Dar el salto Anthea
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Anthea

Henk Jensen me conduce entre los bastidores del Leipziger Messe, la feria de Leipzig donde se celebra la undécima etapa de la Western European League.

Mañana es el grand prix, pero hoy sábado he venido a competir con Hickstead para aprovechar el circuito y calentarlo antes de mañana. Llevamos una buenísima racha, sigo tercera en parrilla de entre los más de cincuenta jinetes que competimos y no puedo creérmelo todavía.

Henk está incluso más ilusionado que yo.

—Quiero que conozcas a alguien —me ha dicho cuando ha interrumpido mi conversación con el veterinario fisioterapeuta que palpaba la grupa de mi caballo para comprobar que estaba todo correcto.

Saludamos a un par de personas mientras mi entrenador me guía entre la marea de gente. Algunos realizadores, productores e inversores de gran renombre se encuentran siempre tras bastidores para confirmar que todo esté en su sitio.

Me fijo en los caballos que calientan para salir a pista; en cómo, a pesar de todo el ruido y el ambiente tenso, parecen saber que deben concentrarse en su tarea, que, sobre ellos, su jinete depende de sus habilidades, de su confianza y criterio para llevarlo todo a cabo.

Son grandes animales los caballos.

Los mejores del mundo.

Yo sin duda siento que me derrito cada vez que veo a mi compañero, a mi otra mitad dentro de la locura que es el mundo del salto profesional.

—¡Y aquí está!

Me detengo frente a un señor mayor y un adolescente que me mira con los ojos abiertos como platos, azules clarísimos y brillantes como dos piedras preciosas recién pulidas.

—¡Hola! —saludo con alegría.

—Encantados, Anthea —dice el señor mayor.

Tiene el pelo cano, unos ojos grises profundos y un bigote bien recortado y cuidado que le da un aire de persona importante. Va vestido con una camisa blanca y pantalones de traje, acompañado de unas botas marrones de cuero.

—Anthea, este es Odin Keller, excampeón alemán de salto en los Juegos Olímpicos.

Ahora es mi turno de sorprenderme.

—Encantada, señor Keller. —Me tiende la mano y se la estrecho.

—El placer es todo mío. Nos tiene embobados todo lo que estás consiguiendo. —Sonrío, agradecida—. Llevo muchísimos años en este deporte, yo mismo he sido jinete profesional, pero déjame decirte, niña, que lo que estás haciendo tú en este campeonato europeo no lo había visto nunca. Sigue así.

Henk sonríe casi con más entusiasmo que yo.

—La verdad es que Anthea es una amazona excepcional.

Le doy un golpecito cariñoso a mi entrenador.

El chaval sigue mirándome con esos increíbles ojos azules, y me siento en el deber de centrar mi atención en él.

—¿Y tú, cómo te llamas?

—Ah, este es mi nieto —responde Odin Keller—. Venga, no seas tímido, cariño. Habla con Anthea.

Abre la boca, pero no se me pasa por alto el rubor que le tiñe las mejillas y la punta de la nariz. Es adorable.

Inclino la cabeza hacia un lado y una de mis trenzas rubias me cae por el hombro. No me la aparto.

—¿Te gustan los caballos?

Él asiente, y me dedica una sonrisilla tímida.

—¿Te gustaría que te enseñara el mío?

Ahora sonríe de verdad, mostrándome los dientes. Lleva aparato, y las gomas son de color azul, lo que hace que mi sonrisa también se amplíe.

—Me llamo Rainer —responde por fin.

—Encantada, Rainer.

—Yo también quiero llegar a ser jinete profesional. Este año es mi primera vez en la liga junior, y no se me da nada mal —dice con orgullo—. Pero hoy he decidido que quiero ser igual de guay que tú.

Eso me pilla desprevenida. Es la primera vez que alguien me dice algo así, y por un momento creo que podría ponerme a llorar.

¿Quiere ser como yo?

Henk parece darse cuenta de que me he quedado sin palabras, porque suelta una carcajada y me dice:

—Odin Keller es el dueño de la Reitakademie Kellerhof —me explica entonces mi entrenador—. Y de la yeguada donde compraste a Hickstead. Nos conocemos desde hace muchísimo tiempo y me ha presentado a Rainer, su nieto, quien me ha pedido el favor de venir a conocerte.

El corazón comienza a latirme con fuerza.

—Sí, así es. Rain lleva todo el día hablando de ti —afirma el señor Keller—.

Mi hijo mismo te vendió tu caballo. En cuanto nos enteramos de que Hickstead competía en la WEL, y vimos las grandes cosas que estabais consiguiendo, no dudamos en venir a conoceros.

