Dar el salto 14 Rainer
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14 Rainer

La casa familiar en la que Rainer se había criado era una construcción antigua, establecida sobre unos cimientos de piedra oscura grisácea y desgastada por el viento del valle, con remates en madera obtenida de los árboles de su propiedad.

El hogar de los Keller tenía tres plantas, estancias amplias que, con el paso de los años, se habían abarrotado de recuerdos familiares que su madre atesoraba con mimo inagotable, muebles pintados de colores vivos que despuntaban aquí y allá y un olor extremadamente familiar a algodón,

jabón casero y tarta de manzana que siempre flotaba en el aire.

Era domingo y, como siempre, su familia se había reunido para comer.

Una tradición que perduraba en el seno familiar desde que Rainer tenía uso de razón y que solo había roto cuando se alejó un año de la única vida que conocía porque la rutina,

los recuerdos y la presencia imborrable de todo lo que perdió le parecieron demasiado intensos como para enfrentarse a ellos.

—Rain, la ensaladera.

—Aquí está.

Annika la tomó de entre sus manos para llevársela a la mesa exterior, donde, siempre que el tiempo lo permitía, la familia Keller disfrutaba de sus comidas.

Septiembre aún era un buen mes en aquella región de la Selva Negra y, aunque las primeras lluvias habían empapado las tierras fértiles de la academia, la primera quincena había transcurrido sin más complicación.

Rainer esperó hasta que las patatas terminaran de hacerse bien y, cuando el horno lo avisó de que era el momento, con sumo cuidado sacó la enorme fuente de cerámica azul para llevarla fuera.

Su padre, su madre, Annie y su abuelo ya lo esperaban sentados a la mesa.

Él ocupó su sitio de siempre, la silla a la derecha de su madre, y abrió su cerveza para darle un buen trago.

—Entonces, papá, ¿cómo va el tema de la venta con ese equipo de España? —le preguntó Annie—. No me has dicho al final si los esperamos la semana que viene o no.

—Creo que llegarán el jueves —respondió mientras se servía un poco de pollo asado—.

Me lo tienen que confirmar. Pero algo me dice que terminarán comprando.

Se los ve muy interesados. —Le guiñó un ojo a su hija—.

Además, conozco bien al entrenador que los acompaña, y él sabe que los caballos que ofrecemos no se encuentran en ninguna parte.

Rainer se obligó a no dejar escapar la sonrisa burlona que se le había empezado a formar en las comisuras.

Si había alguien más orgulloso que su abuelo de la ganadería, ese era Lars Keller.

Tanto Annika como él sabían que sus caballos eran tan valiosos por la crianza respetuosa y exhaustiva que su familia llevaba trabajando durante décadas, y por eso mismo admiraba profundamente a su padre y su hermana, las dos personas que se encargaban de supervisar aquel negocio titánico.

—¿Cuántos caballos quieren ver?

—Tantos como podamos enseñarles. ¿Puedes encargarte tú de seleccionar ejemplares que se ajusten a sus necesidades?

—Claro, dalo por hecho.

—¿No podéis hablar de esto mañana? —preguntó su madre entonces—. No se habla de negocios en la mesa.

—Karina, querida, ¿pero tú sabes con quién estás hablando? —comentó su abuelo con una sonrisa—. Estos dos no saben hablar de otra cosa que no sea trabajo.

—Bueno, abuelo, pregúntate de quién lo han aprendido —respondió Rainer—. Señor «En mi época sí que se montaba de verdad y no lo que se hace hoy en día».

Annie le guiñó un ojo desde la otra punta de la mesa.

—Rain tiene razón; al fin y al cabo, eres tú el que ha incentivado todo esto.

Odin Keller le dio un sorbo a su pinta.

—Claro, ahora toda la culpa al abuelo.

Karina le dedicó una sonrisa considerada a su suegro.

—No les hagas caso, Odin, ya sabes cómo son: si pueden culpar a cualquier otra persona por su incapacidad de pensar en otra cosa que no sean los caballos, lo harán.

—Bueno —intervino Annie—, entonces hablemos de otra cosa, como por ejemplo…

¿Cuándo vas a querer ir a ver juntos al potro del que te llevo hablando un tiempo?

—Él la fulminó con la mirada—. Vale, vale, en otro momento…

Ah, ¡ya sé! ¿Qué tal el entrenamiento, Rain?

