15 Effy
Era martes y oficialmente quedaban menos de tres semanas para que la nueva temporada de las europeas comenzase.
Llevaba casi dos meses en la Reitakademie Kellerhof y sentía que el tiempo se le había escurrido de entre los dedos, incapaz de aferrarse a él como lo hacía con las riendas de sus monturas.
Cada semana que pasaba era una piedra dentro de un reloj de arena a punto de resquebrajarse por su peso.
Por primera vez en todos los años que llevaba compitiendo de manera profesional en el salto de élite, un sentimiento extraño se le había asentado en la boca del estómago.
Era parecido a una culebrilla inquieta, retorcida y resbaladiza, y a veces pasaba tan inadvertida que Effy se olvidaba de que se encontraba allí.
Pero por las noches, cuando el sol bajaba y se quedaba sola y en silencio, esa presencia la visitaba y le recordaba que no la había imaginado. Que era real.
No podía considerarla nervios, tampoco ansiedad.
Era un… malestar.
Evidentemente, lo había apartado junto al resto de emociones que no le interesaba sentir. Esas que le hacían daño o dudar de sí misma. Las que se convertían en inconvenientes para su meta y las que podían tornarse en una dificultad.
Jamás había hablado de aquello con nadie, de eso que hacía con los sentimientos, la manera en la que se prohibía albergarlos en su cuerpo, la forma en la que los desterraba y lapidaba en su interior.
Effy era una mujer inteligente, sabía que aquello podía volverse en su contra, pero después de tantos años haciéndolo era algo casi innato en ella.
Además, Elizabeth Vaux era una roca, un bloque de acero suave y estable.
Nada podía afectarle si no le daba la importancia necesaria para ello.
Estaba bien. Si ella lo creía, así sería.
Aun con el odio que sentía.
Aun con los miedos.
Aun con la infelicidad adherida a su corazón.
Effy terminó de ensillar a Hello Sanctos y le dio una palmada en el cuello.
La mano recorrió todo el contorno de este, sintiendo su pelaje suave, sus venas hinchadas y su piel caliente.
Su capa alazana brillaba gracias al cepillado exhaustivo que siempre hacía antes de montarlo, y el olor familiar de su pelaje la serenó.
La culebra siempre desaparecía cuando estaba con sus caballos.
—Vas a darlo todo, ¿verdad? —le dijo con ese tono que solo empleaba con él, calmado, mimoso. Agradecido—. Eres muy bueno, Sanctos. Demasiado para mí.
El animal flexionó el cuello para mirarla con su ojo derecho, y Effy alargó la mano para acariciar esa parte de su morro que siempre estaba suave, justo entre los dos ollares.
—Venga, vamos a aguantar los gritos de Keller un día más.
Su entrenador ya la estaba esperando en pista.
Iba vestido con una de esas camisetas que se le ajustaban perfectamente a ese torso musculado y definido, sus fuertes brazos a la vista, los vaqueros azules desgastados y sus botas de montar.
El pelo aquella tarde lo llevaba revuelto, como si sus dedos lo hubieran despeinado varias veces a lo largo del día, y tenía el semblante serio.
Como siempre.
—Buenas tardes.
—Vaux —la saludó él—. Sanctos —se dirigió a su caballo.
—Hoy me gustaría centrarme en mejorar el tiempo —expuso ella mientras ajustaba los estribos.
—Dime algo que no sepa ya.
Elizabeth ignoró el tono irónico de Keller y buscó con la mirada la banqueta que solía estar en la pista para que los jinetes pudieran subirse a sus caballos sin esfuerzo, pero no la encontró.
Como si Rainer pudiera leerle la mente, cosa que hacía a menudo y a ella le fastidiaba, le dijo:
—Ven, te ayudo.
Effy no podía negarse. Sí, podría haberlo hecho sola, pero no quería pelearse con la inmensa altura de su caballo y arriesgarse a quedarse a medio salto a la espalda del animal, así que simplemente asintió y le ofreció la espinilla a su entrenador.
Las manos de él la sujetaron y, con un movimiento que no le supuso esfuerzo, levantó con un solo impulso todo el peso de Effy.
Ignoró el vuelco que le dio el corazón al pensar en Rainer Keller levantándola del suelo sin siquiera inmutarse.
Una vez asentada en la montura, recogió riendas y se ajustó el casco, que hasta ese momento llevaba suelto.
—¿Bien? ¿Crees que podremos pulir el tiempo hoy?
Él estaba acariciando la frente de su caballo.
—Sí, pero quiero que nos lo tomemos con calma.
Sanctos no es Sodashi, es un caballo mucho más curtido, sabe lo que tiene que hacer y casi siempre lo ejecuta todo a la perfección.
Me gustaría que con él nos centráramos en seguir manteniéndolo.
—Su voz le llegó firme, confiada. Experimentada.
Rainer sabía lo que se hacía, y Effy se dio cuenta de que no solo tenía que ver con su experiencia como campeón.
Era bueno observando y analizando, tomando notas y pensando en cómo sacarles partido a ella y a sus caballos.
Por primera vez sopesó lo que su entrenador le decía—.
Con Sodashi ya podremos rascar décimas de segundo, ella es ligera y rápida.
Sanctos también, pero lo que nos interesa con él es ser limpios.
