Dar el salto 16 Effy
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16 Effy

Elizabeth Vaux no conseguía dormir.

Llevaba toda la semana más inquieta de lo normal, como si el incidente del martes la hubiera perseguido hasta alcanzarla, un recuerdo en repetición en las pantallas iluminadas de su mente.

Los días pasaban lentos, atascados en una rutina que le había pesado.

Cuando se había hartado de mirar el techo, había decidido salir a dar una vuelta al bosque que cada noche insomne se había propuesto explorar.

Al principio no se alejaba mucho, unos metros en dirección a la primera barrera de pinos altísimos que la saludaban desde su ventana; luego encontró un claro repleto de arbustos de frutos silvestres y una noche descubrió el lago que quedaba detrás de los establos.

Estaba a unos diez minutos andando, dejando atrás el picadero del bosque y a la izquierda de la casa familiar de los Keller.

Effy había descubierto que disfrutaba observando el agua del pequeño lago en calma, sus ondas a cámara lenta y el reflejo de la luz lunar contra la oscuridad de sus tonalidades opacas.

Sentía que podía pensar mientras se refrescaba los pies, admirar la belleza natural de la noche y respirar el aire puro sin una sola persona a su alrededor.

A veces visitaba también a sus caballos, pero se había dado cuenta de que así era más fácil encontrarse con alguno de los mozos que se encargaban de hacer las rondas nocturnas de vigilancia y, cuando no conseguía dormir y estaba inquieta, lo último que necesitaba era la compañía de otra persona.

Hasta esa noche.

Al final del muelle, donde una barquilla de madera verde desconchada por el paso de los años descansaba amarrada, había una silueta sentada en el borde.

Elizabeth frenó en seco, sorprendida. Comprobó la hora en su teléfono móvil. Las dos y doce de la madrugada. ¿Quién, aparte de ella misma, estaría tan desesperado como para sentarse en el muelle a las dos de la madrugada?

Un nombre le centelleó en la mente.

Y, por alguna extraña razón, una expectación creciente le reptó por el pecho.

Effy se quitó las zapatillas de deporte con las que había salido de su apartamento y, caminando con cuidado de que la vieja madera no crujiera bajo sus pies, se acercó al final del muelle.

Rainer no se volvió para mirarla, ni siquiera cuando ella se sentó a su lado, dejando una separación de tres o cuatro palmos entre ambos.

Elizabeth no se contuvo y lo observó.

En lo primero en lo que se fijó fue en el perfil tan compacto que presentaba su entrenador: su mentón fuerte, la mandíbula marcada y cuadrada, sus pómulos angulosos, todos ellos cubiertos por la barba corta y rubia que se dejaba, unificándolos y dándoles una imagen mucho más atractiva,

si es que eso era posible.

Luego pasó a los labios finos pero firmes, que siempre dibujaban una línea inexpresiva, para después ascender por su nariz, grande, recta y masculina, hasta llegar a sus ojos azules.

Esos ojos azules que los últimos días la habían observado con decepción.

Apreció el cabello rubio y despeinado, como acostumbraba últimamente, y deseó, no por primera vez, poder enterrar los dedos en él.

No sabía lo que le pasaba con su entrenador, pero, desde hacía días, notaba que un fuego había comenzado a enroscarse en el fondo de su vientre.

Trataba de no darle demasiadas vueltas al hecho de que, sin saber muy bien cómo, Rainer Keller había entrado en su vida sin quererlo, a la fuerza, resultándole casi irritante.

No podía sacarse de la cabeza su voz dura, sus miradas condescendientes, su presencia altiva y el constante recuerdo de que su nuevo entrenador era la única persona que se interponía entre ella y su récord. Su libertad.

Y, en algún momento, se había encontrado a sí misma observándolo con más ahínco, no solo centrándose en lo mucho que trataba de odiarlo, sino en lo mucho que empezaba a desear encontrarse con él, en sus palabras, su roce.

Un deseo que no terminaba de comprender, casi ni asimilar, pero que sabía que estaba ahí.

Effy nunca había sido una mujer que le diera demasiada importancia al sexo o al deseo. Sí, había tenido sus experiencias. Sí, disfrutaba del sexo.

No, nunca se lo había tomado como algo serio.

No tenía a nadie con quien hablar del tema, pero visualizaba las relaciones sexuales como meras transacciones en las que liberar la tensión que acumulaba en su interior, otra forma de descargar sus frustraciones y problemas. Dejar ir la energía a cambio de placer.

Si era sincera consigo misma, no sabía si había tenido buen sexo o no a lo largo de su corta experiencia. Podía imaginarse que no.

Cuando un hombre conseguía llevarla al borde, se sentía satisfecha, pero nunca había experimentado todo aquello de lo que la gente siempre hablaba cuando se mencionaba el tema: la locura, la pasión sin tapujos, la sensualidad y el deseo excitante.

Ella estaba bastante complacida, y con eso le bastaba.

Pero, de repente, había llegado Rainer, y con él, una sensación, algo que reconocía como excitación que no terminaba de entender. Jamás había sido víctima de sus emociones y, por supuesto, nunca de las que tenían que ver con desear a alguien.

Desconocía si era la manera en la que nunca se ponían de acuerdo en nada o que siempre consiguiera sacarla de sus casillas.

