Oslo, Noruega #3
A. Blaine: (Asiente con vehemencia, como si no pudiera concebir que su inesperado éxito se debiera solo a ella).
Por supuesto, sin él nada de esto sería posible.
Pero también me refiero a mi entrenador, la persona que ha confiado en mí desde el minuto uno.
Sin él este camino jamás habría sido posible.
La verdad es que le debo todo lo que tengo, él es el que ha sabido sacar lo mejor de mí y de mi caballo. Somos un equipo.
J. Töjnes: Ah, sí… El famosísimo Henk Jensen.
¡Uno de los mejores! Aquí en St. Georg lo estimamos muchísimo, siempre ha sabido ver el potencial en jóvenes jinetes que, como tú, luego han demostrado su potencial en la competición.
¡Un saludo a Henk Jensen! Y otro a Hickstead, por supuesto.
De hecho, es un caballo alemán, ¿verdad?
A. Blaine: Henk, si estás escuchando esto desde detrás de la sala, te debo una cerveza alemana, sé que te encantan.
Y sobre Hickstead, sí. Lo compramos hace unos años en un criadero muy importante alemán.
La verdad es que ha sido lo mejor que he hecho en mi vida.
Me encantan los caballos hannoverianos, y lo que sentí al ver a Hickstead fue amor a primera vista (mira al cielo, seguramente recordando lo que sintió)…
y ha demostrado que mi instinto no fallaba. Creo que hacemos un muy buen binomio.
J. Töjnes: Desde luego. Y ya, Anthea, como última pregunta: ¿qué es lo que esperas de tu segunda copa europea? ¿Cuáles son tus objetivos a largo plazo?
A. Blaine: Ah, bueno… (Se muerde el labio, nerviosa y dubitativa. Se retuerce las manos, aunque no aparta la mirada en ningún momento). Tengo uno en mente, pero no quiero sonar demasiado ambiciosa.
J. Töjnes: ¡No te preocupes! Nos encantan las amazonas ambiciosas. Aunque también aquellas que, como tú, demuestran humildad… Venga, no seas tímida, cuéntales a los lectores de St. Georg qué pueden esperar de ti.
A. Blaine: (Sonrojada pero convencida). Ahora mismo mi objetivo sería… clasificarme entre los tres mejores de la europea y… Bueno, ay, qué vergüenza… (Risa nerviosa). Lo que de verdad me gustaría es convertirme en la jinete más joven en ganar la copa del mundial de la FEI. Sí, eso es lo que quiero.
Western European League (2025-2026)
Madrid, España
Effy
Entrevista en vivo con el canal deportivo EuroSport España tras la etapa de Madrid con Effy Vaux el 1 de diciembre.
Effy entró en el corralito de prensa, empujada por una de las realizadoras de EuroSports.
—¡Y aquí está la cuatro veces campeona del mundo, Elizabeth Vaux!
—Hola.
—¿Cómo estás, Effy? ¿Qué sensaciones tienes tras esta sexta etapa de la Western European League?
—Ha sido retadora, pero ha ido bien. Estoy tranquila.
Mentira, llevas meses sin estar tranquila.
—¡Sí! Siempre has conseguido resultados impecables en el circuito de Madrid, y este año no ha sido menos.
¡Tus primeros veinte puntos de la temporada!
—La emoción en la voz de la entrevistadora le puso la piel de gallina.
No la compartía, no se sentía exaltada, feliz, risueña—. ¿Qué planes tienes para celebrarlo?
—Ir a mi habitación del hotel y descansar. —Desaparecer de aquí cuanto antes—. Creo que me lo he ganado.
—Por supuesto. ¿Vas a tomarte un par de días de descanso? Aprovechando que la siguiente etapa se hace en A Coruña, quizá incluso te dé tiempo a hacer algo de turismo por nuestro país.
Effy luchó por no poner los ojos en blanco. ¿De verdad aquella periodista pensaba que tendría tiempo libre que malgastar en salir a comer y beber sangría? ¿Que podría relajarse y despejarse por ahí? ¿Esa era la imagen que daba?
Trató de mantener su expresión a raya, de no dejar traslucir su evidente disgusto ni su mirada altiva. Aunque le estaba costando mucho.
—No creo que tenga tiempo para eso. En cuanto llegue a A Coruña me pondré a entrenar; me gustaría aprovechar el tiempo extra que tengo. Quiero conseguir mis segundos veinte puntos en España.
—Seguro que lo consigues, creo que España es tu país de la suerte.
—No creo que nada de lo que hagamos aquí pueda ser considerado suerte —la contradijo antes de poder contenerse—. Pero sí, España me gusta mucho.
La periodista le dedicó una mirada alarmada. Su sonrisa había perdido la fuerza y el brillo con los que la había recibido, como si se hubiera dado cuenta de que no era una jinete especialmente accesible o carismática.
Bueno, es su problema, no el mío. Ha tenido suficiente tiempo para prepararse las entrevistas.
—Y cuéntanos, Effy, ¿qué tal esta primera temporada sin Henk Jensen? ¿Cómo estás viviendo este cambio?
Elizabeth parpadeó, incapaz de contener el nerviosismo que le generaba pensar en que, efectivamente, Henk ya no se encontraba a su lado como siempre lo había estado.
Hacía un par de días que había hablado con él por teléfono.
Habían estado hablando de la pequeña Rose, de cómo habían sido los primeros meses como padres y de la forma en la que él y Patrik se estaban adaptando a aquella nueva etapa de sus vidas.
