18 Effy
—¿Habéis visto a Rainer? —le preguntó Elizabeth al par de mozos que encontró en uno de los pasillos del establo principal, dos días antes de que empezara la WEL.
Ambos se miraron entre sí, no muy acostumbrados a que ella les dirigiera la palabra. Fue el mayor, Alexander, el que le contestó.
—¿Ha probado a buscar en su despacho?
Effy arrugó la nariz.
—No sabía que Rainer tuviera un despacho.
—Está en el tercer pasillo, justo después de las duchas. Parece un guadarnés, pero en la puerta hay una placa con su nombre —le explicó—. Nos ha dado instrucciones de las tareas de la tarde y nos ha dicho que, si lo necesitábamos, estaría terminando un papeleo allí.
Ella asintió y les dio las gracias por la información.
En dos días partirían a Oslo, y Effy no sabía cómo se sentía al respecto.
Llevaba ya unos días inquieta, más alterada de lo que consideraba normal en ella.
Jamás había sido nerviosa, no cuando se trataba de competir, por lo que no terminaba de entender qué era lo que estaba sucediéndole.
Había algo que la mantenía despierta por las noches, algo más aparte de su familiar insomnio.
Un flujo de pensamientos que la asaltaban cada vez que caía la noche y la llevaban a pensar en su entrenador.
En Rainer Keller. Su relación había adquirido un matiz nuevo de colores, y eso la descolocaba.
Una comodidad que había empezado mucho antes de que ella se diera cuenta, con los silencios compartidos y las miradas que se lanzaban el uno al otro en cualquier situación.
Algo estaba comenzando a cambiar entre ambos, y Effy a menudo se sentía al borde de un acantilado.
Aun así, quiso achacar sus nuevos nervios al cansancio mental que llevaba experimentando últimamente.
Por lo que, de momento, no se permitió pensar demasiado en lo que significaba; suponía que, en cuanto llegara el momento de salir a la pista y competir, todo aquello se le olvidaría como le pasaba con el resto de cosas y sería capaz, de una vez por todas, de volver a la normalidad.
Solo necesitaba aguantar unos meses más y ya sería libre.
Podía hacerlo.
Anduvo por la nave central de establos, y cuando pasó al tercer pasillo, justo al lado de las duchas, encontró la puerta que le habían indicado los mozos.
«R. Keller», se leía en la placa dorada de la puerta.
Effy levantó la mano para llamar, pero, en cuanto sus nudillos acariciaron la madera, se entreabrió con un chirrido leve; Rainer se la había dejado entornada.
La empujó hasta que el interior del pequeño despacho quedó frente a ella, aunque Rainer no estaba dentro.
No sabía qué había esperado encontrar, pero desde luego no un altar a la vida pasada de su entrenador.
El pequeño cuartito estaba lleno de trofeos, medallas y copas. Las paredes, cubiertas de estanterías, mostraban los tesoros del éxito que Rainer había cosechado año tras año durante toda su vida. No pudo contenerse y se acercó para observarlos todos.
La primera balda con la que se topó fue la que quedaba a la izquierda de la puerta. Las inscripciones rezaban: «Rainer, campeonato juvenil de Berlín, 2012», «Rainer, circuito juvenil de Leipzig, 2012», «Rainer, copa de jóvenes jinetes de Alemania, 2013» hasta completar una balda entera.
Effy se imaginó al pequeño Rainer, con su semblante serio, pelo rubio y ojos azules, llegando a las competiciones y ganándolas todas, demostrando que, allá donde fuera él, siempre sería el mejor. Aquella habitación era prueba suficiente de aquello.
Conforme avanzaba, las fotos que acompañaban a las escarapelas, trofeos y medallas describían a la perfección cada momento del pasado.
Encontró una foto del entrenador con su hermana, ambos subidos al lomo de un caballo isabelo, y al fondo, una pista de obstáculos junior.
Más allá, pudo apreciar al Rainer adolescente, ataviado con su ropa de montar, levantando una copa plateada que iba a juego con la escarapela que su montura llevaba anudada a la crin.
A su lado, un niño sonriente miraba impresionado a su amigo.
Le costó un momento identificar de quién se trataba: era el amigo de Keller que había visto el día del Otto’s. Klaus, creía que se llamaba.
Effy repasó foto a foto, trofeo a trofeo, por el gran pasillo de la fama de su entrenador. A medio camino, antes de llegar a los más recientes, se encontró, sin saber cómo, sonriéndole a las paredes repletas de los recuerdos que el alemán aún atesoraba en su sala más privada.
Alcanzó las últimas baldas, las que evidenciaban sus victorias más recientes: los campeonatos europeos y los mundiales. Esas estaban repletas de Rainer con un caballo palomino, uno de los más bonitos que ella había visto jamás.
Bright Diamond. La montura de Rainer.
Effy sintió cómo se le contraía el pecho. Jamás había conocido al hermoso caballo de salto, pero algo en ella sangró al ver las fotos de su entrenador, sonriente a lomos del animal. Una sonrisa que ella no había visto jamás.
El Rainer de aquellas fotografías no era el mismo que ella conocía, y fue consciente de ello en ese mismo instante.
Nunca lo había visto con esa expresión de puro deleite, de felicidad plena y orgullo.
Nunca lo había visto con esa luz en la mirada, con ese brillo vivo y deslumbrante que sí mostraba antes de su caída.
Se sintió mareada, dolida por la pérdida de algo que no había experimentado, de una persona a la que no llegaría a conocer porque simplemente ya no existía.
