Dar el salto 15 Effy #2
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15 Effy #2

Pensar en la libertad no tenía sentido, anticiparse a los hechos solo servía para descentrarla, así que no entendía por qué, un día cualquiera de finales de septiembre, su mente parecía no encontrar el camino a la rectitud que llevaba rigiéndola tantos años.

Los gritos de Rainer tampoco la ayudaban.

—Elizabeth. —Su nombre fue pronunciado como una maldición—. ¿Qué estás haciendo?

No lo sé.

—Voy a coger el siguiente oxer, pero solo si dejas de gritarme.

—No, ve directamente al quinto.

—No.

—Elizabeth.

—Voy a coger el oxer.

Hello Sanctos galopaba exactamente hacia donde ella quería, con sus manos indicándole suavemente la dirección y sus piernas sin perder el contacto con la piel del animal. Se centró en sentir sus trancos y respirar para ejecutar el salto en ascenso que la esperaba.

—¡Elizabeth, mira arriba! ¡Te vas a comer a Montagne!

Primera norma de la pista: no puedes estar pendiente solo de lo que tienes delante.

La había olvidado y no se había dado cuenta de que el francés estaba galopando a toda velocidad hacia el mismo salto que había pretendido hacer ella.

Lo tenía encima y, a pesar del descuido de la propia Effy, Luca parecía no tener ninguna intención de apartarse de su camino.

Escuchó a su entrenadora avisarlo de que desviara el rumbo, pero el jinete estaba decidido a tomar el salto antes que ella.

Imbécil de mierda.

Elizabeth podía haberse apartado, pero no lo hizo.

Si Luca quería medírsela con ella para ver quién la tenía más larga, pues que así fuera. Hundió los talones en los flancos de Sanctos y lo instó a galopar más rápido. Solo podía ver una cosa, fijarse en un salto: el oxer que el cabrón de Montagne pretendía coger antes que ella.

Escuchaba los cascos de su oponente muy cerca, duros, sordos y pesados.

—¡Venga! —chilló, eufórica de repente—. ¡Apártate!

—¡Te has metido en mi recorrido, Vaux! —le recriminó el francés alzando la voz—. ¡Sabes que tengo razón!

Effy lo ignoró.

Estaba segura de que Luca no se expondría a tener una caída a dos semanas de la WEL.

Ella, en teoría, tampoco.

Pero algo la había poseído, un ataque maníaco e irracional que le había inundado el cuerpo, que la obligaba a seguir hacia delante. Una adrenalina adictiva y correosa a la misma vez, tóxica y envenenada, que no la dejaba pensar con claridad.

Si tienes un accidente ahora, todo acaba para ti. Y lo que debería haber sonado como un peligro, una amenaza que debería haberla aterrorizado, le supo a miel.

Ojalá acabe aquí.

Esa era la culebra.

Montagne se apartó en el último momento.

Effy saltó.

El impacto contra el suelo la desestabilizó un poco, pero enseguida recuperó la compostura y adoptó un galope corto mientras Sanctos iba relajando la respiración.

Y entonces el trance se rompió.

—¿Qué…? —exhaló.

—¿Pero qué cojones se te pasa por la cabeza, Elizabeth?

No sabía cómo, pero Rainer había aparecido a su lado en medio de la pista. Estaba furioso y enrojecido. Apretaba la mandíbula con ira, y sus ojos azules y helados resplandecían con una promesa asesina sellada en su mirada.

Effy empezó a negar con la cabeza.

—¡Estás loca, Vaux! —Ese era Luca—. Una puta loca, eso es lo que eres. —Siguió despotricando contra ella mientras se acercaba a un trote largo—. ¿De qué coño vas?

—Estabas en mi camino. —Su respuesta salió automática.

—Y una mierda, ese salto era mío. —El francés observó a Rainer desde arriba con desprecio—. ¿Y tú no sabes controlar a tu amazona? ¿Es que no sabes decirle que estaba en mi recorrido?

—Cállate, Montagne —se apresuró a contestar ella—. Él no tiene nada que ver.

—Es tu puto entrenador, al menos podría hacer su trabajo.

