Dar el salto 16 Effy #2
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16 Effy #2

—¿Sabes? Hay veces que creo que te entiendo, que veo a través de toda esa fachada de persona inaccesible a la que todo lo que no sea ella misma le importa una mierda.

La frialdad, la soledad…, la lengua afilada.

—Pudo sentir la sonrisa todavía en sus labios, en su voz—.

Pero luego dudo, y pienso que quizá no es una fachada, que eres tú de verdad.

Effy se llevó una mano a la pierna con tal de sentir algo que no fuera ese hormigueo molesto que había comenzado a extendérsele por la mano.

—Quizá sí soy yo de verdad. A lo mejor no soy alguien agradable con quien compartir tiempo.

Rainer negó con la cabeza.

—No, no es verdad. —Volvieron a mirarse. Pum pum. Pum pum. Pum pum. Tres latidos—. Creo que es solo el cuento que te cuentas a ti misma para poder sobrellevar lo que sea que cargas dentro.

—Igual que haces tú, ¿quieres decir?

—Puede ser.

Volvieron a quedarse en silencio. Sentía que estaba adentrándose en aguas revueltas y peligrosas, en una corriente que podría tragársela y arrastrarla hasta un lugar desconocido para ella. Un mar del que no poseía el control, en el que no sabía cómo navegar.

—Creo que todos tenemos secretos. Algunos son más sencillos que otros, pero nadie es totalmente transparente. No puedes jugártela y compartirlo todo porque entonces estás dándole a quienes te rodean la oportunidad de hacerte daño.

—Si todo el mundo pensara así, Elizabeth Vaux, no existirían el amor, la familia o la amistad.

Fue el turno de Effy de dejar escapar un resoplido irónico.

—No te tomaba por un romántico, entrenador.

Ronroneó la última palabra sin pretenderlo, como un jueguecito inocente. Como una provocación.

—Me alegra que por fin hayas entendido quién está por encima de quién.

—¿Eres dominante, Keller? ¿Te gusta saber que tienes el control sobre nosotros?

No sabía cómo, pero Rainer parecía más cerca de lo que había estado cuando se había sentado a su lado, como si se hubieran aproximado de forma inconsciente.

Sintió otro escalofrío, esa vez muy distinto al provocado por el agua helada. Algo en el estómago se le retorció con expectación.

—¿A qué juego te crees que estás jugando? —Su voz, ronca.

—A todos los que quiera. —La suya propia, suave.

—Conmigo no —le advirtió.

Pudo ver algo reflejado en su rostro: una advertencia seria, una luz parpadeante que la avisaba de que no debía cruzar los límites.

Effy las ignoró.

—Pues no me lo pongas tan sencillo.

Rainer inclinó la cabeza a un lado, como si estuviera buscando las palabras adecuadas. Se pasó una de sus grandes manos por el pelo rubio ya revuelto y luego dejó caer la cabeza hacia atrás.

—No creo que yo sea una persona sencilla.

El ambiente volvió a cambiar. Más pausado. Reflexivo.

Y extrañamente familiar.

—Mejor. Me gustan las cosas difíciles.

Él se rio. Se rio de verdad, una buena carcajada que le salía de lo más profundo del pecho.

—Obviamente.

Los pies de Effy se mecían en el agua con un compás tranquilo, sincronizado. Las piernas de Keller también lo hacían, como un niño que juega en la orilla de la playa.

No había tensión.

Al menos no aquella a la que estaba acostumbrada cuando se trataba de él.

—Cuéntame algo que no tenga nada que ver con la competición, los caballos y los entrenamientos. —Le pidió, solo porque una nueva valentía se había apoderado de ella—. Algo que no me haga pensar.

Rainer lo sopesó. No la desestimó, ni siquiera se mofó de ella. Simplemente miró al lago y frunció las cejas, solo un poco, como si estuviera buscando algo real que contarle.

Aquello la calentó por dentro.

Effy se arrebujó contra la sudadera que llevaba y esperó pacientemente a que su entrenador, su mayor rival, la única persona que compartía el título que ella esperaba superar, le hablara.

—¿Mi coche? —Ella asintió—. Lo hice yo desde cero —le confesó—.

Cuando llegué a Alemania después de mi año por Asia, decidí ocupar mi tiempo con algo, lo que fuera.

Antes de irme vendí mi otro coche, así que necesitaba un nuevo medio de transporte.

Le compré el Wrangler a un vecino del pueblo, un señor mayor que ya no lo usaba.

Era una birria; mi padre estaba convencido de que no podría arreglarlo.

—Se calló un segundo, como si estuviera recordándolo—.

Pero lo hice. Compré las piezas, las sustituí.

Pregunté a mecánicos, vi videotutoriales, aprendí lo que necesitaba para arreglar mi coche.

Nunca he tenido ni idea de mecánica, lo mío era otra cosa.

«Era», en pasado.

—¿Por qué arreglar un coche?

Rainer la miró.

—No lo sé. Me pareció buena idea. Luego me di cuenta de que disfrutaba reparando cosas.

De que me despejaba la mente, me hacía centrarme en el problema que tenía delante y no en todo lo demás.

—Effy creyó que lo entendía. Una vía de escape, una manera de arreglar algo, sentir que podía hacerlo—.

Cuando acabé, experimenté la mayor satisfacción que había sentido en muchísimo tiempo.

Ahora cada vez que lo miro me recuerdo que soy capaz de todo si me lo propongo.

—Una terapia personal.

