Dar el salto Oslo, Noruega #4
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Oslo, Noruega #4

Desde entonces, y sin saber cómo, se programaban los entrenamientos para coincidir, lo que dio paso a las cenas y los desayunos. Y luego otro día, sin venir a cuento, el portugués se presentó en su habitación del hotel con dos martinis en mano y le dijo:

—Déjame pasar, quiero cotillear.

Y así fue.

Tenían esa extraña costumbre de hablar, contarse las cosas más triviales y… disfrutar de su compañía.

A la salida del corralito de prensa Rainer se acercó a ella y la agarró del codo. Un contacto suave pero firme. Presente y reconfortante.

Habían pasado a tener muchos de esos; una mano en el codo, en el hombro. Una palmada en la espalda, un roce de cadera. Una ayuda con las manos.

No le importaba, nada de ello lo hacía.

Le gustaba, cada vez más si se permitía ser sincera consigo misma.

—Sácame de aquí —le pidió a su entrenador.

—Siempre.

Western European League (2010-2011)

Londres, Inglaterra

Anthea

Estoy a punto de salir a pista.

Por fin estoy aquí, en Londres. Mi hogar.

No puedo creerme que haya llegado el momento de nuevo.

Hickstead patea la arena húmeda y compacta.

Somos los primeros en salir hoy, y la pista está recién hecha, fresca, lista para que mi caballo y yo seamos los primeros en estrenarla.

El complejo deportivo de ExCel London parece contener la respiración.

Al pronunciar mi nombre y el de mi caballo, el público ha arrancado en aplausos calurosos.

Desvío la mirada a las plateas llenas de gente que está allí para vernos competir.

Las etapas anteriores han estado muy reñidas.

Voy cuarta en la parrilla general y algo me dice que hoy quedaré primera. Sería la segunda vez que lo consigo, puesto que mis primeros veinte puntos los conseguí en A Coruña, la etapa anterior.

Jinetes profesionales a los que llevo admirando toda la vida se acercaron para darme la enhorabuena y decirme que nunca habían visto a alguien tan joven y sin experiencia en este rango de competición salir a la pista tan relajada y centrada.

La verdad es que estar aquí, con miles de ojos observándome, la presión y las expectativas por las nubes, me relaja.

Hay algo en la certeza de saber que estoy cumpliendo mi sueño que hace que todas mis preocupaciones se disipen.

Como si mi voz interior supiera que estoy hecha para esto, que el resto de mis problemas desaparecen cuando compito.

Cuando cabalgo por la pista.

Cuando salto y parece que vuele.

Cuando tengo a todo el mundo ecuestre pendiente de lo que hago.

No sabría definir esta sensación por mucho que me lo pidieran; solo puedo decir que lo siento como conseguir aquello por lo que llevas luchando toda la vida. Una recompensa que nadie, nunca, será capaz de igualar.

Palmeo el cuello poderoso de Hickstead y el pelaje marrón oscuro le brilla lustroso bajo los cientos de focos dorados que iluminan el recorrido en pista.

Londres tiene fama de complicado: el recorrido de hoy se abre con un vertical que permite siempre ajustar el rendimiento tanto al caballo como al jinete, pasando ya al primer oxer de una anchura de 1,60 metros, al que sigue otro vertical tras una curva cerrada.

Una combinación 4a-4b separada por tan solo cinco trancos, donde deberé apretar bien a Hickstead y tener una buena medición del espacio, luego el segundo oxer, un vertical de nuevo y una triple combinación.

A continuación hay un salto estilo muro, otro vertical, al que le sucede otro oxer con una distancia de solo cinco trancos hasta el siguiente obstáculo, vertical de nuevo.

Acaba con otra doble combinación y un foso.

Me lo he aprendido de memoria.

Creo que lo tenemos fácil.

Vuelvo a desviar la mirada a las plateas y, ahora sí, busco a mi familia entre la multitud.

Mi madre, ataviada con un vestido de gala y sus perlas, me sonríe suavemente.

Sé que está orgullosa de mí y que el hecho de tener una hija que es amazona profesional le da muchos temas de conversación en los tés rimbombantes de los domingos en compañía de sus amigas.

Mi padre está sentado junto a ella y, a pesar de que están divorciados, me alegra saber que siempre se han llevado bien.

Henk Jensen está al otro lado de mi padre. Habrá subido a verme competir desde arriba o quizá a saludar a mi familia. Deslizo la mirada hasta toparme con mi persona favorita del mundo entero. Le guiño un ojo y sonrío.

Justo antes de que me devuelva el gesto, empieza mi tiempo.

Ahora debo mantener la cabeza centrada en mi objetivo.

Ya tendré tiempo de saludar a mi familia después.

Pero, hasta entonces, me dejo llevar y fluir haciendo lo que más me gusta hacer: competir.

Western European League (2025-2026)

Malinas, Bélgica

Effy

Pasaron Año Nuevo en Bélgica.

Tras la novena etapa de la Western European League, Rainer y su hermana, Annika, que había aparecido por sorpresa en la ciudad belga para verlos, habían propuesto quedarse en el país hasta que el nuevo año comenzara y tuviesen que regresar a Alemania, sede de la décima etapa.

A Effy le había parecido bien.

