó los ojos de los suyos, se sumergió en su azul claro, en su brillo imposible. Un salvavidas en medio de la marea en su pecho.

—Por favor, Rainer, no me preguntes nada, no me pidas que te lo explique, que me abra… —suspiró—. Solo prométeme que no me dejarás. Que seguirás entrenándome. Que serás mi equipo.

El alemán tomó aire por fin, y ella vio los engranajes de su cabeza funcionando a toda velocidad tras la revelación.

Dudas que se habían formado al haberle confesado aquello, dudas que se habían resuelto.

Su mano masculina buscó la suya, que todavía descansaba sobre su brazo.

Entrelazó los dedos con los suyos y apretó.

Sintió el chispazo, el calor, la intensidad que su tacto le producían.

—No te dejaré. —Esas palabras calmaron la creciente ansiedad que la había invadido desde el inicio de su conversación—.

Pero las cosas deben cambiar, Cohete. A partir de ahora, el oro no es lo más importante.

—Se puso rígida—. No lo es —le insistió—.

Tu recuperación después de la caída es lo primero. Tu seguridad y tu salud.

Effy tragó saliva.

—Si yo decido que tu hombro no se recupera antes del mundial… —prosiguió él.

—Lo hará. —No sabía qué tenía, qué había pasado. Pero lo que sí sabía era que si Rainer hablaba de una recuperación era porque sería una lesión menor, algo en lo que podría trabajar para sanar. Haría lo que fuera necesario, toda la rehabilitación posible, y sanaría.

Y entonces el mundial.

—Pero si no lo hace…

Effy no quería ni siquiera contemplar esa posibilidad.

—Tú mandas —le dijo aun así.

Rainer buscó la mentira en su voz, en sus ojos. No la encontró. Ella haría todo lo que le pidiera con tal de mantenerlo a su lado, con tal de que siguiera siendo su entrenador. Su punto de anclaje. Su confidente.

Su roca.

Effy Vaux volvería a entrar en una nueva temporada de mundial.

Y esa vez, como todos los años anteriores, también lo ganaría.

Por Anthea.