Os queda menos de un mes para que empiece la nueva temporada.

Annie tenía una sonrisilla complacida pintada en los labios; él, por su parte, enarcó una ceja.

—Eso es trabajo.

—Bueno, sí —concedió ella—. Pero no es el trabajo de siempre. Es un tema nuevo del que todavía no hemos hablado.

Batió sus pestañas castañas con fingida inocencia y él le sacó el dedo corazón.

—¡Rainer! —le reprendió su madre.

—Eso, hijo, ¿cómo va con la inglesa? Os he visto entrenar un par de veces en la pista y debo admitir que es todo un espectáculo.

No sabes hasta qué punto.

Rainer le dedicó una mirada tranquila a su padre e ignoró completamente a su hermana.

—Bien.

Su abuelo resopló por la nariz.

—¿Bien? —le pinchó Annika—. ¿Eso es todo?

—Sí.

—Venga ya, entretennos un poco, cuéntanos algo jugoso, Rain.

Sabes que papá y yo no estamos tan puestos en todo lo que tiene que ver con la academia, y mamá no es conocida precisamente por enterarse de los cotilleos y las cosas verdaderamente interesantes.

—Ella suspiró de forma dramática—. ¿Cómo es Vaux?

He oído a muchísima gente hablar sobre ella, pero aún no he tenido el placer de conocerla personalmente.

—No es que sea un placer precisamente.

—¿Qué significa eso? —preguntó su abuelo entonces—. ¿Se parece al muchacho este? ¿Cómo se llamaba? El Montesco…

—Montagne, abuelo. Y no. —Negó con la cabeza mientras se centraba en su plato de comida—. No es igual.

—¿Entonces? Si no es una capulla como Luca, ¿qué es?

¿Qué era Elizabeth Vaux?

Era cabezota, desde luego. Y prepotente. Y muy pagada de sí misma, eso siempre. También era inteligente y sagaz. Luchaba por lo que quería y estaba totalmente centrada en sus objetivos. Arriesgada y muy temeraria, en exceso, para su gusto. Inaccesible, misteriosa y preciosa.

Demasiado preciosa para su propio bien.

Para el de nadie.

Su mirada de hielo seguía clavada en el fondo de su mente, la boca fruncida en esa eterna mueca de disgusto cuando lo miraba inundaba sus pesadillas últimamente y su voz… con ese acento aterciopelado que escondía los reproches más cortantes le ponía la piel de gallina.

Basta, Rain, se reprendió molesto consigo mismo.

Desde hacía un tiempo, no sabía calcular cuánto, había empezado a mirar a Elizabeth Vaux de otra forma, de una manera más… consciente.

No era que antes no lo hiciera, tuvo que admitir, siempre lo había hecho. Pero cuanto más se obligaba a pasar tiempo con ella por culpa de sus entrenamientos, más iba apreciando ciertos detalles que comenzaban a instalársele en la mente sin invitación.

Cuando estaba nerviosa, solía tocarse la oreja derecha, una vez, un contacto suave que podía pasar desapercibido a cualquier persona que no se detuviera a mirarla bien.

Sus ojos siempre buscaban el cielo, y Rainer había adivinado que lo hacía de manera inconsciente.

A veces se encontraba a Elizabeth Vaux perdida en esa cabeza suya mientras contemplaba el cielo azul, el atardecer rojizo y dorado o la noche oscura y profunda como sus ojos.

El recuerdo de hacía unos días lo asaltó sin permiso.

Acababa de terminar su turno como mozo. Todavía seguía desempeñando parte de las tareas de su antiguo puesto, ya que tenía que rellenar los huecos que le dejaban los entrenamientos con Vaux.

Necesitaba no solo agotarse mentalmente con la inglesa, sino también físicamente, como llevaba haciendo los últimos años.

Salía de los establos principales, con la camiseta blanca adherida a la piel por el sudor, los vaqueros sucios y las botas llenas de polvo, tierra y mierda de caballo, cuando la vio.

La noche cerrada no impidió que adivinara quién era sin necesidad de escudriñar su figura.

A esas alturas, por vergonzoso que fuera, ya se la había aprendido de memoria.

Elizabeth estaba en silencio, con sus brazos cruzados y el rostro orientado a la luna redonda, brillante, y a las estrellas plateadas que la acompañaban noche tras noche.

