Dar el salto Oslo, Noruega #5
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Oslo, Noruega #5

No apartó la mirada, no reculó o la pasó por alto, se dejó llevar por ella aun cuando la intensidad que estaban creando a fuego lento pudiera ser peligrosa, aun incluso cuando su desbocado corazón latía tan fuerte que pensó que él lo escucharía.

Llevaba sabiendo un tiempo que lo que pasaba entre ella y su entrenador estaba creciendo en su interior, pero fue esa mirada la que le confirmó lo que durante semanas no se había atrevido a admitir.

Que Rainer Keller le gustaba.

Y le gustaba de verdad. Podría ser que le gustara más de lo que nunca le había gustado alguien, y aquella idea la hizo sentir mareada durante un par de segundos.

No sabía qué hacer con esa nueva revelación, así que, como todas las emociones que no sabía gestionar, esa también la guardó en el baúl del fondo de su mente, pero, al contrario que las demás que trataba de olvidar, esa la dejó allí, brillando, incandescente y tibia.

Cuando llegaron al hotel, después de pasarse horas y horas paseando por la ciudad, después de haber cenado juntos en una taberna un pastel de carne bañado en una salsa fuerte y especiada y bebido un par de copas de ese vino caliente, Rainer la había acompañado a su habitación.

—Buenas noches, Elizabeth.

Y fueron las dos copas de vino, o a lo mejor la sensación embriagadora que había estado sintiendo durante toda la tarde, o el hecho de que Effy Vaux nunca había sido una cobarde —aunque lo más seguro era que simplemente estuviese harta de que la llamara así— lo que la impulsó a abrir la boca y

decirle, mirándolo a los ojos:

—¿Por qué nunca me llamas Effy?

Rainer se apoyó en el marco de su puerta, un gesto que solo aumentó su atractivo letal.

—Solo tus amigos te llaman así —contestó con sinceridad.

—Es el nombre por el que me llaman. Cuando salgo a pista nunca dicen Elizabeth.

Él se lamió el labio inferior.

—Pero fuera de ella nadie te llama Effy. Solo Davi.

—Sí.

—¿Entonces?

—No me gusta que me llamen Elizabeth —le confesó.

—¿Por qué?

—Prefiero Effy.

En ese momento ella observaba la ciudad en calma a segundos de la medianoche. Se había escabullido del pub donde Annika, Rainer y Davi celebraban con la gente de Malinas y algunos turistas más la entrada del nuevo año.

Había algo en los segundos previos a la medianoche de Fin de Año, algo que le recordaba a los instantes que precedían el último salto de una competición.

Cierta adrenalina.

Cierta emoción.

Alivio.

Como si todo acabara por fin para dar espacio a algo nuevo, algo incierto con promesas de libertad.

Oyó los chillidos y las botellas de champán.

Luego vio los fuegos artificiales, azules, rosas y rojos, iluminando el cielo plagado de nubes grises y esponjosas.

La nieve cayendo suave, tan ligera como un beso rozado en la mejilla; pura y casta.

Abrió el teléfono y leyó el mensaje de su padre:

Papá: Feliz Año Nuevo, Eff. Mañana te llamo y nos ponemos al día. Te quiero, mi pequeña.

Le contestó rápidamente. Se encontraría con él en las etapas de Ámsterdam y Burdeos, ya que antes él había estado muy ocupado como para poder escabullirse del trabajo.

Hablaban con regularidad y, a pesar de que Joseph Vaux nunca había sido un padre especialmente presente en la vida de Effy, sí había sido una constante en ella: llamadas regulares, mensajes y viajes juntos cuando el trabajo se lo permitía.

Desde el momento en el que tomó la decisión de empezar a competir y dedicarse al mundo del salto profesional, Joseph la había animado a ello, resaltando su ambición y talento.

De sus dos padres, era a él al que acudía para hablar de los temas relacionados con su trabajo: el sacrificio que conllevaba el éxito, los planes aplazados o la vida social compleja.

Era su punto de unión, algo en lo que ambos parecían entenderse y por lo que se respetaban.

Quería mucho a su padre, aunque a veces, durante las noches de insomnio, se encontraba echando de menos una relación que nunca habían tenido. Que nunca tendrían.

Effy abrió el chat de su madre, si bien sabía que no encontraría un mensaje nuevo de ella. Seguramente estaría celebrando Año Nuevo con su marido en algún país lejano.

Effy: Feliz Año Nuevo, mamá. Espero que lo estés pasando bien. Mañana viajo desde Bélgica hasta Suiza para la siguiente etapa. Todo bien por aquí.

Lo envió. Y solo porque la nostalgia de Año Nuevo pareció poseerla añadió:

Effy: Te echo de menos.

Oyó las pisadas de Rainer antes de verlo.

Este se posicionó a su lado, a un palmo de su cuerpo.

Elizabeth se giró para poder mirarlo bien; la luz de la farola más cercana lo bañaba desde detrás, arrojando un halo de luz dorada que lo envolvía y realzaba el rubio de su pelo, proporcionándole un claroscuro a su rostro que lo hacía parecer todavía más atractivo.

Tenía las mejillas y la punta de la nariz sonrojadas por el frío y no supo por qué aquello la enterneció.

A veces se olvidaba de que su entrenador y excampeón era una persona real. Como ella.

—Feliz Año Nuevo, Rainer.

Se quedó observándola con esos ojos que la ponían nerviosa.

Y allí, frente a un río belga, con la nieve cayendo sobre ellos y derritiéndose en sus pieles calientes, con la noche cerrada sobre ellos y meses de sacrificio a sus espaldas, Rainer Keller la miró como si quisiese devorarla.

Como si, solo por ese instante, la deseara.

A Effy le dio un vuelco el corazón.

Tragó saliva y aguantó la mirada de su entrenador porque, como todo el mundo sabía, ella nunca había sido una cobarde.

Y, aunque la sangre se le transformara en lava, aunque ardiese en deseos por un hombre que no sabía si alguna vez podría tener, aunque la sacara de quicio la mayoría de las veces y fuese la única persona que se interponía entre ella y su récord,

Effy no deseaba apartar los ojos de los suyos y perderse las emociones que, por fin, veía en ellos.

Rainer se inclinó hacia ella.

Effy cerró los ojos.

Y sintió el roce de sus labios sobre la mejilla.

Fue leve y sutil, como los copos de nieve que los envolvían.

Fue grande e inolvidable, como la sensación de una tormenta de verano.

Fue aterrador. Como la certeza de que estás a punto de perder algo y no puedes hacer nada para remediarlo.

—Feliz Año Nuevo —le susurró él contra el cabello suelto—, Effy.

Western European League (2010-2011)