Dar el salto 13 Effy
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13 Effy

Rainer se quedó en silencio durante una pequeña eternidad.

Ella no apartó los ojos de su rostro y se perdió en sus facciones duras, su nariz recta y su mandíbula angulosa más marcada de lo normal por cómo Keller parecía estar apretándola. Incómodo. Enfadado. Ofendido.

Le daba igual.

Había estado segura durante todo aquel tiempo, desde que Henk le había comentado quién iba a ser su entrenador, de que Rainer Keller se dedicaba a aquello.

Quizá desde su debut con Luca hacía un par de años no lo había vuelto a ver, pero Effy no le prestaba atención a nadie de aquel mundo, y menos a Keller.

Mucho menos a él.

Pero haber descubierto que durante todos aquellos años él se había escondido trabajando de mozo…

la había descolocado. Sabía que había desaparecido del ojo público, sabía lo que se había susurrado en las galas, las cenas y entre bastidores del mundo de la competición: «Está destrozado».

«Esa caída se lo arrebató todo». «Lo que pasó con su entrenadora fue el escándalo que no necesitaba». «Me han contado que lo ha dejado todo».

Pero, como en todos los círculos cerrados, Effy era consciente de que muchas de las cosas que se decían no eran verdad, y a ella nunca le había interesado el cotilleo, así que, cuando Rainer apareció en la temporada de 2024 después de su retiro,

pensó que durante todo aquel tiempo había estado formándose como entrenador; ayudando a jinetes de la RK, quizá no en el mundo de la FEI, pero sí en alto rendimiento nacional, o en categorías con las que Effy no compartía espacio ni tiempo.

Que con Luca por fin se había visto preparado para volver al ruedo.

Pero la verdad era que… el francés había sido un experimento.

Y ella era el siguiente.

—¿Y bien? —Se cruzó de brazos, con el tono de su voz ácido, incapaz de ocultar la agitación que sentía dentro.

—¿No te lo contó Jensen?

Effy trató de no fijarse en la manera en la que agarraba el volante.

—Me dijo que estabas dispuesto a hacerlo tú y que creía que formaríamos un gran equipo.

Oh, Henk, no tenías ni idea.

—Es una forma de decirlo —comentó con una ironía tan sutil que ella tuvo que procesar durante dos segundos el tono de voz que había usado.

—¿Eso qué quiere decir?

—Nada.

Elizabeth gimió de frustración.

—Antes de Montagne, no entrenaste a nadie, ¿verdad?

—Apretó la mano—. Fue el primer jinete al que accediste a entrenar y solo te duró un año —le recriminó porque se sentía con el derecho a hacerlo—.

Y luego lo abandonaste. ¿Qué pasó, Rainer?

¿Te aburriste de jugar con él? ¿Era solo una manera de probar cosas nuevas? ¿Volver a revivir tus días de gloria?

Su entrenador ni siquiera la miraba, sus ojos azules estaban puestos en la carretera con hiperfijación. Como si todo lo que lo rodeara no existiera, como si solo pudiera pensar en el camino que estaban recorriendo a toda velocidad.

—Y ahora conmigo estás haciendo lo mismo —volvió a atacar—. Soy tu nuevo experimento.

—Si de verdad crees que, de entre todas las personas que podrían ser mi experimento, te habría elegido a ti, adelante, sigue llenándote la cabeza con estas mierdas para subir esa autoestima que parece no tener fin.

—Pues entonces, ¡explícamelo!

—¡No tengo por qué explicarte nada! —explotó Rainer por fin. Elizabeth sintió cómo algo dentro del pecho se le removía complacido—. No entiendo ni siquiera por qué esto es importante. ¿Qué más dan las razones por las cuales estoy haciendo esto? ¿Qué coño te importa?

—¡Mucho! —Ya sí, gritó—. Y no es culpa mía que no lo entiendas. Para mí esto no es un juego, nunca lo ha sido, y no voy a dejar que mi última oportunidad se vaya a la mierda por tu culpa.

Él se rio.

—¿Te estás escuchando? Si de verdad crees que por mi culpa tu preciado récord peligra es que no confías en ti misma como dices hacerlo.

—No les des la vuelta a mis palabras —contraatacó ella—.

Confío plenamente en mí y mis posibilidades, pero sabes que este año no lo tendré fácil —admitió—.

Sabes cómo son los jueces, y que en este mundo no solo cuenta el talento, hay mil factores que lo ponen todo en riesgo… Esta es mi última oportunidad.

—Tendrás más temporadas, solo tienes veintidós años…

—No quiero más años. —No lo entendía, jamás podría hacerlo—. Este es mi último año.

—Vaux, vives tan centrada en un único objetivo que estás perdiéndote mil cosas más que te quedan en tu carrera como amazona.

—Pero es que yo no quiero una carrera como amazona.

Se arrepintió de inmediato de haber dicho aquello en voz alta.

No tendría que haberlo hecho, pero aquella conversación la estaba empujando a hablar antes de medir bien sus palabras. Por su culpa.

Rainer parecía provocar algo dentro de ella que la irritaba y la descolocaba. Elizabeth era racional, fría, despierta…, no aquella persona agitada y malhumorada.