Somos una familia muy arraigada al mundo de la competición de salto, ya lo ves, pero conocerte ha sido un gran placer.

—Odin Keller le revuelve el pelo a Rainer—.

Estaríamos encantados de que te pasaras alguna vez por el club.

Quizá incluso podríais venir una temporada a entrenar con nosotros.

Seguro que eso le haría muy feliz a Rainer, ¿sabes?

Gracias a ti ahora él también quiere competir en la Western European League.

Desvío la mirada al aludido, que asiente con fuerza ante las palabras de su abuelo.

—Algún día, yo también competiré como lo haces tú. También llegaré a la WEL y romperé récords.

No puedo evitarlo: alargo la mano y se la apoyo en el hombro.

—Estoy convencida de que lo lograrás. —Y algo en mí sabe que esas palabras son ciertas—. Además, con el abuelo que tienes, seguro que puedes aprender a montar mejor que yo.

—Imposible —niega él—. Nadie podría montar mejor que tú.

Se me anegan los ojos de lágrimas y siento que nunca nadie me ha dicho algo tan en serio, con tanta confianza, en mi vida.

—Venga, que te llevo a ver a Hickstead. —Le hago un gesto con la mano, invitándolo a acompañarme; cuando veo que me sigue, emprendo el camino de vuelta a las cuadras—. ¿Quieres darle una zanahoria? Le encantan.

Rainer asiente con vehemencia, como si fuera el mejor día de su vida.

Lo que él no sabe es que, sin pretenderlo, él sí ha convertido este momento en uno de los más especiales de la mía.

Western European League (2025-2026)

Final de la copa

Gotemburgo, Suecia

Effy

—¡Y Effy Vaux entra en pista a lomos de Sodashi!

Escuchó los aplausos comedidos que se extendieron alrededor de las plateas, pero no sintió ningún alivio.

Por fin había llegado el día, estaba en la última etapa de la WEL y había pasado, una vez más, limpia para el jump-off.

Aquel día llevaba su conjunto de competición azul marino y beis. La bandera del Reino Unido bordada en el hombro de su americana larga, sus pantalones de competición color crema con detalles en azul y sus botas negras más cómodas para rematar.

Sodashi portaba los arreos marrones y azul marino, a juego con ella.

Su único deber era completar el circuito con la técnica perfecta y en el mejor tiempo posible y, quizá, solo quizá, podría llegar primera al mundial.

Pero lo dudaba.

Las últimas etapas, Basilea, Leipzig, Ámsterdam y Burdeos, le habían ido drenando la energía gota a gota. Seguía sin entender cuál era el problema, qué era lo que estaba sucediéndole y cómo ponerle remedio.

Había perdido el apetito y por las mañanas se levantaba mareada; las náuseas todavía la atacaban de vez en cuando. Había decidido empezar a tomar vitaminas, más de las que ya llevaba ingiriendo los últimos diez años, para ver si podía compensar la falta de alimentos.

Se centró en el recorrido que estaba a punto de realizar.

Sodashi pateó nerviosa la arena y Effy trató de calmarla infundiéndole unos ánimos que no sentía en su interior. Aun así, el rostro se le relajó en una mueca seria, fría.

Y entonces estaban galopando.

Cogieron el primer obstáculo y el segundo.

Las luces de los focos la cegaron momentáneamente y el ambiente cargado con olor a caballo, flores y heno fresco le inundó las fosas nasales.

No perdió el contacto en ningún momento con la yegua.

Sus pies estaban colocados en la posición perfecta, fruto de la memoria muscular innata en ella. Sus manos ligeras, sin tensión.

El tercer salto llegó tras las zancadas correctas, su trayectoria describió una parábola perfecta en el aire. El impacto contra el suelo le rebotó en la cabeza.

Apretó los dientes. Se sentía mareada, sin fuerza.

Venga, joder. Tú puedes.

Solo quedaban diez más y la Western European League acabaría para ella.

No sabía qué tiempo estaban haciendo, pero tenía la sensación de que iban lentas, de que Sodashi podía cabalgar más rápido, con más potencia.

Así que la instó con los talones, con las piernas abrazando los dorsales de la yegua, a que galopara con más ahínco.

El siguiente salto, una combinación doble, llegaba después de una curva bastante cerrada, y Sodashi no tuvo tiempo para prepararse bien.

Tocaron barra en el primer salto.

Cinco zancadas y pasaron el segundo.

Barra al suelo.

Joder, mierda.

Sintió un fuego en su interior, corrosivo y pegajoso. Ya estaba, ya no llegaría primera al mundial. Allí acababa todo.