Quizá era su aura dominante y acaparadora de atención, la manera en la que parecía tan seguro de sí mismo, sin que le importara una mierda lo que la gente pensase de él, o puede que fuera su voz grave y profunda.

O el simple hecho de que era uno de los hombres más atractivos que había visto jamás.

Fuera lo que fuese, Effy no podía seguir negándose que, en ocasiones, lo deseaba y se encontraba a sí misma pensando en situaciones de lo más indecentes que incluían a su entrenador.

Pero, por extraño que fuera todo aquello…, no se avergonzaba.

—¿Qué haces despierta a estas horas, Vaux? —Su pregunta salió en un susurro comedido, con la voz rasgada como si llevara horas sin hablar.

Ella dejó caer los pies por el borde del muelle hasta que encontraron el agua. Un escalofrío le recorrió desde las puntas de los dedos hasta el inicio de la nuca, y dejó escapar un suspiro placentero.

—No duermo muy bien.

Rainer asintió.

—Yo tampoco.

No supo por qué, pero aquella verdad la tranquilizó, como si saber que no era la única a la que le costaba conciliar el sueño fuera un indicativo de que Elizabeth no estaba del todo rota, que alguien compartía con ella las noches en vela y el cansancio acumulado.

Aunque, si lo pensaba bien, seguramente él sí estuviese roto, aunque se esforzara por ocultarlo.

—Pensaba que vivías en el pueblo.

Rainer se dejó caer hacia atrás, inclinando la espalda.

—Sí. Pero mis padres necesitaban ayuda con un parto complicado. Hemos acabado hace un par de horas —le explicó.

Effy asintió.

—Espero que haya salido todo bien.

—Estupendo.

—Bien.

Silencio. Luego un chof y después otro. Rainer había decidido introducir los pies también en el agua fría.

Las cigarras entonaban su canción rítmica e hipnotizante, y la corriente fluía serena, sin más alteración que las ondas progresivas que ambos habían creado.

Se alejaban de ellos hasta perderse en las profundidades del pequeño lago, fuera de su alcance, camino a la oscuridad de la noche.

—¿Qué te preocupa, Vaux?

La observaba en ese momento, con su mirada clara, cristalina en la superficie, clavada en ella. Con sus pupilas dilatadas, sus pestañas rizadas y larguísimas distrayéndola.

¿Qué le preocupaba?

Nada en absoluto.

Todo sin excepción.

Effy echaba de menos algo que nunca había tenido: la oportunidad de poder abrirse en canal y exponer cada uno de sus pensamientos, ideas o razonamientos.

Poder compartir las partes menos bonitas de sí misma, que, en su opinión, componían casi el total de su persona, y dejarse llevar por la reconfortante idea de soltar la carga que acarreaba desde que todo había cambiado para ella.

Hablar de verdad con alguien.

Y una parte que odiaba le susurraba con fingida inocencia que con Rainer podría hacerlo. Lo conseguiría. Quizá porque no le interesaba lo que pudiera pensar de ella, porque ya la tomaba como alguien que no le agradaba y eso le quitaba un peso de encima al que nunca antes le había dado importancia.

—No lo sé —exhaló por fin—. Por las noches hay mucho ruido. —Tragó saliva—. Aquí dentro —dijo señalándose la cabeza.

Su entrenador asintió.

—Te entiendo. Yo llevo años sin poder dormir bien.

—¿Por el accidente?

Él se tensó. Había dado justo en la herida.

Se arrepintió enseguida de haber sido tan directa, pero es que quería, necesitaba saber y entender. Comprender cómo alguien como Rainer Keller, el Titán de Sasbachwalden, había renunciado a una carrera brillante por una única caída.

—Podría decirse. —Sus palabras, romas y desgastadas, la pillaron por sorpresa—. No me gusta hablar de eso.

—Han pasado casi seis años.

—Y, aun así, siento que no ha sido suficiente.

Elizabeth sopesó la respuesta. Pensó en sus propias vivencias, en si había algo que le hubiera marcado tan profundamente como para no querer hablar del tema con nadie, nunca. Algo que la corroyera desde dentro, anulando todo lo que era y lo que alguna vez fue.

Y lo encontró, por supuesto que lo hizo.

Pudo empatizar con Keller. Y eso la asustó.

—No es fácil la vida que llevamos.

Rainer suspiró.

—No, Vaux, no lo es. —Su entrenador la observó durante un par de segundos con una intensidad que le secó la boca—. ¿Qué te pasó el otro día?

Se le aceleró el corazón.

—Nada.

—Venga, Elizabeth. No soy el idiota por el que me tomas.

Se mordió el labio.

—No creo que seas un idiota. —Y decía la verdad; por mucho que le fastidiara, sabía que Keller estaba muy lejos de ser un inepto—. Aunque a veces me encantaría que lo fueras.

—Ah, ¿sí?

—Sí, me pondría las cosas más fáciles.

Él chasqueó la lengua.

—No creo que haya nada fácil entre nosotros, Cohete.

Effy frunció el ceño.

—No me llames así.

—Eso solo consigue que quiera hacerlo con más ganas.

Volvió a poner una mueca, y Rainer sonrió.