Ay, Rainer, ¿qué te ha sucedido?
Pero lo sabía demasiado bien. Mirando aquellas fotos, viendo la expresión que lucía sobre su antigua montura…
, lo entendió todo y, por primera vez, dejó de ver a Rainer Keller como un cobarde que había tirado la toalla demasiado pronto y lo vio como realmente era: una persona fuerte que había seguido adelante incluso cuando lo peor le había sucedido. Se le puso la piel de gallina.
Siguió avanzando entre las estanterías hasta que, al llegar a la pared que quedaba a la derecha de la puerta de entrada, su mundo se detuvo.
Abrió mucho los ojos y se pegó al muro para ver bien lo que era aquello en caso de que su vista la estuviera traicionando.
No podía ser.
No se lo podía creer.
¿Qué coño hacía Rainer con eso allí?
Extendió una mano a la primera fotografía, pero entonces la puerta se abrió y él entró a su despacho.
—¿Qué cojones estás haciendo aquí, Vaux?
—Los mozos me han dicho que estabas aquí.
—Sí, pero eso no responde a mi pregunta —le contestó con un tinte de enfado en su voz—. ¿Quién te ha dado permiso para entrar?
Effy ignoró sus preguntas, que cabalgaban a medio camino entre el reproche y la orden.
—¿Qué coño haces con esto? —dijo señalando al mural compuesto por recortes, fotografías y extractos de revistas—. Explícamelo.
Rainer bufó.
—No tengo nada que explicarte.
Ella arrancó una de las fotos del mural y se la enseñó.
—¿Qué es esto?
—Dios, Elizabeth, ¿qué cojones te importa? —Él alargó la mano y le arrebató la foto que acababa de enseñarle—. ¿Sabes lo que es la privacidad?
—La puerta estaba abierta —le contestó sin perder un instante.
El corazón le latía con fuerza; no, le martilleaba contra el pecho como un pajarito inquieto al que están a punto de liberar de su jaula. Sentía cómo las puntas de los dedos le hormigueaban y tenía ganas de gritar.
—Me da igual, no tenías ningún derecho a estar aquí.
Lo sabía, lo sabía, pero le daba igual. En su mente solo había una pregunta, una revelación que la estaba atormentando y para la que necesitaba respuesta.
—¿Por qué tienes esto? —volvió a preguntar, esa vez alzando la voz para hacerse oír.
—¿Qué te importa, Elizabeth? —Señaló el mural—. ¿Es que nunca has tenido un ídolo? ¿Alguien a quien admirar?
Effy cerró la boca, se mordió la lengua y apretó y apretó y apretó.
¿Que si nunca había tenido a alguien a quien admirar? Quiso reírse en su cara, escupirle todo lo que estaba pensando y decirle que espabilase de una puta vez, que se diera cuenta por fin de lo que ella nunca había dicho en voz alta.
—No —mintió.
—Pues yo sí, y para mí esa inspiración fue Anthea Blaine.
Effy se olvidó de respirar.
—¿De qué la conoces? —le exigió.
—La vi competir por primera vez en su segunda WEL, en 2011.
Desde ese momento supe que yo quería hacer lo mismo, dedicarme a ser jinete profesional y llegar muy lejos, como ella, pero…
Eso no tiene nada que ver con el hecho de que te hayas metido aquí sin mi permiso.
—Se acercó a ella, pero Effy se escabulló rápidamente y se dirigió a la puerta—. ¿Qué te importa a ti Anthea Blaine?
No le contestó, casi no lo había escuchado.
—Me voy.
—¿Qué cojones? ¡Elizabeth!
Pero ella ya estaba huyendo, corriendo en sentido contrario.
El mural era todo cuanto podía ver: Anthea Blaine, la jinete más joven de la historia en llegar a la Western European League, por todas partes inmortalizada en el corcho que Rainer guardaba en su sala de los trofeos; las notas de prensa internacional que la alababan,
que la ensalzaban y la definían como «la nueva promesa del salto».
Su rostro bello, atemporal, sonriente en todas y cada una de las fotos. Los récords que rompió.
Fue la primera amazona de la historia que se hizo con tres mundiales seguidos.
La primera amazona de la historia que compitió en la WEL con dieciocho años.
La primera amazona de la historia que rompió el récord de velocidad.
La primera en tantas, tantísimas cosas.
Pero Effy sería la última, aunque tuviera que perderse a sí misma por el camino.
No supo cómo llegó hasta el bosque. Pero solo cuando respiró el aire puro y limpio de la Selva Negra sintió que sus pulmones se llenaban del todo.
«¿Qué te importa a ti Anthea Blaine?», le había preguntado Rainer con ese tono de extrañeza en su voz.
Quiso reírse, chillar y llorar al mismo tiempo.
«¿Qué te importa a ti Anthea Blaine?». Jamás lo entenderían. Nadie, ninguno de ellos.
«¿Qué te importa a ti Anthea Blaine?», volvió a preguntar en su cabeza la voz de su entrenador, esa vez de una manera más absoluta y demandante. Dura y tajante. Esperando una respuesta que ella no quería darle, una verdad que no estaba preparada para compartir.
Las preguntas comenzaron a sucederse dentro de ella, la ansiedad y el engaño y el enfado coexistiendo en su interior en una lucha en la que no habría ganadores. Pero una se impuso a todas las demás, se siguió repitiendo con la única finalidad de terminar de volverla loca.
¿Qué le importaba a ella Anthea Blaine?