Parecía en paz como nunca se presentaba cuando recorría los terrenos de la academia, o cuando entrenaba, o cuando hacía cualquier otra cosa.

Rainer casi deseó poder darse media vuelta y dejarla así, tranquila y calmada, pero, cuando quiso retroceder, Vaux lo miró.

Los ojos le brillaban, el azul resplandecía gracias a la luz plateada de la luna.

Durante dos segundos su mirada fue algo nuevo, duró demasiado poco como para que Rainer pudiera descifrar el qué.

Quizá fue no ver el fuego helado que siempre la recubría, o el enfado que parecía burbujear a todas horas bajo la piel de la jinete, o tal vez fuera no encontrar esa indiferencia fría de la que todo el mundo hablaba cuando se referían a la amazona.

Fuera lo que fuese, Rainer se obligó a contener el aliento.

Y su corazón volvió a martillearlo en el pecho cuando todas esas cosas que no había encontrado en ella durante un par de segundos volvieron de golpe al clavar en él su mirada.

—¿Disfrutando de las vistas?

Vaux se encogió de hombros.

—No estoy acostumbrada a ver las estrellas.

Aquella afirmación tan simple y llana lo cogió por sorpresa. No supo qué fue, pero algo lo obligó a ponerse a la altura de Elizabeth.

—Ahí —señaló Rainer— puedes ver Pegaso. Busca un rombo, parecido a una alfombra.

Ella siguió su dedo.

—No la veo.

—Orienta tu cabeza más hacia el este. —Elizabeth hizo lo que le pedía—. ¿Ahora?

—No.

Su negativa salió en un susurro decepcionado.

Rainer se obligó a no sonreír.

Alargó la mano y, antes de que pudiera pensar en lo que estaba haciendo, sujetó la barbilla de la inglesa y la elevó un palmo. Su piel estaba fría; la suya, caliente. Su piel era suave, aterciopelada. La del propio Rainer era áspera por los años de trabajo en los establos.

Elizabeth no se apartó de su tacto.

Solo suspiró y dijo:

—Creo que la veo.

Parecía emocionada, aunque nunca pondría la mano en el fuego por nada que tuviera que ver con la amazona.

—Yo creo que también. —Deslizó los dedos un par de milímetros por la piel de su barbilla y volvió a recolocarle la posición, esa vez llevando ligeramente su cabeza hacia la izquierda—. Y ahí, Andrómeda.

Apartó el contacto de su rostro. La mano le ardía.

—¿Cómo sabes tanto? —le preguntó ella, con la mirada todavía fija en el firmamento.

Rainer se encogió de hombros.

—Llevo toda la vida observando este cielo.

Silencio de nuevo.

Algo en él le decía que Elizabeth estaba dándoles vueltas a aquellas palabras. Él desvió su propia vista a las constelaciones que acababa de enseñarle. Llevaba muchísimo tiempo sin detenerse a contemplar las estrellas y algo en el pecho se le constriñó.

Y no pudo soportarlo. Estar allí con ella, el silencio que no se volvía pesado, sus respiraciones acompasadas, tranquilas. El calor que desprendía el cuerpo de su jinete, su rostro empapado por la luz tenue de la luna.

—Adiós, Vaux.

Una despedida fría, aséptica en la superficie.

Pero cargada de mil palabras que nunca se permitiría ni siquiera pensar.

—Adiós, Keller.

La dejó allí, contemplando sus estrellas.

Y no volvió a mirar atrás.

Rainer se obligó a centrarse en el momento y enterrar el recuerdo que, sin motivo, le había aparecido en la mente como la luz de un faro en medio del mar nocturno. Le dedicó un gesto vago a su hermana.

—Una niña a la que solo le importa ser la mejor y ganar cueste lo que cueste.

—Ah, bueno —comentó su madre—. Como tú, entonces.

Su hermana dejó escapar una risita malévola.

Su padre le pidió el pan a su abuelo.

La conversación volvió a girar en torno a los caballos, las instalaciones y el papeleo que debían completar. De la FEI y de la logística que debían seguir en la nueva temporada de competiciones.

Del tiempo, las vacaciones y viejas anécdotas familiares.

Pero la cabeza de Rainer siguió anclada a esas tres palabras.

Como tú, entonces.