Rainer desvió la vista a su exjinete.

—Como hice contigo, ¿quieres decir? —Luca se revolvió en la silla—.

Deberías darme las gracias. Si no has perdido el equilibrio ahora mismo ha sido porque yo te enseñé a usar una silla como es debido y no la porquería que hacías antes de montar conmigo, así que cierra la boca y déjame con mi jinete.

Montagne resopló con disgusto. Abrió la boca y la volvió a cerrar.

Finalmente optó por fulminarlos con la mirada.

—Estáis locos —murmuró antes de desaparecer de allí.

Effy también quería desaparecer. El corazón le latía con fuerza y su mente volvía a pertenecerle. Se sentía desorientada y avergonzada.

Avergonzada por la inmadurez que acababa de cometer y que nada tenía que ver con ella.

—¿Me vas a decir qué cojones acaba de pasar? —le preguntó Rainer.

Resistió el impulso de mirarlo. No quería enfrentarse a lo que ya sabía que iba a encontrar.

—Quería saltar el oxer.

—Y una mierda. Desde que han aparecido en pista has cambiado tu forma de montar. —Effy rechinó los dientes—. ¿Por qué?

—No sé de qué me hablas…

—Sabes perfectamente de qué te estoy hablando. —Rainer señaló la pista con enfado—. Ahí fuera. Qué. Ha. Pasado.

Ya había tenido suficiente por aquel día; le dio una patadita suave a su caballo y trató de desaparecer de allí. Keller se lo impidió.

—Vaux, lo que has hecho puede suponerte una sanción grave —la amenazó—. Si Luca o su entrenadora ponen una queja formal, pueden suspendernos en el uso de las instalaciones durante el periodo que la junta de la RK crea conveniente.

Elizabeth se rio.

—Oh, te refieres a esa junta liderada por tu madre, ¿verdad?

Eso pareció sentarle como un bofetón a su entrenador.

—Mi madre es profesional.

Ella zarandeó la mano, restándole importancia.

—Una madre es una madre, Rainer.

—En tu mundo quizá sea así —le escupió.

Había soltado las riendas de su caballo como si cualquier contacto con algo que tuviera que ver con ella le repulsara—.

Pero en mi mundo la justicia sí existe. Mis padres no pondrían en riesgo todo aquello por lo que han luchado por salvarte el culo a ti.

Ni siquiera sabiendo que eres mi amazona.

Effy no quería pensar en la posibilidad de que la suspendieran ni en lo que haría su madre por ella si estuvieran en esa situación.

No quería pensar en Rainer.

En la forma en la que la estaba mirando y en cómo la hacía sentir.

—Lo que tú digas. —Se puso al paso, ya sí, alejándose de él—. Entiendo que hemos acabado por hoy.

Él alzó las palmas hacia arriba.

—Mañana tampoco entrenamos —le dijo—. Tómatelo como un descanso.

Effy frenó a su caballo.

—Pero es que yo no necesito un descanso.

Entonces fue el turno de Rainer de echar a andar, lejos de ella, lejos de aquello.

—Pero yo sí.

Algo en el pecho se le tambaleó. Una piedra pesada que caía a un pozo profundo de aguas negras que salpicaron en los recovecos de su interior. Que la enfriaron por dentro.

Quiso ponerse a chillar.

Quiso decirle que para ella aquello no estaba siendo fácil. Que no sabía qué le había pasado en la pista ni entendía el deseo ferviente por acabar con todo aquello (la competición, su récord, esa vida).

Quiso gritarle que estaba cansada. Que tenía miedo de lo que acababa de hacer.

Pero Rainer se alejaba de ella decepcionado, asqueado y enfadado.

Tan cansado de ella que necesitaba un día para recomponerse.

Effy agachó la cabeza y cerró los ojos. Respiró una vez y luego otra.

Encontró esa calma experimentada que la acompañaba siempre y se envolvió en ella.

Una vez que su cabeza estuvo serena, salió de la pista como si nada hubiera pasado.

Como si pudiera borrarlo de la memoria.

Como si la culebrilla no siguiera serpenteando a sus anchas por su mente.

Como si todo fuera a ir bien.