17 Rainer #2
Habían pasado ya a la parte del cóctel. Los habían conducido a la sala contigua a aquella en la que se había celebrado el enorme banquete, y los camareros paseaban con bandejas de plata ofreciendo copas de champán burbujeantes y doradas a todos los asistentes.
Rainer iba ya por la tercera.
Se encontraban hablando con uno de los inversores más acaudalados de la FEI, y habría jurado que estaban comentando los cambios que se avecinaban con la nueva temporada, pero, de nuevo, no estaba prestando demasiada atención.
En lo que sí se estaba fijando era en cómo el hombre, un tal Peter Kingston, miraba a Elizabeth; sus ojos reflejaban un ansia que solo veía en los niños cuando contemplaban sus juguetes nuevos: con avaricia y posesión.
Como si ella fuera una golosina, un premio o un instrumento que solo servía para entretener y disfrutar.
No como lo que era: una mujer segura de sí misma, valiosa y con talento.
Una deportista de élite que había pateado el culo a todos los allí presentes y que en ese mismo instante ostentaba el título de mejor jinete de la última década.
Mejor que tú incluso, le siseó esa parte de su ego de campeón.
Apartó el pensamiento intrusivo y volvió a la conversación.
—¿Cómo te enfrentas a la nueva temporada, entonces? —le estaba preguntando en ese momento el señor Kingston.
—Tranquila —le respondió ella con esa frialdad que empleaba con todo el mundo.
El hombre se rio.
—Me encanta tu deportividad y confianza en ti misma. Es digna de admirar, sobre todo teniendo en cuenta que todavía eres casi una niña.
Elizabeth frunció el ceño.
—Tengo veintidós años. —Le dio un par de vueltas a su copa de vino blanco—. Dudo mucho que se me pueda considerar una niña.
—¡Bueno! Comparado con el resto de los presentes eres casi un bebé.
Lo dijo como una broma desenfadada, pero él sabía que su jinete no se lo tomaba de esa manera.
—Creo que la edad no tiene nada que ver en este asunto —intervino—. No es la primera amazona que debuta con su edad.
Ambos centraron la atención en él.
—Por supuesto. Si no que te lo digan a ti, Rainer. —Le dio una palmada en el brazo—. Aún recuerdo tus tiempos compitiendo. Una pena que lo dejaras por aquel feo asunto, pero bueno, así es el deporte: tan rápido llegas a la cima, tan rápido bajas de ella, ¿verdad?
Ella lo observaba de reojo, con sus labios rosados abiertos en una pequeña o de la que él estaba convencido de que no era consciente.
Le dedicó una sonrisa forzada.
—Cierto. —Aprovechó para darle un sorbo a su copa de champán—. Pero ahora estoy centrado en que Elizabeth vuelva a demostrar que es la mejor.
Peter Kingston dio una sonora palmada, encantado con su respuesta.
—¡Esa es la actitud! Cuando nos enteramos de que ibas a ser su entrenador después de que Jensen lo dejara, debo admitir que todos nos sorprendimos.
No sabíamos si esta alianza beneficiaría a Rocket Effy.
—Le guiñó un ojo a ella, quien no le devolvió el gesto cómplice—.
Pero yo soy de la opinión de que un jinete con tu experiencia aún podía enseñarle cosas muy valiosas.
Oh, no, no me mires así, no soy de esos carcas que piensan que una mujer no monta igual que un hombre.
Lo decía más bien en el sentido práctico.
Aprovecharte de lo que pueda contarte aquí nuestro amigo Rainer.
—Por supuesto —respondió ella tajante.
El ambiente se tensó y el señor Kingston parecía no saber cómo salir de él. Carraspeó y se acabó de un trago su bebida.
—¡Ah! Ahora me acuerdo, el otro día hablaba con Leonard Young, ¿te acuerdas de él?
—Elizabeth le dedicó un asentimiento seco—.
Claro que sí, como para no hacerlo con lo charlatán que es.
El caso es que estábamos tomándonos unas copas y coincidimos en que debíamos preguntarte.