Total, no tenía a nadie con quien pasar la última noche del año de todas formas.

Davi había decidido acompañarlos también, uniéndose al plan de los Keller y ella misma.

—Me niego a pasar este día solo y deprimido en la RK, prefiero pasarlo con una amiga.

Effy había puesto los ojos en blanco, pero secretamente se había alegrado de que se quedara con ellos.

Había conseguido por tercera vez quedar primera y ganar veinte puntos en Bélgica, y se sentía más animada de lo normal. Además, el comienzo del nuevo año solo significaba una cosa: que en unos meses todo aquello acabaría por fin, y Effy Vaux sería libre.

El viento helado de Malinas le revolvió el pelo negro, que llevaba completamente suelto aquel día. Se llevó las manos a las puntas y deslizó las yemas por la suavidad de su melena. Le llegaba ya casi por la mitad del pecho y no recordaba la última vez que lo había tenido tan largo.

Contempló la ciudad a medianoche. Los edificios de construcciones clásicas belgas, con sus fachadas coloridas, ventanas alargadas y tejados en punta, todos bañados de blanco gracias a la nevada que continuaba visitando la región desde hacía un par de días.

Las aguas del río Dyle, grisáceas y heladas, corrían con presteza por el cauce que cruzaba la ciudad.

El pub donde habían decidido pasar Año Nuevo quedaba justo enfrente, en una de las esquinas de la calle que lo bordeaba por el lado derecho.

Effy debía admitir que la ciudad belga le había encantado.

Quizá fueran sus calles adoquinadas, o los puestecitos navideños de pasteles de manzana recién hechos cuyo aroma impregnaba las calles de la pequeña ciudad,

o quizá el vino especiado y caliente que servían en los establecimientos para que la gente se calentara el estómago y las manos mientras recorría sus callejuelas, pero algo en Bélgica, en aquella región, le había transmitido paz.

Podía ser que simplemente estuviera proyectando la felicidad que sintió al volver a quedar primera de parrilla. O al hecho de que Rainer la había llevado dos tardes atrás a beber chocolate caliente sin razón aparente.

Elizabeth había estado descansando en su habitación del hotel, viendo su serie favorita en el mundo, Las chicas Gilmore, cuando tres toques serenos y firmes la habían sacado de su trance.

Había abierto la puerta en su pijama azul de rayas y se había topado con Rainer, vestido con ropa abrigada, recién afeitado y con esos ojos azul hielo perforándola con una chispa de divertimento.

—Vístete.

—Hola a ti también.

—Hola —se corrigió sin perder un latido—. Y ahora, vístete.

—¿Por qué?

—Porque lo digo yo, Vaux.

Ella se había cruzado de brazos en el umbral de su habitación del hotel.

—No.

Rainer inclinó la cabeza hacia un lado, como pensando en qué iba a hacer con ella. Effy tuvo que morderse la lengua antes de pensar una imprudencia que lo situaba a él sobre su cama y a ella encima. Estuvo a punto de sonrojarse.

A punto.

—Eres imposible —refunfuñó por lo bajo—. Voy a sacarte a dar una vuelta. ¿Te parece bien?

Se sintió automáticamente de mejor humor y, para demostrárselo, le dedicó una sonrisilla burlona. Él se pasó una mano por el cabello rubio, revuelto. Justo como a ella le gustaba.

—Sí. ¿Qué vamos a hacer?

—Elizabeth, si te lo digo, pierde la gracia. —Antes de que pudiera rebatirlo alzó una mano y le tapó la boca con ella—. Tu oportunidad de salir a hacer algo conmigo se acaba en cinco minutos. Te espero en el vestíbulo.

Rainer le deslizó la palma contra los labios y apartó la mano, y Effy pensó que se le podría haber escapado un gemido de placer de haber sido una persona sin autocontrol.

—Está bien.

Y así habían acabado, callejeando por Malinas, con un chocolate caliente entre las manos y hablando sobre cosas de lo más triviales, como sus opiniones del último disco de Linkin Park.

Luego profundizaron más en sus gustos musicales y cada uno compartió sus ideas sobre cuál era la mejor canción de rock: para Rainer, Sweet Child of Mine, para Effy, Dream On,

y eso terminó desencadenando que Effy descubriera que el sueño frustrado de su entrenador era el de haber sido baterista en un grupo de rock en el instituto.

Ella se burló de su fantasía, aunque terminó coincidiendo en que daría el pego como músico misterioso y con problemas familiares.

—No te pases.

—No me has dejado llegar a la parte en la que digo que eres sexy.

Rainer le tiró de una de las trenzas que se había hecho rápidamente.

Luego él la presionó hasta que Effy terminó soltándole que de pequeña había tenido un embobamiento fugaz por Robert Pattinson y que toda su habitación estuvo empapelada con su cara durante gran parte de su preadolescencia.

—Crepúsculo es una obra de arte —afirmó sin ningún tipo de pudor.

—Eres una caja de sorpresas, Elizabeth Vaux.

Sus miradas entrechocaron en una colisión que sintió directamente en el pecho.

Rainer la miraba como si fuera un tesoro recién descubierto, una maravilla inesperada.

Nunca la habían observado de aquella forma: deseada por lo que era y no por lo que representaba, su valor como amazona.