17 Rainer
Oficialmente había llegado el momento.
La Western European League estaba a la vuelta de la esquina. La primera semana de octubre estaba allí por fin, y el quince de ese mes se abría la esperada temporada de competición, como de costumbre, en Oslo.
Rainer y Elizabeth habían seguido entrenando durante las dos últimas semanas, dejando septiembre atrás, preparándose para el reto al que estaban a punto de enfrentarse. Los entrenamientos habían sido duros, pero Rainer sabía que Elizabeth estaba lista.
Había puesto todo su empeño en que la amazona se centrara más en su monta técnica, en saber ejecutar a la perfección cada combinación, giro y ángulo de la pista.
Había estudiado a la inglesa, a sus contrincantes y a los jueces.
Sabía que podían hacerlo. Que los cuatro meses que los esperaban serían duros, pero que al final Elizabeth Vaux, Rocket Effy, lo conseguiría como llevaba haciendo cada año.
Rainer se ajustó la corbata por tercera vez en los últimos diez minutos.
Se encontraban en el hotel InterContinental de Berlín, en la gala de inauguración de la Western European League, donde todos los participantes y sus equipos se reunían para pasar una noche llena de conversaciones triviales sobre las últimas apuestas en las carreras de caballo o el polo ecuestre,
sus inversiones millonarias en criptomonedas o alguna nueva empresa de tecnología en un país de Asia, sus vacaciones de verano o quién había dicho qué sobre un acto benéfico hacía un par de meses.
A Rainer nunca le habían gustado los eventos de apertura de la WEL.
Sí, sabía que eran necesarios para crear contactos, para hacerse ver y dar las gracias a los organizadores de la junta de la FEI, pero más allá de aquello no era algo a lo que le hiciera especial ilusión atender. Cuando era otra persona, el Titán de Sasbachwalden, podía llevarlo más a su terreno.
Los elogios, las preguntas y las sonrisas edulcoradas que le dedicaban.
Las atenciones y las palmadas en la espalda que decían: «Eres grande. El mejor».
Pero desde la caída y su retirada de la competición, el mero hecho de pensar en asistir le ponía los pelos de punta.
Estaba esperando a Elizabeth en la recepción del hotel.
Volvió a mirar la hora en su reloj de muñeca, un Montblanc 1858 que su padre le había regalado por su dieciocho cumpleaños.
En cinco minutos empezaba el cóctel.
Sabía que los alemanes eran puntuales, quizá en exceso, algo de lo que solía burlarse su madre cuando su padre llegaba a todas las citas con un cuarto de hora de antelación, pero Rainer pensaba que los ingleses también lo eran.
Al parecer no esta inglesa.
Había quedado con ella hacía cinco minutos para hablar sobre lo que dirían y lo que no.
Elizabeth le había pedido no alargar su presencia más de lo necesario, ya que, como a él, no le gustaban aquellos actos.
Pensó en su amazona, en la manera en que en apenas dos meses su relación había ido transformándose, una metamorfosis que había pasado de la irritación y el disgusto a…
algo que todavía no entendía. Desde su conversación en el muelle no habían vuelto a tener ningún otro acercamiento tan íntimo como aquel, pero esa madrugada algo dentro de él se había removido.
No había querido darle demasiadas vueltas; al fin y al cabo, era Elizabeth Vaux, la amazona de hielo que la mayoría de los días lo llevaba por la calle de la amargura, pero esa noche…
esa noche había comenzado a mirarla con otros ojos.
O quizá había sido antes.
Pero lo que estaba claro era que Rainer no estaba dispuesto a pensar en ella de otra forma que no fuera la profesional.
Era el entrenador de Vaux.
Vaux era su amazona.
Se llevaban seis años.
Y jamás cometería los mismos errores del pasado. No jugaría con el futuro de la inglesa.
Rainer estaba roto, y todo lo que tocaba se descomponía en sus manos duras y llenas de callos. Y aunque Elizabeth fuera acero, tormenta y el cielo nocturno en luna llena, no podía arriesgarse a que su mente y sus deseos totalmente inapropiados quebraran su destino.
Pero tú no solo quieres sexo con ella.
Dios, ¿hacía cuánto que no se acostaba con nadie?
Desde el verano, lo más seguro. A veces buscaba la compañía de alguna mujer interesada en una noche de pasión, pero nada más.
El corazón de Rainer Keller estaba sellado, sepultado bajo los escombros que no se atrevía a recoger ni a reconstruir porque era demasiado cobarde como para enfrentarse a sus demonios.
Así que por esa razón vivía con un bloqueo emocional que no le había permitido nada más que sexo casual.
Pero con ella, sin entender todavía cómo, estaba siendo diferente.
Le apetecía pasar tiempo con Elizabeth y, a pesar de sus discusiones y protestas, de los momentos en los que deseaba mandarla de vuelta a su país y que lo dejara tranquilo, Rainer empezaba a admitirse que cada vez estaba más hipnotizado por su presencia en la RK.
Saber que al levantarse la iba a ver, a escuchar su voz con ese acento inglés londinense que iba calando en su corazón y a toparse con esos ojos azules oscuros que albergaban pedazos zafíreos que brillaban cada vez que sus miradas se entrelazaban…
lo motivaba e impulsaba más que cualquier otra cosa.