—Ella enarcó una ceja sin entender muy bien por dónde iba aquella conversación—.
Es sobre el tema ese por el que te llamamos hace unos meses.
—Bajó la voz para decir—: El de tu hermana…
Esas últimas palabras.
Una bomba que cayó fría en el rostro de Vaux.
Fue como ver un guantazo a cámara lenta. Un golpe casi físico que recibió la inglesa y que le hizo perder la estabilidad sobre los tacones. Se tambaleó hacia atrás, y su piel, de por sí pálida, perdió todo su color.
Rainer no entendía qué estaba pasando. ¿Elizabeth tenía una hermana? ¿Y el señor Kingston la conocía? Nunca lo había comentado, aunque, si lo pensaba fríamente, jamás le había hablado de su familia en general.
La frase quedó colgada en el aire, una bandera que ondeaba demandante frente a sus rostros pero que nadie parecía ser capaz de izar.
—Creo que podemos discutirlo en otro momento —contestó la amazona con la voz tensa—. Si me disculpa, señor Kingston, voy a buscar otra copa.
Rainer no fue capaz de decirle que aún le quedaba vino en la suya.
Elizabeth desapareció de allí antes de que ninguno pudiera contestarle.
—Vaya, creo que la he incomodado.
No tuvo que añadir nada a aquello: ambos sabían que sí, lo había hecho.
—Gracias por su tiempo, señor Kingston.
La encontró en la barra de bebidas, con su vino blanco todavía inacabado encima de la barra. Parecía estar observando las botellas, decidiendo cuál iba a pedir a continuación, pero cuando Rainer estuvo más cerca, se dio cuenta de que Elizabeth no miraba a nada en particular. Tenía la mirada perdida.
—¿Estás bien?
La sobresaltó con su pregunta; lo supo porque los hombros se le elevaron de golpe y su cabeza se volvió para mirarlo con una interrogación plasmada en sus ojos azules.
—¿Qué? Sí, claro. —Pestañeó un par de veces, borrando el rastro de incomodidad en su expresión—. Todo bien.
—No sabía que tenías una hermana.
Elizabeth se llevó una mano a la oreja derecha.
—No sabía que tenía que contarte detalles de mi vida personal.
Él recibió su frialdad y desprecio sin inmutarse; había esperado esa contestación de su parte.
—Tienes razón.
Pensó en dejarla allí, a solas con lo que fuera que acababa de suceder, pero ella alargó la mano y le tomó la suya. Él estuvo a punto de retirarla, pero algo en la desesperación del gesto lo obligó a no hacerlo, a no apartarse de su tacto tan directo…, tan electrizante.
—¿Rainer? —le pidió ella entonces con otro tono de voz distinto, uno que no pudo reconocer al principio—. Sácame de aquí. Estoy cansada y quiero irme.
Él supo que no estaba cansada, que, una vez que llegara a su habitación, no podría dormir porque Elizabeth Vaux, al igual que él, padecía un grave insomnio que no le permitía descansar por las noches, pero se calló.
Asintió porque sabía lo que era sentirse demasiado abrumado como para estar en compañía de desconocidos que solo te drenaban la energía, así que, sin pensárselo dos veces, la agarró de la mano y empezó a guiar a Elizabeth hacia la salida.
—Venga. De todas formas, tú y yo nunca hemos encajado demasiado bien con toda esta gente.
Ella le dedicó una mirada cargada de agradecimiento, pero no dijo nada más, se dejó guiar por él, con sus manos aferradas incluso cuando salieron de la estancia del evento, incluso cuando cruzaron las puertas dobles de madera ocre y cristal opaco y entraron en el vestíbulo del hotel,
incluso cuando subieron en el ascensor hasta su planta.
A Rainer no le importó.
Le habría dado su mano una hora más, un día más, lo que ella hubiera necesitado sin siquiera rechistar.
Cuando llegó a su habitación del hotel, el corazón le latía con desenfreno.
Elizabeth Vaux no sería la única que no conseguiría pegar ojo aquella noche.