—Lo fue. Mi padre me lo quiso comprar luego. —Negó con la cabeza, divertido—. Le dije que se podía ir a tomar por culo.

Elizabeth se rio.

—Bien hecho.

Rainer le dedicó una sonrisa pequeña, cómplice.

—¿Y tú?

Ella se lo pensó.

—Me encanta la música, pero nunca he ido a un concierto.

Keller soltó una exclamación ahogada, como si aquel dato que acababa de compartir con él fuera el mayor de los ultrajes.

—¿Nunca has ido a un concierto? ¿Qué clase de adolescencia has tenido?

Ninguna, pensó amargamente.

—Nop. —Se apartó un mechón negro de la sien; el viento le había revuelto las dos trenzas que se había hecho—. Bueno, si cuentan los conciertos de música clásica o la ópera, entonces podríamos decir que sí.

—No, por supuesto que no cuentan. —Rainer chasqueó la lengua—. ¿Qué tipo de música te gusta?

Una pequeña sonrisa se dibujó en el rostro de la inglesa.

—De todo un poco. Mi lista de favoritos es un caos, pero… lo que más me gusta es el rock clásico: Aerosmith, AC/DC, Queen, Guns N’ Roses… Aunque mi grupo favorito es Linkin Park.

Rainer Keller soltó una carcajada perpleja. Ella le dio un golpecito en el hombro.

—¿Qué pasa? —Él negó con la cabeza, todavía con la carcajada entre los labios—. ¿Qué? Dímelo.

Los ojos azules de su entrenador se posaron sobre ella, cálidos.

—Linkin Park también es mi grupo favorito —confesó todavía sonriendo.

—Cállate.

Él alzó las cejas mientras asentía.

—Te lo juro.

—¿Canción favorita? —le preguntó ella de golpe.

—In the End. ¿La tuya?

—Numb. —Rainer asintió, satisfecho—. Pues sí, parece que tenemos el mismo grupo de música favorito. —Effy también sonreía, incrédula.

Durante unos segundos ambos absorbieron aquella información recién descubierta, y pensó, no por primera vez, que ella y Rainer Keller tenían muchas más cosas en común de lo que ninguno de los dos parecía querer admitir.

—¿Qué más cosas no has hecho? —le preguntó él volviendo a su conversación previa.

Effy se lo pensó.

—Nunca he ido a Disneyland —empezó—. Nunca me he pegado una borrachera. No he tenido novio. —Aquello era divertido, ir soltando afirmaciones y ver cómo Rainer reaccionaba a ellas—. No he ido a una boda.

—¿A una boda? ¿Me tomas el pelo?

—Mi madre se casó por segunda vez, pero eligió celebrar la boda la semana del mundial de aquel año. Así que no fui.

Mala hija. Mala hija. Mala hija.

Ella se lo buscó, respondió otra voz de su cabeza. Sabía que irías a competir y, aun así, decidió que no movería el día. Quería que eligieras.

Y lo hiciste.

—Hay que ponerles remedio a muchas de esas cosas, Cohete.

Effy suspiró.

—Cuando gane mi quinto mundial.

—¿Por qué no antes?

—Porque hasta entonces solo existe esto, lo que tengo en este momento —respondió como si fuera una obviedad—. Los entrenamientos, las europeas y, luego, el mundial.

—Sabes que hay más vida aparte de lo que hacemos, ¿verdad?

—Ah, me lo vas a decir tú, ¿no? —le respondió con sorna—. ¿Cuántos amigos tienes, Rainer?

Él se cruzó de brazos.

—Uno. —Effy le sonrió con suficiencia—. Pero ya es uno más que tú.

La sonrisa se le borró de un plumazo.

—Davi es majo.

Rainer le dio un toquecito en el hombro.

—A Davi lo acabas de conocer, no cuenta.

—Bueno, pero podría serlo. —No hablaba en broma, se dio cuenta en cuanto lo dijo.

—Es buen chico.

Y así, Elizabeth Vaux sintió que quizá, por primera vez, podría confiar en alguien. Quizá en más de una persona.

Siguieron jugando con el agua, dejando que su frialdad los envolviera, que la noche los cubriese y las cigarras siguieran interpretando su melodía solo para ellos. No supo cuánto tiempo estuvieron allí sentados, pero cuando Effy bostezó, Rainer se levantó, le tendió la mano y le dijo:

—Venga, es hora de volver.

Elizabeth la aceptó.

Su contacto fue volátil, apenas unos segundos. Pero el tiempo que duró, le transmitió calidez, firmeza, alivio. Cuando su mano se deslizó de la del alemán, deseó poder volver a tener una excusa para tocarlo, para sentir su calor envolviéndola de nuevo.

Rainer la acompañó hasta los apartamentos.

No volvieron a hablar, ni siquiera para desearse buenas noches. Al llegar, se miraron a los ojos y asintieron, como si aquel gesto, esa mirada, bastara para decirse todo lo que no podían expresar.

Effy le dedicó una sonrisa.

Rainer se la devolvió.

No sabían si al día siguiente se volverían a pelear, a gritarse en la pista o a ponerse al límite. No sabía si aquello había sido solo un lapso que no se repetiría o si, por el contrario, habían cruzado un umbral que ambos desconocían.

Lo que Effy sí supo fue que, en cuanto llegó a su habitación, se quedó dormida.

Que lo que quedaba de noche durmió del tirón.

Que la culebrilla no la volvió a visitar.

Y que, para su desconcierto, sus sueños se vieron plagados de unos ojos azules imposibles, una media sonrisa difícil de encontrar y un nombre.