Lo había escuchado feliz, y eso le había revuelto el estómago hasta tal punto que nada más colgar se precipitó al baño y vomitó todo el contenido de su interior.
No era la primera vez que le pasaba aquello en esos meses de competición.
No sabía en qué momento había sucedido, pero ese nerviosismo pequeño e insignificante que había comenzado a sentir al inicio de la temporada, ese malestar que no sabía definir, la culebrilla molesta que la envenenaba con dudas e ideas de libertad…
había ido creciendo en su interior hasta que, muchas veces, solo podía degustar la ansiedad amarga y pastosa en el fondo de la garganta.
Muchas mañanas vomitaba.
Había perdido el apetito.
Estaba furiosa todo el tiempo.
Quería que todo aquello acabara.
Y lo peor de todo había sido que, mientras su antiguo entrenador le hablaba de lo feliz que era y las ganas que tenía de verla, Effy solo podía pensar en su siguiente prueba, en que necesitaba ganar y en que Jensen la había abandonado.
Effy contuvo las lágrimas ardientes que amenazaron con asomársele a los ojos. Parpadeó con enfado y las disipó antes de que pudieran formarse.
—La verdad es que estoy muy tranquila. Jensen siempre fue un entrenador ejemplar, la persona que vio en mí el potencial necesario para apostar por mi futuro y que consiguió que llegara hasta donde estoy hoy.
Las cuatro copas del mundo las conseguimos juntos, y eso jamás lo voy a olvidar.
—Se detuvo a recolocarse uno de sus mechones ondulados detrás de la oreja—.
Pero eso ya forma parte del pasado y estoy centrada en el futuro.
La periodista asintió, quizá por educación, quizá porque la dureza en su voz no dejaba margen para nada más.
—Tu futuro, del que forma parte tu nuevo entrenador, Keller.
Effy buscó con la mirada a Rainer. No le costó esfuerzo, siempre sabía dónde estaba.
En los dos últimos meses, la conexión que los unía había crecido tanto que podía sentirlo antes incluso de que lo viera.
Había algo, un cambio en el ambiente, en el aire que la rodeaba, que le decía que el alemán estaba cerca.
Nunca la dejaba sola.
A pesar de que se estuviera comportando como una niñata y de que no estuviera poniendo las cosas fáciles para nadie, Rainer se mantenía a su lado como una roca inamovible en una montaña azotada por la tormenta.
Si Effy le gritaba, él lo resistía. Si Effy no hablaba, él lo resistía.
Si Effy se mataba a entrenar, día y noche, él lo resistía.
No quería pensar demasiado en lo que significaba aquello, tampoco en las tardes que pasaban en silencio el uno al lado del otro o cómo, sin saber en qué momento había empezado a suceder, terminaban por las noches bebiendo en silencio y observando el cielo.
En Lyon habían salido al porche y bebido vino tinto hasta que la somnolencia pudo con ambos.
En Verona habían paseado juntos hasta las tres de la mañana la noche antes del grand prix.
En Stuttgart Effy había salido asfixiada de su habitación del hotel, incapaz de rozar las sábanas sin que el pánico creciente la devorara, y Rainer la había encontrado en el bar del hotel, se había sentado a su lado y, cuando el silencio la había calmado por dentro, le había dicho:
—¿Damos un paseo?
Algo extraño estaba pasando entre ambos.
Una complicidad, un entendimiento al que Elizabeth Vaux no estaba acostumbrada.
A veces deseaba abrir la boca y escupir todo lo que se le pasaba por la cabeza, poder abrirse de una puta vez y explicar los motivos de todo; por qué estaba haciendo aquello, qué significaban para ella los cinco mundiales, cómo empezó todo. Qué era lo que le preocupaba.
Hablarle de Anthea Blaine.
Pero entonces la voz se le quebraba, la garganta se cerraba y su mente colapsaba. No podía hablar, no podía hacerlo ni con él ni con nadie.
Así que se callaba.
Rainer le devolvió la mirada. Estaba al otro lado de los equipos de prensa, esperando pacientemente a que ella acabara para llevársela al hotel a descansar. No sabía qué harían aquel día; Effy solo tenía ganas de meterse en la cama y desaparecer.
Lo más probable era que no consiguiera conciliar el sueño tan temprano.
—Exactamente, sí.
No quería hablar más, no quería seguir respondiendo preguntas sin sentido como si ella fuera alguna clase de estrella de Hollywood entrenada para aquellas situaciones. La realidad era que no, no lo era. Solo era una jinete, una deportista de élite con ambición por ganar y romper un récord.
Nada más.
—Bueno, Effy, desde EuroSport España te deseamos lo mejor en las etapas que están por venir. Estamos convencidos de que vas a seguir siendo la número uno.
Effy se despidió con un «muchas gracias» susurrado y se apresuró a salir del espacio de prensa. Se cruzó con la mirada de Davi, quien, con una sonrisa de oreja a oreja, hablaba a la cámara con un desparpajo que ella jamás obtendría.
—¡Effy! ¡Te llamo luego! —le gritó interrumpiendo su entrevista.
Algunas cabezas se giraron para mirarla.
Su única respuesta fue ponerle los ojos en blanco a su, al parecer, nuevo mejor amigo y largarse de allí.
Davi estaba siendo su otro gran apoyo aquel año.
Un día, en Oslo, habían decidido salir a charlar juntos.