—¿Qué quieres decir?

Ella se hundió más en su asiento mientras se llevaba una mano de manera inconsciente a la oreja derecha, deseando por primera vez que aquella conversación acabara.

—Elizabeth.

Su nombre paladeado por Keller con ese tono dominante y duro hacía que el estómago le diera vueltas de una forma de lo menos apropiada.

—Da igual, olvídalo.

—¿Tú puedes comportarte como un perro que no suelta su hueso, pero en el momento en el que yo me intereso por algo ya no importa? —se quejó—. Esto no funciona así conmigo.

La carretera se estrechaba justo antes de la subida que conducía al puente y Effy se agarró al asiento de manera inconsciente.

Rainer iba rápido, pero se dio cuenta de que no le importaba; el ruido del motor, la velocidad y la noche cerrada que los envolvía parecían reflejar el latido rápido y confuso de su corazón.

—Dime por qué decidiste entrenarme y entonces te responderé.

Sabía que él no le daría el gusto, lo había dejado bien claro. Fuera lo que fuese, se guardaba a buen recaudo sus pensamientos sobre todo lo que tenía que ver con ella a un nivel que no fuera superficial.

Empezó a esbozar una media sonrisa cuando Rainer habló:

—No quería entrenarte —empezó—. Aunque me hubiera planteado volver como entrenador, tú, Elizabeth, habrías sido la última jinete sobre la faz de la tierra a la que habría escogido.

Effy dejó escapar el aire que había retenido en los pulmones con un soplido tembloroso.

Yo tampoco te habría elegido, quiso chillarle. Nunca.

Pero estaba demasiado atenta a la manera en la que él le estaba hablando: con una franqueza dura, una verdad prístina.

La voz calmada de esa manera que encontraba tan molesta y que le alteraba el ritmo cardíaco.

¿Por qué Rainer podía mantener la compostura y ella no?

¿Por qué sentía que su centro se desestabilizaba cada vez que se acercaba a él mientras que, por su parte, Keller parecía tan poco afectado?

—Le dije a Jensen que no —siguió. Sus ojos azules, ya casi negros, seguían fijos en la carretera.

Elizabeth no podía dejar de mirarlo, de observar la verdad de frente y digerirla como pudiera.

Entonces esos ojos se clavaron en ella. La perforaron durante una pequeña eternidad.

Un segundo—. Y entonces vi tus vídeos. Por primera vez me fijé en ti.

Estaba conteniendo la respiración, lo sabía. Pero sentía que no podía hacer otra cosa que mirar a Rainer Keller, ni siquiera forzarse a inhalar y exhalar.

—¿Y qué cambió?

—Todo.

Silencio.

Un segundo. Dos y tres.

Elizabeth necesitaba hablar, decir cualquier cosa para disipar aquella tensión que había arrasado la pequeña atmósfera que compartían en aquel Jeep Wrangler antiguo.

Deseó bajar las ventanillas y tragarse el aire nocturno, beber de él para refrescarse la garganta, que parecía tener en carne viva por los gritos silenciosos que no podía dejar salir.

¿Qué significaba aquello?

No quiero saberlo.

Así que habló:

—No me gusta ser jinete profesional —confesó en voz alta—. Odio competir.

Pudo ver el momento exacto en el que Rainer tragó saliva, en el que su barbilla tembló y en el que sus ojos la buscaron con la interrogación impresa en las pupilas.

Ella negó levemente.

No voy a decirte nada más.

Pero Rainer Keller no sería Rainer Keller si no ignorara cada petición de Elizabeth.

—¿Y por qué lo haces?

Esa misma pregunta la acechaba en sus sueños, en sus pesadillas. La perseguía por un laberinto truncado, en una carrera que parecía no tener final.

Se lamió el labio inferior y desvió la vista hacia la ventanilla para centrarse en los exteriores de la RK. Habían llegado y ni siquiera se había dado cuenta. Rainer no había parado el motor, y el pequeño ronroneo del coche acunó su creciente ansiedad.

Se desabrochó el cinturón.

—Una verdad por otra —se limitó a contestar—. Nada más.

Abrió la puerta del copiloto y se lanzó fuera, deseosa de salir de esa atmósfera tensa y cargada de reproches silenciosos y secretos asfixiantes.

Rainer bajó la ventanilla del coche, y Elizabeth apretó el paso.

—¡Vaux! —la llamó.

—Buenas noches, Keller. —Se atrevió a mirarlo por encima del hombro, con las luces doradas y brillantes de los faros cegándola por completo—. Te veo en la pista.

Él no le contestó.

Se esperó hasta que ella llegó a la nave principal y, cuando Effy cruzaba su umbral ensombrecido, el motor del coche rugió, marcando la despedida de su entrenador.

El silencio imperturbable de la noche volvió a llenarlo todo y la acompañó hasta que llegó a su apartamento, se puso el pijama y abrió la puerta corredera del salón para observar la luna.

Pero en el pecho la tormenta que había desatado Rainer Keller siguió arreciando contra su piel, sus músculos y huesos. Contra todo lo que guardaba y se obligaba a no soltar jamás.

Elizabeth se dejó caer contra el cristal de la puerta.

Aquella noche tampoco conseguiría dormir.