Oslo, Noruega #2
—No, pero escucha. Decidí que después de tantos años como jockey profesional no podía permitirme bajar el nivel; yo sabía lo que valía, al igual que lo sabes tú.
El caso es que, hasta que llegó el derbi de Epsom, me prometí que iría todos los días a ver a Lexinton.
Me pasaba el día con él, no solo entrenando; lo sacaba a pasear como si fuera un perro, me sentaba con él en la cuadra y veía pasar las horas y le hablaba.
Le hablaba muchísimo. El día antes del derbi supe que ganaríamos la carrera.
Simplemente sentí, Anthea, que aquello era para mí, que había llegado mi momento. El resto, ya lo conoces.
—Las leyendas del mundo de carreras: Stuart Blaine y Lexinton, el pura sangre de acero.
—Eso es, pequeña.
—¿Crees que yo también podré ser una leyenda como tú?
—Creo que vas a conseguir todo lo que te propongas en este camino, Anthea.
—Quiero ganar, papá.
—Y ganarás.
—Quiero que la gente recuerde mi nombre.
—Y así lo harán.
—Quiero dejar mi huella.
—Ya lo estás haciendo, princesa. Ya lo estás haciendo.
Western European League (2025-2026)
Verona, Italia
Effy
Verona siempre le traía recuerdos extraños. Recuerdos dolorosos.
Recuerdos, al fin y al cabo.
Effy salió de la pista con el corazón desbocado.
Había hecho un buen recorrido, estaba segura de ello, pero algo en su interior le susurraba de una forma estridente y evidente que podría haberlo hecho mejor.
Odiaba sentirse así; como si no estuviera dando el máximo.
Nunca había tenido problemas con su autoestima, con su ambición o valía en la pista.
Era imparable, un cohete tras cuya estela el resto de los participantes peleaban por arrebatarle el segundo puesto.
Pero desde que había empezado la temporada se sentía…
más desconectada que nunca. Como si algo no estuviera bien, y sí, ella sabía que muchas cosas llevaban sin estarlo mucho tiempo, pero jamás habían tenido que ver con su trabajo.
Con ser jinete. Con ganar por encima de todo y de todos.
Aunque no fuera su sueño.
Era algo que se le daba bien, algo por lo que había luchado y por lo que, aunque fuera arrastrándose, seguiría peleando hasta conquistar su objetivo.
Palmeó el cuello de Hello Sanctos. Habían decidido usar a Sanctos para la prueba de aquel día en el último momento.
El fisioterapeuta les había aconsejado a Effy y su equipo que era mejor dejar descansar a Sodashi para evitar que se le cargara el glúteo medio y profundo, así que Sanctos había salido en su lugar.
Lo que no estaba mal, para nada, pero no era la idea que Rainer había tenido: recuperar tiempo para, por fin, quedar por encima de Eloïse, que seguía primera en parrilla.
Cuando llegó a la zona donde los jinetes desmontan, lo primero que hizo fue buscar la mirada de su entrenador.
El ruido, el ajetreo de detrás de bastidores, los relinchos y el nerviosismo general pasaron a un segundo plano en cuanto se topó con esos ojos azules que, sin darse cuenta, buscaba cada vez con más y más frecuencia desde que había empezado la Western European League.
Rainer se acercó a ella y a Hello Sanctos y sujetó las riendas.
Effy se desprendió del casco, liberándose el moño trenzado, y bajó del animal con un movimiento fluido ya impreso en su memoria.
Los mozos de cuadra auxiliares del campeonato se llevaron al caballo para la revisión veterinaria y Rainer le puso la mano en la espalda, un contacto firme que nunca había necesitado hasta aquel año.
—¿Y bien?
—Lo habéis hecho bien.
Cada etapa de la WEL estaba dividida por las mismas rutinas: la llegada y calentamiento, que solían empezar un martes y acabar un jueves; los viernes se hacían los medium o small tours, pruebas de saltos de 1,
45 metros que servían para que los caballos tomaran contacto con la pista interior definitiva, para probar el tiempo y desempates.
Los sábados tenía lugar la prueba de 1,50 metros, en la que se competía, de nuevo, para terminar de ajustar la velocidad del recorrido.
Esta ya puntuaba para la clasificación de la FEI, pero no de la Western European League.
Y ya, el domingo, el grand prix: la prueba de 1,60 metros en los saltos donde los principales jinetes competían para ganar puntuación en la WEL.
El domingo se dividía en la round 1 y el jump-off; en la primera ronda competían los casi cincuenta jinetes de la parrilla y en el jump-off solo volvían a salir aquellos que en la round 1 habían tenido un total de 0 puntos de penalización.
Después, dependiendo del ranking, se hacía la repartición de puntos según un complejo criterio en el que se tomaba en cuenta el número de faltas.
Entre los jinetes que empataban en faltas, el tiempo marcaba la diferencia.
Así, un cero más rápido siempre quedaba por delante de un cero más lento.
En el jump-off volvía a aplicarse la misma idea: ganaba el que lograba el recorrido limpio más veloz.
Por eso la puntuación no se basaba en la cantidad de faltas exclusivamente, sino en el puesto final en la clasificación de la prueba.
Un jinete con cero derribos pero lento podía terminar séptimo y llevarse menos puntos que otro que arriesgaba más en el desempate pero terminaba segundo.
Effy acababa de completar el jump-off de Verona, la cuarta etapa del campeonato europeo, y algo le decía que no había conseguido superar el tiempo que se habían propuesto.