—Vale.
Quería discutir, rebatirle cualquier cosa, pero… no pudo.
Elizabeth no era gilipollas, sabía cuándo alguien tenía razón y cuándo no. Podía distinguir a un inepto a un kilómetro de distancia, y Rainer Keller no lo era. Así que se tragó la idea con la que había llegado y, por primera vez desde que estaba en la RK, decidió confiar en él.
Él enarcó una ceja, como si aquel entendimiento lo hubiera pillado completamente por sorpresa. Effy supuso que así había sido.
—No te acostumbres a esto, Keller —le advirtió.
Rainer chascó la lengua.
—Y ahí estás.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué se supone que significa eso?
—A la pista, Vaux —le ordenó, ignorándola.
Effy le dedicó una mirada cargada de disgusto, de esas que le salían naturales con él, y puso a trotar a Hello Sanctos para la fase de calentamiento.
—Idiota —murmuró por lo bajo antes de alejarse demasiado.
—Te he oído.
La voz de Keller le llegó alta y clara, un matiz de sorpresa mezclado con divertimento en su tono casi siempre neutro y sereno.
Elizabeth se tragó su propia sonrisa.
***
—¡Vaux! —le gritó Rainer por tercera vez en la última hora—. ¿Qué coño estás haciendo?
—¡Montar! —le gritó ella en respuesta.
—¿Según quién? ¿Los antiguos vaqueros del oeste? —le devolvió la réplica—. Por Dios, baja las manos de una puta vez.
—¡Lo estoy haciendo!
—Y una mierda.
Elizabeth estuvo tentada de desprenderse del auricular y tirarlo lejos, más allá de la pista y los terrenos que la envolvían, con tal de no volver a escuchar la voz de su entrenador recriminándole cada pequeña infracción al oído.
Llevaban una hora de entrenamiento, y lo que había empezado como un día relajado y casi agradable se había convertido rápidamente en un infierno para ambos.
No sabía qué era lo que le estaba sucediendo, pero, en cuanto había visto entrar en pista a otros dos jinetes de la WEL, los franceses Eloïse Dumas y Luca Montagne, algo en ella se había desestabilizado por primera vez en mucho tiempo.
La culebrilla.
Effy trató de ignorar esa molestia interna, esa voz siseante y ansiosa que le revolvía el pecho y el estómago y que hacía que la cabeza se le embotara y dejase de funcionar como el reloj que ella misma había confeccionado durante los últimos diez años.
La máquina perfecta que siempre había sido.
Recordó entonces que Eloïse había quedado la tercera en parrilla en el último mundial, y se detuvo a observarla por primera vez desde que había llegado a la RK.
No lo hizo como siempre: de pasada mientras competía porque estaba aburrida o para juzgar su manera de montar y comentar sus errores con Jensen; ni siquiera como una forma de estudiar a su competencia para ver en qué puntos debía esforzarse ella.
Solo la observó.
Y se dio cuenta de que era buenísima.
Eloïse montaba a Jappeloup, un caballo castaño oscuro poco convencional por ser un cruce no muy típico en las monturas de salto de élite, además de ser considerado «pequeño» según los estándares tradicionales de la modalidad.
A primera vista podría parecer que el binomio no tendría nada que hacer contra el resto de los jinetes de la WEL, pero nada más lejos de la realidad.
Eloïse era pequeña pero musculada. Compacta. Tenía fuerza y visión, y una experiencia envidiable dentro del mundo del salto, y su montura, a pesar de ser más baja que el resto, era ligera, ligerísima, y contaba con una rapidez casi inalcanzable.
Sodashi es más rápida, tuvo que recordarse después de haberlos visto correr en pista aquella tarde.
Effy entendió entonces, con una rapidez comparable a la de Jappeloup, por qué Eloïse Dumas entraba siempre en el podio en las europeas y en el mundial.
Debía tener cuidado con ella.
Y luego, para su consternación amarga, estaba Luca.
Si bien era cierto que el francés más joven no contaba con los años de experiencia de su compañera, Luca tenía un don.
Una facilidad visible y palpable que lo llevaba a montar con maestría y habilidad.
Effy lo había ganado siempre, sabía en su corazón que era mejor que él, que era mejor que nadie en la RK, pero hasta ese día no se había percatado de que su quinto mundial podía verse amenazado por la excelencia que sus compañeros también compartían con ella al montar.
Por sus ambiciones y objetivos.
Ella no era la única con un plan maestro en mente, no era especial, diferente. Sabía que lo suyo no respondía a una historia conmovedora y sentimental en la que la pequeña niña nacida para montar había conseguido su sueño.
No se sentía agradecida.
Bendecida.
Realizada.
Feliz.
Se sentía atrapada en una carrera contrarreloj que se había estirado en el tiempo a lo largo de los años, dejándola exhausta y vacía por dentro.
Sentía que su juventud había quedado relegada a un segundo plano y que, a pesar de tener una meta muy clara, de que ella en su corazón, en su mente y en su alma supiera que lo que estaba haciendo era lo que tenía que hacer…
, jamás lo habría elegido para sí misma.
Aun así, Elizabeth Vaux no se rendía, no dejaba que las adversidades de la vida la separaran de su camino elegido. Las tormentas, los huracanes y los terremotos jamás podrían torcer su destino.