Si no podía mantenerse como la mejor amazona en las europeas, ¿cómo conseguiría ganar su quinto mundial? ¿Qué le estaba pasando? ¿Desde cuándo era tan débil?

El enfado consigo misma no hizo más que aumentar, la decepción era ácida en la punta de su lengua.

Pasaron el quinto y sexto obstáculo como pudieron.

Effy empezaba a sentir que le faltaba el aliento, que algo fallaba en ella. Sodashi resopló, como si pudiera percibir que algo no andaba bien con su jinete, que no estaba guiándola por la pista de la manera que se merecía una yegua de su nivel.

Saltó y saltó.

Al octavo salto sintió que perdía la visión.

Confió en su instinto y, lejos de reducir la velocidad y aceptar su destino, volvió a instar a su yegua a que galopara con más velocidad.

Más. Más. Más.

Si hubiera sido la Effy de hacía un año, se habría dado cuenta de que su imprudencia las estaba poniendo en peligro a las dos. Pero ya no era la Effy metódica y racional de la temporada pasada. En ese momento era una persona que ya no reconocía frente al espejo.

Y eso fue lo que las llevó al desastre.

Supo que estaban cayendo cuando sintió el impacto en el obstáculo número nueve.

En un instante estaban a punto de saltar y, al siguiente, Effy se precipitaba hacia delante impulsada por la fuerza de su yegua.

Ambas aterrizaron en la arena.

Cayó sobre su hombro derecho y la cabeza rebotó dentro del casco de más de cuatro mil libras que llevaba puesto. Perdió la habilidad de respirar debido al fuerte golpe que acababa de llevarse. Sentía a Sodashi a su lado, en el suelo.

Alargó una mano para llegar hasta su compañera, pero no lo logró.

Creyó oír algún grito, alguna orden de ayuda.

Quizá se imaginó un relincho por parte del animal.

Abrió la boca para hablar, para decir algo, pero le sabía a metal y arenosa.

—¡Effy!

Alguien la llamaba.

Ella solo pudo quedarse allí, tendida bocarriba al lado del salto número nueve, con las lágrimas saladas y calientes deslizándosele por las mejillas.

Qué vergüenza, pensó con una desesperación que no había sentido jamás.

Unas manos la agarraron del rostro, moviéndole la cabeza con un cuidado infinito para enfocarla en la dirección de una cara que conocía demasiado bien.

Rainer.

Lo veía borroso, no sabía si por culpa de las lágrimas o debido al impacto. Esperaba que fuera lo primero: no quería pensar en las consecuencias que tendría haber recibido un mal golpe. Una mala caída.

¿Podría ser aquello el fin para ella?

—Effy, respóndeme. —Esa manera que tenía de hablarle, demandante y con autoridad, la devolvió al presente. Pero había algo más: desesperación y pánico—. Por favor, Effy, dime algo.

Ella abrió la boca para contestar.

—Sodashi —graznó—. ¿Dónde está mi yegua?

Rainer le acariciaba el rostro, el cuello, los brazos. En busca de algo, supuso ella. Quizá de comprobar su sensibilidad, de asegurarse de que ella estaba bien.

—Ha salido galopando por la pista, uno de los mozos la ha cogido. Está bien, Effy, respira.

No se había dado cuenta de que estaba conteniendo el aliento hasta que su entrenador se lo señaló. Rompió a llorar.

Su yegua estaba bien. No la había dañado por su irresponsabilidad.

Un dolor punzante le atacó el hombro y contuvo un grito ahogado.

—¿Qué pasa?

—El hombro, Rainer. Me duele… muchísimo.

—Shhh. —Con sus enormes manos interceptó las suyas para agarrárselas, para aferrarse a ellas—. Va a ir todo bien.

Llegaron los paramédicos y asistentes de pista hasta ellos.

Effy solo oía voces hablando idiomas extraños. Gente con voz alarmada preguntándole cosas que no conseguía responder.

Sintió cómo perdía el conocimiento, trató de no dejarse llevar por la oscuridad, presa del pánico de no saber qué se encontraría cuando volviera en sí.

De repetir la historia.

De dejar su cometido a medias.

¿Y, entonces, qué? ¿Cómo solucionaría las cosas?

Antes de cerrar los ojos solo pudo pensar en una persona, un rostro que la perseguía en sus sueños y pesadillas. Una cara que podría trazar hasta con los ojos cerrados pasaran los años que pasasen. Pensó en su sonrisa cálida, sus ojos grandes y castaños y su pelo rubio dorado. Largo y sedoso.

Pensó en ella.

Anthea.