Peligroso, se dijo a sí mismo.
Sabía que no podía ir más allá con aquellas cavilaciones, que no debía traspasar unas líneas que había tenido siempre bien claras. Nada de involucrarse con nadie de aquel mundo. Una promesa que se había grabado a fuego antes de que Elizabeth Vaux apareciera en su vida. Y, en ese momento, mucho más.
Jamás podría tener nada con ella. Ni siquiera debería estar pensando las cosas que a veces se encontraba pensando.
Trató de centrarse en cualquier otro pensamiento que no fuera el recuerdo de su amazona, pero, como si el universo quisiera gastarle una cruel broma, ella apareció cuando las puertas de los ascensores se abrieron con un irónico ding.
Elizabeth Vaux era preciosa.
De eso nunca había tenido ninguna duda. Desde el primer momento en que la vio, en esos vídeos de ella entrenando, había entendido que su rostro era digno de un retrato expuesto en la sala principal de un museo.
Sus facciones angulosas, sus pómulos altos y la nariz respingona y pequeña.
Los labios finos y marcados con un arco de cupido que se moría por morder y las pecas que le decoraban parte del rostro.
Su pelo negro, brillante y ondulado, un perfecto contraste a esos ojos infinitos y pestañas castañas.
Su cuerpo definido, delgado pero fuerte.
Todo en ella invitaba a admirarla en voz alta.
Pero esa noche… Esa noche Vaux era un espectáculo.
Llevaba un vestido azul satinado, que combinaba con su mirada.
Estaba hecho de una tela vaporosa que se le arremolinaba en los pies cuando caminaba, fluyendo como el agua que cae por las montañas.
Se le ceñía en el torso, y le dejaba a la vista las clavículas y los brazos debido al escote, que se anudaba al cuello.
Los tacones estilizaban todavía más su figura de reloj de arena.
Un fogonazo de deseo puramente reactivo lo cegó. Y algo parecido a un cosquilleo caliente le recorrió la espina dorsal. Jamás había visto a una mujer tan increíble, tan irresistible, tan…
La mente de Rainer se había quedado totalmente en blanco y, cuando la amazona llegó hasta donde se encontraba, le dedicó una mirada de interrogación.
—¿Voy bien? —le preguntó.
Rainer sacudió la cabeza, incapaz de entender cómo era posible que le estuviera preguntando aquello.
Nadie va a ser capaz de mirar a otro lado cuando te vean llegar, pensó.
Pero en su lugar, sin saber muy bien de dónde sacó la fuerza para contestar, le dijo:
—Genial. —Se aclaró la garganta—. Estás muy guapa.
Las comisuras de los labios se alzaron un centímetro. Un gesto que podría haber pasado desapercibido para cualquier persona. Pero no para él.
Había empezado a memorizar cada mueca que Elizabeth dibujaba en su rostro y sabía que aquello era casi una sonrisa en el lenguaje corporal de la inglesa.
—Tú tampoco vas nada mal.
Rainer alzó una ceja rubia.
—Ah, ¿no? —Ella sacudió la cabeza, con los ojos todavía sobre los suyos—. ¿Es eso un cumplido, Vaux?
—Es solo una verdad.
—Está bien. Con eso me basta.
Le tendió el brazo, y ella se lo tomó al cabo de un par de segundos de duda.
Él sintió su piel caliente incluso a través de la tela de su camisa negra.
—¿Lista?
Elizabeth miró al frente con una determinación digna de un gladiador que está a punto de enfrentarse a una arena llena de leones hambrientos.
—Siempre.
Y así, con los brazos entrelazados, se adentraron en la gala que daba comienzo a la nueva temporada de la Western European League.
***
No había dejado de mirarla en todo lo que había durado la cena.
En lo único en lo que podía centrarse era en ella.
Su rostro, limpio y puro, totalmente expuesto gracias al recogido que se había hecho para la ocasión; la forma en la que los pendientes de diamantes parecían hacer brillar aún más su mirada y cómo el rubor rosáceo que había aplicado a sus mejillas le encendía la piel como una cerilla lo hace con la
hoguera.
Los habían sentado juntos, pero Elizabeth se había pasado toda la velada hablando con una de las organizadoras de los circuitos de la WEL, Marie Paradis, una francesa que llevaba en la copa desde antes de que Rainer entrara a competir.
La cena había estado bien, aunque, si le preguntaban qué era lo que había ingerido, Rainer habría dicho que no le había prestado atención a los platos de alta cocina que habían servido.
Solo. Podía. Mirarla. A. Ella.
Se sentía patético, un cachorrito embelesado por su dueño y demasiado emocionado como para hacer otra cosa que buscar su atención.
¿Pero cómo no sentirse así cuando la mujer más espectacular de toda la sala se sentaba a escasos dos palmos de él?
¿Cómo mantener su atención en las conversaciones insustanciales e insípidas en las que se había visto envuelto si solo tenía ojos para Elizabeth?
Menuda puta tortura.
Eso era lo que estaba siendo aquella velada, una completa y jodida tortura.