—No me vengas con gilipolleces, ¿la hemos superado o no? —le espetó ella.
—Vaux —la reprendió.
Effy observó a su alrededor, la marea de gente del equipo de la WEL, los demás jinetes y trabajadores que iban y venían centrados en los binomios que todavía tenían que salir a pista. Ella parpadeó. Asintió.
—Solo dime sí o no.
Él suspiró.
—No.
—Bien.
—Elizabeth…
Ella comenzó a andar en dirección opuesta a la pista, hacia la zona reservada para las monturas donde Hello Sanctos estaría pasando su examen veterinario.
—¡Elizabeth!
—Está bien, Rainer.
—Háblame.
—No tengo nada de que hablar.
—Tú y yo sabemos que eso no es verdad.
Effy se volvió para encarar a su entrenador, furiosa. Estaba cansada y se sentía derrotada, como si ya hubiera perdido antes de empezar. ¿Cuándo había tardado tanto en un campeonato europeo en posicionarse en cabeza de la parrilla? Nunca, esa era la respuesta.
Siempre eres la primera.
La culebra siseó aquella verdad con suficiencia.
Cállate.
Pero ambas sabían que no lo haría.
—Rainer, no necesito un puto psicólogo. Necesito un entrenador que me diga que en la próxima etapa conseguiré posicionarme a la cabeza de una puta vez y que obtendré mis primeros veinte puntos.
Alguien que me mire a los ojos y me diga que soy la mejor y que si hace falta estaremos entrenando desde el alba hasta el atardecer con tal de conseguirlo.
—Tomó una respiración profunda, dejó que la frialdad que cada vez se le resistía más y más la bañara desde dentro—. ¿Puedes hacer eso?
Alzó el mentón en dirección a su entrenador. Amenazante.
Él pareció escanearle el rostro en busca de respuestas y durante unos instantes solo existieron ellos dos. Entrenador y jinete.
Excampeón y campeona.
Leyenda y leyenda.
Rainer tragó saliva.
—Mañana te quiero en el gimnasio a las seis y media. Entrenamos y luego cargamos y nos vamos. —Effy asintió—. En cuanto lleguemos a Alemania solo vas a estar en pista, no existe el tiempo libre, no existe nada más que los obstáculos, tú y yo.
—Entendido.
Sintió cómo todo volvía a la normalidad.
Un objetivo en mente, una disciplina que debía cumplir y un horario exigente al que adherirse.
Bien, llevaba años haciéndolo.
—Y ahora, prepárate. Te toca hablar con los medios antes de la vista final de la parrilla.
—Nos vemos luego, Rainer.
—Nos vemos luego, Elizabeth.
Western European League (2010-2011)
Stuttgart, Alemania
Anthea
Entrevista con el medio deportivo St. Georg tras la etapa de Stuttgart con Anthea Blaine el 17 de noviembre de 2010, en Stuttgart.
Jan Töjnes: Bienvenida, Anthea, a la revista St. Georg. Es la primera vez que apareces en ella, ¿verdad?
Anthea Blaine: Danke! (Dedica un asentimiento efusivo a Jan, y le extiende la mano para estrechársela con entusiasmo). Sí, así es, mi primera vez. La verdad, estoy muy ilusionada. El año pasado no recibí tanta atención, por eso estoy tan entusiasmada, todo parece un sueño.
J. Töjnes: Claro, porque cuéntanos un poco sobre ti. Eres originaria de Gales, ¿cierto? De hecho, tu padre es el famosísimo jockey Stuart Blaine. ¿Crees que tu pasión por los caballos procede de él? ¿Cómo empezaste en este mundo?
A. Blaine: Sí, bueno, realmente soy medio galesa, medio inglesa, ya que mi madre es londinense.
Pero nací en Gales y durante gran parte de mi vida crecí allí.
Y, claro, podría decirse que evidentemente mi primer acercamiento al mundo ecuestre fue gracias a mi padre, que me llevaba todos los fines de semana a ver caballos, a las carreras e incluso a verlo competir en sus últimos años.
(Suspira, emocionada). Son recuerdos que guardo con mucho cariño en mi corazón.
Así que mis padres decidieron apuntarme a clases profesionales de equitación a muy temprana edad.
Me compraron mi primer poni y me puse a saltar…
No sé, fue algo innato en mí, ¿sabes? A partir de ahí empecé en el mundo de la competición hasta que a los dieciocho tuve la oportunidad de entrar en la liga europea.
J. Töjnes: ¡Guau! Y eso que comentas pasó el año pasado porque, claro, esta es tu segunda vez compitiendo en la WEL.
El año de tu debut ya nos dejaste a todos con la boca abierta…
Una jinete tan joven dominando de esa manera la pista etapa tras etapa…
Quedaste séptima en la clasificación general de la Western European League y tercera en el mundial…
¡Qué locura! A partir de ahí todo el mundo conoce el nombre de Anthea Blaine, la Niña de Oro. ¿Cómo es eso?
A. Blaine: Ay, Jan. Una locura. La verdad es que el año pasado no esperaba nada; con saber que había entrado en la clasificación para la WEL yo ya era feliz. Nunca esperé conseguir las puntuaciones que tuvimos… ni, por asomo, los puestos en los que quedamos. Sigo asimilándolo, si te digo la verdad.
J. Töjnes: Cuando hablas en plural, ¿te refieres a ti y a tu caballo, Hickstead?